Tabaré

Protagonista del poema del’ mismo nombre (v.) del escritor uruguayo Juan Zorrilla de San Martín (1855-1931), en cuya figura, como Galván en la de Enriquillo (v.) y Mera en la de Cumandá (v. Cumanda), exalta a los antiguos habitantes de las tierras americanas.

El mismo autor, en el pequeño léxico de voces indígenas que acompaña a la obra, confiesa que ha in­tentado personificar en Tabaré la desapa­recida raza charrúa, que vivió en las tie­rras que se extienden entre el Río de la Plata y el río Uruguay, pero al mismo tiempo ha escrito el poema nacional al cantar el paisaje y las dos sangres de que surgió la nación uruguaya: la india y la española. El propio Tabaré excede a sí mismo y se convierte en símbolo del triste destino de una raza condenada a la des­aparición; Zorrilla, consciente de ello, afir­ma en la Introducción: «Seguidme hasta saber de esas historias, / Que el mar y el cielo y el dolor nos cuentan, / La que narra el ombú en nuestras lomas, / El verde canelón de las riberas, / La palma centenaria, el camalote, / El ñandubay, los talas y las ceibas; / La historia de la san­gre de un desierto, / La triste historia de una raza muerta».

El nombre de Tabaré aparece en el Viaje al Río de la Plata y Paraguay del alemán U. Schmidel, compa­ñero de Cabeza de Vaca en su expedición a aquellas tierras, y en la Historia Argen­tina, de Ruy Díaz de Guzmán; se trata de un cacique indio que combatió duramente con los hombres de Cabeza de Vaca. Zo­rrilla, movido por su sonoridad, recogió sólo el nombre; la figura e historia del pro­tagonista del poema son totalmente inven­tadas; pero acerca de la realidad de su Ta­baré el escritor uruguayo preguntaba con gesto unamuniano: « ¿Tiene acaso una vida más real en el criterio de la humanidad el rey don Felipe que el loco don Quijote?» Tabaré es hijo de un cacique charrúa, Caracé, y una joven española, superviviente de un grupo de expedicionarios muertos por los indios. Años más tarde es hecho prisionero junto con otros charrúas por Gonzalo de Orgaz; esto le permite conocer a Blanca, hermana de Orgaz.

A partir de aquí la trama se centra en torno a este encuentro del que nace un amor imposible, cercano a la locura en el joven, que ve en Blanca el retrato de su madre y de la que se siente separado por su sangre india. La lucha interior entre los sentimientos de las dos razas es terrible, y su expresión en actos externos hace que los españoles lo tengan por loco. Blanca llega a arrancarle la confesión de sus sentimientos en pala­bras entrañables en que se mezclan el amor hacia la joven que se ha acercado a él con cariño y piedad y el recuerdo de su ma­dre. Gonzalo, empujado por las palabras de su esposa, expulsa a Tabaré del po­blado.

Un cacique indio ataca a los es­pañoles, asalta el poblado y roba a Blan­ca; Tabaré lo descubre en el bosque con su prisionera y le da muerte; luego lleva a la joven al poblado, pero se encuentra con el hermano, que, al creer que él es el raptor, lo atraviesa con su espada sin escuchar los gritos desesperados de la muchacha. Tabaré pertenece al esquema que el primer Ro­manticismo, siguiendo a Rousseau, nos dio del hombre primitivo, del salvaje: ingenuo, bondadoso, sentimental y a la vez viril, y abocado por su destino a la catástrofe final que lo hace entrar silencioso en el reino de la muerte: «Ya Tabaré a los hom­bres / Ese postrer ensueño / No contará jamás… Está callado, / Callado para siem­pre, como el tiempo, / Como su raza, / Como el desierto, / Como tumba que el muerto ha abandonado: / ¡Boca sin len­gua, eternidad sin cielo!»

S. Beser

Swann

[Charles Swann]. Una de las grandes figuras de En busca del tiempo perdido (v.), de Marcel Proust (1871-1922), y personaje central de la primera parte de esta inmensa obra: Del lado de casa de Swann [Du cóté de chez Swann].

En el exordio («Combray»), Swann aparece como un ser algo misterioso, casi legendario, un perfecto caballero a los ojos del niño que habrá de ser el narrador de la larga histo­ria: en el amplio episodio que sigue («Un amor de Swann»), se narra su aventura amorosa; luego domina todavía por algún tiempo, como ejemplo de cumplida huma­nidad, y finalmente va pasando hacia el fondo, casi desvaneciéndose, aun antes de morir. Pero su exquisita esencia había per­fumado los inicios de la obra, como con­firiéndole un sentido que luego ésta había de negar, al negar precisamente el «dilettantismo» elegante y mundano del cual Swann es una admirable muestra.

De ori­gen israelita e hijo de un agente de cam­bio, Swann, hombre rico e inteligentísimo, amigo del príncipe de Gales, del conde de París y de las más encopetadas damas y los más pundonorosos caballeros que cons­tituyen la cerrada sociedad del «Faubourg Saint-Germain», sabe pasar de ésta al mun­do de la buena burguesía o al de los «snobs» enriquecidos, como los Verdurin (v.), su­perando con gran soltura la separación de castas, que tan rígida era todavía en los primeros decenios de la tercera República.

Es un hombre fascinador, un señor exqui­sito, que al tesoro de la cultura une la sutil fineza de su raza. Piensa escribir una obra sobre el pintor Vermeer de Delft, que jamás terminará, porque en realidad su obra maestra es, o mejor dicho debería ser, su propia vida, tan rica, aunque un poco árida, que se llena y aviva ante los estí­mulos de una’ aguda sensualidad, que le somete a diversos y aun triviales amores. Aquí le espera el engaño, bajo los bellos rasgos de una «cocotte», Odette de Crécy (v.), que le recuerda a la Séfora de Botticelli en la Capilla Sixtina y que lentamente le enamora hasta adueñarse por completo de él.

Tras el delicado goce que experi­menta en la ilusión de hacer suya aquella mujer ingenua, insubstancial pero lista, vie­nen los estragos de los celos, que le reve­lan toda su capacidad de sufrir. Y la «breve frase» de la sonata de Vinteuil, cada vez que vuelve a sus oídos, renueva y aguza el dolor del amor perdido tras haber so­ñado la felicidad: tremendo e inolvidable recuerdo en su carne y en su espíritu. Más tarde, casado ya con Odette y disminuido por aquel matrimonio desigual, sigue sien­do todavía el gran señor a quien Marcel, el narrador, considera su guía ideal cuando aspira a conocer al mundo. Y en Marcel, a la vez que el hechizo de Swann parece reflejarse algo de su destino, ya que el amor y los celos por Albertina (v.) recuerdan y repiten casi paso a paso la historia de Swann y Odette.

Pero el narrador nos hace ver implacablemente el destino de aquel cumplido caballero, cada vez más apagado en su matrimonio y en el estéril ejercicio de su «dilettantismo». Sus rasgos judíos, que la edad acusa, y su adhesión al partido de Dreyfus, acaban por hacer de él un extraño al gran mundo que en otro tiempo casi le adoraba. Cuando muere, algo más allá de mediada la lenta crónica, Marcel puede gracias a él anticiparnos el sen­tido de ésta. El señor de todas las delicadas finezas pronto quedaría olvidado, si su jo­ven admirador no hubiese pensado en fijar­le en sus páginas. Aquel mundo de suprema elegancia ochocentista, que en su encanto decadente parecía envolver al autor y a la obra, precipitadamente considerada en sus primeros volúmenes como una gratuita evo­cación de tiempos ya pasados, era sólo ma­teria de arte: destinada a permanecer, co­mo Swann, sólo porque el discípulo de éste, gracias al arte, había superado el «dilettantismo» y el «sanísimo».

Del triste oca­so del marido de Odette, el autor había aprendido el sacrificio del mundo y de la vida por el arte que .redime y salva. Pero precisamente porque el narrador había re­conocido en sí mismo a Swann y había dado muerte a éste, le quería más aún; pero el adiós a su personaje lleva un pa­tético acento que el autor, generalmente remoto y no pocas veces irónico, no pone en las demás figuras : «Et pourtant, cher Charles Swann, que j’ai connu quand j’étais encore si jeune et vous près de tombeau, c’est parce que celui que vous deviez con­sidérer comme un petit imbécile a fait de vous le héros d’un de ses romans, qu’on recommence à parler de vous et que peut- être vous vivrez» («Y sin embargo, queri­do Charles Swann, a quien conocí cuando yo todavía era tan joven y usted estaba ya cerca de la tumba, si ahora se vuelve a hablar de usted y si tal vez su nombre sigue viviendo, ello se debe a que aquel a quien usted debía considerar como un mentecato, le convirtió en héroe de una de sus novelas»). Así se despide Marcel Proust de su extraordinario personaje.

V. Lugli

Sviatogor

Héroe legendario ruso, uno de los tres «bogatyri» (héroes primitivos), cantado juntamente con Volga Vseslavich (v.) y Mikula Selianinovich (v.) en las más antiguas bilmas o canciones épicas ru­sas.

Su mismo nombre, que significa «mon­taña santa», indica su carácter. Con sus otros dos compañeros se prestan fácilmente a la interpretación de aquellos eruditos que en los héroes de las bilinas han visto símbolos de las fuerzas naturales. Sviatogor es una especie de titán de la mitología eslava, orgulloso de su fuerza. «Si hubiera un anillo prendido del cielo y otro clavado en la tierra, yo agarraría el uno con la mano derecha y el otro con la izquierda y acercaría hasta confundirlos el cielo y la tierra».

Esta soberbia es castigada por Dios, que hace que la tierra se trague al héroe cuando éste se esfuerza en hacer salir de ella un saco que aparentemente no pesa nada, pero en el que en realidad se con­centra el peso del mundo entero. Sviatogor está abrumado por su misma fuerza: cuando él se mueve la tierra tiembla, y los bos­ques se estremecen, y los ríos escupen a los peces que nadan entre sus aguas. A ve­ces el héroe mismo, en su montaña, se confunde con ésta. Y su fin consiste pre­cisamente en su petrificación en la monta­ña.

Se ha observado que, del mismo modo que en Grecia la edad heroica empezó cuan­do los titanes fueron sepultados por los montes, en Rusia, después de que Sviato­gor fue enterrado bajo el peso de su pro­pia fuerza, quedó el campo libre para los héroes verdaderos. El origen del mito de Sviatogor se ha querido ver en el mito estonfinés de Kaleva.

E. Lo Gatto

Sven Duva

Popular héroe finlandés de la guerra de 1808-1809, inmortalizado por Johan Ludvig Runeberg (1804-1877) en los Cuentos del alférez Stal (v.), uno de cuyos poemas está titulado con su nombre. Sven Duva es el último de los nueve hijos de un viejo cabo, un muchacho alto, gordo y necio, inhábil para todo.

Han hecho de él un soldado, pero Sven Duva es incapaz de comprender el menor ejercicio ni de ejecutar ningún movimiento a tiempo. Todo el mundo se burla de él y cuando estalla la guerra, como se le considera incapaz de combatir, se le destina sólo a vigilar un estrecho puente. Y el mocetón permanece allí: le han dicho que no se moviera y no se mueve. El enemigo avanza, los de­fensores del puente son diezmados y reci­ben la orden de retirarse: sólo Sven Duva resiste en su puesto y rechaza a los ata­cantes uno a uno en la estrechez del puen­te, hasta que llegan refuerzos y los ene­migos se ven obligados a replegarse.

Cuan­do todos se reúnen alrededor del héroe, Sven Duva está moribundo, de una bala al corazón. «La bala ha sabido lo que hacía —dice entonces el general Sanders —: no ha ido a la frente, que era débil, sino al pecho, que era noble y generoso». Sven Duva, al lado de Munter (v.), ha pasado a ser un símbolo del heroísmo finlandés, hecho de humildad, de silencio y de pa­ciencia infinita.

T. Tuulio

Švejk

Protagonista de la novela El buen soldado Švejk (v.), del escritor checo Ja­roslav Hasek (1883-1923). El carácter de Švejk nace del desarrollo mismo de la no­vela en la que se narran las aventuras del héroe y sus reacciones ante las distintas situaciones de la vida cotidiana, durante los tiempos de la anteguerra y los de la primera guerra mundial.

Llamado a las ar­mas, Švejk cumple las órdenes que se le dan con tal precisión que demuestra su absurdo y, exagerando la obediencia de la sumisión, se convierte en un instrumento inútil en manos de sus superiores directos, de los médicos, de los capellanes militares, de las enfermeras de la Cruz Roja y en una palabra de todos los elementos específicos de la guerra, tal y como aparecen a los ojos del pobre hombre anónimo que no entiende su significación ideal por encima de las mezquindades y miserias cotidianas, y en cambio hace de esas mezquindades y miserias la sustancia misma de su vida. Se ha observado que la actitud y el lenguaje de Švejk son, entre otras cosas, una especie de canto funerario del Imperio austrohúngaro; pero más aún, toda la aventura de Švejk es como el símbolo de una humanidad que ha perdido la cabeza.

Indudablemente hay en él un sentido primordial de la vida que le aproxima al Gargantúa (v.) de Rabelais o al Sancho Panza (v.) de Cervantes, con quien tiene en común el buen sentido, la agudeza y la malicia; pero Švejk tiene además un implícito sentido de lo absurdo frente a una forma de existencia que pa­rece escapar a toda coherencia y a todo sentimiento humano y a la que él opone una natural nostalgia de su tierra nativa y una íntima emoción y una compasión sincera por todos los que sufren. Así, el antiguo personaje del hombre sencillo pero sensato y astuto, al reaparecer con ávejk en el período que siguió inmediatamente a la guerra, asume un dramatismo que se halla a la vez en él y en el clima que le rodea.

Los motivos patéticos están profun­damente acentuados en él por la inhuma­nidad de ese clima y, enlazándose con los demás, a veces sumergidos bajo la vulga­ridad y la violencia de la sátira, revelan en él un personaje característico de su tiempo, a la vez que típicamente eslavo.

E. Lo Gatto