Fisiología del Gusto o Meditaciones de Gastronomía Trascendente, Anthelme Brillat-Savarin

[Physiologie du goüt, ou Méditations de gastronomie transcendente]. Obra del magistrado fran­cés Anthelme Brillat-Savarin (1755-1826), publicada primero como anónima en 1825. Su interés es debido a la ligereza con la que son presentadas las distintas cuestiones culinarias. Las reflexiones del ingenioso au­tor sobre hombres y cosas están enlazadas por una continua vivacidad descriptiva: se pasa de las «Teorías sobre el freír» a las digresiones sobre los placeres de la mesa, de la «Historia filosófica de la cocina» (la conocida meditación n.° XXVII) a las anéc­dotas de «Variedad». Los mismos aforismos, célebres por su originalidad, hacen com­prender la manera cómo el escritor trataba su materia, y con qué acento doctoral se dirigía a los entendidos: «El destino de las naciones depende de la manera cómo se alimentan», «Dime lo que comes y te diré quién eres», «Se aprende a ser cocinero, pero a preparar asados no se aprende, se nace», «Invitar a alguien a comer, signi­fica encargarnos de su felicidad durante todo el tiempo que permanezca bajo nuestro techo». La obra está construida a modo de tratado entre los «Aforismos del profesor para servir de prolegómenos a su obra y de base eterna a la ciencia» y la «Saluta­ción a los gastrónomos de los dos mundos». Era la edad del pronóstico del triunfo de la fisiología y, siguiendo las huellas de Brillat-Savarin, Balzac trasladó este afor­tunado título a su Fisiología del matri­monio (v.).

C. Cordeé

Fisiología del Ayuno. Estudios sobre el Hombre, Albert Thibaudet

[Fisiología del digiuno. St di sull’uomo]. Obra del naturalista Luigi Luciani (1840-1913), editada en las «Publicazzioni dell’Ist. di studi super.» (Floren­cia, 1889). El autor examina a fondo (desde el punto de vista de la fisiología general y del sistema nervioso y en relación con el carácter), muchos casos célebres de ayuno en el hombre y en los animales (perro), y desarrolla diversos experimentos particula­res. Entre los casos históricos más notables se recuerda el célebre de Anna Garbero (1780-1827), sobre el cual cfr. Memoria dell’astinenza di mesi 32 e giorni 11 (fino alia morte) da ogni sorta di cibo e bevanda di A. G.; compilata da Domenico Osella, médico del Principe di Savoia Carignano, Carmagnola. Tipografía Barbié. Entre los casos contemporáneos, Luciani dedicó su mayor atención al del popularísimo Succi, demostrando que un adulto normal puede ayunar 30 días «permaneciendo siempre en estado perfectamente fisiológico… sin per­juicio para la salud… con tal que tome ciertas precauciones». Según Luciani, el se­creto de Succi consiste en una carga fisio­lógica normal: «la edad madura, la lentitud del metabolismo que le es propia, la rica provisión de materiales disponibles de que se halla provisto cuando comienza sus ayu­nos».

Además, Succi hacía un uso muy moderado del agua, y de agua mineral de Biolo y de Vichy (de aquí el importante descubrimiento de Luciani sobre el valor alimenticio de las sales contenidas en aque­llas aguas, capaces de unirse químicamente a las moléculas constitutivas de los tejidos). Es sabido también que el célebre ayunador seguía además períodos de reposo. El autor distinguió tres fases del ayuno: período inicial o del hambre, período de inanición morbosa o crisis fisiológica y período de inanición. Demostró que el fenómeno del hambre es «transitorio», y desaparece del todo después de un par de días; confirmó la doctrina sobre la naturaleza funcional de los diversos principios alimenticios (clasificados por él en «respiratorios», como los hidratos de carbono, y «perfectos», esto es, a la vez «plásticos» y «respiratorios», como las substancias proteicas), y finalmente dis­tinguió la simple iniciación de la «hiberna­ción», por la cual todas las actividades vi­tales se reducen hasta el punto de producir un mínimo consumo diario, aunque sufi­ciente para mantener un hilo de vida du­rante un tiempo muy largo, como en el caso citado de Anna Garbero. Observaciones más recientes demuestran que es excesivo considerar que la «inanición fisiológica» (sin daño permanente para el organismo) puede durar 30 días.

U. Forti

Fisiognómica, Johann Kaspar Lavater

[Physiognomische Frag­mente]. Ensayo sobre el arte de conocer a los hombres por los rasgos de su fisonomía, del psicólogo, escritor religioso y poeta Johann Kaspar Lavater (1741-1800), com­puesto en 1775-78. Si cada granito de arena, cada hoja, contiene el infinito, el hombre, que es la síntesis de todo lo creado, debe, a través de su cuerpo, al cual está indi­solublemente unido su espíritu, revelar las íntimas armonías espirituales, de las cuales es expresión, así como las faltas de la materia, sorda para responder a la ener­gía de la idea que suele encarnarse en ésta. El autor examina las distintas objeciones dirigidas a las teorías fisonomistas, especial­mente la de la disimulación y falsedad; estudia la armonía entre la belleza moral y la física mostrando cómo, por lo menos, la virtud embellece y el vicio deforma los rasgos del rostro; discute el testimonio de los retratos y de los perfiles. Del examen de los cráneos de las distintas especies de los animales pasa al del hombre, y estudia las expresiones de los temperamentos y los signos de la salud y de la enfermedad y, en un capítulo especial, las fisonomías na­cionales. Tienen un particular interés al­gunas observaciones sobre los parecidos de los hijos con los padres. Dos capítulos están dedicados al estudio de la fisonomía de las mujeres, de la infancia y la juven­tud.

Sigue un estudio detallado de las dis­tintas partes de la cabeza, especialmente del rostro humano, de las manos y de los res­tantes órganos expresivos. El autor clasi­fica, distingue, fija normas — a menudo arbitrarias — alternando con deducciones bas­tante finas y exactas, observaciones ingenuas y divagaciones pietistas, con énfasis ora­torio que se resiente del intento de vul­garización, y de la finalidad de hacer cap­tar el latido del alma y la presencia de la divinidad en todo ser viviente. Numerosas y amplias son las citas de autores, que ocupan páginas enteras; entre éstas, des­taca un vasto resumen de la obra de su precursor, Giovanni Battista della Porta, De humana physionomia (Nápoles, 1601). Como aplicación a los análisis de la pri­mera parte de la obra, siguen con el título de Ejercicios fisiognómicos exámenes y dis­cusiones de fisonomías de personajes his­tóricos o creaciones artísticas, reproducidas en numerosos grabados que forman la se­gunda parte de la obra y sirven de base para el estudio comparado de hombres y animales, desde el león al sapo. Las ideas de Lavater, comunes a algunos de sus contemporáneos como Lessing y Zimmermann, despertaron vivísimo interés, acogidas por algunos con gran favor, como por Goethe, por Herder, por Jacobi; combatidas por otros como Lichtenberg y Nicolai. Dejó fascina­dos especialmente a los semidoctos de toda Europa, que se dividieron en dos bandos, en fisonomistas y antifisonomistas, los cuales pronto se enfrentaron «pro y contra» la frenología de Gall, de la cual Lavater fue convencido defensor. Sus seguidores fueron responsables de exageraciones que atrajeron hacia la teoría un ridículo in­merecido.

G. Pioli

Fisiocracia o Constitución Natural del Gobierno más Ventajoso al Género Humano, Dupont de Nemours

[Physiocratie, ou constitution naturelle du gouvernement plus avantageux au genre humain]. Fueron seleccionados con este tí­tulo por Dupont de Nemours (1739-1787) los opúsculos y los estudios de carácter económico, publicados e inéditos, de Fran­çois Quesnay (1694-1774), para constituir «un cuerpo de doctrina determinado y com­pleto que expusiera con evidencia el dere­cho natural de los hombres, el orden na­tural de la sociedad y las leyes naturales más ventajosas a los hombres reunidos en sociedad». La doctrina fisiocrática, nacida en el siglo XVIII, en oposición al mercan­tilismo, sobre el concepto de que solamen­te la agricultura produce efectivamente la riqueza (producto neto) y que sólo la li­bertad de cambio puede favorecer su des­arrollo, busca a través de estos escritos una base filosófica que considere la exis­tencia de leyes inmutables, y pertenecientes a un orden natural que se deriva de la formación misma de la sociedad. Como ya había ocurrido en la filosofía política me­dieval, el derecho de naturaleza no pro­cede aquí del estado de naturaleza rousseauniano, sino de un ordenamiento ínti­mo de las cosas; gracias entonces a una jerarquía teológica, ahora a una interior y física disposición.

Estas leyes de natura­leza no pueden, pues, dejar de ser consi­deradas las mejores posibles, porque son las únicas verdaderas. Al proclamarlas ta­les, los fisiócratas se revelan como seres animados por un ardor de fe religiosa. Des­cubierta y definida la relación de las leyes naturales, estos escritos afirman la nece­sidad de que las leyes positivas integren y sostengan las mismas leyes naturales sin alterarlas ni violarlas. Son reconocidos co­mo derechos inherentes al orden natural de la sociedad la propiedad personal, la propiedad mobiliaria, la propiedad inmobilia­ria y todos los otros derechos que aseguran la existencia y la perpetuación de la es­pecie. No se reconoce la igualdad de todos los hombres, pero es admitido el derecho de todos los hombres a la libertad, dentro del cuadro de las leyes de la naturaleza, que es inmutable y eterna, precisamente porque es voluntad de Dios. En homenaje a la varia distribución de las fuerzas con­siderada «in re», por una comprobación de carácter inmediato, es admitido, por otro lado, el gobierno despótico, debido a que el soberano asegura el respeto de las leyes naturales, porque es su iluminado in­térprete. De esta manera queda legalizado el despotismo, lo cual demuestra que el concepto fisiocrático de la libertad no está sostenido por ninguna exigencia ética y sí limitado dentro de los puros términos de la economía.

L. Rodelli

Física Subterránea, Johann Joachim Becher

[Actorum laboratorii chymici Monacensis seu Physice subterraneae libri dúo]. Obra del físico ale­mán Johann Joachim Becher (1635-1682), publicada en Frankfort en 1669. Es ésta la primera obra de Becher, y una de sus ca­racterísticas más sobresalientes es la tenta­tiva de presentar desde un nuevo punto de vista las ya viejas teorías de Paracelso. Es sabido que éste, al que puede considerarse como el fundador de la yatroquímica, ad­mitía que en la composición de los cuerpos orgánicos, y, por lo tanto, de los organis­mos vivos, participaban el mercurio, el azu­fre y la sal. Becher pensó por su parte en substituir, por lo menos por lo que se refiere a la composición de los cuerpos inorgánicos, es decir, «subterrestres», estos tres elemen­tos de Paracelso con tres «tierras». (Las «tierras» correspondían más o menos a los cuerpos que hoy se denominan óxidos). Y estas tierras son la «tierra mercurial», la «tierra vítrea» y la «tierra carbonosa o pinguis». Las propiedades de cada cuerpo están — dice Becher — relacionadas con la presencia y la cantidad relativa de estas tierras fundamentales. La concepción más importante de esta singular teoría es la que se refiere a la combustión, fenómeno en aquellos tiempos aún misterioso, y alrede­dor del cual empezaban a agitarse con in­quietud las mentes de los filósofos, de los alquimistas y de los físicos. Según Becher, la combustión consistía en la eliminación de la «tierra pinguis» de los cuerpos. No sólo esta eliminación tenía lugar durante la com­bustión propiamente dicha, sino que tam­bién en la calcinación, es decir, en el en­rojecimiento de un metal en presencia del aire. La importancia de esta concepción reside en que fue el punto de partida de Stahl para la elaboración de su famosa teo­ría sobre la combustión, llamada del «flogisto».

O. Bertoli