Utnapishti

Es el nombre que los babilonios y asirios daban a su héroe del Diluvio Universal, mientras que los súme­nos, que precedieron a aquellas naciones en el dominio de la antigua Mesopotamia, le llamaban Ziusuddu u otros nombres se­mejantes. Utnapishtim es mencionado con frecuencia en la literatura babilónica y es la figura principal en el episodio del Dilu­vio Universal según figura en la última tabla de la Epopeya de Gilgamesh (v.).

El poeta le describe como hombre piadoso, pero que, a consecuencia de la enemistad divina, tiene que abandonar su ciudad na­tal, Shuruppak. Protegido por el dios Ea (v.), éste le comunica la decisión que los otros dioses han tomado, por inspiración de Enlil (v.), de destruir a la humanidad, y le aconsejan que se construya una nave con la que podrá escapar a la invasión de las aguas. Así lo hace Utnapishtim, y al cabo de algún tiempo, su nave se detiene en la cumbre de un monte. Utnapishtim sale de ella, ofrece un sacrificio y finalmente se traslada a una isla junto a la desembo­cadura del Eufrates y el Tigris, donde vive feliz para siempre, ya que el dios Enlil le ha concedido la inmortalidad. Apenas es necesario subrayar el paralelismo de esta figura con la de Noé (v.).

F. Gabrieli

Usas o Usā

Es la divinización de la aurora en la mitología hindú, según se re­coge en el Rig-Veda (v.). Se la representa unas veces como encantadora doncella, que danza por los cielos y al danzar descubre sus ocultos tesoros, otras veces como hija del Sol, otras como su amante o su esposa, otras como su madre.

Pero siempre es bella y poética, esparce la luz, despierta y ani­ma a todos los seres y es rica en caballos y en toda clase de bienes. Hija de la luz, es transportada en un carro luminoso, arras­trado por espléndidos corceles, triunfa de sus enemigas las tinieblas, penetra en las casas y despierta todas las mañanas al son de los himnos que fervorosamente entonan sus fieles.

A. M. Pizzagalli

Ursus

Dos célebres personajes, total­mente independientes entre sí, llevan este nombre. El primero es una destacada figu­ra de la novela de Víctor Hugo (1802-1885) El hombre que ríe (v.); y, entre las figuras de gran estilo creadas por el escritor fran­cés, es una de las mayores.

Es un saltim­banqui filósofo, mimo e imitador de ani­males y de sonidos, pero dotado de una cultura humanística y, sobre todo, de un tierno corazón, que no le impide ser pro­fundamente pesimista. Él mismo eligió su nombre, en un momento de malhumor, en el que llamó Homo a su oso y Ursus a sí mismo. Ursus no odia a los hombres, pero ha perdido toda fe en ellos; su inteligencia hubiera podido procurarle algún éxito, pero evidentemente sus ambiciones, no menos que sus ideales, apuntaban demasiado alto y, decepcionado, ha dejado de creer en la verdad de la vida social y ha elegido en ella una posición excéntrica y simbólica de su desilusión: el mimo, en efecto, no es más que un creador de apariencias. Semejante concepción habrá de prosperar más tarde, entre los novelistas postrománticos, que en gran parte siguieron la estela de Víctor Hugo.

Lo que salva a Ursus de la acida desesperación del fracasado es su íntima generosidad, que él intenta ocultar bajo una arisca apariencia, pero que se ha con­servado intacta a pesar de su fracaso; en virtud de ella, Ursus se cuida de la crianza de dos desdichadas criaturas: la ciega Dea (v.) y Gwynplaine (v.), a quien una intri­ga canalla convirtió en un monstruo al desfigurar su boca en una eterna y grotesca carcajada. La vida de esas criaturas será la de Ursus, y su muerte sellará definiti­vamente su actitud acongojada y negativa. La fórmula de su personalidad, semejante a la de Quasimodo (v.), Triboulet (v.) y tantos otros personajes victorhuguescos, con­siste en el constante contraste o en la fu­sión de valores opuestos: misántropo y a la vez altruista, huraño y sensible, filósofo y saltimbanqui, Ursus debe todos sus efec­tos dramáticos a la coexistencia de impul­sos diversos y contrarios, como cuando, con el corazón angustiado, imita él solo toda una representación bufonesca e incluso el rumor del público, para dar a la ciega Dea la impresión de que su querido Gwynplai­ne, tal vez muerto o encarcelado, sigue hallándose junto a ella.

El segundo Ursus es el buen gigante que en el Quo Vadis? (v.), de Henryk Sienkiewicz (1846-1916), salva de la muerte a su bella dueña, Ligia (v.), condenada como cristiana por Nerón, agarrando por los cuernos y revolcando por la arena al búfalo a que aquélla había sido atada. También en este Ursus existe un contraste: el de una fuerza hercúlea al lado de una absoluta abnegación. Aun­que es una figura secundaria en la novela, su persona está constantemente en escena, representando, juntamente con Ligia, el re­ciente mundo cristiano, que en él parece afirmar su vitalidad, del mismo modo que en Ligia expresa sus valores más delicados.

U. Déttore

Doña Urraca

Personaje de muchos «romances viejos» (v. Romancero) y de dos dramas de Guilién de Castro (1565-1628), Las mocedades del Cid y Las empresas del Cid (v. Cid). Es una de las figuras favo­ritas de la fantasía poética española.

His­tóricamente fue una hija de Fernando IV de Castilla, de quien heredó en feudo la ciudad de Zamora. La poesía popular no tardó en apoderarse de su figura y confun­dió la historia con la leyenda, dejando in­tacta, sin embargo, su esencia poética, en­vuelta en aquella piedad tan cristiana por los vencidos y fracasados, que puede con­siderarse un típico rasgo español. En rea­lidad, los dos límites entre los cuales sueña y sufre su juventud son los mismos en el arte y en la historia, o por lo menos en aquella forma superior de historia que es la leyenda, ya que en ambas la Infanta no llega jamás a vivir la plenitud de su destino ni a conservar invictos sus encan­tos de mujer, sino que en una y otra la flor de su sentimiento se marchita antes de llegar a la madurez.

En la historia fue víctima de la violencia de su hermano don Sancho, que intentó desposeerla de Zamo­ra; en el arte, las ansias y los anhelos de su juventud acompañaron la primavera de Jimena (v.) y el triunfo del Cid (v.), por­que es glorioso para un héroe ser amado por la hija de un rey. Sólo le queda aque­lla primera esperanza, como una luz le­jana hacia la que volverá los ojos en los años más duros de su vida, para encon­trarla escondida en su alma bajo las rui­nas de las pasadas vicisitudes. El Roman­cero ha dejado fijada su actitud de lamento e irritación en el célebre romance «Afuera, afuera, Rodrigo», en el que desde lo alto de la torre de Zamora echa en cara al Cid el haber preferido a Jimena y le induce a levantar el cerco de la ciudad.

C. Capasso

Urías Heep

Personaje del David Copperfield (v.), novela de Charles Dickens (1812-1870). Es una siniestra figura, que por odio, codicia y astucia adopta delibe­radamente una conducta hipócrita, hasta que ésta acaba por convertirse para él en una segunda naturaleza. A diferencia de lo que ocurre con Tartufo (v.), su hipocresía no se funda en un fingido homenaje a los más altos valores religiosos y morales, que le llevaría a la beatería, sino en un pre­sunto respeto a las jerarquías sociales, que se expresa en una ostentosa humildad.

Urías Heep es, pues, una nueva encarnación del personaje molieresco, que, al pasar de una civilización teísta a una sociedad bur­guesa, ha adquirido una nueva modalidad. Dotado de un físico correspondiente a su personalidad moral — rostro cadavérico y manos pegajosas—, suma a la codicia de Tartufo un odio de clase que expresa me­lodramáticamente para perder a un hombre que no ha cometido ningún delito. Urías es, pues, un personaje más complejo, en parte consciente y en parte cegado por su pasión, fruto de un sistema social que Dickens condenaba.

M. Praz