Fisiólogo, Anónimo

Título de un libro griego cuyo autor habla de unos 48 animales, plantas y piedras, y, al final de cada capítulo, caracteriza sus potencias ocultas como símbolos de Cristo, del de­monio, de la Iglesia y del hombre. El nom­bre indicaba originariamente no la obra, sino un sabio que es citado en el libro co­mo especialmente acreditado en las ciencias naturales, quizás el autor de la fuente na­turalista pagana, a la que recurre nuestro libro, añadiendo a los mismos su pío sim­bolismo. La obra fue compuesta según parece en la segunda mitad del siglo II, en Alejandría, donde por aquel entonces estaba de moda dicha especulación zoologicorreligiosa. De ella se conservan múltiples re­dacciones, atribuidas algunas a los más célebres Padres de la Iglesia (San Basilio, San Epifanio, etc.). Su difusión no quedó limitada al mundo bizantino: el Fisiólogo fue traducido al etíope, copto, siríaco, ára­be, armenio, a los idiomas eslavos y, sobre todo, numerosas veces, al latín, e incluso a las lenguas romances y germánicas. Su influencia se vislumbra también en la Edad Media italiana, en la que dió origen a los numerosos Bestiarios (v. Bestiario moralizador). También las ilustraciones que en algunos manuscritos acompañan la obra tie­nen cierta importancia para la historia del arte.

G. Pascuali

*   En alemania, al igual que en toda Eu­ropa, hubo numerosas traducciones de la redacción latina del libro helenístico lle­vada a cabo a principios del siglo V y atri­buida a San Ambrosio. La más antigua, lla­mada Discurso de los animales [Reda umbe diu tier], está escrita en alemán medieval, compuesta en la segunda mitad del siglo XI sobre la redacción latina de Crisòstomo [Dicta Chrysostomi De naturis bestiarum], de la que, empero, reproduce solamente doce voces. El posterior Phisiologus en Ale­mania es el llamado Libro de los animales y de los pájaros [Uon tieren unde uon fogilen], compuesto en alemán medieval al­rededor de 1120-30 y contiene las 29 voces de la redacción latina del Pseudo-Crisóstomo, del que es una traducción literal con adiciones bíblicas de tono predicatorio. Un tercer Phisiologus alemán es el Phisiologus rimado, compuesto alrededor de 1130-50, que no es más que una versificación dema­siado literal y floja del texto en prosa. Es­tas tres redacciones alemanas del Phisiolo­gus tienen la característica de acentuar el carácter religioso del texto latino; por lo tanto su propósito no es científico, sino exclusivamente simbolista y teológico.

M. Pensa

*   Una de las obras más notables entre to­das las derivadas del tratado griego, es el Fisiólogo [Fiziolovo], el más famoso de los apócrifos búlgaros medievales. El Fisiólogo ocupa un lugar en la historia de la antigua literatura búlgara, tanto por la variedad de su contenido como por la riqueza de la fantasía y cierta vivacidad de la forma, que le dan también una notable importancia artística.

Fisiología del Placer, Paolo Mantegazza

[Fisiología del piacere]. Estudio de Paolo Mantegazza (1831-1910), escrito a los 23 años, publi­cado en Milán en segunda edición, en 1859. Divididos los placeres en tres clases: del sentido, del sentimiento y del intelecto, el autor los analiza separadamente y, en una segunda parte, hace la síntesis. De los pla­ceres de los sentidos habla en tres capítu­los dedicados a los placeres del tacto, nor­males y patológicos; en otros tres capítulos, y de ellos hace la fisiología comparada y el análisis, de los placeres sensuales, estudia sus diferencias según la edad, el sexo, etc.; y, separadamente, examina los patológicos; luego estudia los placeres del gusto, del ol­fato, del oído y de la vista. Sigue un ca­pítulo sobre los placeres de la embriaguez y su influencia sobre la, salud de los in­dividuos y el progreso de la civilización. Más extenso desarrollo tiene el tratado de los placeres de los sentimientos: de los que provienen del’ amor a nosotros mismos, de los del egoísmo, de los mixtos, especialmen­te los placeres del pudor, de los placeres causados por el sentimiento de la propia dignidad y honor, de los fisiológicos, del amor propio y de los semipatológicos de la gloria y de la ambición, etc.

En el tercer tratado, entre los placeres del intelecto, se enumeran también los placeres de la me­moria, las alegrías de la imaginación, los placeres de la voluntad, etc. En la segunda parte, el autor intenta construir una his­toria natural del placer; trata de las dife­rencias del placer según el sexo y las distintas edades de la vida. Traza paradóji­camente una tabla de «distribución etnográ­fica del placer» (con índices de capacidad, para cada pueblo, de gozar de los placeres de los distintos sentidos, sentimientos, fa­cultades intelectuales), y una geografía fí­sica y etnográfica del placer. El estudio termina con un intento de filosofía del placer que viene a terminar en veinte de­finiciones, desde las más materialistas, a la última de carácter metafísico: «Una pre­visión concebida por el Creador en el acto de plasmar el universo». Falta de madurez en los juicios, desórdenes en la exposición, desproporción en las partes, nada falta de todo esto — defectos de juventud que irán atenuándose, sin desaparecer del todo, en otras obras sucesivas —, unido a los me­jores méritos de juventud literaria que hi­cieron popular el libro, asegurando la fama del fecundo escritor y vulgarizador de la ciencia en menoscabo, a veces, del rigor científico.

G. Pioli

La Fisiología del Matrimonio, Honoré de Balzac

[La Physiologie du mariage]. Libro de ju­ventud de Honoré de Balzac (1799-1850), publicado en 1829, precisamente al principio de su gran obra de novelista, recogido lue­go en la Comedia humana (v.), Estudios analíticos. La Fisiología del matrimonio pertenece a un género ligero y discursivo que gozaba de gran favor en aquel momen­to: se componían «fisiologías» de cualquier cosa, que luego resultaban divagaciones más o menos agudas e instructivas. La de Bal­zac conoció un éxito de escándalo, por un alarde de cinismo al reducir la vida ma­trimonial casi por entero a la alcoba. Bal­zac puso en ella mucho de su fuerza y mucho de su vulgaridad, esa vulgaridad que en sus creaciones más elevadas queda superada y obscurecida por la fuerza de la imaginación.

F. Neri

Balzac era una notabilísima combinación de temperamento artístico y espíritu cien­tífico. (Wilde)

Fisiología del Hombre, Luigi Luciani

[Fisiología dell’uomo]. Tratado de Luigi Luciani (1840-1919), 6.a ed. definitiva con notas y adicio­nes del prof. Silvestro Baglioni (Milán, 1923, vol. V). Su título expresa claramente las intenciones con que fue compilado este tratado. Habrá de servir sobre todo a los médicos y a los biólogos. En la compilación de la obra, Luciani ha seguido además orientaciones particulares que pueden ex­plicar, en parte, su gran fortuna y su tra­ducción a las lenguas española, alemana e inglesa, y su enorme difusión por casi to­dos los países. Para Luciani un libro de fisiología humana no debe aspirar a fijar los conocimientos particulares que son pro­pios de un período dado, sino que, por el contrario, se debe llegar a través de la exposición de la evolución, aunque sinteti­zada, de estos conocimientos, a los concep­tos, la teoría y al método de investigación. De este modo el estudioso podrá orientarse mejor, y todos los problemas serán mejor comprendidos a través de una visión gene­ral de los conceptos relacionados con ellos y con su evolución. A la luz de estos con­ceptos generales debemos leer y valorar la obra de Luciani, que es un tratado de fisio­logía, pero que, por las noticias históricas que contiene, puede también ser considera­da como un estudio filosófico de las fun­ciones de los seres vivientes en general y del hombre en particular. El autor expone hechos, esto es, adquisiciones seguras, y la sucesión de las interpretaciones de estos hechos. Además indica los métodos técni­cos que permiten observar ciertos hechos, porque la fisiología es, sobre todo, ciencia inductiva: de los hechos particulares se as­cenderá luego a las leyes generales.

Com­pletan la exposición unos datos bibliográfi­cos destinados a los que quieran profundi­zar en problemas particulares. He aquí los títulos de los capítulos del primer volumen de la obra: «Introducción», «El sustrato material de los fenómenos vitales», «Las actividades vitales elementales», «El determinismo de los fenómenos vitales», «Los elementos morfológicos de la sangre», «El plasma sanguíneo», «El descubrimiento de la circulación de la sangre», «El mecanismo del corazón», «El movimiento de la san­gre en los vasos», «La fisiología del miocar­dio y de los nervios cardíacos», «La fisio­logía de las células musculares y de los nervios vasales», «Los fenómenos fisicoquímicos de la respiración», «El mecanismo respiratorio», «Los medios nerviosos del rit­mo respiratorio», «La linfa y los intercam­bios materiales entre la sangre y los teji­dos». Se comprende por esta exposición la constante preocupación de Luciani por dar un cuadro completo de la fisiología, que vaya desde los primeros conceptos y obser­vaciones a los conocimientos actuales. Los volúmenes restantes están dedicados a las secreciones internas y externas, a la fisio­logía de la digestión, a los emuntorios (II vol.), músculos, locomoción, fonación, sistema nervioso (III vol.), órganos de los sentidos, vigilia y sueño (IV vol.), meta­bolismo, funciones sensuales, vida y muerte, razas humanas (V vol.). Por todo lo ex­puesto se comprenderá también cómo esta Fisiología del hombre es un obra que se­ñala una etapa en este campo. Siguiendo las orientaciones propuestas por Luigi Lu­ciani, la obra podría ser mantenida al día, dándonos, además de un tratado de fisio­logía del hombre, un tratado de historia de la fisiología.

V. Busacchi

Fisiología de la Crítica, Albert Thibaudet

[Physiologie de la critique]. Ensayo de Albert Thibaudet (1874-1936), publicado en París en 1930. «Fisiología», porque la obra empren­dida por Thibaudet no era ni una psicología ni una geografía, sino una simple intro­ducción a la historia de la crítica francesa y correspondía a aquella «fisiología del hombre en sociedad considerado en sus relaciones con la tierra», que es una parte de la geografía; fisiología, pues, en un do­ble sentido: estudio de las «funciones» de la crítica, pero también estudio de los mo­dos de población, si se puede decir. La obra distingue, en efecto, en sus tres últimos capítulos, las tres funciones de la crítica: el gusto, la construcción y la creación; y en sus tres primeros capítulos las tres regiones naturales: la crítica espontánea, la critica profesional y la crítica de los maes­tros. La crítica espontánea es aquella de las personas honradas que leen y hablan de sus lecturas: crítica del día, que a menudo toma la forma de crítica periodística. Se preocupa totalmente de lo actual. La crí­tica profesional tiene una historia muy bien definida: Chapelain, Voltaire, La Harpe, Brunetiére y algunos otros. Se nota que Thibaudet, a pesar de ser él mismo un crí­tico profesional en el pleno sentido de la palabra, no gusta demasiado de la crítica de los profesores.

Ello se debe a que es bergsoniano y sabe distinguir con gran precisión entre la inteligencia vuelta hacia el pasado, y la intuición que coincide con la vida: de aquí su acusación a la crítica que pretende hallarse en el origen de la obra de arte y determinarla por adelanta­do, y su deseo de una crítica que intentase conocer la literatura en su interior como un organismo. La crítica de los maestros, por ejemplo el William Shakespeare de Víctor Hugo o la Introducción al método de Leonardo de Vinci (v.) de P. Valéry, o incluso ciertas páginas de El Genio del Cristianismo (v.) de Chateaubriand, es a menudo una contemplación de aquellas esencias que son: el «genio», el «género», el «libro». Tras estas regiones geográficas en que habitan las críticas, sus funciones: el gusto, la construcción, la creación. El gusto, como el placer, conduce lógicamente a una disciplina, supone una educación y un discernimiento. Pero la crítica exige más todavía: construye los órdenes, tales como el género, la tradición, el país. Y esta construcción, a su vez, supone una capa­cidad de creación. Una crítica creadora es un ideal que no ha sido alcanzado más que en la Fedra (v.) de Platón, donde Sócrates hace maravillosamente coincidir creación y crítica.

En todas las ocasiones, Thibaudet es consciente de los límites de la crítica y, siempre bergsoniano, reconoce que la crítica corresponde más a algo que se deshace que a algo que se hace, en la material recaída de un hálito vital. Para él, la crítica puede sobre todo crear los genios, Genio del Cristianismo, Genio de la literatura inglesa, Genio de Racine, seres intermediarios entre el cielo y la tierra. Y su libro mismo es, más que una «fisiolo­gía de la crítica», un «genio de la crítica», en el que la esencia sutil y mesurada de la «décima musa» tiende a tener conciencia de sí misma. Thibaudet está próximo a pen­sar que este genio intermediario es el Amor, y que él sabe respetar el pluralismo, la diversidad fecunda, las formas múltiples de la Belleza.