Vandenesse

[Félix de Vandenesse]. Personaje que aparece varias veces en La comedia, humana (v.), de Honoré de Balzac (1799-1850). Después de Rastignac (v.) y de Marsay (v.), puede decirse que el conde Félix de Vandenesse representa el tipo in­teligente y elegante, la flor de aquella so­ciedad parisiense que el gran novelista con­virtió casi en un mito, difundido por toda la Europa del siglo XIX.

En efecto, Vande­nesse, que como héroe de novela tiene escaso relieve, es quizás, en sus distintas apariciones, el más fino intérprete de aquel ideal mundano, en el que lo señoril del trato se aliaba a una caballeresca natura­lidad. Su amor juvenil por la señora de Mortsauf en El lirio del valle (v.) es inge­nuo y puro; su relación con Natalie de Manerville, en El contrato de matrimonio, y sus bodas con Angélique de Grandville en Los secretos de la princesa de Cadignan y en Una hija de Eva (v.), marcan las etapas del desarrollo de su vida privada, en la que demostró una lúcida prudencia, salvando a tiempo a su mujer de una fugaz tentación de pecado. Al mismo tiempo, Vandenesse logró obtener, en su vida pública, los más altos cargos y la consideración de sus más ilustres contemporáneos (v. Ilusiones per­didas y Memorias de dos jóvenes recién casadas).

F. Neri

José Pedro Valverde

Protagonista de la novela de Eduardo Barrios (1884-1963) Gran señor y rajadiablos (v.). A través de una serie de cuadros aislados, ordena­dos cronológicamente y reunidos en cinco «evocaciones» que coinciden con las edades de la vida del hombre, nos enfrentamos con este latifundista audaz, despótico, típico se­ñor feudal. Hijo de un hacendado, muerto por unos bandoleros durante su niñez, vive con su tío, sacerdote que parece anunciar la personalidad del sobrino.

Aunque unidos por un mutuo cariño y admiración, la seme­janza de sus caracteres los hace chocar al­guna vez: «Es que en el fondo somos igua­les. A mí basta que me prohíban algo para que me crezcan las ganas de hacerlo». Ca­tólico ferviente, y lo demuestra más en la fe que en los hechos, se convierte a la muerte de su tío en dueño de la hacienda y, gracias a su audacia, en el cacique de la región. Hará y deshará a su antojo, crea­rá su propia ley, la del más fuerte, sembra­rá de hijos naturales los fundos y caseríos, pero Barrios, dándonos la doble faz del personaje — junto a su despotismo los mo­mentos de desfallecimiento, junto a sus pasiones el tierno amor hacia las dos hermanas Lazúrteguis, junto a sus rasgos de gran señor las maneras del «huaso» — con­seguirá no sólo humanizarlo, sino rodearlo de simpatía.

Valverde, ante todo, es un hombre de acción, «un hombre de los crea­dores, de los que destrozan cosas para ha­cer cosas». Seguro de sí mismo, el pregón de su personalidad, el yo, navega a lo largo de toda la obra: «Yo, José Pedro Valverde, soy yo y nadie más que yo». Es en la úl­tima de las evocaciones, «Águila vieja», donde su grandeza parece mayor, al en­frentarse con el paso del tiempo y el des­pertar de un reformismo que no puede do­minar. Los contrastes entre defectos y vir­tudes son también mayores. Hallamos la escena en que se nos muestra como lo que en realidad es: una fuerza opresora de los necesitados. «Ricos de la gran perra», mur­mura uno de sus peones, y otro, que acepta aquella sociedad feudal como única posi­ble, confiesa a su señor: «¡Y cómo ha de ser, pues, patrón, el pobre! Pasto blanco.

Lo pisotean, pero él se levanta, y a la tarde ya está fresco, creciendo pa que se lo co­man». Hallamos también su muerte, culmi­nación de su obra, plena de soberbia y vo­luntad: «Yo me muero cuando me da la gana». «Patrón, señor, en toda circunstan­cia: eso fue el Taita José Pedro. Duro y tierno, serio y tarambana, demócrata y feu­dal, rajadiablos… pero gran señor».

S. Beser

Vizconde de Valmont

[Vicomte de Valmont]. Personaje de la novela epistolar Las amistades peligrosas (v.), de Choderlos de Lacios (1741-1803).

Vanidoso y libertino, este frecuentador de alcobas femeninas de la alta sociedad francesa en vísperas de la Revolución apenas se distinguiría de otros tantos libertinos no filósofos de la época, si en un determinado momento no se en­contrara con la Marquesa de Merteuil (v.), y, convertido en su amante, aunque por breve tiempo, según el capricho de ella, no pasara a ser también su víctima, o mejor aún, una simple marioneta en sus manos. Efectivamente, la marquesa le ordena que corrompa a una joven apenas salida del convento y próxima a prometerse (Cecilia Volanges), y, estimulando ora su vanidad, ora su erotismo, le obliga indirectamente a vertiginosos «tours de forcé» galantes, sin que él llegue a darse plenamente cuen­ta; por el contrario, se ensoberbece de ellos hasta compararse, en un ridículo delirio de orgullo, a los grandes capitanes, como un Turena o un Federico el Grande: así lo hace, por ejemplo, cuando logra vencer la virtud de la austera «devota» señora de Tourvel.

Pero incluso tras este triunfo, la marquesa se burla de él, no sin un asomo de mal reprimidos celos. Y cuando Valmont quisiera volver, aunque sólo fuera una vez, a sus brazos, coronando así su gran victo­ria, la marquesa le rechaza. Entonces Val­mont, con una súbita y desesperada deci­sión, se lanza a una última intriga en la cual se perderá él y perderá a su ex aman­te. Un par de sablazos bien administrados le enviarán al otro mundo, y por fatal contragolpe descubrirán el pérfido y hasta entonces victorioso juego de la señora Mer­teuil. Valmont tiene cierta afinidad moral con Roberto Lovelace (v.): es, como él, un profesional del erotismo dieciochesco, aun­que menos pérfido y con un resto de incons­ciente ingenuidad. Más depravado que malo, al final puede arrepentirse y perdonar a quien le hirió, obteniendo así, hasta cierto punto, su rehabilitación moral.

G. T. Rosa

Vālmīki

Legendario autor y personaje del Rāmāyana (v.). Según se narra en los primeros cantos del poema, Vālmīki recibió de Nārada la indicación de cantar las ha­zañas de Rāma (v.) y para ello inventó el «śloka», o sea la estrofa que luego adoptó en el poema, lanzando precisamente en este metro una imprecación espontáneamente na­cida en sus labios contra un cruel cazador que, habiendo sorprendido junto a la mar­gen de un río a una pareja de garzas rea­les, había dado muerte al macho.

Vālmīki compuso luego el Rāmāyana y lo enseñó a los dos jóvenes ermitaños Kuśa y Lava, progenie de Rāma, los cuales más tarde lo recitaron ante la corte y en presencia de su propio padre. En el séptimo libro del Ramáyana, Vālmīki acoge benévola­mente en su yermo a Sītā (v.), desterrada por Rāma a consecuencia de las murmura­ciones del pueblo sobre la conducta que había llevado durante la permanencia de aquél en la ciudad de Rávana (v.). Y es también Vālmīki quien más tarde devuelve Sita a Rāma, declarándola pura y limpia de toda culpa. La tradición literaria indí­gena reconoce a Vālmīki como primer autor indio que compuso según las normas del arte poética. Y muchos poetas posteriores han reconocido la nobleza de su estilo.

A continuación traducimos una bella aunque alambicada estrofa que exalta las aladas expresiones de Vālmīki: «Rindo homenaje a aquel vate (Vālmīki), que es árbol de reposo de las palabras divinas cuando en­tran en el mundo de los hombres y hace desaparecer de ellas la fatiga del largo camino que recorrieron en su descenso des­de el mundo de los dioses celestes».

M. Vallauri

Väinämöinen

Héroe principal del Kalevala (v.). Su nacimiento, narrado en los primeros cantos del poema, es un verda­dero acontecimiento mitológico: su madre, hija del aire, fecundada por el viento y por el mar, estuvo nadando treinta años sobre las aguas, antes de dar a luz al veraz Väinämöinen, el más sabio y más hábil de todos los hombres.

Más que guerrero u hombre de acción, Väinämöinen es poeta y mago, y sus maravillosos cantos, que en­tona acompañado de un instrumento de­nominado «kantele», ejercen un influjo órfico sobre la creación entera. Väinämöinen es también un sabio y un hechicero, cuya fuerza reside en la palabra creadora que pronuncia; impávidamente, en busca de ta­les «palabras profundas», Väinämöinen lle­ga hasta el infierno o «Manala». Es el jefe natural de varias empresas difíciles, como la famosa expedición para capturar al pre­cioso «Sampo»; es el favorito de las ma­dres, pero no de las jóvenes, y el canto final del Kalevala refiere cómo fue su­plantado por el hijo de Marfatta, la cual es una especie de divinidad maternal popu­lar.

El fin de Väinämöinen es tan legen­dario como su nacimiento. Como los an­tiguos jefes vikingos, se embarca en un velero de bronce y hace rumbo «al punto donde él cielo baja hasta tocar la tierra», y desaparece cantando una profecía se­gún la cual, con el tiempo, su pueblo vol­vería a tener necesidad de él. Su nombre parece significar «hombre que vive junto a la desembocadura de un río ancho y tranquilo»; de aquí sus numerosas analo­gías con las divinidades de las aguas. Mikael Agrícola le considera uno de los dio­ses fineses paganos, mientras los críticos recientes ven en él un personaje verdade­ro, un caudillo finés, anterior a la cristia­nización de su país.

T. Tuulio