Personaje de muchos «romances viejos» (v. Romancero) y de dos dramas de Guilién de Castro (1565-1628), Las mocedades del Cid y Las empresas del Cid (v. Cid). Es una de las figuras favoritas de la fantasía poética española.
Históricamente fue una hija de Fernando IV de Castilla, de quien heredó en feudo la ciudad de Zamora. La poesía popular no tardó en apoderarse de su figura y confundió la historia con la leyenda, dejando intacta, sin embargo, su esencia poética, envuelta en aquella piedad tan cristiana por los vencidos y fracasados, que puede considerarse un típico rasgo español. En realidad, los dos límites entre los cuales sueña y sufre su juventud son los mismos en el arte y en la historia, o por lo menos en aquella forma superior de historia que es la leyenda, ya que en ambas la Infanta no llega jamás a vivir la plenitud de su destino ni a conservar invictos sus encantos de mujer, sino que en una y otra la flor de su sentimiento se marchita antes de llegar a la madurez.
En la historia fue víctima de la violencia de su hermano don Sancho, que intentó desposeerla de Zamora; en el arte, las ansias y los anhelos de su juventud acompañaron la primavera de Jimena (v.) y el triunfo del Cid (v.), porque es glorioso para un héroe ser amado por la hija de un rey. Sólo le queda aquella primera esperanza, como una luz lejana hacia la que volverá los ojos en los años más duros de su vida, para encontrarla escondida en su alma bajo las ruinas de las pasadas vicisitudes. El Romancero ha dejado fijada su actitud de lamento e irritación en el célebre romance «Afuera, afuera, Rodrigo», en el que desde lo alto de la torre de Zamora echa en cara al Cid el haber preferido a Jimena y le induce a levantar el cerco de la ciudad.
C. Capasso

