Historia de la Marina Pontificia en la Edad Media, del 728 al 1499, Alberto Guglielmotti

[Storia della Marina Pontificia nel Medioevo dal 728 al 1499]. Tratado del padre Alberto Guglielmotti (1812-1893), publicado en Floren­cia en 1871. La obra, que comienza con la constitución del dominio temporal de los Papas, no se limita a proporcionar noticias que se refieran estrictamente a la marina, como tipos de navíos, instrumentos náuticos, artillerías, formación de escuadras, construc­ción y fortificaciones de puertos, etc., sino que se extiende a los sucesos más importan­tes del Estado romano, en los cuales to­maron parte activa las escuadras papales. Así, son narradas y estudiadas las luchas con los sarracenos y con los musulmanes, quienes, entre el 778 y el 1016 desolaron la provincia de Roma y buena parte de las regiones costeras de la Italia peninsular; las expediciones de castigo en África, la contribución a las Cruzadas, las repercu­siones de la lucha con el Imperio (Federico Barbarroja y Alejandro III, el asedio de Ancona), las luchas con la República vene­ciana, la participación en las interminables y feroces guerras con los turcos (empresas de los Caballeros de Rodas, sangrientas ba­tallas en el Prepóntida, Esmirna y Negroponto), las repercusiones del cisma de Oriente con las correrías de las armadas pontificias por el Tirreno infestado de pi­ratas, la caída de Constantinopla, los efí­meros desquites sobre los turcos en Cons­tantinopla, en las islas del Archipiélago, Chipre y Lesbos, las relaciones de la Corte vaticana con los sultanes, etc.

La obra llega hasta el 1499, año que para Guglielmotti señala el fin de la Edad Media. Como complemento, el mismo autor publicó su­cesivamente los volúmenes: Mario Colonna en la batalla de Lepanto; La guerra de los piratas; Historia de las fortificaciones en la playa romana; últimos hechos de la es­cuadra romana de Egipto a Corfú. El con­junto fue reeditado entre 1886 y 1893 por la «Stamperia Vaticana» en una edición de diez volúmenes con el título general: His­toria de la Marina Pontificia. Aun cuando no exenta de defectos, debido al tono apo­logético, la obra es la más extensa que so­bre el tema existe en lengua italiana.

G. Martinelli

Historia de la Literatura Rusa

Lenta en su desarrollo antes del siglo XIX, la literatura rusa tuvo tardías sistematiza­ciones historicoestéticas de obras y de au­tores. No faltan, sin embargo, tentativas de biografías racionales ni antologías de es­critores: por ejemplo, la selección de los «libros verdaderos y mentirosos» en el lla­mado Libro cirílico de 1644, el Ensayo de un vocabulario histórico de los escritores rusos de N. Nóvikov en 1772, y la Noticia sobre algunos escritores rusos publicada en 1768 en alemán, en Leipzig [Nachricht von einigen russischen Schriftstellern], y en 1771 y 1774 en francés en Liorna [Essai sur la littérature russe, contenant une liste de gens de lettres russes qui se sont distingués depuis le règne de Pierre le Grand]. Sobre el autor de esta última obra se ha discutido mucho, pero no hay duda de que fue un ruso. La duda podía surgir de que en dicho período varios alemanes se ocupaban de la literatura rusa, como A. L. Schlotzer y Jakob Stáhlin, en dos volúmenes de la Biblioteca rusa para el conocimiento del actual estado de la literatura en Rusia [Russische Bibliothek zur Kenntniss des gegenwártingen Zustandes der Literatur in Russland] (1772-1787). Entre fines del si­glo XVIII y el tercer decenio del XIX, es decir, cuando empezaron a aparecer las primeras tentativas de historia literaria sis­tematizada, surgieron también otras selec­ciones de escritores y de obras: recordare­mos entre las principales la de V. S. Sopikov publicada de 1813 a 1821 con el título En­sayo de bibliografía rusa, que, compren­diendo todas las obras impresas desde la invención de la imprenta hasta 1813, ofre­cía un repertorio precioso también para la literatura; la de V. G. Anastasevič, catá­logo de la biblioteca del editor y librero Smirdin, que, sin embargo, se dispersó más tarde; la de N. Karamzin y P. Beketov de 1801-1803, titulada Panteón de los autores rusos.

Prescindiendo de ensayos de menor importancia, la primera tentativa de expo­sición de la literatura rusa fué debida a N. Grec, Ensayo de breve historia de la li­teratura rusa, de 1822, que sirvió de base a la Historia de la literatura eslava según todos los idiomas [Geschichte der slavischen Literatur nach alien Mundarten], del gran filólogo checo Šafařík, publicada en 1826. En el decenio siguiente y en confor­midad con los programas escolares, se pu­blicaron varios manuales de historia litera­ria, pero fue más importante el impulso dado por algunas obras independientes co­mo la Historia de la literatura rusa antigua de M. A. Maksimovich (1839), los Ensayos de literatura rusa de N. A. Polevoi (1839) y el Ensayo de historia de la literatura rusa de A. V. Nikitenko (1845), limitado este úl­timo a un primer volumen de introducción. De escaso valor intrínseco, estas tentativas de sistematización tuvieron cierta impor­tancia porque reflejaron el cambio de orien­tación; es decir, no sólo se empezó a ex­poner hechos, sino a buscar el desarrollo interno y sus relaciones, cosa importante en un período en que perduraba la lucha entre Clasicismo (v.) (o pseudoclasicismo) y Romanticismo (v.) y empezaba a afirmarse el Realismo. Es romántico Polevoj en el sentido «popular-nacional» del movimiento, y lo es también Nikitenko en un sentido más estético, a lo Schlegel, sobre todo en lo que respecta a la historia literaria, pues es el primero que plantea el problema de su autonomía metodológica. Aun sin tratarse intencionadamente de una historia literaria, dio sobre ella dos ensayos notables Vissarion Grigorevič Belinskij (1811-1848), en dos momentos distintos de su carrera de crítico, en Fantasías literarias (1834) y en la serie de artículos sobre Pushkin (1846).

En éstos, Pushkin está presentado como el punto de llegada histórico de todo un des­arrollo que, expuesto para explicar su vér­tice, se presenta en conjunto como una his­toria literaria propiamente dicha desde la mitad del siglo XVIII en adelante. La im­portancia de estos ensayos estaba sobre todo en que ponían fin, por decirlo así, al caos que hasta entonces existió en el cam­po crítico profesional, ya que las mejores afirmaciones historicoestéticas habían sido el resultado de las actitudes críticas de los artistas (por ejemplo, los poetas A. S. Push­kin y D. V. Venevítinov). Es interesante advertir aquí que el decenio que separó las Fantasías literarias de los ensayos sobre Pushkin constituyó para Belinskij un de­cenio de crisis teóricas, con el paso del schellinghismo al socialismo, pero la afirmación hecha en las Fantasías de que Rusia no tenía una literatura, encontraba con­firmación en los artículos sobre Pushkin que hablaban de una literatura aún en sus inicios, pero con fenómenos grandiosos y diversísimos, como Pushkin y Gogol. Pero, si no había una literatura por lo menos hubo en Rusia grandes escritores, y la historia literaria de Belinskij tuvo como caracte­rística la puntualización de las grandes per­sonalidades, desde Deržavin hasta Gogol, desde un punto de vista historicoestético. Naturalmente, aquello no podía satisfacer en el campo de los historiadores, porque si una literatura rusa, en el sentido de Be­linskij, estaba todavía en formación, los fenómenos de la época que él llamaba pri­mordial e inconsciente, anterior a Pedro el Grande, no carecían de importancia his­tórica— ni, como se vio más tarde, estéti­ca — y merecían ser destacados como parte de la evolución espiritual del pueblo ruso. Ello explica que se volviese pronto a las primeras tentativas de historiografía del siglo XVIII dedicadas a la literatura antigua y a la literatura popular en relación tam­bién con los estudios históricos e historico- jurídicos (las obras históricas de S. Solov’ëv, la obra de K. D. Kavelin y los tra­bajos de los eslavófilos).

Así fué como, a partir de 1840, se hicieron por una parte ensayos de historia literaria sistemática como el de A. P. Miljukóv sobre la His­toria de la poesía rusa que de 1847 a 1864 tuvo tres ediciones, y el de S. P. Ševyrëv, Historia de la literatura rusa, predominante­mente de la antigua, publicada en 1858-60 y casi inmediatamente traducida al italiano y publicada en Florencia en 1862; por otra parte los estudios de poesía popular de F.I. Buslaev: Ensayos históricos de litera­tura y arte rusa popular (1861) y Poesía popular, Ensayos históricos (1887) y de N. S. Tichonravov (1832-1893), editor de los siete volúmenes de Anales de la literatura rusa y de la antigüedad rusa y de nume­rosas obras antiguas, entre las cuales están las obras dramáticas rusas de fines del si­glo XVII y principios del XVIII y de in­numerables ensayos que, reunidos, forman una historia casi completa de la literatura rusa desde sus orígenes hasta finales del siglo XVIII, según el método llamado historicopositivo, seguido también por A. N. Pypin (1833-1904), a quien Rusia debió la primera gran Historia de la literatura rusa desde los orígenes hasta Gogol. Fue ésta la primera toma de posición sistemática de la crítica historicopositiva, que tuvo tam­bién en Rusia, en lo que respecta a la lite­ratura, sus orígenes en Taine. Pypin em­pezó criticando, antes aún de escribir su historia de la literatura, la escuela llamada del «arte puro» en un artículo sobre el En­sayo de historia de la poesía rusa de Miljukóv. Pero es preciso recordar que, fuera de los límites de la historia literaria en sentido específico, el positivismo literario se había desarrollado en la crítica: Pypin desarrolló, por decirlo así, sus ideas en el examen de la actividad de los críticos y no sólo de la de Belinskij, sobre el que escribió una amplia monografía, sino tam­bién de Černyševsky y Dobroljubov, dando a su propia tendencia criticohistórica un tono liberal frente al democraticorrevolucionario de los dos críticos estudiados.

No menos importante, desde el punto de vista historicoliterario, por la tendencia de Py­pin, fueron por ello sus trabajos Caracte­rísticas de las opiniones literarias de 1820 a 1860, El movimiento social en Rusia bajo Alejandro I y la Historia de la etnografía rusa. El método historicopositivo de Pypin y Tichonravov estaba destinado a mantenerse por largo tiempo en la historiografía literaria rusa; hay, sin embargo, que se­ñalar que él no fue el único y que 2I examen de las diversas historias de la lite­ratura que, especialmente en forma de ma­nuales, vieron la luz entre 1860 y el fin de siglo, revela muchos otros. Por su número y espíritu, estos manuales fueron una ca­racterística de la segunda mitad del siglo. Recordamos los mejores: Historia de la lite­ratura rusa antigua y moderna (1863-1868) de A. D. Galachov, perteneciente a la es­cuela estética, y por ello blanco de los ata­ques de Tichonravov; Historia de la litera­tura rusa (1886-1891) de I. Ja. Porfiriev, de espíritu conservador religioso, en especial una magnífica recopilación de materiales, especialmente en el campo de los apócrifos, de los versos espirituales populares y de las leyendas; las dos obras de P. N. Polevoy, la primera de 1871, Historia de la literatura rusa en ensayos y biografías, la segunda del 1900, Historia de la literatura rusa de los tiempos más antiguos hasta nuestros días, fruto tardío, sobre todo esta última, de la escuela historicopositivista o historico- cultural, con carácter más divulgador que científico, junto a obras de más elevado tono científico, pero incompletas, como las dos de P. V. Vladimirov, Introducción a la historia de la literatura rusa, de 1896, y La antigua literatura rusa del período de Kiev de los siglos X y XIII, de 1901. En el mismo período (fines del siglo XIX y principios del XX) por razones contingen­tes, ensayos de compendios historicoliterarios fueron dados por los rusos en el ex­tranjero: por ejemplo, las lecciones que el príncipe Sergej Volkonskij dio en Chicago en 1896 y las que el príncipe anarquista Petr Kropotkin pronunció en Boston en 1902. Por otra parte, había empezado ya la publicación de Historias de la literatura rusa por obra de extranjeros, como la de A. von Reinholt [Geschichte der russischen Literatur von ihren Anfängen bis auf die neueste Zeit], de 1886, de orientación historicoinformativa.

Esta orientación, por otra parte, fue característica de casi todas las obras del género, de modo que la historia de la literatura rusa, desde un punto de vista criticoexegético. había que buscarla, a fines del siglo XIX, en el curso de la misma tal como se había reflejado en la crítica, especialmente después de Belinskij. Entre las dos corrientes principales que fueron dibujándose, la preponderantemente estética y la primordialmente social, fue esta última la que dominó, no siempre, sin embargo, según las concepciones de la fun­ción social de la literatura representada por Belinskij. De la función social de la lite­ratura fueron intérpretes V. N. Majkov (1823-1847) y Apollón Grigoriev (1822- 1864), pero ambos como adversarios de Be­linskij. El primero pudo dar sólo pocos en­sayos de su concepción de la historia lite­raria como historia de la sociedad en for­mas artisticoliterarias, pero el segundo en sus numerosos estudios, ya de carácter ge­neral como Las bases de la crítica orgá­nica, El desarrollo de la idea de nacionali­dad en la literatura rusa posterior a Pushkin, Realismo e idealismo en la literatura rusa, Ojeada a la literatura rusa desde la muerte de Pushkin, La literatura rusa a mediados del siglo XIX, ya de carácter espe­cial sobre Lermontov, Gogol, Nekrasov, el primer Tolstoi y, especialmente, sobre Ostrovskij, dio una historia propiamente dicha de un largo período, basada en una con­cepción original, conservadora a los ojos de los revolucionarios radicales por sus raíces en la vida del pasado y su negativa de ver en el arte sólo un siervo de la vida, pero aceptable universalmente por su demostra­ción de que los artistas reflejan lo que es la vida, es decir, lo que forma la atmósfera de la época, deteniendo los varios momentos del continuo fluir de la vida en formas eter­nas.

Pero la lucha social y política de la época era, a mitad del siglo, y siguió siéndolo a continuación, demasiado áspera para que dichas concepciones pudiesen sa­tisfacer, y los críticos que dieron mayor material exegético desde el punto de vista social para una historia de la literatura fueron los críticos radicales, un N. G. Černyševskij (1828-1889), un N. A. Dobroljubov (1836-1861) y un D. I. Pisarev (1840- 1868), el primero seguidor de Feuerbach en la enunciación de los principios de su crí­tica en Relación estética entre el arte y la realidad, donde, como por otra parte en los ensayos que siguieron, la finalidad del arte estaba indicada como reproducción de la vida, pero con inclusión en esta repro­ducción de un juicio sobre los fenómenos, principio posteriormente desarrollado por N. A. Dobroljubov, cuya crítica, partiendo del principio que la literatura está al ser­vicio de la sociedad, acabó por ser una serie de ensayos «a propósito de…», es decir, a propósito de los problemas sociales plan­teados por las obras artísticas, por ejemplo, por una novela de Turguenev o de Gončarov o por un drama de Ostrovskij; y, por fin, llevado a sus últimas consecuencias que pudiéramos llamar de autonegación por Pisarev, de modo que la crítica acababa siendo iconoclasta y propagandista a la vez. Sea como sea, dicha crítica contribuyó a la formación de la historia de la literatura rusa de modo relevante, determinando la fisonomía genéricamente «positivista» que ya conocemos y que no resultó negadora de valores estéticos, pese a La destrucción de la estética de Pisarev y sus artículos negativos respecto a Pushkin.

También el «populismo» fue positivista, pero supo va­lorar justamente los problemas estéticos y si un P. L. Lavróv (1823-1900) prefirió, cuando le era preciso elegir, la ideología a la forma, ello no le impidió ponerse siem­pre en guardia contra la confusión entre finalidades artísticas y finalidades publici­tarias ni preferir estéticamente Pushkin a Nekrasov ni insistir sobre la unidad de la «forma elegante» y del «significado inter­no». Tuvo mucho en común con Lavróv, N. K. Michajlovskij (1842-1904), que se ocupó más que aquél de problemas litera­rios, declarándose desde el principio discípulo de Černyševskij y Dobroljubov y contrario a los excesos de Pisarev, pero luego, en la aplicación historicocrítica del principio que el artista debe, no sólo re­producir la realidad, sino dar una valora­ción desde el punto de vista de los propios ideales, desterró una concepción propia de la acción del arte sobre los sentimientos. De las ideas de Lavróv y de Michajlovskij partió A. M. Skabičevskij al escribir su Historia de la literatura rusa moderna, de 1893, durante muchos años uno de los com­pendios más difundidos en Rusia. También se difundieron muchísimo los ensayos de A. I. Kirpičnikov (1845-1903), uno dedicado a la literatura de la Edad Media rusa, en 1869, y el otro a los principales escritores de la segunda mitad del siglo XIX reunidos para dar la fisonomía de la época. Kirpičnikov fue un comparador de erudición excep­cional puesta al servicio de un método introductivo-comparativo, aplicado también por él a la continuación de una gran His­toria de la literatura universal empezada por N. F. Kŏrs y otros estudiosos de la época. De ideas liberales, representó la ten­dencia europeo occidental en la historia de la literatura a fines del siglo, que por otra parte fue la de todos los epígonos del po­pulismo: entre otros de E. A. Solov’ëv Andreevič (1866-1905), autor de Ensayos de historia de la literatura rusa del siglo XIX, de 1902, en contraposición con la corriente no sólo conservadora, sino reaccionaria, que encontró su representante en N. A. Engelgardt (n. 1866), autor de una Historia de la literatura rusa del siglo XIX (1902-1903), superficial y tendenciosa en los juicios, pero bastante útil para la búsqueda de informa­ciones y bibliografía.

A la tendenciosidad de tales obras se opusieron muy pronto, entre 1908 y 1916, cuatro grandes obras co­lectivas, por iniciativa de la casa editora «Mir» y de varios grupos de estudiosos. La primera fue la Historia de la literatura rusa a cargo de E. V. Aničkov, A. K. Borozdin y D. N. Ovsjániko-Kulikovskij, de la que se publicaron dos volúmenes, uno dedicado por entero a la literatura popular y otro a la historia de la literatura escrita desde sus orígenes hasta el final del si­glo XVIII (ambos ricamente ilustrados). La segunda fue la Historia de la literatura rusa del siglo XIX, a cargo de D. N. Ovs­jániko-Kulikovskij, A. E. Gruzinskij y P. N. Sakulin, en cinco volúmenes. La estruc­tura de esta obra es particularmente nota­ble: los fenómenos literarios están expues­tos en relación con los fenómenos sociales. Con dicho fin, la exposición está dividida en dos partes: una dedicada a las relaciones socialpolíticas, con cuatro ensayos históricos sobre las diversas épocas en que el siglo está dividido y, en dependencia con ellos, otros ensayos sobre las corrientes espiritua­les de determinada época (tendencias filo­sóficas, ideas sociales, ideologías) y sobre las corrientes y escuelas literarias; otra, dedicada a los escritores tratados singular­mente. en la mayoría de casos por espe­cialistas. La tercera obra fue la Historia de la literatura rusa del siglo XX (1890- 1910), a cargo de S. A. Vengerov, también dividida en dos partes: la primera, dedica­da a la llamada «Revalorización de todos los valores»; la segunda, a cada uno de los principales autores del período. Precio­sas son, tanto en ésta como en la prece­dente obra, las bibliografías, que nos de­muestran el importante trabajo de la crí­tica rusa tanto en torno a los escritos sin­gulares como en torno a movimientos y corrientes.

La cuarta de estas grandes obras colectivas fue una vuelta a la Historia de la literatura rusa hasta el siglo XIX a car­go de Cružinskij, uno de los especialistas que habían colaborado con Ovsjániko-Kulikovskij en la preparación de la dedicada al siglo XIX. Sólo conocemos, sin embargo, el primer volumen publicado en 1916 y creemos que puede considerarse que la pu­blicación se detuvo en él. En este primer volumen dedicado a La literatura anterior a Pedro el Grande, es decir, hasta fines del siglo XVII, encontramos los nombres de los mejores especialistas en la materia en aque­lla época; sólo recordaremos los más espe­cíficamente historiadores de la literatura y del idioma ruso antiguo: M. N. Speranskij, A. A. Šachmatov, A. S. Archangelskij, A. S. Orlóv. Del primero tuvo ya antes de la revolución y en los primeros años des­pués de ella, amplia fama la Historia de la literatura rusa antigua, curso pronunciado en la Universidad de Moscú (tercera ed., Moscú, 1921); del segundo, lingüista de fama mundial, hay que recordar el Ensayo sobre el período más antiguo de la historia de la lengua rusa, de 1915, y el Ensayo so­bre la lengua literaria rusa contemporánea (cursos universitarios, publicados después de su muerte, en 1925); del tercero, las tres obras fundamentales: La literatura de la Rusia premongólica, de 1903; El teatro de la Rusia anterior a Pedro el Grande, de 1884, y Cultura y literatura en el estado moscovita; del cuarto, en fin, el mayor de los discípulos de Tichonravov, los numero­sos trabajos sobre cuentos antiguos, sobre la Administración de la casa (v.). sobre el Canto de Igor (v.), etc., que reunidos for­man una de las más interesantes historias de la literatura rusa que el autor llama «medieval» en lugar de «antigua» en el conjunto comparativo que sirve de base a la mayoría de sus obras. Los estudios de literatura antigua y medieval estuvieron en gran auge en el período anterior a la re­volución: la obra fundamental del período fue la de V. A. Keltujala, Curso de historia de la literatura rusa desde sus orígenes has­ta el siglo XVIII, cuya primera parte, de­dicada a la literatura antigua, apareció en 1906 (segunda ed. en 1913) y la segunda en 1911.

Marxista en sus principios, Kel­tujala no disfrutó, sin embargo, del favor de la crítica marxista, que le reprochó sus incertidumbres metodológicas. Pero estas in- certidumbres fueron patrimonio común de todos los historiadores de la literatura rusa, incluso después de la revolución, y se re­procharon titubeos incluso a V. M. Istrin, un seguidor de Tichonravov, que de sus numerosísimos trabajos especializados lle­vados a cabo entre 1893 y 1906 sacó en 1922 el Ensayo de la literatura antigua rusa del período premoscovita (siglos XII-XIII), y a N. K. Gudzij, iniciador de un método historicofilológico que está en la base, ade­más de otros trabajos, de una Historia de la literatura rusa antigua que es de las me­jores entre las recientes (tercera ed., 1945). Los estudiosos de la literatura rusa antigua deben también a Gudzij un precioso com­pendio bibliográfico al que recurrir para los trabajos más recientes: Die altrussische Literaturgeschichte in den Jahren 1914-1926 en «Zeitschrift für slavische Philologie», 1928, V. 1-2. Como hemos hecho con el período precedente, después de haber re­cordado las principales historias de la lite­ratura, hemos de señalar ahora los trabajos críticos e históricos dedicados a movimien­tos literarios o a escritores, que, en su conjunto, sirven de preparación a los gran­des tratados históricos. Hemos de referirnos inevitablemente a los repertorios biblio­gráficos, limitándonos a señalar solamente algunas de las obras de carácter más espe­cíficamente historicoliterario. Así, los di­versos trabajos de V. N. Peretc, publica­dos de 1900 a 1930, sobre la historia del teatro ruso y ucraniano antiguo, las inves­tigaciones, acompañadas de ediciones de materiales sobre la antigua literatura rusa y ucraniana de los siglos XVI-XVIII y especialmente los ensayos sobre la historia del estilo poético en Rusia.

Así, las dos grandes empresas de S. A. Vengerov, que han quedado, sin embargo, en los inicios, El diccionario criticobiográfico de los es­critores y científicos rusos (de los inicios de la cultura rusa hasta nuestros días), del que fueron publicados, entre 1889 y 1897 cinco volúmenes que comprenden incom­pletas las tres primeras letras del alfabeto ruso: A, B, V, y varios materiales, y Las fuentes del Diccionario de los escritores rusos, obra de la que se publicó, en 1900, el primer volumen, de Aaron a Gogol. Ven­gerov fue una de las mayores figuras en el campo historicoliterario entre 1880 y 1920; además de las dos obras citadas hay que recordar muchos trabajos críticos suyos (en­tre- otros, sobre Belinskij, Goncarov, Gogol) reunidos en Ensayos sobre la historia de la literatura rusa más reciente, de 1897, y una famosísima profesión de fe sobre El carác­ter heroico de la literatura rusa, de 1911. La actividad de los historiadores de la li­teratura en Rusia ha sido siempre muy am­plia en el campo de los estudios particula­res y metodológicos, como los de A. N. Veselovskij y A. A. Potebnja, con los que puede relacionarse la escuela llamada «for­malista», que en el primer decenio después de la revolución emprendió una revisión total de la historia de la literatura rusa, pero hubo de interrumpirla por no ser or­todoxa en el cuadro de la crítica literaria marxista. (Sobre este movimiento son im­portantes los siguientes compendios biblio­gráficos y exámenes sintéticos: V. Žirmunskij, Formprobleme in der russischen Literaturwissenschaft, en «Zeitschrift für slavische Philologie», 1925; I. y B. Tomasevskij, La nouvelle école d’histoire littéraire en Russie, en «Revue des études slaves», VIII, 3-4, 1928.

El movimiento for­malista no estuvo ligado directamente, co­mo pudiera creerse, a corrientes críticas neorrománticas; éstas no habían faltado, sin embargo, en Rusia, en relación con el des­arrollo de corrientes decadentes y simbo­listas que se opusieron, en el período 1893- 1910 aproximadamente, a la afirmación de un realismo cada vez más social con la co­rrespondiente acentuación de la crítica de contenido marxista, aunque no siempre or­todoxa. Por una parte, la pléyade de poetas decadentes y simbolistas, K. D. Balmont, A. Belyj, V. la. Brjusov, V. I. Ivanov, D. S. Merežkovskij, que teorizó su arte en estudios críticos e ideológicos sin los cua­les no es posible una historia de la lite­ratura rusa contemporánea; por otra, un V. L. Lvov-Rogačevskij, un A. V. Lunacarskij, un V. V. Vorovskij, un P. S. Kogan que, con mayor o menor adherencia a los principios, crearon la crítica literaria marxista, procediendo incluso uno de ellos, Lvov-Rogácevskij, a la recopilación, en los principios de la revolución, de una primera Historia de la literatura rusa marxista, mientras por aquellos mismos años un re­presentante de la corriente socialista revo­lucionaria antibolchevique, R. V. Ivanov-Razumnik, ya popularísimo desde 1906 por una Historia del pensamiento social, ruso que era más bien una interpretación litera­ria del pensamiento social, la volvía a pu­blicar como Historia de la literatura rusa, insistiendo en el carácter individualista de la creación literaria, cosa que ya había hecho, pero recalcando el carácter meta- físico de su idealismo individualista. A. L. Volynskij, en sus artículos contra Belinskij y los críticos radicales del «Sesenta», así como en su apología de Dostoyevski. Más que en ninguna otra literatura, historia y crítica literaria se han desarrollado en Ru­sia en estrecho contacto entre sí; esto se vio incluso después de la revolución, cuando, con ocasión del primer decenio, después a los veinte años, y luego, a los cuarenta de la revolución, se ha dado repetidamente, a la crítica literaria nacida y desarrollada en la revolución, forma de recapitulación his­tórica.

En estos cuarenta años se ha revi­sado en grandes cuadros de conjunto la li­teratura pasada y, con las necesarias reser­vas sobre el espíritu que las mueve, hay que reconocer el gran mérito de las recien­tes historia literarias de P. N. Sakulin, La literatura rusa. Compendio sociológico y sintético de los estilos literarios, de 1928, in­terrumpido, sin embargo, en Pushkin; de G. A. Gukovskij, La literatura rusa del si­glo XVIII, de 1939; de D. D. Blagoj, His­toria de la literatura rusa en el siglo XVIII, de 1946; de A. G. Cejtlin, La literatura rusa de la primera mitad del siglo XIX, de 1940. De una gran obra colectiva, por iniciativa y a cargo de la Academia de Ciencias de la U.R.S.S., sólo tenemos noticias, pero de su riqueza de resultados científicos así como de su orientación no podemos dudar, dado el carácter ya conocido por nosotros de la actividad de muchos de sus colaboradores. Conocerla servirá también a los extranjeros, aunque en Occidente no faltan obras recien­tes dignas de relieve, no sólo de carácter historicoinformativo, sino exegeticocrítico, obra de rusos o de europeos. Sólo recorda­remos las principales: en alemania, la de P. N. Sakulin, Die russische Literatur, en «Handbuch der Literaturwissenschaft», 1927; en Francia, la de M. Hofman, Histoire de la littérature russe depuis les origines jusqu’à nos jours, 1934; y la de V. Pozner, Panorama de la littérature russe contemporaine, de 1924; en Inglaterra y en América las de D. S. Mirsky: A History of Russian Literature, 1926, y Contemporary Russian Literature, 1926, y de G. Struve, Soviet Russian Literature, 1935; en Italia las de E. Lo Gatto, Storia della letteratura russa, en 7 volúmenes, aún no acabada, 1927-1944, y Storia della letteratura russa, en un vol., 4.a ed., 1948. [En España, el primer libro consagrado por entero al estudio de las letras rusas es el de la gran escritora galle­ga doña Emilia Pardo Bazán titulado La revolución y la novela en Rusia (Madrid, s. a.); pero la única historia de la litera­tura rusa escrita en español es la del escri­tor, ruso de nacimiento y argentino de adopción, Pablo Schostakovsky, autor de una excelente Historia de la Literatura Rusa. Desde los orígenes hasta nuestros días (Buenos Aires, 1945).

Existe traducción, además, de dos excelentes manuales extran­jeros sobre el tema: la Historia de la lite­ratura rusa del alemán Alexander Brückner, traducción del crítico catalán Manuel de Montoliu (Barcelona, 1929) y la Historia de la Literatura Rusa del eslavófilo italiano Ettore Lo Gatto, traducción, notas y biblio­grafía española por E. P. de las Heras (Bar­celona, 1952)].

E. Lo Gatto

Historia de la Literatura Latina

La Antigüedad no tuvo, de la litera­tura latina, en su desarrollo histórico, una visión ni crítica ni completa: el Canon de los poetas (v.) de Volcacio Sedigito, Las vi­das de los excelentes capitanes (v.) de Cornelio Nepote, de Suetonio, y la Crónica (v. la de Eusebio) de San Jerónimo, están es­critas predominantemente (si no de modo único, interesadas por la biografía) de for­ma que limitan la historia de la literatura a una serie de semblanzas de escritores, vis­tos, en el mejor de los casos, más en el aspecto anecdótico que en el marco his­tórico de la literatura. Por lo general las biografías se limitan a una reseña escolar de los títulos de las obras: las informacio­nes cronológicas son sumarias y, a veces, tan sólo con valor conjetural. Tentativas esporádicas para llegar a una visión más completa de la historia de la literatura la­tina realizaron Accio, en las Didascálicas (v.), Varrón en sus escritos filológicos, Ci­cerón en el Bruto (v.) y, a modo de di­gresión, Velleio Patérculo en las Historias (v.) y Quintiliano en las Instituciones ora­torias (v.).

En la Edad Media se intentó fundir el esquema dialogado de algunos tra­tados ciceronianos con las informaciones biográficas suetonianas y jerónimas. Cata­logados y divididos los autores en eclesiásticos y profanos, como había señalado en la enciclopedia bibliográfica de las Institu­ciones de las letras divinas y humanas (v.) Casiodoro, los eruditos continuaron com­pendiando sus fuentes. Entre los mejor in­formados y profundos merece citarse a Con­rado de Ihrschen (1070?-1150), autor de un Diálogo sobre los autores, o el Didascalión [Dialogus super auctores sive Didascalon], ocupándose ante todo de literatura cristia­na y tan sólo incidentalmente de la pro­fana. En plena Edad Media, tampoco el Humanismo laboró en la composición de una historia de la literatura latina, manteniéndose fiel al esquema biográfico, al cual se habían sumado, entre otros, Fran­cesco Petrarca con Los hombres ilustres (v.). El mismo Sicco Polenton (1376-1447), humanista veneciano y el primero entre los modernos italianos que compiló, en 1437, una historia de los Escritores ilustres de la lengua latina [Scriptorum illustrium latinae linguae libri XVIIIJ, no renunció a imitar a Petrarca, sino que lo siguió y lo incluyó narrando las vicisitudes de la latinidad des­de los orígenes hasta el 1300. Tan sólo un siglo después, en 1545, apareció una obra crítica, Diálogos sobre la historia de los poetas griegos y latinos [De historia poetarum tam graecorum quam latinorum dialogi], escrita por Giglio Gregorio Giraldo (1478-1552).

Del esquema biográfico de ins­piración suetoniana se volvía así a la tratadística de derivación ciceroniana, tanto en la forma dialogada como en la exposi­tiva; a esta segunda categoría perteneció el fundamental ensayo de Gerhard Johann Vossio (1577-1647), titulado Los historiado­res latinos [De historiéis latinis libri III\, con el que en el año 1627 se iniciaba, aun­que limitándose a la historiografía griega y latina, el método conjetural y compara­tivo, concediendo honores de crítica y luz de historia no sólo a los textos que se ha­bían conservado íntegros, sino también a los que aparecían mutilados. De esta forma se orientan los estudios sobre el clasicis­mo hacia la investigación de fragmentos, hacia la literatura de los descubrimientos, hacia el catálogo de las cosas y de los nombres notables y el repertorio de palabras significativas, haciéndose necesario el co­nocimiento sistemático y la exploración, no sólo de todos los códices manuscritos, sino también de todas las obras que se habían escrito sobre el clasicismo; la Biblioteca latina [Bibliotheca latina] de Giovanni Al­berto Fabricius (1668-1736) emprende en 1707 el cometido de ofrecer al lector una reseña bibliográfica del clasicismo. Con esta cantera de noticias resulta más factible a los mejores estudiosos escribir historias li­terarias, como Orígenes, infancia, adolescen­cia, virilidad, inminente vejez, vigorosa ve­jez y senilidad ociosa y decrépita de la lengua latina [De origine et pueritia, de adolescentia, de virili aetate, de imminente senectute, de vegeta senectute, de inerti ac decrepite senectute linguae latinae, 1720- 17501 de G. N. Funcius, y las Cuestiones ro­manas, o aspecto de la historia de las le­tras romanas [Quaestiones Romanae sive idea historiae litteratum romanorum, 1718], de Falster.

El despertar de las nacionalidades y el declinar de la lengua latina como lengua científica universal, dieron como re­sultado que con el siglo XVIII se cerrase la historiografía literaria romana en lengua latina, manteniéndose el uso de la lengua muerta solamente para breves escritos de análisis, investigación, conjetura filosófica y que, en casos raros y con escaso resulta­do, se extendiese a la composición de obras completas y voluminosas. La historia de la literatura latina, tal como hoy se escribe y concibe, es el fruto de aquel fermento de ideas que produjo en todos los terrenos cul­turales el Romanticismo, que, oponiéndose a la visión humanística de la latinidad, sistematizó la literatura clásica en una je­rarquía de valores, colocando en la cima a los poetas originales, sencillos, primitivos, que florecieron más en Grecia que en Ro­ma, y en el trasfondo a los prosistas, his­toriadores, eruditos, juristas y oradores de los que Roma ofreció una extraordinaria floración. Es fundamental, como punto de partida para toda la valoración romántica, la historia de Fr. August Wolf (1759-1824) Historia de la literatura latina [Geschichte der römischen Literatur, 1787], a la cual siguieron también en lengua alemana las obras de J. Ch. Bahr (Geschichte der rö­mischen Literatur, 1828), la de Reinhart Klotz, Manual de Historia literaria latina [Handbuch der lateinischen Literaturgeschichte, 1846], la de G. Bernhardy, Funda­mentos de literatura romana [Grundriss der römischen Literatur, 1830].

Al primer Ro­manticismo germánico, extravagante y re­volucionario, siguió una forma más reflexi­va de historiografía literaria, que substituía las grandes síntesis por minuciosos análi­sis, penetrantes y sutiles. El tránsito de una a otra forma de filologismo histórico está marcado por Bernhardy, quien en las su­cesivas ediciones de su obra fue sistema­tizando cada vez más mecánicamente la literatura latina en categorías que partien­do del supuesto cronológico tienden a lo sistemático. Por otro lado, la historiografía no podía permanecer insensible a todo aquel fermento de estudios que, por medio de muchas y responsables revistas y de las recientes obras, particularmente imponen­tes en cuanto a amplitud y doctrina, pro­ponían nuevas soluciones y visiones nuevas a los problemas de latinidad: así, E. Munk y O. Seyffert (Geschichte der römischen Literatur, 1875-1877) y R. Nicolai (Geschich­te der römischen Literatur, 1881), interpre­tando el espíritu prusiano, en auge en aque­llos años, como el carácter estrictamente antirromano de la historiografía mommseniana, insistían constantemente en la pe­culiaridad retoricoescolástica de la literatura latina, como un fenómeno sin originalidad, mera imitación del griego. El romanticismo filológico alemán alcanzó su más perfecta expresión de sistematización aparentemente orgánica, pero áridamente preconcebida y programática, con W. S. Teuffel (Geschich­te der römischen Literatur, 1862), al cual se deben las codificaciones rígidas y fasti­diosas de los géneros literarios, por las cua­les cada autor viene a ser diseccionado se­gún sus diversas actividades, sin apreciarlo en la integridad de su obra artística.

Si­guiendo la línea marcada por Bernhardy, más que la de Teuffel, Martin Schanz es­cribió su monumental obra (Geschichte der römischen Literatur, 1898), que sigue sien­do, todavía hoy, después de numerosas edi­ciones y modificaciones, la más difundida y la mejor informada de las historias de la literatura latina, si bien de ella no intere­sen tanto los juicios, poco personales, de otra parte, como la clara, ordenada y pers­picaz exposición objetiva de los documentos literarios. Cabe incluso decir que el si­glo XIX había otorgado la ciudadanía ale­mana a la historia de la literatura latina, y no tan sólo a la historiografía general, sino también a la particular de los com­pendios y resúmenes (H. Bender, Grundriss der römischen Literatur, 1890; M. Zoller, Grundriss der Geschichte der römischen Literatur, 1891; F. Aly, Geschichte der rö­mischen Literatur, 1894; H. Joachin, Ges­chichte der römischen Literatur, 1891; W. Koff, Geschichte der römischen Literatur, 1892; Th. Birt, Römische Literaturgeschich­te, 1894; de la literatura cristiana y medie­val, A. Ebert, Geschichte der christlichlateinischen Literatur, 1889; M. Manitius, Geschichte der lateinischen Literatur des Mittelalters, Munich, 1919-1931, vol. III; O. Bardenhewer, Geschichte der altkirchlichen Literatur, 1943; de la poesía: O. Ribbeck, Der römische Tragödie, 1875; Ges­chichte der römischen Poesie, 1887; L. Müller, Ueber die Volksdichtung der Römer, 1894, y de la historiografía antigua: C. Wachsmuth, Einleitung in das Studium der alten Geschichten, 1895; H. Peter, Die geschichtliche Literatur, 1897; F. Leo, Die griechische-römische Biographie, 1901; so­bre la prosa: Norden, Die antike Kunstprosa, 1898.

Frente a estas obras en lengua ale­mana, son pocas y de escasa importancia las aparecidas en lengua francesa: F. Schoell, Histoire de la littérature romaine, 1815; P. Albert, Histoire de la littérature romai­ne, 1884; A. Jeanroy y A. Paech, Histoire de la littérature latine, 1892; P. Moríais, Histoire de la littérature latine, 1892; E. Nageotte, Histoire de la littérature latine, 1894; P. Thomas, La littérature latine, 1894; C. Lamarse, Histoire de la littérature lati­ne, 1901; R. Pichón, Histoire de la littérature latine, 1903; M. Pellisson, Histoire sommaire de la littérature romaine, 1903, y mere­cen señalarse las de lengua inglesa: G. A. Simcox, A History of Latin Literature, 1883; A. S. Wilkins, Roman Literature, 1890; G. Midleton y T. R. Mills, Student’s Companion to Latin Authors, 1899; J. W. Mackail, Latín Literature, 1899; H. N. Fowler, His­tory of Roman Literature, Í899, y en otras lenguas. En tal floración de historias lite­rarias latinas no participó Italia hasta la segunda mitad del siglo, abandonando muy a disgusto la lengua latina, que todavía daba buena señal de existencia con la Storia critica delle lettere latine [Historia cri­tica litterarum latinarum] de T. Vallauri. La substitución de la lengua clásica por la nacional fue también en Italia un resultado del Romanticismo literario y político, aun­que tardío, contemporáneo de las últimas guerras de la independencia y la unidad.

El polígrafo César Cantú, bajo la bandera del liberalismo, inició la serie de historias literarias latinas con su Storia della letteratura latina (1864). Más doctos y mejor informados fueron A. Vannucci (Studi storici e morali sulla letteratura latina, 1886), F. Ambrosoli (Letteratura greca e latina, 1878), E. Bindi (Letteratura latina, 1875), O. Occioni (Storia della letteratura latina, 1886); y seguidamente, Scritti di letteratura latina, 1891), G. Tamagni y D’Ovidio (Storia della letteratura latina, 1874), F. Ramorino (Letteratura romana, 1888), G. Vitelli e Mazzoni (Manuale de letteratura latina, 1898), G. Giussani (Letteratura romana, 1899). Habiendo llegado tarde y sin acabar de adherirse formalmente al movimiento renovador del Romanticismo, dio poca fe de vida durante todo el siglo XIX, no opo­niendo a las monumentales historias litera­rias latinas creadas en alemania más que unos pocos y mediocres manuales, en su mayoría compuestos con datos tomados de obras germanas, cuando no eran traducidas éstas al pie de la letra. Pero el nuevo siglo que apuntaba enriquecido con una expe­riencia historicoliteraria derivada de la práctica de la literatura moderna y que tomaba como base modelos de crítica y maestros de estética, proporcionó a Italia nuevo impulso e incremento, de forma que si no llegó a crear una historia analítica del tipo de la de Stanz, opuso, sin embargo, a las nuevas historias extranjeras (entre las que ocupa el primer lugar, por la novedad de su orientación y claridad de visión, la de F. Leo, Geschichte der rcmischen Literatur, 1913) toda una serie de nuevas his­torias literarias que, diversas por su inten­ción y su orientación, manifiestan haber lo­grado la mayoría de edad del espíritu crí­tico italiano aplicado a la latinidad.

Las obras de A. G. Amatucci (Storia de la lette­ratura latina, 1912), de G. Curcio, de igual título, 1920; la de V. Ussani (Storia della letteratura latina nell’età repubblicana e augustea, 1929); la de N. Terzaghi (Storia della letteratura latina da Tiberio a Giustiniano, 1939), la de A. Rostagni (La lette­ratura di Roma repubblicana e augustea, 1940) y, ocupando sin parangón la altura máxima, porque está alentada por un elevadísimo espíritu, la Storia della letteratura latina, de Concetto Marchesi (Messina, 1935, 6.a ed., 1944), por no citar las historias manuales de menor importancia y de inten­ción didáctica, proclaman el interés que Italia aporta a la historia de la literatura latina.

F. Della Corte

Historia de la Literatura Italiana, Giacomo Filippo Tommasini

[Storia della letteratura italiana]. Muchas obras tienen este título, que indica el carácter científico que llegó a asumir la materia- después de muchos tratados dis­persos en polémicas, catálogos, diálogos y poéticas. Una colección bastante ordenada de los materiales sobre la vida y las obras de los escritores italianos se inició en el siglo XVII; entre todos parecen dignos de nota, por sus fines superiores, los Elogios de los hombres ilustres [Illustrium virorum elogia], publicados entre 1630 y 1664 por Giacomo Filippo Tommasini (1597-1655). Un libro sistemático, aunque destinado a hacer resaltar los elementos formales de la lírica italiana según una estricta tradición áulica, es la Historia de la poesía vulgar (v.) de Giovanni María Crescimbeni (1663-1728), publicada entre 1698 y 1711; digna de inte­rés por la abundancia de noticias eruditas, aunque tratadas sin método.

Giacinto Gimma (1668-1735), que en 1723 publicó la Idea de la historia de la Italia literata, fue el primero en pensar en una historia literaria que comprendiera en su desarrollo también los testimonios de la prosa: después de varios razonamientos generales acerca de problemas de filosofía y comunicaciones eruditas, Gimma trata del origen de la no­vela y de la poesía vulgar, y más ampliamente del Renacimiento y de la literatura que va del siglo XVI hasta sus tiempos. Esta obra adolece de una gran confusión de noticias y temas; y principalmente carece del vigor crítico que indica la nueva posición del historiador. Más orgánica y sostenida en su conjunto es la obra de Francesco Saverio Quadrio (1695-1756), ti­tulada Della poesía italiana, publicada en 1735 (con el pseudónimo de G. M. Marcucci) y más tarde ampliamente elaborada en su obra más extensa: De la historia y de la razón de toda poesía [Della storia e della ragione d’ogni poesía] (v.), publicada entre 1739 y 1752. Es una masa no elaborada críticamente de noticias reunidas por vez primera y divididas según los idiomas, gé­neros y estilos; y también debido a que para la literatura italiana se sirvió de Crescimbeni, aportando raramente juicios pro­pios, los estudiosos modernos se limitan a mencionar a Quadrio más bien que a seguirle. Giammaria Mazzuchelli (1707-1765) trató de sistematizar de un modo definitivo una tan amplia materia con un tipo de biografía muy utilizado por el Humanismo, aunque con mayor seguridad de informes, en su obra Los escritores de Italia, es decir, noticias históricas y críticas acerca de las vidas y de los escritos de los literatos (v. 1753-1763). A pesar de que trate, por orden alfabético, tan sólo de las vidas de los es­critores incluidos en las letras A y B, y de que no aluda más que escasamente a sus obras, sin una sistematización histórica, el libro es muy importante por sus noticias sobre los autores y la riqueza del material erudito.

C. Cordié

*    Tras estas tentativas, sirviéndose con un particular sistema crítico de las indagacio­nes anteriores, Girolamo Tiraboschi (1731- 1794) pudo concebir y escribir su Historia de la literatura italiana; publicada desde 1772 a 1781 y corregida y revisada entre 1787 y 1794, ésta es efectivamente la primera obra completa dedicada al tema. Por la abundancia, precisión y complejidad de su materia aún hoy día es muy útil. Sin embargo, escrita en la época de un Gravina y un Muratori, no responde a las nuevas exigencias del espíritu crítico. Una historia de la literatura italiana, que pusie­ra a prueba esas primeras alusiones a la autonomía de la obra de arte, era una ne­cesidad que advertían hasta los extranjeros. Leibniz incitó al conde Magliabechi a que empezara un trabajo de este género; Menckenius publicó en Leipzig (1736) la Vida de Angelo Poliziano; De Sade, en Amsterdam (1764), las Memorias de la vida de Francesco Petrarca. Todas estas obras sirvieron para estimular a Tiraboschi, pero no le dieron una clara idea del concepto de «literatura». Según su parecer, ésta coinci­día con la Historia de los orígenes y pro­gresos de las ciencias todas en Italia, y fiel a este criterio, sumergió en la marea de la historia cultural a los héroes de la poe­sía, juntándolos con teólogos, médicos, ma­temáticos y astrólogos y con la multitud de los mediocres y de los mínimos. Des­pués de los dos primeros volúmenes, donde siguiendo criterios meramente geográficos habla de las letras en Etruria, en la Italia del Sur y por fin de la literatura latina (que ocupa más de la mitad del primer vo­lumen y todo el segundo), el autor, en el tercer volumen, conduce su narración has­ta el 1200 aproximadamente y en el cuarto hasta el 1300.

La estructura de los volúme­nes es bastante parecida: tras una mirada general al «estado de Italia» en el siglo del que se está ocupando, el autor exami­na las vicisitudes de las Universidades, ha­bla de las bibliotecas, de los viajes, estudios sagrados, filosofía y matemáticas, medicina, jurisprudencia civil y eclesiástica, historia, idiomas extranjeros, poesía italiana, poesía latina, gramática y elocuencia, artes libe­rales y así sucesivamente. Después del «Trecenato» la obra no es más que la historia del petrarquismo, dominando la figura de Petrarca en todo el Humanismo, el Rena­cimiento, y hasta los últimos años del Sete­cientos. La obra, a pasar de sus defectos, tuvo un buen éxito; publicada en 1781, tuvo una segunda edición (Roma, 1782), a la que se siguieron muchas otras.

G. Franceschini

*          Un lugar aparte merece la Historia literaria de Italia [Historie Literaria d’Italie] del francés Pierre Louis Ginguené (1748-1816). Un mérito indiscutible de Ginguené fue la gran simpatía que muestra por el tema; sin embargo, su juicio no siempre es exacto, acepta las fuentes sin un examen crítico y su concepción sigue vinculada a la antigua tradición de los géneros literarios; con todo, hay que mencionarle por haber comprendido toda la importancia de la aportación italiana a la cultura europea y corregido muchos juicios inconsiderados e injustos de sus predecesores, desde Boileau a La Harpe, contribuyendo ampliamente a un mejor conocimiento de la historia y literatura italianas en Francia. La obra se inicia con el reinado de Constantino y llega hasta el siglo XVIII, examinando la producción literaria según la tradicional división por géneros. La primera parte, que comprende la Edad Media hasta todo el siglo XV, se publicó en 1811. El autor trata de explicar el fenómeno literario con influencias históricas bastante discutibles, pero ofrece una ordenada exposición de hechos sacados con toda probidad de las fuentes a su disposición.

Dedica casi un volumen a Dante y a la exposición de la Divina Comedia (v.), cuyo valor siente claramente a diferencia de La Harpe, que la llamaba «poème monstrueux». Con igual cuidado trata de la persona y de la obra de Petrarca, Boccaccio y tampoco carecen de interés los capítulos dedicados a la Florencia de los Mèdici. La segunda parte de su obra (cuya publicación acabó en 1835) comprende los siglos XVI y XVII, mien­tras que la parte referente a los géneros menores del «Cinquecento» y «Seicento» la terminó el italiano Salfl, según unos apun­tes del autor. En las largas y minuciosas exposiciones de los poemas de Boiardo, Ariosto y también de los menores, sigue a La Harpe, aunque recurre a los maestros del método histórico al indicar las posi­bles fuentes del poema de Ariosto y en la introducción sobre la vida italiana en el Renacimiento. Si bien el autor vivió en el período del enciclopedismo y de la revo­lución, sólo se deja atraer por la moda de la literatura filosófica en algunos trozos inspirados más bien por cierto pesimismo.

B. Treves

*   Después de la obra de Tiraboschi, la historiografía literaria, a causa, entre otros factores, de las polémicas sobre la función de la poesía en la sociedad y las nuevas tendencias del gusto, hubo un momento de calma; la Historia de la literatura italiana respondía plenamente a las necesidades de los eruditos del siglo XVIII y difícil hu­biese resultado intentar una renovación de la materia. Escaso interés tienen por tanto las Vidas de los italianos excelentes por doctrina en el siglo XVIII [Vitae italorum doctrina excellentium qui saeculo XVIII floruerunt], publicadas entre 1767 y 1774 por Angelo Fabroni (1732-1803), y el am­plio tratado del crítico, de origen español, Giovanni (Juan) Andrés (1740-1817), Dell’ origine, de’ progressi e dello stato attuales d’ogni letteratura [Origen, progreso y es­tado actual de la literatura _(v.) ], publica­do entre 1782 y 1799; la obra está dividida por naciones, siglos y géneros; es más que nada un repertorio de conjunto que no apor­ta ninguna luz sobre las varias literatu­ras, ni mucho menos sobre la italiana, aun­que resulta interesante la sistematización de esta última en una especie de panteón de las literaturas que precede a la histo­riografía universal de los siglos XIX y XX.

C. Cordié

*   Cierto interés conserva el Manual de historia de la literatura italiana de Fran­cesco, llamado Franco, Salfi (1759-1832), pu­blicado póstumo en 1834: el autor, que ha­bía continuado con el décimo volumen la Historia de Ginguené, aunque sirviéndose de toda la obra del crítico francés a tra­vés de un compendio, quiso aplicar un con­cepto suyo presentando las obras maestras de los grandes escritores y reseñando con­venientemente a los menores. En el ma­nual, que se divide en períodos que van del 75.° año de cada siglo al 75.° del sub­siguiente, se examinan los caracteres de las distintas edades y por tanto da de los autores y las obras un panorama menos fragmentario que de costumbre. En gene­ral, el trabajo es más importante por sus propósitos que por su realización. Sin em­bargo, no carecen de interés las páginas so­bre el Petrarca lírico; cálidas las dedicadas a Ariosto, «el mayor poeta que la natura­leza dio a Italia»; interesantes los juicios sobre la belleza de la obra de Tasso, poeta sentimental, y su admiración por Marino y Chiabrera.

Bastante amplia la parte sobre el siglo XVIII, con particular atención para la tragedia (Parini, Alfieri y Alessandro Verri). Un capítulo añadido expone las cuestiones literarias de la primera mitad del siglo XIX, tratando de señalar los de­fectos de clásicos y románticos y la nece­sidad de llegar a un acuerdo, puesto que todos los poetas tienen un único fin, el de la belleza; sin embargo, menciona de paso a Manzoni, Leopardi y los autores de su tiempo, sin darles el necesario relieve. Este «ensayo histórico sobre la literatura italia­na», como lo llama su autor, es una tenta­tiva para presentar en escorzo los valores fundamentales del Parnaso italiano: tenta­tiva incierta, ya que las impresiones de lectura no están sostenidas por un sólido sentido histórico y crítico. Pretendió ser una sistematización histórica y a la vez un examen interno de las distintas obras maes­tras el libro De la literatura de la Europa meridional (v.) del suizo Jean-Charles-L. Simonde de Sismondi (1773-1842), publicado entre 1813 y 1829. La parte que se refie­re a Italia se tradujo en seguida al ita­liano (Milán, 1820), con el título Della letteratura italiana dal secolo XV fino al prin­cipio del secolo XIX [De la literatura ita­liana del siglo XV hasta el principio del siglo XIX]. Junto con el trabajo de Ginguené este nuevo tratado traía a la crítica italiana un espíritu nuevo que hacía difícil un simple retorno a las investigaciones eru­ditas, o que por lo menos realzaba su inte­rés dentro del cuadro de los estudios gene­rales. Una continuación de indagaciones biográficas y bibliográficas con el fin de dar noticia de autores menores y destacar ciertos aspectos de la vida de los grandes, viene a ser la obra Los siglos de la litera­tura italiana de Giambattista Corniani (1742- 1813), publicada desde 1804 a 1813, que termina cuando comienza la genial obra del escritor suizo, señalando una sustancial diferencia de intenciones entre críticos de distintas generaciones y nacionalidades. Divididos por biografías, de siglo en siglo, desde el siglo X hasta la primera mitad del siglo XVIII, en nueve épocas, los continuó con una décima época Stefano Ticozzi, que en 1832 dirigió una nueva edición; sin em­bargo, por falta de vigor crítico, la obra no pone de manifiesto la intención de señalar en los distintos poetas sus caracteres, sus sistemas espirituales y sus valores más du­raderos.

Concebida en un principio como continuación de Los Siglos y más tarde des­arrollada según un plan propio, es la obra De la literatura italiana en la segunda mitad del siglo XVIII de Camillo Ugoni (1784- 1855), publicada entre 1820 y 1822, sutil en muchas de sus partes por su libertad de jui­cio y vivacidad de argumentación histórica. Ricos en páginas de Ugoni y de Ticozzi, Los Siglos de Corniani fueron completados en algunos puntos por Francesco Predari, en 1854-1856, y continuados con una undécima época. Una tentativa que interesa por la amplitud de su información y como testimonio de un caprichoso publicista es el Ensayo sobre la historia de la literatura ita­liana en los primeros 25 años del siglo XIX, publicado en 1831 por Ambrogio Levati (1790-1841). La Historia de la literatura italiana de Giuseppe Maffei (1775-1858), publicada en 1825, varias veces reimpresa y corregida por Pietro Thouar en 1853, es más que nada informativa y escrita preci­samente para extranjeros amantes de la li­teratura italiana. También otros extranjeros se dirigieron en este período directamente a sus compatriotas con mayor sagacidad. El inglés John Cam Hobhouse, lord Broughton (1786-1869), publicó un Ensayo sobre la actual literatura italiana [Essay on the Present Literature of Italy] (1818), en parte escrito por Foscolo; en 1825 fué traducido al italiano por M. Pegna. Vigorosas son las páginas sobre Parini, debidas a Foscolo; notables las que se refieren a Cesarotti, Al­fieri, Pindemonte y Monti.

Documento sin­gular, por su tiempo, las concernientes al propio Foscolo. El alemán Emil Ruth (1809-1871) publicó, en 1844-47, una incompleta Historia de la poesía italiana [Geschichte der italienischen Poesie], que trata de in­terpretar las obras de los grandes poetas, sistematizándolas en una verdadera historia: la obra alcanza hasta el siglo XVI. Débil tentativa de seguir el ejemplo de Tiraboschi es la Historia de la literatura italiana en el siglo XVIII, publicada por Antonio Lombardi entre 1827 y 1830: sin embargo, es rica en noticias bien ponderadas que toda­vía pueden resultar útiles para investiga­ciones particulares. Se reimprimió en 1832 con un índice general de materias. Un trabajo más denso de lo que parece a pri­mera vista es el de Paolo Emiliani Giudici (1812-1872): Historia de las Bellas Letras en Italia, publicado en 1844 y más tarde, en 1855, con el título definitivo de Historia de la literatura italiana. Dividida en 24 leccio­nes, desde los orígenes hasta Leopardi, la obra trata de la historia de las letras ita­lianas como «crítica filosófica derivada de los hechos». Así aclara el desarrollo de la literatura y de sus obras según una orgá­nica comprensión histórica. El elogio de Foscolo, como poeta y crítico, justifica la apasionada reivindicación de las letras en la formación del carácter italiano y en la fe cívica y patriótica de Italia. Por esta actitud oratoria, genuinamente vinculada a su época, la obra sigue leyéndose aún con provecho. Escaso interés ofrecen, a pesar de su vasta divulgación escolar, la Historia de la poesía en Italia, publicada en 1857 por Giambattista Cereseto y la Historia de la literatura italiana, publicada en 1859 por Pietro Sanfilippo.

C. Cordié

*    En 1865, Cesare Cantü (1804-1895) pu­blicó su Historia de la literatura italiana. En un prólogo de tono más bien despre­ciativo hacia sus predecesores, el autor la­menta en la literatura y crítica italianas la pestilencia del academicismo, de las formas vacías y, por reacción, se acerca a la fór­mula romántica de la «literatura expresión de la sociedad». «Solamente en nuestros tiempos — declara — se ha dicho que la li­teratura no es un mero juego de la imagi­nación, un trabajo aislado; sino que los escritos han de manifestar la índole de un pueblo… la psicología de un alma, de un siglo, de una raza». Como ejemplo cita a la crítica extranjera del siglo XIX, de Fauriel a Villemain, Schlegel, y Gervinius. Cantü, dando estas bases teóricas a su his­toria, creía ser un renovador de la crítica italiana; sin embargo, en 1865 era tan sólo un retrasado. En aquel tiempo la teoría de la literatura como expresión de la sociedad ya había decaído, y hubo quien dijo que engendraba una peligrosa confusión entre la historia efectivamente literaria y la his­toria civil. Aparte de este defecto de principio, el libro no mantiene su ambicioso programa. Dentro de estos límites hubiera podido presentar un interesante cuadro de la cultura italiana, con una serie de retra­tos de escritores escogidos y juzgados con gusto. Sin embargo, para lograrlo, era ne­cesario tener esas cualidades de las que precisamente carecía Cantü: amplitud de visión y simpatía humana.

El temperamen­to del autor, en cambio, le llevaba hacia la polémica en un terreno de ideas bastante cerradas y con un espíritu de áspera into­lerancia. En sus libros hay siempre, implí­cita, una disputa: en éste los tiros se di­rigen contra la misma literatura cuyas pe­ripecias quiere narrar y a cuyos represen­tantes, hasta los más ilustres, considera la mayoría de las veces como retóricos de mediana inteligencia, que «reputan pensa­miento el estruendo de sus frases». Un Petrarca, un Boccaccio, un Ariosto tienen así que dar cuenta de sus ideas y a me­nudo hasta de su conducta personal. Peor le fue a Maquiavelo, cuya obra no examina el autor, quien le juzga tan sólo a través de una malévola biografía. La cumbre de la incomprensión la alcanzamos con Fosco- lo, del que se dice que «sintiendo mucho, razonando poco, tiene conceptos siempre sacados de otros, sin precisión y eternamen­te envueltos en niebla», sin nombrar, ni mucho menos, los Sepulcros (v.). A pesar de estos defectos substanciales, y considerándolo tan sólo como un libro de fácil información, aún hoy se puede utilizar con provecho por la abundancia de sus noticias, a menudo amontonadas sin orden, aunque a veces raras y curiosas.

M. Vinciguerra

*   La mejor de todas sigue siendo la His­toria de la literatura italiana de Francesco De Sanctis (1817-1883). Es la obra maestra crítica de De Sanctis, el gran monumento de la historiografía romántica, que, fun­diendo en una síntesis nueva y original las mejores exigencias del historicismo y de la filosofía romántica, actuó directamente so­bre la renovación de la estética y de la crítica que realizó la filosofía de Benedetto Croce. En la intención originaria y según los acuerdos tomados con Morano, de Nápoles, el primer editor de la Historia, en 1869, se trataba de un manual de literatura italiana para el bachillerato, mejor dicho, según expresó el mismo autor, «de la más breve historia que se haya escrito hasta la fecha»; más tarde esta intención se amplió espontáneamente y los volúmenes llegaron a ser dos: el primero, acabado en 1870, y el segundo a finales de diciembre de 1871. Sin embargo, el segundo volumen, que va del Orlando furioso (v.) a la mitad del si­glo XIX, resultó, por razones exclusiva­mente editoriales, algo desequilibrado por la excesiva y apresurada condensación de las últimas páginas; por lo tanto, hay que añadir un tercero a éste, representado por los escritos dedicados al examen de la lite­ratura italiana del siglo XIX: los estudios sobre Leopardi, Manzoni y las dos grandes escuelas, «democrática» y «liberal».

Concep­to fundamental de la Historia de la litera­tura italiana de De Sanctis es la idea ro­mántica de «desarrollo», cuya premisa teó­rica es la existencia de una entidad orgá­nica, el «espíritu nacional» que deviene y se realiza en la compleja variedad de las manifestaciones políticas, sociales, literarias, culturales y filosóficas. En relación directa con este principio teórico e historiográfico está la tendencia a una historia de la lite­ratura concebida como síntesis, haciendo convergir las manifestaciones individuales a la esencia orgánica y unitaria del desarro­llo. Defensor decidido y valiente de la esté­tica de la «forma», es decir, de la absoluta autonomía del arte, y sintiendo por otro lado el íntimo actual enlace entre el arte y la personalidad, De Sanctis, en su Histo­ria, se encontró frente a un problema de método que planteaba la conciliación de elementos distintos y opuestos: encontrar la conexión entre arte e historia; perfilar un desarrollo entre lo que, una vez reali­zado, ya no puede devenir (arte); conciliar los caracteres del único con los del prin­cipio orgánico; salvar el carácter creador del arte de manera que no parezca un mero producto de la historia ni tampoco una sen­cilla sucesión de apariciones fenoménicas; fundir o armonizar el juicio histórico con el juicio estético. La Historia de De Sanctis carece de una precisa premisa teórica y metodológica, y el canon historiográfico sobre el que se basa ya no parece ente­ramente aceptable a la luz del pensamiento crítico más reciente; sin embargo, las in­evitables oscilaciones de método y princi­pio en el conjunto resultan absorbidas en el vigor creador de la construcción historicocrítica, y el esquema general es lo bas­tante elástico para dejar lugar a caracte­rizaciones individuales generalmente inci­sivas y poderosas, por la gran cantidad de páginas que De Sanctis dedicó al examen de las obras maestras de la literatura ita­liana.

Sin embargo, además de ese canon historiográfico y metodológico, la interpre­tación de De Sanctis se basa sobre un prin­cipio directivo de inspiración íntimamente laica, naturalista y positiva, y específica­mente antimedievalista, que ya se encuen­tra en otros historiadores italianos del si­glo XIX y que tuvo su formulación y su aplicación doctrinaria más típica en los grandes historiadores franceses del período de la Restauración: este principio es la superación de la Edad Media en la gradual «rehabilitación» de la naturaleza, hacia una nueva síntesis de «ideal» y «real» bajo el emblema del pensamiento moderno. Punto de partida, síntesis y conclusión de la Edad Media entendida como unidad de pensa­miento y de acción bajo la égida de la fe, es la Comedia dantesca, en la que «todavía envuelto, nudoso y lleno de misterios vive aquel mundo’ que, sometido a análisis, hu­manizado y realizado, se llama hoy litera­tura moderna». En Petrarca el misterio se aclara, e «Italia vuelve la espalda a la Edad Media». Petrarca es el poeta de la transi­ción, y la suya es la melancolía de un mundo nuevo que «todavía obscuro» trata de liberarse de la Edad Media: el mundo de las bellas formas, de la bella naturaleza y de la bella mujer. Boccaccio arranca de lo sobrenatural; humaniza la «divina co­media» llegando a un concepto totalmente opuesto al de la Edad Media: a la glori­ficación de la carne; el viejo mundo místico-teológico-escolástico se derrumba, «nos encontramos frente al hombre y a la na­turaleza». La cumbre artística y filosófica de este proceso la alcanza el Renacimiento con la conquista del sentido de la inma­nencia y de la belleza; sin embargo, aquí aumenta la disidencia entre arte y vida, entre pensamiento y acción, y empieza una nueva atormentada transición, cuya musa fue Torquato Tasso.

El mundo artístico del Renacimiento, alejándose de la vida, con­tinúa con distintas formas en las sutilezas del Seiscientos y los melindres de la Ar­cadia para concluir, en los melodramas de Metastasio, en una disolución de la palabra en la música: de todos modos, el gran pen­samiento del Renacimiento trae sus frutos en la «ciencia nueva» de Bruno, Campanella, Galilei y Vico, mientras la «nueva literatura» que surge como restauración de la verdad y de la naturaleza, y de la con­ciencia, tendrá sus expresiones más repre­sentativas en la obra de Goldoni, Parini, Alfieri y, a través de la poesía de Foscolo, nueva musa, como ya Petrarca y Tasso, de la transición entre dos edades, dos culturas y dos fes, en la nueva y última concilia­ción de ideal y real, pensamiento y fe, realizada por Manzoni. La Historia termina con una rápida y dramática reconstrucción del complejo trabajo político, cultural y li­terario de la primera mitad del siglo XIX: la nueva síntesis está truncada; aquel sis­tema «teológico – metafísico – político» que sostuvo a Italia en su lucha por la con­quista de la independencia y de las insti­tuciones liberales, se ha derrumbado; a la metafísica sigue la crítica, mientras con la poesía de Leopardi aparece nuevamente el «misterio»; es una disolución laboriosa y discorde aunque animada por un ansia creadora de la que saldrá la «literatura mo­derna». Sin embargo, esta literatura «su­pone una seria preparación de estudios ori­ginales y directos en todas las ramas de la ciencia, guiados por una crítica libre de prejuicios e impaciencias inquisitivas; y su­pone también una vida privada y pública, largamente desarrollada. Mirar a nuestro interior, a nuestras costumbres, a nuestras ideas, nuestros tópicos, calidades buenas y malas, convertir el mundo moderno en mun­do nuestro, estudiándolo, asimilándolo y transformándolo… Tenemos la novela his­tórica : nos falta la historia y la novela. Y nos falta el drama. De Giuseppe Giusti to­davía no ha salido la comedia: y de Giacomo Leopardi todavía no brotó la lírica. Nos sigue persiguiendo la academia, la Ar­cadia, el clasicismo y el romanticismo… Vivimos mucho sobre nuestro pasado y del trabajo ajeno. No hay vida y trabajo nues­tros. Y por nuestra presunción se vislumbra la conciencia de nuestra inferioridad. El gran trabajo del siglo XIX ha llegado a su término. Estamos asistiendo a una nueva fermentación de ideas que anuncia una nueva formación. Ya vemos dibujarse en este siglo al nuevo siglo. Y esta vez no tenemos que encontrarnos en la cola, en segundo lugar». Palabras, éstas, valientes y vibrantes, severas y augurales, que tam­bién pueden valer como la expresión más franca de la substancial inspiración ética que anima toda la Historia. Aunque no completamente aceptable en su canon historiográfico y en su principio interpretativo de la literatura italiana, la obra sigue re­sistiendo hoy día; es un conjunto orgánico y compacto y obra capital para los estudios críticos, lectura profundamente educativa y vivaz estímulo de vida mental.

D. Mattalía

*   El retorno a las investigaciones estricta­mente eruditas lo señala en Italia, en la atmósfera del llamado método histórico, la Historia de la literatura italiana publicada en siete volúmenes entre 1878 y 1889 por Adolfo Bartoli (1833-1894). La obra re­presenta la primera tentativa seria de una presentación orgánica de la materia desde un punto de vista histórico. Al autor le parece que ha llegado el momento de re­novar los estudios con dureza y sagacidad de método, abandonando las fáciles síntesis filosóficas y las polémicas sobre el valor de la poesía popular y la sinceridad de la obra creadora. Bartoli quiere empezar asentando las bases, y por tanto se detiene principal­mente sobre la literatura medieval y la prosa y poesía italianas de los orígenes. Trata luego ampliamente de la nueva lírica toscana, de Dante y Petrarca. La obra, in­terrumpida con este autor, se puede con­siderar completada, por lo que se refiere a Boccaccio, por los Dos primeros siglos de la literatura italiana, cuya publicación, em­pezada en 1870 por entregas, terminó en un volumen en 1880, e integrada por los Precursores del Renacimiento (de 1877).

Aparte de las discusiones polémicas que a menudo se entrelazan en las varias argu­mentaciones, la obra es un digno método de investigación ejemplar. Después de Tiraboschi y las claras síntesis de algunos ex­tranjeros, como Ginguené y Sismondi, apor­ta la contribución de una rica compren­sión psicológica de los distintos autores, y al mismo tiempo la comprensión histórica de una época y de las relaciones que con ella tiene la obra de un artista. Preciso en el juicio de los hechos, Bartoli trata de entender las razones de la poesía y cons­truir una interpretación orgánica de am­bientes literarios y problemas de gusto, apa­reciendo efectivamente como un autor re­presentativo de aquella tendencia que en­contró en el Carducci historiador de la li­teratura un fuerte defensor. Con Bartoli nació la escuela del llamado «método his­tórico», desde D’Ancona a Mazzoni: la mis­ma que acabó por contrastar vivamente (a menudo también a causa de equívocos e incomprensión de varios discípulos) con la doctrina de Croce y la estética de la in­tuición.

C. Cordié

*           Los dos primeros siglos de la literatura italiana de Bartoli iniciaron una gran colec­ción por entregas de la Casa Editorial Fran­cesco Vallardi: en la misma se publicaron en 1878 El Resurgimiento de Giosia Invernizzi (que va de 1375 a 1494), en 1880 la Historia de la literatura italiana en el si­glo XVI de Ugo Angelo Canello (1848-1883), El Seiscientos de Bernardo Morsolin, y la Historia de la literatura italiana de la mitad del Setecientos a nuestros días de Giacomo Zanella (1820-1888). Esta colección, amplia­mente difundida y renovada, es útil al especialista aunque dispersa la historia dirigiéndose más hacia la erudición que ha­cía una verdadera sistematización crítica.

Como Historia literaria de Italia fue com­pilada totalmente entre finales del Ocho­cientos y principios del Novecientos, con Los orígenes (v.) de Francesco Novati (1859- 1915) continuados y editados por Angelo Monteverdi (n. en 1886), El Doscientos de Giulio Bertoni (1878-1942), El Trescientos de Guglielmo Volpi (1865?-1938), El Cuatrocientos (v.) de Vittorio Rossi (1865-1938), El Quinientos de Francesco Flamini (1868-1922), El Seiscientos de Antonio Belloni (1868-1934), El Setecientos de Tullio Concari (1850-1922), El Ochocientos de Gui­do Mazzoni (1859-1943). Una tercera edi­ción de la colección se publicó en estos últimos años: mientras Bertoni, Rossi, Bel­loni y Mazzoni ponían al día sus volúme­nes, otros colaboradores se incorporaban a la colección: Antonio Viscardi (n. 1900) para Los orígenes (1939 y reimpr. en 1943); Natalino Sapegno (n. 1901) para El Tres­cientos (1934 y reimpr. en 1939); Giuseppe Toffanin (n. 1891) para El Quinientos (1929 y reimpr. en 1941); Giulio Natali (n. 1875) para El Setecientos (1929 y reimpr. en 1936); un nuevo tratado es el de Alfredo Galletti (n. 1872) para El Novecientos (1935 y reim­preso en 1939). Una compilación comple­mentaria de esta colección es la «Historia de los géneros literarios italianos», dividida entre varios colaboradores y todavía in­completa; a pesar de haber sido comba­tida en el terreno metodológico por el mo­vimiento estético inspirado por De Sanctis y encabezado por Croce, no ha dejado de dar sus frutos en el campo de la erudición y de las investigaciones particulares.

Es sabido que Benedetto Croce (1866-1952) no quiso nunca llevar a cabo una ver­dadera Historia de la literatura italiana, puesto que el famoso teórico de la Estética (v.) puso siempre de manifiesto la necesi­dad de tratar los temas por monografías y no en una verdadera historia. Sin embargo, escogiendo entre los muchos ensayos de Croce, dedicados a la literatura italiana, Floriano Del Secolo y Giovanni Castellano pudieron fácilmente preparar, en 1927, una amplia antología crítica de los escritos de­dicados por Croce a los autores italianos. Dispuesta cronológicamente, dicha antología se titula Poetas y escritores de Italia. La obra comprende algunas de las páginas más sutiles del crítico: presentando a persona­lidades como Leopardi, Galileo, Cuoco y discutiendo hasta sobre la cultura española en Italia en el Seiscientos y sobre la lite­ratura dialectal refleja, la obra ensancha los lindes de los tratados corrientes de un mo­do verdaderamente eficaz. Un desarrollo particular ofrecen, en un orgánico trabajo, los varios ensayos de La literatura de la nueva Italia, publicados entre 1914 y 1915: muy famosos por su posición polémica y por contener las primeras afirmaciones de la crítica italiana sobre D’Annunzio, Verga, Pascoli, Fogazzaro; sin embargo, en gene­ral, Croce ha examinado de cerca la am­plia y a veces olvidada producción literaria que va de la independencia al Novecientos.

A los cuatro volúmenes de dicha obra, ya publicada además por entregas en la Crítica, se añadieron dos más en 1939 y 1940: se presentan autores menores del mismo pe­ríodo, se confirman juicios anteriores o dis­cuten escritores más recientes, como Pirandello, Deledda, Gozzano, Panzini, Gaeta. Una notable altura de tono distingue, desde hace algún tiempo, muchos tratados de ca­rácter escolar; ejemplar es la Historia de la literatura italiana para uso de los Insti­tutos de Segunda Enseñanza, de Vittorio Rossi (1865-1938), crítico citado anterior­mente por su Cuatrocientos: publicada en 1900-1902 fue seguramente en sus numero­sas ediciones la más divulgada en las es­cuelas italianas. Es un manual sencillo y bien informado, aunque sin abandonar las posiciones de la crítica y en general el in­terés hacia la erudición, el autor acerca a los jóvenes a las figuras mayores y menores de la literatura, poniéndolos frente a las más seguras indagaciones científicas. De la Breve historia de la literatura italiana des­de sus orígenes hasta nuestros días, publi­cada en 1923 por Eugenio Donadoni (1870- 1924) son notables las páginas sobre Tasso, Foscolo y otros autores característicos. La obra, muy afortunada por su concisión y justeza de estilo, tuvo numerosas reimpre­siones, con adiciones de Francesco Flora y Giuseppe Villaroel para el período más reciente.

Una finura expresiva, con una clara valoración de la poesía, caracteriza la His­toria de la literatura italiana desde sus orí­genes a nuestros días de Attilio Momigliano (n. 1883), publicada al principio en 1933-35 y más tarde reunida en un volumen: pone de manifiesto en una refinada delicadeza de lectura la perspicacia y a la vez la singularidad de una posición crítica que de la interpretación psicológica y la investi­gación erudita se dirigió decididamente al comentario estético y la valoración del es­tilo. Teniendo en cuenta también la Historia de la literatura italiana, publicada en 1938 por Mario Sansone (n. 1903), como obra que ofrece los resultados de la más reciente crítica y una notable experiencia didáctica, hay que mencionar el Compendio de his­toria de la literatura italiana de Natalino Sapegno (n. 1901), crítico que ya recorda­mos por su Trescientos: tal obra, publicada desde 1936 a 1947, está especialmente des­tinada a las escuelas, aunque es rica en información y bien orientada desde el pun­to de vista historiográfico.

Mención aparte merecen los estudios críticos extranjeros, principalmente por la manera con que se acercan a la poesía y al espíritu de los autores italianos. Tras los testimonios ya citados anteriormente, hay que valorar de un modo justo la Historia de la literatura italiana [Geschichte der italienischen Literatur] de Adolf Gaspary (1849-1892), pu­blicada en Berlín entre 1884 y 1888, y que quedó incompleta en la mitad del Quinien­tos. La tradujeron Nicola Zingarelli y Vittorio Rossi en 1887-1891, con adiciones del autor. Es importante por su vivacidad de juicio y la agudeza de sus observaciones. Muy divulgada por su amplitud histórica y sus ilustraciones fue la Historia [Geschich­te] del alemán Berthold Wiese y de Erasmo Pércopo (1860-1928), publicada en Leipzig en 1899 y traducida al italiano en 1904. Más orgánica también por una propia concep­ción metodológica, que se acercó cada vez más a los principios críticos de Croce, es la Historia de la literatura italiana [Italienische Literaturgeschichte] del alemán Karl Vossler (n. 1872), publicada en Leipzig en 1900. A ella hay que añadir, del mismo autor, la Literatura italiana contemporánea, publicada en 1914 y en Nápoles, en 1916, en la traducción de Tommaso Gnoli: va «desde el romanticismo al futurismo», que comprende a Leopardi, Manzoni, Carducci, Fogazzaro, Verga, Pascoli, D’Annunzio, e ilustra sobre la renovación de la estética y la crítica literarias en la obra de Croce. Ofrecen una amplia información y a la vez se detienen con atención en las figuras de los autores y los movimientos espiritua­les la Historia de la literatura italiana [A History of Italian Literature], publicada en Londres en 1898 por el inglés Richard Garnett, y especialmente la Literatura italiana [Littérature italienne], publicada en París en 1906 por el francés Henri Hauvette (1865- 1935), muy penetrante en el examen de la poesía «literaria» correspondiente al cla­sicismo renacentista.

Digno de recuerdo es también el Panorama de la literatura ita­liana [Panorama de la Littérature italien­ne] de Benjamín Crémieux (1888-1944), pu­blicado en París en 1928; desde el último Carducci en la Ronda (v.) hasta los re­cientes movimientos literarios, el libro pre­senta, no sin ciertas deformaciones polémi­cas, los valores más significativos de las letras italianas del Novecientos. La inves­tigación de la literatura italiana tiene que ser entendida como un elemento histórico por parte del crítico extranjero: ya que de otra forma se le escaparía el significado de algunos movimientos espirituales y la pe­culiaridad de obras maestras de la poesía y pensamiento. Las mismas diferencias entre la cultura italiana y la francesa, dice Cré­mieux, plantean la necesidad de estudiar la cultura de Florencia o la de Nápoles en su autonomía, porque, frente a un París centralizador casi a la manera del siglo de Luis XIV o de Napoleón, los franceses no comprenden la importancia de la provincia en la formación de una cultura nacional. La característica de este Panorama estriba por tanto en el examen histórico de la re­acción premanzoniana, de la cultura y del triunfo de Carducci, y en la comprensión —-ajena a investigaciones de meras influen­cias literarias — del espíritu realista en la obra de Verga.

Junto a una literatura so­cial, ampliamente inspirada por la pro­vincia a través de los sufrimientos de los humildes, florecerá por contraste una lite­ratura psicológica y doctrinaria, desde Fogazzaro a Oriani; y si tiene ocasión de desarrollarse, en el nuevo interés para las dis­tintas regiones propio de la patria que acaba de alcanzar su independencia, una amplia aunque no intensa literatura dia­lectal, se ponen de manifiesto también ten­dencias de otras clases, ora nobles, ora bur­guesas, como se ve en las obras de D’Annunzio, Pascoli y Panzini. De Croce y del mo­vimiento de la Crítica (v.)’ a las luchas literarias y políticas de la Voce (v.) y, tras la experiencia de la primera guerra mundial, a las estilísticas de la Ronda (v.), Crémieux examina las distintas co­rrientes literarias hasta la obra de Piran- dello y de los contemporáneos, poniendo de manifiesto una vez más la necesidad de valorar la cultura italiana en la variedad de sus formas y sus posiciones.

C. Cordié

*   Es sabido que una historia literaria in­dica siempre, en un período histórico deter­minado, las posibilidades y las exigencias de una cultura. Por tanto no se puede pa­sar por alto, aun cuando resulte en ciertos pasajes algo difusa, la Historia de la lite­ratura italiana publicada, con muchas ilus­traciones, entre 1928 y 1932 por Giuseppe Zonta (1878-1939). Singular y significativa en la cultura contemporánea es la Historia de la literatura italiana de Francesco Flora (n. 1891), publicada en 1940-42: guiada por un refinado gusto de lector, se aplica a la valoración sincera de la poesía y del len­guaje literario de autores grandes y meno­res e interpreta con justeza las experien­cias del pasado. En esta realización, que representa el más digno esfuerzo historio- gráfico de la crítica literaria contemporánea, la parte que se refiere a los autores y co­rrientes literarias del Novecientos corre a cargo de Luciano Nicastro.

C. Cordié

Historia de la Literatura Inglesa, Philip Sidney

Un primer ensayo de valoración crítica retrospectiva se encuentra en la Defensa de la poesía (v.) de sir Philip Sidney (1554- 1586), probablemente escrita en 1580 y pu­blicada póstuma en 1595. Provocada por un violento ataque de Stephen Gosson contra el teatro contemporáneo (la «School of Abu­se» 1579), la obrita de Sidney, aunque ba­sada en un carácter polémico, de exaltación del poeta en la sociedad, alcanza una dis­cusión crítica del estado de la poesía inglesa en tiempos de Sidney, partiendo de Chaucer; discusión, por supuesto, incidental y fragmentaria, pero que representa, sin em­bargo, una novedad para su época.

Poco más de un catálogo de autores es el Theatrum Poetarum de Edward Phillips (1630- 1696?), sobrino de Milton: el volumen tiene, sin embargo, importancia, porque se con­sidera que refleja la cultura y las opiniones del mismo Milton. Carácter de repertorio erudito, aunque de proporciones infinita­mente más amplias, tiene también la pri­mera historia de la literatura inglesa, la Historia de la poesía inglesa del siglo XI al XVII (v.) de Thomas Warton (1728-1790), publicada en Londres en tres volúmenes en los años 1774-1781. Warton, profesor de poe­sía en Oxford, nombrado poeta laureado en 1785, es una de las figuras más notables del prerromanticismo, sobre todo por su valoración de la arquitectura gótica conte­nida en las Observaciones sobre la «Reina de las Hadas» de Spenser (v.), publicada en 1754. Más que trazar una historia pro­piamente dicha de la poesía inglesa, War­ton examina gran cantidad de obras me­nores que con infatigable erudición entre­saca de manuscritos y libros raros, espe­cialmente de los que llama «los períodos más obscuros de la historia de nuestra poe­sía», pues su finalidad es, sobre todo, mos­trar el gradual perfeccionamiento de dicha poesía. La obra empieza en el siglo XI, pero no va más allá de fines del XVI. La mejor edición es la publicada al cuidado de W- Carew Hazlitt, Londres, 1871, en cuatro vo­lúmenes.

De muy distinto nivel crítico, aun­que concebida desde un punto de vista uni­lateral, son Las vidas de los poetas (v.) de Samuel Johnson (1709-1784), editadas en 1770-1781. Los términos de la obra fueron fijados por los libreros ingleses, que en 1777 invitaron al doctor Johnson a preparar una serie de noticias biográficas para una edi­ción de los poetas ingleses que habían pro­yectado: originariamente la obra tenía que incluir todos los poetas ingleses empezando por Chaucer, pero luego se tomó como pun­to de partida a Abraham Cowley, conside­rado como típico representante de la es­cuela «metafísica», es decir, de la fantasía barroca contra la que reaccionaba Johnson, cuyo punto de vista, inspirado en las reglas clásicas y en el sentido común, sería poco interesante si no lo envolviese todo la per­sonalidad de Johnson, moralista, psicólogo e historiador de costumbres, además de crí­tico literario. Johnson habla de cincuenta y dos poetas y desecha — indicio característico del gusto de la época — a figuras de primer plano, como Herrick y Marvell, mientras incluye nombres de cuarto o quin­to orden; juzga con imparcialidad y sin concesiones al rango, pero desaprueba los atrevimientos y no presiente la nueva sen­sibilidad romántica que iba madurando con los años: así su juicio sobre Gray y sobre Collins carece de simpatía. En todo caso, da pleno relieve a la vida y al carácter del hombre antes de pasar a discutir los ver­sos, de modo que la obra forma una serie de cuidados retratos que por su solidez y colorido hacen pensar en los retratos pinta­dos por los grandes pintores ingleses de la misma época.

Completamente distinto es el punto de vista de los críticos románticos que, resumiendo los monumentos y ponien­do de relieve los méritos de la antigua li­teratura inglesa, prepararon los fundamen­tos de la historiografía literaria del XIX. Ya Joseph Addison (1672-1719), en los en­sayos 70, 74 y 85 del «Spectator» (v.), dio un curioso anticipo de la transformación del gusto que había de tener lugar en la segunda parte del siglo, con su apreciación de la antigua poesía popular (las baladas de Chevy Chase (v.) y de los Niños en el bosque (v.); en 1765, Thomas Percy había publicado sus «corpus» de antigua poesía popular, Reliquias de antiguas poesías in­glesas (v.); en 1775, Thomas Tyrwhitt, con su edición de los Cuentos de Canterbury (v.) de Chaucer (a los que siguieron en 1778 un glosario y un estudio de las obras del poeta), presentó al primer representante de la poesía inglesa bajo su verdadero as­pecto, permitiendo disfrutar la armonía de sus versos, cuya clave se había perdido.

Empeño de los grandes críticos románticos Samuel Taylor Coleridge (1772-1834), Char­les Lamb (1775-1834) y William Hazlitt (1778-1830) fue el revelar en toda su gran­deza la edad isabelina y exaltar la fuerza de Shakespeare; Coleridge, que había apren­dido mucho de los críticos alemanes — Lessing, Schlegel y J. P. Richter —, en las con­ferencias y observaciones que recogió en Lectures and Notes on Shakespeare and Other English Poets (Londres, 1883); Lamb, en los Ejemplos de poetas dramáticos in­gleses que vivieron en torno a la época de Shakespeare (v., Londres, 1808), antología de dramaturgos isabelinos comentada con notas críticas y estéticas, notas por lo ge­neral bastante breves pero vibrantes de nueva sensibilidad; Hazlitt, en la serie de conferencias y ensayos reunidos bajo el título de Caracteres de las obras de Shakes­peare (1817), Personajes sobre poetas in­gleses, 1819 (v.), Conferencias sobre la literatura dramática de la época isabelina, 1820 (v.). Éstos crearon los cánones de la crítica romántica en la que había de inspirarse todo el siglo, con su valoración exclusiva de las cualidades fantásticas, su concepción del poeta como un ser sobre­humano más próximo a los fenómenos de la naturaleza que a la raza humana, y su condena como «artificial» de toda la lite­ratura que no se adaptara a dichos cánones.

De la Ilustración del XVIII y del romanti­cismo se resiente al mismo tiempo la Storia critica della poesía inglese (en italiano) de G. Pecchio (Lugano, Ruggia, 1833-35, 4 vo­lúmenes), recopilación derivada en parte de Warton, y en parte de otras fuentes: co­mienza con el período anglosajón (es de los primeros en hablar de Beowulf, v., en Italia) y llega hasta el siglo XVIII. La pri­mera historia de la literatura inglesa ver­daderamente importante fue escrita por un extranjero: la Histoire de la littérature an- glaise de Hippolyte Taine (1828-1893), cu­yos cuatro primeros volúmenes fueron publicados en 1864 y el quinto en 1872 (9.a edición, revisada y aumentada con un índi­ce bibliográfico a cargo de J. J. Jusserand, 1891, 15.a ed., París, Hachette, 1921). Es un clásico de la historiografía del siglo XIX y de la literatura crítica francesa; es tam­bién un curioso documento de la concep­ción positivista, donde el genio y la dege­neración confinaban; de modo que los au­tores están vistos bajo una luz cruda, casi caricaturesca. Tres factores principales dan cuenta de un escritor: el clima, la raza y el momento histórico; factores que Taine ilustra viva y pintorescamente, de modo que sus páginas (es célebre la «Introduc­ción») se leen todavía hoy con gusto como obra de fantasía si no como fuente de se­guras informaciones. Más interesado en ver perfectamente encarnadas sus premisas que en el valor efectivo de la obra de arte, Taine da un retrato gigantesco de Byron, en quien cree advertir un producto ideal del clima y de la raza, y relega a segundo o tercer término a Coleridge, a Wordsworth y a Keats.

Desde su aparición, la obra de Taine tuvo que enfrentarse con durísimas críticas: son inapelables las lanzadas con­tra su método por Sainte-Beuve (Nuevos Lunes, v., tomo VIII), especialmente sobre la teoría de que la obra de arte es la ex­presión de la edad en que nace. La historia de Taine se divide en las siguientes partes: I, Edad Media y Renacimiento; II, Teatro del Renacimiento: Shakespeare. El Rena­cimiento cristiano en la Reforma: Milton; III, La Restauración y la Edad Augusta; IV, De Swift al Romanticismo; V, Los gran­des Victorianos. En Sainte-Beuve trató pre­cisamente de inspirarse uno de los más eminentes críticos Victorianos, Matthew Arnold (1822-1888), quien en su serie de Ensayos críticos, 1865-1888 (v.), trató de va­lorar la literatura inglesa desde un punto de vista que superase el insularismo de sus compatriotas: compara continuamente a los grandes poetas ingleses con los grandes poe­tas del Continente: franceses, italianos y alemanes; sus puntualizaciones sobre Words­worth y Byron señalan importantes des­arrollos en la historia del éxito de dichos poetas en Inglaterra, mientras su juicio so­bre Shelley carece de simpatía. Al destacar méritos y defectos, sin embargo, la crítica de Arnold carece de la finura y el olfato de Sainte-Beuve y alguna vez alcanza el nivel de una calificación escolar.

Muy pocos ele­mentos constructivos pueden sacarse de la voluminosa producción crítica de A. C. Swinburne (1837-1909), que versa principal­mente sobre Shakespeare y sobre los dra­maturgos menores isabelinos; es notable, sin embargo, su ensayo sobre Blake (Lon­dres, 1868), que contribuyó a la revaloración de este olvidado y gran prerromántico. De 1877 a 1893 aparecieron en Berlín y luego en Estrasburgo los tres volúmenes de la Geschichte der englischen Literatur de Bernhard Ten Brink, que sólo llegó a la mi­tad del XVI (segunda edición, cuidada por A. Brandl, Estrasburgo, 1899): con esta obra y con el otro volumen, Chaucer, Estudios para la historia de su desarrollo y para la cronología de sus obras [Chaucer, Studien zur Geschichte seiner Entwicklung und zur Chronologie seiner Schriften], Münster, 1870), Ten Brink se constituye en uno de los autores fundamentales sobre Chaucer y su época. De 1887 a 1896 apareció una History of English Literature en cuatro vo­lúmenes, cada uno asignado a un literato de clara fama: I, The History of Early En­glish Literature de Augustus Stopford Brooke, 1892; II, A History of Elizabethan Li­terature de George Saintsbury, 1887; III, A History of 18th Century Literature (1660- 1780) de Edmund Gosse, 1889; IV, A History of 19th Century Literature (1780-1895) de George Saintsbury, 1896; esta obra carece de organicidad metódica y, aunque debida a personas de gusto, puede considerarse superada.

Manuales de consulta útiles en su época fueron la Geschichte der englis­chen Literatur de Richard Wülker (Leipzig y Viena, 1896, seg. edic., 1906-1907); Grun­driss der englischen Literatur de Gustav Körting, Münster, 1887, quinta edición, 1910, con abundante bibliografía; la historia de la literatura anglosajona e inglesa medieval de Alois Brandl para el Grundriss der germanischen Philologie de Hermann Paul, 1893 y 1908. En la tradición de Taine, pero sin los supuestos positivistas, con método histórico más sutil y concreto, está llevada la Histoire littéraire du peuple anglais del diplomático J. J. Jusserand (París, 1894-1904, segunda ed., 1894-1911): como puede deducirse de su título, se da mayor impor­tancia al fondo cultural de las obras de arte: la obra trata de ser una historia de la vida de la nación, estudiada a través de la literatura y de las manifestaciones del pensamiento filosófico, religioso, etc.; se da, como en Taine, pleno relieve a la historia éticopolítica. Un ulterior desarrollo de la misma tendencia puede observarse en los dos volúmenes de B. Sprague Alien, Tides in English Taste (1619-1800), A Background for the Study of Literature (Harvard University Press, 1937), donde francamente se declara el carácter historicocultural de la obra, sin ambigüedades de título (la de Jusserand no es una historia literaria pro­piamente dicha, conducida con criterio es­tético).

La obra de Jusserand, incompleta, consta de dos partes: I, De los orígenes hasta el Renacimiento; II, Del Renacimien­to hasta la guerra civil; es decir, hasta cerca de la mitad del siglo XVII. Del mismo autor existe un compendio general: Histoire abregée de la littérature anglaise (París, 1896). En 1895 apareció el undécimo y úl­timo tomo de la obra de Henry Morley, Escritores ingleses: Tentativa de historia de la literatura inglesa [English Writers: An Attempt towards a History of English Literature]; el primer volumen apareció en Londres en 1887; ya en 1864, Morley había dado un ensayo: Escritores ingleses; los es­critores antes de Chaucer: con un bosquejo a modo de introducción de los cuatro pe­ríodos de la literatura inglesa [English Writers; The Writers before Chaucer; with an Introductory Sketch of the Four Periods of English Literature]; este trabajo quedó’ incompleto en 1867, en la parte I del vol. II (De Chaucer a Dunbar). También la obra mayor quedó incompleta por la muerte del autor (1894): el contenido de los once vo­lúmenes es el siguiente: I, Desde los inicios a Beowulf; II, De Caedmon a la conquista normanda; III, De la conquista a Chaucer; IV, La literatura del siglo XIV, Parte I; V, La literatura del siglo XIV, Parte II (Wycklif y Chaucer); VI, De Chaucer a Caxton (siglo XV); VII, De Caxton a Coverdale (el Humanismo); VIII, De Surrey a Spenser; IX, Spenser y su tiempo; X, Sha­kespeare y su tiempo: bajo Isabel; XI, Shakespeare y su tiempo: bajo Jacobo.

Se encuentra en los volúmenes de Morley una abundante información literaria, como re­súmenes y análisis de obras y comparaciones con literaturas extranjeras: por otra par­te, el autor no poseía por encima de la cultura y la diligencia, una penetración crítica de profundidad. Otro manual útil debido al mismo autor es el First Sketch of English Literature (1873; nueva edición aplazada, 1901), que es la única historia de la literatura inglesa escrita en orden rigu­rosamente cronológico, por años y no por autores; Morley recopiló también una Library of English Literature (Londres, 1882) en cuatro volúmenes. Más que una historia literaria propiamente dicha es una recopi­lación de extractos la Chambers’s Cyclopaedia of English Literature en tres volúme­nes, publicada en Londres en 1903 (prime­ra ed. en dos volúmenes, Edimburgo, 1844); es una de tantas obras de carácter infor­mativo enciclopédico editadas por la Edi­torial W. y R. Chambers de Edimburgo. Bastante más original es una recopilación de juicios críticos publicada por Ch. Wells Moulton en Buffalo, N. Y., entre 1902 y 1905, luego en Nueva York en 1910, en ocho volúmenes: The Library of Literary Criticism of English and American Authors; obra que pudo resultar de suma utilidad si la selección de los textos hubiese sido he­cha con seguro discernimiento; no ocurre siempre así y, aun con dicha reserva, la obra resulta de útil consulta para el perío­do que abraza.

La primera historia literaria importante escrita en inglés, que puede to­lerar la comparación con la obra de Taine, es la History of English Poetry de William John Courthope (1842-1917), publicada por Macmillan, de Londres, en los años 1895- 1910, en seis volúmenes. Profesor de poesía en la Universidad de Oxford, revisor de una famosa edición de Pope, Courthope sólo se ocupa de la literatura en verso; sin embar­go, el fondo político y cultural están pre­sentes de continuo, como resulta del título de las diversas partes: I, La Edad Media; la influencia del Imperio romano; la educación enciclopédica de la Iglesia; el sis­tema feudal; II, El Renacimiento y la Re­forma; influjo de la Corte y de la Univer­sidad; III, El conflicto intelectual del si­glo XVII; influjo decadente de la monarquía feudal; nacimiento del genio nacional; IV, Desarrollo y decadencia del drama en ver­so; influjo de la Corte y del pueblo; V, El compromiso constitucional del siglo XVIII; efectos del renacimiento clásico; su apogeo y decadencia; el primer renacimiento ro­mántico; VI, El movimiento romántico en la poesía inglesa; efectos de la Revolución francesa.

Por muerte del autor la obra se detuvo en los umbrales de la época victoriana. Courthope es un representante del evolucionismo historicofilológico de la úl­tima parte del siglo XIX; para él la literatura es el producto gradual de un pro­ceso colectivo; la continuidad de la tradi­ción está asegurada por relaciones de ín­dole de contenido. De ese modo, la historia de Courthope confina también con la his­toria de la cultura; el criterio para juzgar el éxito de las obras se basa en tres facto­res: el espíritu nacional, la cultura clásica y la cultura cristiana. La obra, pese a sus defectos, contiene valiosos análisis, buenos tratados del idioma y de la métrica y está escrita con estilo elegante. De 1907 a 1914 apareció en la imprenta de la Universidad de Cambridge la monumental Cambridge History of English Literature, a cargo de A. W. Ward y A. R. Waller, en 14 volú­menes de texto (el volumen quince contie­ne el índice general y apareció en 1927; una reedición económica, en quince volú­menes de formato más pequeño, apareció en 1932: esta reedición no contiene las bio­grafías, que se publicaron, en cambio, apar­te, en 1941, en cuatro volúmenes).

El con­tenido de los volúmenes es el siguiente: I, De los inicios a los ciclos caballerescos; II, El final de la Edad Media; III, El Re­nacimiento y la Reforma; IV, Prosa y poe­sía, de sir Thomas North a Michael Drayton; V, El drama hasta 1642, I parte (Sha­kespeare incluido); VI, El drama hasta 1642, II parte; VII, Caballeros y Puritanos; VIII, La época de Dryden; IX, De Steele y Addison a Pope y Swift; X, La época de John­son; XI, El período de la Revolución fran­cesa; XII, El siglo XIX, I (segunda gene­ración romántica); XIII, El siglo XIX, II (poetas y novelistas Victorianos); XIV, El siglo XIX, III (literatura filosófica y cien­tífica y literatura de los Dominios). La historia literaria de. Cambridge está escrita en colaboración por varios especialis­tas y debiera presentar la ventaja de dar sobre cada tema las opiniones y juicios más autorizados. Colaboraron los mejores escri­tores del período, como Adolphus William Ward, autor de la History of English Dramatic Literature to the Death of Queen Anne (Londres, 1875; nueva ed. en 3 vols., 1899); George Saintsbury, de quien ya se ha hablado (a él se deben los artículos sobre Chaucer, Shakespeare y Milton, así como sobre la métrica en diversos perío­dos); el filólogo Henry Bradley, uno de los recopiladores del Gran Diccionario de Ox­ford, para la historia del idioma; Émile Legouis (artículo sobre Wordsworth); W. Creizenach sobre el teatro medieval (Creizenach se ocupó del drama inglés sobre todo en los volúmenes IV y V de su Geschichte des neueren Dramas, Halle, 1891, segunda edición, 1911-1916).

La desventaja de dicho tratado es la de todas las obras escritas en colaboración: falta un punto de vista uni­tario y, al no haber organicidad, no puede hablarse de historia en el pleno sentido de la palabra; la obra es, sin embargo, notable por recoger la contribución de los mejores filólogos ingleses de principios de nuestro siglo. Obra en colaboración es también la Histoire de la littérature anglaise de Émile Legouis y Louis Cazamian (París, 1924); una neta distinción de intereses, de gusto, de estilo, se advierte entre ambas partes, que van respectivamente desde los orígenes al 1660 y desde esta fecha a los tiempos modernos; el juicio estético es el objetivo que nunca pierde de vista Legouis, que marca cada página con su gusto y su doc­trina; en cambio, Cazamian, autor de una obra fundamental sobre el Román social en Angleterre (París, 1903), está llevado por diversos intereses de orden psicológico y sociológico y aunque diga substancialmente lo esencial sobre cada autor, lo dice sin la tersura ni el relieve que se exigen a un manual de este tipo. También es de Legouis una Short History of English Literature pu­blicada en Oxford, en 1934, meritorio com­pendio. Un pequeño volumen de divulga­ción, que se dirige al lector medio, deseoso de conocer lo que puede interesar a un mo­derno, es La littérature anglaise, de Paul Dottin, en la colección Armand Colin (Pa­rís, 1931).

Otras exposiciones más o menos sucintas son: la síntesis, de unas ochenta páginas, del eminente estudioso C. H. Herford, English Literature (Londres, 1927), la Short History of English Literature de G. Saintsbury (Londres, 1913) y la Storia della letteratura inglese de P. Bardi (Bari, 1933). Son historias literarias con ilustraciones la Ilustrated Record of English Literature de Richard Garnett y Edmund Gosse (Londres, 1903-1904) (que contiene también pasajes característicos) y A History of English Li­terature a cargo de John Buchan ayudado por varios (Londres, 1923). Se han produ­cido notables alteraciones en la perspecti­va de la literatura inglesa desde la primera guerra europea hasta nuestros días. La crí­tica académica (el prof. H. J. C. Grierson, de quien recordamos aquí incidentalmente el importante ensayo El trasfondo de la literatura inglesa [The Background of English Literature], en el volumen homónimo, Londres, 1925) y sobre todo el entusiasmo del poeta y crítico T. S. Eliot han reivin­dicado la poesía de John Donne así como la poesía «metafísica» del siglo XVII en ge­neral, revolucionando los moldes de la his­toria literaria inglesa establecidos por el romanticismo; Pope, relegado por la crí­tica romántica a una esfera literaria infe­rior a la del canto, ha sido reivindicado por una crítica todavía más próxima a nosotros. El «inarmónico» Donne ha sonado a los modernos oídos mucho más agradablemente que el «armonicísimo» Milton.

Esta nueva corriente del gusto se advierte más o me­nos en las historias literarias más moder­nas, como la Historia de la literatura ingle­sa desde sus orígenes hasta el presente [ Geschichte der englischen Literatur von den Anfängen bis zur Gegenwart] de Wal­ter F. Schirmer (Halle, 1937), óptima sín­tesis, conducida sobre informaciones de pri­mera mano; la Storia della letteratura in­glese de Mario Praz (Florencia, 1937, ilus­trada), rica en referencias de historia del gusto y de literatura comparada, acompa­ñada de numerosas biografías (un primer esbozo apareció en la Enciclopedia italiana), y la Englische Literaturgeschichte de Paul Meissner (autor de una importante obra sobre los fundamentos espirituales de la literatura barroca: Die geistesgeschichtlichen Grundlagen des englischen Literaturbarocks, Munich, 1934) en varios volúmenes de la colección Göschen (Berlín, 1937-40). Son notables las consideraciones en la «Ho­me University Library»: W. P. Ker, English Literature; Medioeval (Londres, 1912); J. Bailey, Dr. Johnson and his Circle (Lon­dres, 1913); G. K. Chesterton, The Victorian Age in Literature (Londres, 1913), etc.; en fin, hay que recordar los libros escolares Bell’s Handbooks of English Literature, ba­jo la dirección del prof. Hales (por ejemplo, C. H. Herford, The Age of Wordsworth, Lon­dres, 1909), etc.

Son obras fundamentales para los diversos períodos: The Elizabethan Stage de E. K. Chambers (Oxford, 1923), en cuatro volúmenes (obra de crítica historicofilológica, no estética); H. J. C. Grierson, Cross Currents in English Literature of the Seventeenth Century (Londres, 1929); L. Cazamian, l’Evolution psychologique et la littérature en Angleterre (1660-1914) (París, 1920); O. Elton, A Survey of English Literature, 1730-1780 (Londres, 1928); A Survey… 1780-1830 (Londres, 1920, 2.a ed.); A Survey… 1830-1880 (Londres, 1920) (los volúmenes de Elton, por su ponderación, si no por la originalidad del juicio, forman el mejor conjunto para el estudio de la literatura del siglo XIX); E. Cecchi, Storia della letteratura inglese nel secolo XIX (Milán, 1915) (vivo y de tarde en tarde originalísimo ensayo de crítica estética, donde el autor no guarda en secreto sus simpatías y antipatías y conquista al lector con un estilo que por sí solo bastaría para valorizar la obra); los ensayos a cargo de diversos autores publicados por la Cam­bridge University Press en los volúmenes sobre las diversas décadas de la mitad del siglo XIX: The Eighteen– Sixties, 1932; The Eighteen-Seventies, 1929; The Eighteen- Eighties, 1930, etc.; los geniales ensayos de C. S. Lewis, The Allegory of Love (Oxford, 1938) (sobre literatura medieval y Spenser), de E. Wilson, Axel’s Castle. A Study in the Imaginative Literature of 1870-1930 (Lon­dres, 1931).

*   Entre los manuales de historia de la li­teratura inglesa más conocidos en España, citemos: F. A. de Chateaubriand: Ensayo sobre literatura inglesa (trad. de F. Madina Vayán. Madrid, 1871); A. Schroér: Carac­teres y tipos esenciales de la historia de la literatura inglesa (trad. de Carlos Riba. Barcelona, 1925); C. A. Jordana: Resum de literatura anglesa (Barcelona, 1934); H. Taine: Historia de la literatura inglesa (trad. de José de Caso. Buenos Aires, 1945); R. Lalou: Historia de la literatura inglesa (trad. de Zoé Ramírez. Barcelona, 1952).

M. Praz