Tarimenes

Protagonista de la novela enciclopedista El viaje de Tarimenes (v.), de Gyórgy Bessenyei (1747-1811). Tarime­nes es un joven entusiasta del «siglo de las luces», que, abandonando las tierras pater­nas, se dirige a la corte de Kirotos (Viena) donde confluyen las más refinadas corrien­tes del ingenio y de la belleza.

En com­pañía de un hombre salvaje, Kirakades, vi­sita las instituciones de la civilización occi­dental, lo cual da pie a pasar revista a toda la sociedad de la época, ante la cual Tarimenes reacciona con el sentido común y las ideas progresistas de los enciclope­distas franceses de la época. En las nove­las didácticas los caracteres de los perso­najes raramente poseen verdadera indivi­dualidad; pero Tarimenes se parece dema­siado al joven Bessenyei para no poseer unos rasgos netamente marcados: el candor del joven provinciano, su insaciable sed de progreso y de conocimientos, su tem­peramento vivo y entusiasta, inclinado a los impulsos afectuosos y abnegados, como el amor por una reina adorada (María Te­resa) o por una exquisita bailarina (Tomiris).

Por ello Tarimenes resulta una de las figuras más humanas y más auténticamente jóvenes de la literatura europea de la época de la Ilustración.

G. Hankiss

Tariel

Héroe de la epopeya nacional georgiana El caballero de la piel de leo­pardo (v.), de Sciotha Russthaveli (siglo XII). Caballero de la época más gloriosa de su país, Tariel es la encarnación de to­das las virtudes caballerescas del pueblo georgiano.

Fuerte, intrépido y audaz, lucha abiertamente por todas las causas justas, negándose a toda componenda y rechazando toda astucia. Leal a la amistad y constante en su fidelidad al Emperador, rinde a esas virtudes un culto inquebrantable, incluso cuando le llevan a obrar contra su cora­zón. Así, a pesar de que está enamorado de Nestan Daregian, hija del emperador, no vacila en cumplir la orden que éste le ha dado, de que salga al encuentro del prometido de aquélla, y sólo cuando Nes­tan-Daregian, afeándole su acción, le ofen­de en sus más íntimos sentimientos, se deja llevar por un impulso rebelde y aplasta la cabeza de su rival, el príncipe chino.

En su fuerza elemental, en sus actitudes y en sus hazañas, Tariel se asemeja a Sigfrido (v.), pero su destino es más optimista, por cuanto sus combates le permiten alcanzar la felicidad, mientras que el héroe alemán, cuando gozaba de una vida serena, sucum­bió víctima de las maldades humanas. Com­parable a las más célebres figuras de las epopeyas europeas occidentales, Tariel es en todo momento el ideal del caballero «sin miedo y sin tacha», a la vez que la máxima expresión de las virtudes de Geor­gia oriental (Karthli y Kakhethi).

B. Sadathierashivi

Taras Bulba

Héroe de la novela del mismo nombre (v.) de Nicolás Gogol (Nikolaj Vasil’evič Gogol’, 1809-1852), figura en cierto sentido simbólica de todas las cualidades características, positivas y ne­gativas, del tipo histórico del cosaco.

La figura del cosaco no era totalmente nueva en la obra de Gogol, que había represen­tado varios tipos de ella en sus Veladas en la finca de Didanca (v.). La importan­cia de Taras Bulba consiste en el carácter algo polémico con que Gogol intentó ex­plicar aquellos rasgos nacionales que, sal­tando a los ojos en la vida contemporánea, parecían ridículos, como son la pereza  la indiferencia y la terquedad. Proyectado so­bre un fondo histórico, en cambio, adqui­rían todo su valor real. Así la testarudez, que en la figura del cosaco Cimba, en las Veladas, resulta ridícula, en Taras adquiere el aspecto de la tenacidad inspirada en el amor patrio, mientras que la indiferencia y la flema de los personajes cómicos de otros relatos se convierte en Taras en heroica serenidad.

Frente a él, las figuras de sus dos hijos encarnan la una, la de Ostap, la continuidad heroica y la otra, la desvia­ción de ésta, aunque ambas se inspiran en la tradición de la poesía popular: la pri­mera en los cantares guerreros y la otra en los cantares amorosos. Con Taras, que da muerte con su propia mano al hijo que se ha pasado al enemigo y asiste al supli­cio del otro, aquella tradición parece re­conocer, en un último resplandor de gloria, su propio fin. El propio Taras parece darse cuenta de ello: postrer representante de la epopeya cosaca, lleva ya en sí la nostalgia, y con él la antigua vida de su pueblo se vuelca bruscamente en la perpleja y com­pleja civilización rusa del siglo XIX.

E. Lo Gatto

Tannhäuser

Héroe de una famosa le­yenda medieval alemana (v. Tannhäuser) que ha sido objeto de numerosas refundi­ciones poéticas en la literatura moderna.

Detrás del personaje legendario vive un personaje histórico: un poeta, un trovador, muerto, al parecer, hacia 1270; nacido tal vez en Salzburgo de Baviera y cantor en la corte de Federico II de Austria y luego en la de Otón II de Baviera, ora rico y poderoso, ora pobre, lleno de deudas y va­gabundo, y cuyos cantos oscilan entre la religiosidad y la frivolidad, entre lo serio y la parodia. Es indudable que se burla del «Minnedienst», o «servicio de amor», cuando enumera las cosas imposibles, como desviar ríos o astros de su curso, apresar a la salamandra entre las llamas, u otras parecidas, que su dama, a cambio de sus favores, pretende obtener de él. En uno de sus «Leiche», Tannhäuser prorrumpe en un himno a Venus, mientras en otro entona un canto penitencial. Tal vez de aquí arran­que la leyenda que, en un cantar publi­cado en 1515, pero indudablemente com­puesto mucho antes, nos muestra al poeta hechizado por Venus.

Son versos ingenuos, pero llenos de frescor (Heine los comparó al Cantar de los Cantares, v.); Tannhäuser se presenta en ellos como decepcionado e indeciso, torturado por el remordimiento: «Vuestro amor se ha convertido para mí en dolor. Creo, oh mi señora Venus, noble y dulce señora, que no sois más que una diablesa». En realidad, a pesar de todas las seducciones puestas en juego para de­tenerle, parte en dirección a Roma, con objeto de obtener el perdón y empezar una nueva vida. Al serle negado aquél, regresa al monte de Venus; pero su resolución es la de un desesperado. Y el final es más bien una triste condenación del Papa que no le otorgó el perdón, que del propio Tann­háuser.

Olvidada durante mucho tiempo, era natural que la figura del «cantor maldito» volviera a inspirar a los románticos; será el Tannhäuser lánguido y un poco insípido de la novelística de Tieck, o el Tannháuser grotesco y torpe de uno de los menos lo­grados relatos de Hoffmann (el cual tiene sin embargo el mérito de haber fundido por primera vez el Tannháuser de Venus con el trovador que participó en la Compe­tición de los cantores en la Wartburg, v., abriendo así el camino a Wagner). También en la obra de los hermanos Grimm revive un Tannháuser dulcemente poético aunque demasiado pueril. Para dar nueva vida a la antigua figura, Heine hace de él un hombre verdadero, con todos sus ardores y sus despreocupaciones, con todo su amor y con toda la saciedad del amor. Los demasiados besos y la excesiva molicie del Venusberg le dan la sed de cosas más amargas: le horroriza aquella diosa tan bella que per­teneció ya a tantos y que todavía será para tantos otros una fuente de delicias. Pero mientras postrado ante el pontífice solicita el perdón y el olvido, he aquí que Venus reaparece, con sus locas carcajadas de mu­jer feliz y con su irreflexiva alegría; de tal modo que la negativa del papa no parece a Tannháuser una desventura sino una li­beración.

El pecador vuelve, pues, a Ve­nus, que le acoge feliz, y el recuerdo de Roma y de su fracasada misión no es más que una pálida sombra que apenas empaña la dicha de los amantes. Muy distinto es el Tannháuser de Wagner (v. Tannhäuser). «Nunca es — dice Wagner — sólo ‘un poco’, sino algo ‘completo’ y ‘entero’: se entrega de lleno al goce entre los brazos de Venus, y con un sentido muy preciso de la nece­sidad de liberarse, rompe los vínculos que a ella le unen, sin repudiar por ello a la diosa del amor». Con Elisabeth, pura y casi etérea, le une un amor muy distinto: cuando ella, tras su larga ausencia, le aco­ge en la Wartburg con tan impetuosa pa­sión, Tannháuser se siente lleno de alegría y en su interior promete consagrarse a aquella vida noble y honrada que ha vuel­to a descubrir.

Pero inmediatamente des­pués, durante el Certamen, el himno que Wolfram de Eschenbach entona al amor espiritual despierta nuevamente en él un afán de burla y negación, y, en el recuerdo apenas dormido de sus pasadas voluptuo­sidades, Tannháuser entona a su vez un himno blasfemo al amor sensual y a la diosa de Chipre que lo encarna. La gene­rosidad de Elisabeth, sin embargo, le hace volver en sí, y a partir de aquel instante se impone a Tannháuser el arrepentimiento y el deseo de redención. Rechazado y mal­decido por el papa, regresa para ver muerta a la virgen fiel que en vano le aguardaba y que ha sucumbido al ver que entre los peregrinos perdonados y absueltos no figu­raba su Tannháuser. En la angustia de aquella hora tan amarga, Venus reaparece y una vez más intenta apoderarse del pe­cador en un supremo ofrecimiento. Pero sólo por un instante Tannháuser parece ceder. Sobre el cadáver de Elisabeth, su cantor expira pronunciando una palabra de redención: «iSanta Elisabeth, ruega por mí!» Su amor le ha salvado, y ahora Tannhäuser podrá subir al cielo de los bien­aventurados.

B. Allason

Tancredo

[Tancredi]. Personaje de La Jerusalén libertada (v.), de Tasso (1544- 1595), no tiene, aparte el nombre, apenas nada en común con el personaje histórico que Tasso se propuso retratar: el príncipe normando Tancredo, nieto de Roberto Guis­cardo (v.) y uno de los jefes de la primera cruzada.

En cambio, es un modelo de virtu­des caballerescas, a quien el poeta se com­place en mostrar como impávido y habilísi­mo esgrimidor, prudente, humano y cortés, dolorosamente envuelto en el clima de dos amores igualmente desdichados: el de Her­minia (v.) por él, ignorado y no corres­pondido, y el suyo por Clorinda (v.). Tan- credo protege y aconseja a Rinaldo (v.) y le defiende después de su fracaso ante Gof­fredo (v. Godofredo); a pesar de su herida, se ocupa de que se entierre decorosamente a Argante (v.), a quien ha dado muerte en combate, y aun antes de recobrar la salud, se precipita a defender con las armas al viejo Raimondo durante la última batalla. Su patria italiana, varias veces menciona­da, con sus «playas amenas» y las colinas que se reflejan en el golfo de Nápoles, tie­rra natal del poeta, le comunica una ama­ble luz.

Pero ni la amabilidad ni el valor constituyen lo esencial de su carácter, sino su pasión por Clorinda, la bella guerrera sarracena, amor de soñador y de poeta, fatalmente tormentoso y desdichado. En la poesía caballeresca no son nuevos tales lamores entre guerreros que militan en campos adversos (v. Bradamante y Ruggiero en El Orlando enamorado, v., de Boyardo, así como las aventuras y desven­turas de los mismos en el Orlando furioso, v.); por el contrario, sirven de pretexto a nuevas aventuras y a nuevos encuentros. En cambio, el amor de Tancredo está pin­tado en su íntimo dramatismo y erigido en el símbolo mismo del amor irrealizable. Ese «vano» amor se convierte en tragedia el día que Tancredo se enfrenta, sin reco­nocerla, con su amada, que juntamente con Argante se ha atrevido a incendiar las má­quinas de guerra de los cruzados: en aquel desesperado combate nocturno, en la ple­garia de Clorinda antes de morir, solici­tando el bautismo, y en la terrible revela­ción de su personalidad, se ve el cumpli­miento del destino del que las precedentes alusiones no eran sino un lejano presagio.

La melancolía de Tancredo se convierte ahora en dolor, que conduce al desdichado hasta el umbral de la locura, para resolver­se luego en una tierna elegía: en la familia­ridad con el pensamiento doloroso, resurge el alma de poeta que latía en el guerrero; como Laura (v.) al Petrarca, también Clo­rinda se le aparece en sueños, criatura ahora ya bienaventurada y superior en su beatitud al amado, pero también pacificada con él y a él idealmente unida. Sin em­bargo, el horror por la tragedia sufrida reaparecerá una vez más, cuando, después de ofrecerse a arrostrar los encantos de la selva, Tancredo se halla en aquella misma floresta ante su secreto y no vencido tormento.

Tancredo supera sin miedo las mu­rallas de fuego y las otras imágenes ame­nazadoras, pero cuando oye que los árboles prorrumpen en gemidos humanos y cuando ve que un ciprés, que él intentara derribar, chorrea sangre, y sobre todo cuando per­cibe a lo lejos la voz de Clorinda, que le echa en cara su crueldad, no puede resis­tir, a pesar de que presiente que tal vez todo ello no es más que ficción y apa­riencia: nueva y feliz variación del tema virgiliano de Polidoro (v.), del dantesco Pier della Vigna (v.) y del Astolfo (v.) de Ariosto. Luego, Tancredo volverá a ser el caballero valeroso y gentil que ya co­nocemos y, tras la caída de Jerusalén, ter­minará victoriosamente su duelo con Ar- gante, pero, como un héroe típicamente prerromántico, permanecerá ligado a su trá­gica pasión.

M. Fubini