Strap

Personaje secundario de la no­vela Las aventuras de Rodrigo Random (v.), de Tobias George Smollett (1721-1771). Es el criado y amigo de Rodrigo Random (v.) y acompaña a su señor a lo largo de toda la novela, desde los primeros días escola­res en común hasta el matrimonio final.

Su humilde origen y su buena índole, aun­que le sitúan en una postura de continua inferioridad, le confieren un carácter leal y generoso, a veces matizado de excesiva ingenuidad y de exagerada sumisión. A cada nueva aventura o a cada nueva rela­ción que su amo traba, Strap se pronuncia, tímidamente, con un optimismo y una es­peranza que luego resultan siempre frus­trados. Se lamenta de lo esquivo de la fortuna, pero en todo momento está dis­puesto a cualquier sacrificio por su amigo, el cual le explota en toda la regla, para alejarse de él en cuanto se halla en condiciones de avergonzarse de su amistad. Su sencillez origina a menudo, a pesar su­yo, equívocos y escenas cómicas, y da pie a desventuras de toda clase.

Strap recuerda al «gracioso» de las comedias, y a veces a Sancho Panza (v.); pero, a diferencia de éste, Strap carece de la malicia y el sano sentido común campesino que socorren al héroe cervantino en el curso de sus aven­turas. Es a la vez la contrafigura y el com­plemento de Rodrigo, tanto desde el punto de vista artístico como desde el punto de vista de la economía del relato: entre los dos crean la unidad de la novela y cons­tituyen casi una sola persona. Su ingrata función es la de resolver los enredos en que Rodrigo se halla como una especie de «deus ex machina» en las más intrincadas dificultades.

Sus sacrificios no son recom­pensados adecuadamente: mientras su ami­go, que siempre ha abusado de él, se casa con la bella y rica Narcisa, él se contenta con su colega miss Williams. Su tipo re­aparece en la segunda novela de Smollett, Aventuras de Peregrine Pickle (v.), en la figura de Pipes.

L. Cantini

Stolz

Personaje de la novela Oblomov (v.), de Iván Goncharov (Ivan Aleksandrovič Goncarov, 1812-1891). Como tipo, constituye quizás el más evidente ejemplo de aquel característico procedimiento lite­rario, tan frecuente en la literatura rusa y usado ya anteriormente por el propio Gon­charov, según el cual uno de los personajes de la narración revela o adquiere su per­sonalidad en contraposición con otro.

Stolz forma el más agudo y vivo contraste con Oblomov (v.); a la pereza, falta de volun­tad, apatía y caprichosidad de este último, en efecto, se contraponen los músculos de acero, los templados nervios, la inagotable energía, la actividad y la serena razón de Stolz. El contraste hubiera debido susci­tarse entre lo viejo y lo nuevo, pero como Oblomov era ruso y Stolz medio alemán, la polémica que se encendió alrededor de la novela adquirió un carácter muy espe­cial. A pesar de que Stolz, lógicamente, merecía ser admirado, fueron muchos quie­nes le consideraron con desdén, por cuanto quisieron ver en él poco menos que la afir­mación, por parte del escritor, de la in­capacidad de los rusos para las cualidades en él personificadas.

Análoga polémica sur­gió poco más tarde en torno a la figura del búlgaro Insarov (v.) en la novela La víspera (v.), de Turguenev, en cuanto en la exaltación del heroísmo del búlgaro se quiso ver una denigración de los rusos. En la actualidad, Stolz ha dejado de ser para los lectores objeto de admiración o de exe­cración desde el punto de vista social, y en cambio queda, desde el punto de vista artístico, como la figura más débil de la novela.

E. Lo Gatto

Stella Violandi

Personaje del drama de su nombre, del es­critor neohelénico Grigorios Xenopoulos (1867-1951). La obstinada energía que ase­meja Stella a su padre, el tiránico Paneghís Violandi, rige como un hilo doloroso y tenaz la aventura en que la joven, lle­vada por el ímpetu de su inexperta juven­tud, empeña su vida.

Con confiado impulso e ingenuo abandono, Stella cree en el amor de Cristino Zamanos, pequeño don Juan (v.) que sólo piensa en la dote, y le co­rresponde con todo el fuego de sus jóvenes años. Descubiertos sus sentimientos y amenazada por su padre, que conoce las fecho­rías del joven y quisiera dar a Stella un esposo más conveniente, la muchacha no vacila en desafiar a su progenitor. Encerra­da en una buhardilla, resiste a la voluntad de su padre sin doblegarse, siempre fiel a su ideal, o sea a sí misma y a su sueño. Y un día en que se le presenta ocasión, es­cribe al amado, declarándole que está dis­puesta a huir con él si acude a salvarla.

Tensa en esta inflexible y desesperada co­herencia que constituye la íntima lógica de toda pasión exclusiva, Stella es en este momento la autora de su drama. Y cuando se entera de pronto de que el hombre por quien se sacrificó es un hombre indigno que, olvidándola, ha buscado y obtenido la mano de otra mujer, el choque con la realidad y el derrumbamiento de sus en­sueños rompen de golpe la frágil fibra de aquella muchacha que ve desaparecer de repente toda razón de vivir. Stella alcanza la nota más intensa de su doliente huma­nidad, no en la contraposición de su fuerza tenaz y convencida a la fuerza de su pa­dre, sino en su imposibilidad de dominar su sencillez tan desarmada ante la reali­dad de su derrota.

M. Siguro

Stella

Personaje de la tragedia de su nombre (v.), de Johann Wolfgang Goethe (1749-1832). Criatura palpitante de vida, amante y no pecadora, ignorante del mal y víctima de la pasión, ligera como corres­ponde a un ser concebido por la fantasía de un poeta, Stella, pura y fresca, encarna la propia pasión de Goethe, que en ella se refleja, mostrándonos ora el rostro de Maxi, ora el de Friederike, ora el de Lotte, ora el de Lili.

Pero siempre es la misma mu­chacha, honrada burguesa, que encendida por la llama del amor se convierte en poe­sía e irrealidad. Su andar por el mundo es como el vuelo de una mariposa o como el brotar de una flor en primavera, colo­reada y espontánea. Y como una mariposa o una flor debía morir de pena, de amor o de felicidad. El suicidio que le impuso el público, que no la comprendió y tomó por verdadera carne el delicioso envolto­rio femenino de un corazón apasionado, mató también en ella a la poesía. Bien lo sabía su autor, que siempre la amó tal y como la había concebido por primera vez. G. F. Ajroldi

Stella

Bajo este nombre, sir Philip Sidney (1554-1586) celebró a Penélope Devereux en sus sonetos (v. Astrofel y Stella). El nombre de Stella fue dado también por Jonathan Swift (1667-1745) a Esther John­son, a quien dedicó su Diario para Stella (v.), consistente en sesenta y cinco cartas impresas desde 1766 a 1768 en las Obras de Swift (vols. 10 y 12): el escritor narra en ellas los acontecimientos de su vida en Londres, día por día, empleando con la mujer amada una curiosa jerga pueril («the little language»). Las relaciones de Swift con Stella han constituido uno de los mis­terios más discutidos por los biógrafos, pero ninguna de las teorías es plenamente satisfactoria.

M. Praz