Taugenicht

Héroe de Episodios de la vida de un holgazán (v.), de Joseph von Eichendorff (1788-1857), su nombre signifi­ca «vale-nada». Hombre de poco talento y grandemente deseoso de no hacer nada, de dormir, vagabundear, soñar y enamorarse, la única actividad de que echa mano en los momentos difíciles, en el hambre, el abandono, el desconsuelo y la nostalgia, es ésta: coger su violín, tocarlo y cantar.

Tiene por esencial lo que los demás tienen por superfluo: cuando, por uno de los aza­res que siempre acuden en ayuda de su irreflexión, se encuentra instalado en una casita con un buen huertecito, lo primero que se le ocurre es arrancar las patatas, zanahorias y hortalizas para plantar flores en su lugar. Su vida, naturalmente, con­siste en una serie de acontecimientos inco­nexos y de aventuras inverosímiles y des­concertantes, decepcionantes o muy dicho­sas, mas, para su protagonista, siempre in­esperadas e inexplicables.

La graciosa ca­marera que, en sus diversas apariciones junto a este soñador, representa el sentido común y el realismo, le dice siempre que es un tonto de capirote, que deja escapar las mejores oportunidades y no hace más que embrollar la madeja que ella le pre­para y desenreda. Pero la fortuna protege a Taugenicht y le hace ver siempre «su» bien en el mal;, si luego que alguna señora de cierta edad le ha tomado cariño para, acaso, hacerle rico y dueño de tierras y casas de campo en tanto él, por cualquier atolondramiento suyo, echa a perder tan buena ocasión, Taugenicht piensa: «Mejor».

Y lo dice nuevamente cuando se le escapa un trabajo seguro o un empleo remunera­tivo; puesto que no hay cargo ni riqueza comparables al goce de hallarse en un ca­mino vecinal, en una aurora radiante o en un luminoso ocaso, dueño de ir adonde le plazca, ligera el alma como los bolsillos, sin estorbos, frenos ni obligaciones. Taugenicht es una figura típicamente romántica, alen­tada por locas ilusiones, esperanzas vagas y más sueños que realidades. Es la figura característica del vagabundo sin meta, por cuanto su deseo, siempre renovado, también carece de ella. Claro está que conoce horas de nostalgia, en las que el recuerdo del molino paterno y del pueblo del que todas las casas y rostros le son familiares le hace sentir la tristeza de ser un vagabundo sin techo, sin un perro siquiera que aguarde su regreso, sin nada que justifique su vida. Una ola de ternura desatada por el recuer­do de cuanto ha dejado sucede, romántica­mente, a su ansia de novedades…

Pero le basta un encogimiento de hombros o una necedad mayor que las precedentes para volver a emprender su peregrinación y re­cobrar toda la alegría de vivir. Cuando Taugenicht se mete en la cabeza que ha de visitar Italia, donde, según le han dicho, la divina Providencia se encarga de todo, por lo cual basta tenderse boca arriba para que los frutos caigan por sí solos en ella y ponerse a bailar la tarantela cuando se está cansado de esta posición, he aquí que una maravillosa aventura le conduce a un fantástico castillo, aunque muy poco ita­liano, del país donde el naranjo florece, y en el que le Suceden las más inverosímiles aventuras. Y la Providencia — que en esta novela se muestra realmente benigna para con Taugenicht — le hará hallar de nuevo a la muchacha amada que, alejada de él por su origen encumbrado, determinó su huida y vagabundeo.

Es propio, en efecto, de este hombre con la cabeza en las nubes el confundir a una modestísima dama de compañía con la condesa y señora del cas­tillo; pero lo es más aún este hallazgo que le hace inmensamente feliz y abre de par en par a los dos las puertas de un futuro radiante. Y si no precisamente por el tra­bajo y la fatiga, lo ha merecido — ¿por qué no? — por su serenidad, su sincera ale­gría de vivir y su arte de tocar y cantar, que le lleva a componer alguna de las más lozanas poesías líricas del Romanticismo alemán, entre otras la inolvidable: «A aquel a quien quiera favorecer / Dios le enviará por el ancho mundo, / El tesoro de montes, bosques y agua / Ante sus ojos desple­gará…».

B. Allason

Tatiana Larin

Heroína del Euge­nio Onieguin (v.), de Alejandro Pushkin (Aleksandr Sergeevič Puškin, 1799-1837). Se ha dicho que la «novela en verso» del poeta ruso hubiera debido llevar como tí­tulo el nombre de Tatiana: tan grande es su papel en relación con el de Eugenio Onieguin (v.).

Aunque exteriormente no sea más que la encarnación, primero, de la jo­ven provinciana y luego de la dama rusa, Tatiana es generalmente considerada, por las manifestaciones de su ánimo, como el tipo positivo de la mujer de su país, «la apoteosis de la mujer rusa», según palabras de Dostoievski. El hechizo de su figura, por otra parte, reside tanto en su aspecto exterior como en sus rasgos internos. Sen­cilla, tímida, romántica pero reflexiva, «rusa en el alma, sin saber ella misma por qué», se mantiene fiel a su imagen, incluso cuan­do cambia de posición social: su frialdad y su calma exteriores, símbolo de una na­turaleza fuerte y profunda, son elementos positivos que el poeta sacó de la realidad, ni más ni menos que los elementos nega­tivos de Onieguin, los cuales, precisamente por contraste, parecen ofrecer mayor re­lieve que aquéllos.

La importancia del tipo de Tatiana en la literatura y en la vida rusa se manifiesta también en el hecho de que sólo después de su realización artística empezó aquella serie de admirables figuras femeninas que han hecho justamente cé­lebre la literatura narrativa rusa, sin que ninguna de ellas, empero, haya logrado superar a la Tatiana de Pushkin.

E. Lo Gatto

Tartufo

[Tartuffe]. Es el falso devoto, el temible hipócrita protagonista de la co­media de su nombre (v.) de Molière (1622- 1673). Penetrando en una casa de honrados burgueses, logra adueñarse de la confianza y del corazón del padre, que hace más caso de él que de su propia mujer e hijos; pero en realidad, su hipocresía florida e insinuante recubre los más bajos instintos.

Intenta seducir a la esposa de su bienhe­chor, prometiéndole el secreto que elimina la culpa ante el cielo y los hombres; cuan­do sus intenciones se descubren, lucha desesperadamente con las armas de la per­fidia, dispuesto a todo. Su figura amarga y exagerada, que casi rebasa las medidas del clasicismo francés, causó miedo desde su aparición; y no tanto por su meliflua falsía como por su terrible audacia, al arrancarse de golpe la máscara y mostrar lo que bajo ella se ocultaba. En efecto, Tartufo carece de la falsa buena fe de los hipócritas que, en determinado momen­to, logran creer en su propia hipocresía; él, por el contrario, tiene conciencia de su maldad y, al verse perdido, la revela de repente esperando sacar partido del terror que causará. Sólo Molière, con la decepcionada amargura que latía en el fondo de su alma, podía realizar ese carácter que sólo vive de abyección.

En el mundo de los personajes, Tartufo es un solitario: no tiene ni la desvergonzada campechanía de un Mefistófeles (v.), ni la orgullosa bes­tialidad de un Han de Islandia (v.) ni la licenciosa inconsciencia de un Roberto Lovelace (v.) o de un don Rodrigo (v.); por el contrario, carece incluso de aquel mínimo de generosidad o de necedad que humana­mente puede justificar a los peores hombres. Su universalidad es de carácter metafísico: no es un eco de valores que el hombre sien­ta en ningún momento en su corazón y en su vida, sino más bien la forma de una ne­gación absoluta, medrosamente proyectada por el hombre en un mundo de cósmica perdición. Molière, a veces, conoció ese mundo y se rió de él: en uno de tales mo­mentos vio pasar el fantasma de Tartufo, con su vidriosa mirada y su torcida sonrisa.

U. Dèttore

Tartarin

[Tartarin]. Protagonista de una trilogía de A. Daudet (1840-1897) (v. Tartarin de Tarascón), se ha convertido en el representante proverbial del heroísmo en zapatillas y del espíritu de aventura que vive en sueños porque se siente incapaz de trasladarse a la realidad.

Como su mis­mo creador afirma, en él don Quijote (v.) y Sancho Panza (v.) se funden en una sola persona. En ello consisten su novedad y su poesía. La mentalidad de Tartarin es in­fantil: como a los niños, le basta, para crear la aventura, un simple elemento sim­bólico que dé pie a su fantasía; le basta tener en el jardín un baobab de un metro de altura para creer que ha trasplantado allí un pedazo de la selva africana, y le basta haber tenido una vez una oferta de representaciones en Sanghai para imagi­narse haber estado allí y haber corrido las más heroicas aventuras. Su honradez no le permitiría inventar sobre la nada: su imaginación necesita apoyarse en un fragmento de realidad para transfigurarlo des­pués, del mismo modo que un niño, para imaginar desenfrenadas cabalgatas, debe al menos montar en el mango de una escoba.

En ello reside su humanidad. Sólo cuando la casualidad le obliga a contrariar su na­turaleza y a buscar realmente en el desierto africano aquellas aventuras que en sueños había tan perfectamente imaginado, Tarta­rin pierde el contacto consigo mismo: ape­nas el fragmento de vida será demasiado grande para servir de símbolo y sugestión, pero aun así permanecerá demasiado pe­queño para ser realidad victoriosa, y Tar­tarin no sabrá cómo servirse de él. En Ta­rascón, el espectáculo del león enjaulado le hace imaginar fantásticas cacerías; en África, el encuentro con un león en liber­tad, aunque sea domesticado y sin fuerza, no le sugiere nada, e incluso el hecho de haberle dado muerte queda limitado a su pobre insuficiencia. Cuando Tartarin envía a su pueblo la piel del pobre animal, no tiene la menor idea de remitir ningún do­cumento que atestigüe su gloria.

Quienes pensarán en ello serán los tarasconenses, que, precisamente porque no estuvieron en África, pueden todavía soñar sobre aquella raída piel y, a su regreso, Tartarin volverá a encontrarse en pleno clima de leyenda y se entregará de nuevo a él. Al igual que había acontecido con tantos héroes de or­den superior, para Tartarin el mundo de la fantasía se revelará así infinitamente más excelso que el de la realidad, y, para él como para aquéllos, las aventuras más bellas y más verdaderas seguirán siendo las soñadas.

U. Dèttore

El Tartaglia

Con el Doctor, del cual es una derivación, el Pedante (v.) y Pantalón (v.), forma parte de los viejos personajes de la «commedia dell’arte». Calvo y gordo, suele ser el padre de algún otro personaje — generalmente Polichinela (v.) o Colombina (v.) —, y desempeña los papeles de juez, notario o farmacéutico.

Es de origen napolitano y se caracteriza por su miopía y su tartamudez. Tales rasgos le convierten más bien en un bufón que en un personaje; su contenido humano es es­caso y su gracia consiste exclusivamente en los efectos cómicos logrados a través de su tartamudez y de su semiceguera. En el siglo XVII llevaba grandes antiparras verdes, sombrero redondo, capa y traje verdes con listas horizontales amarillas, medias blancas y zapatos castaño. En el siglo XVIII apareció en algunas comedias de Cario Gozzi en librea verde con alamares de plata. Goldoni, que se limitó a los cuatro tipos clásicos de Pantalón, Arlequín (v.), Brighella (v.) y el Doctor, no le dio acogida. Pero su típico tartamudeo no ha dejado de ser un motivo cómico hasta nuestros días.

U. Déttore