[Tancredi]. Personaje de La Jerusalén libertada (v.), de Tasso (1544- 1595), no tiene, aparte el nombre, apenas nada en común con el personaje histórico que Tasso se propuso retratar: el príncipe normando Tancredo, nieto de Roberto Guiscardo (v.) y uno de los jefes de la primera cruzada.
En cambio, es un modelo de virtudes caballerescas, a quien el poeta se complace en mostrar como impávido y habilísimo esgrimidor, prudente, humano y cortés, dolorosamente envuelto en el clima de dos amores igualmente desdichados: el de Herminia (v.) por él, ignorado y no correspondido, y el suyo por Clorinda (v.). Tan- credo protege y aconseja a Rinaldo (v.) y le defiende después de su fracaso ante Goffredo (v. Godofredo); a pesar de su herida, se ocupa de que se entierre decorosamente a Argante (v.), a quien ha dado muerte en combate, y aun antes de recobrar la salud, se precipita a defender con las armas al viejo Raimondo durante la última batalla. Su patria italiana, varias veces mencionada, con sus «playas amenas» y las colinas que se reflejan en el golfo de Nápoles, tierra natal del poeta, le comunica una amable luz.
Pero ni la amabilidad ni el valor constituyen lo esencial de su carácter, sino su pasión por Clorinda, la bella guerrera sarracena, amor de soñador y de poeta, fatalmente tormentoso y desdichado. En la poesía caballeresca no son nuevos tales lamores entre guerreros que militan en campos adversos (v. Bradamante y Ruggiero en El Orlando enamorado, v., de Boyardo, así como las aventuras y desventuras de los mismos en el Orlando furioso, v.); por el contrario, sirven de pretexto a nuevas aventuras y a nuevos encuentros. En cambio, el amor de Tancredo está pintado en su íntimo dramatismo y erigido en el símbolo mismo del amor irrealizable. Ese «vano» amor se convierte en tragedia el día que Tancredo se enfrenta, sin reconocerla, con su amada, que juntamente con Argante se ha atrevido a incendiar las máquinas de guerra de los cruzados: en aquel desesperado combate nocturno, en la plegaria de Clorinda antes de morir, solicitando el bautismo, y en la terrible revelación de su personalidad, se ve el cumplimiento del destino del que las precedentes alusiones no eran sino un lejano presagio.
La melancolía de Tancredo se convierte ahora en dolor, que conduce al desdichado hasta el umbral de la locura, para resolverse luego en una tierna elegía: en la familiaridad con el pensamiento doloroso, resurge el alma de poeta que latía en el guerrero; como Laura (v.) al Petrarca, también Clorinda se le aparece en sueños, criatura ahora ya bienaventurada y superior en su beatitud al amado, pero también pacificada con él y a él idealmente unida. Sin embargo, el horror por la tragedia sufrida reaparecerá una vez más, cuando, después de ofrecerse a arrostrar los encantos de la selva, Tancredo se halla en aquella misma floresta ante su secreto y no vencido tormento.
Tancredo supera sin miedo las murallas de fuego y las otras imágenes amenazadoras, pero cuando oye que los árboles prorrumpen en gemidos humanos y cuando ve que un ciprés, que él intentara derribar, chorrea sangre, y sobre todo cuando percibe a lo lejos la voz de Clorinda, que le echa en cara su crueldad, no puede resistir, a pesar de que presiente que tal vez todo ello no es más que ficción y apariencia: nueva y feliz variación del tema virgiliano de Polidoro (v.), del dantesco Pier della Vigna (v.) y del Astolfo (v.) de Ariosto. Luego, Tancredo volverá a ser el caballero valeroso y gentil que ya conocemos y, tras la caída de Jerusalén, terminará victoriosamente su duelo con Ar- gante, pero, como un héroe típicamente prerromántico, permanecerá ligado a su trágica pasión.
M. Fubini

