Huldren, Hans Ernst Kinck

Novela del escritor noruego Hans Ernst Kinck (1865-1926), publicada en 1892. Notable por su tono naturalista, que no representa más que una breve experien­cia en la actitud de Kinck, esta novela, una de sus primeras obras, recuerda, sin ser una imitación, la obra de Amalia Skram La gente de Hellemyr (v.), en la que se des­cribe una serie de individuos moralmente inferiores y degenerados. En esta novela, Huldren, el protagonista, es un ser débil, un desvalido, incapaz de forjar su propio destino. De muchacho es castigado por una culpa que no ha cometido, de mayor es tra­tado como un semiloco. Como consuelo de su desesperada soledad, Huldren encuentra a Gurina.

A este amor entre una mujer ya no muy joven y un hombre que ha vivido hasta entonces sin cariño, Kinck ha dedi­cado las páginas más bellas de su obra, lle­vada con un lirismo simple y contenido, que se eleva paso a paso en el curso del relato para reducirse, al llegar a la muerte de Gurina, a sus elementos más humanos y esenciales. Huldren se entera inesperada­mente de la muerte de Gurina, al pasar bajo su ventana una mujer que la ha velado toda la noche. Con la misma delicadeza y sobriedad de tacto, narra el autor la segun­da vida de Gurina, que después de muerta aparece en los sueños del pobre Huldren y proporciona así todavía un poco de luz y consuelo a su triste vida. Kinck escribe en un estilo conciso, a menudo monótono, fijan­do su atención no tanto en los actos de los hombres como en su capacidad de vencer las dificultades de la vida y tratando de poner en evidencia su irreflexivo temor a afrontarla.

A. Ahnfelt

Al-Hul•La Al-Siyarā’, Abü ‘Abū Allāh Muhammad ibn al-Abbār

[La túnica recamada de oro]. Obra del bibliógrafo arabigoespañol Abü ‘Abū Allāh Muhammad ibn al-Abbār (1198-1260), que fue secretario de los gobernadores almohades de al-Andalus; luego pasó a Túnez, siendo visir del monar­ca Al-Mustansir, que le mandó dar muerte por complicidad en una conjura. Aunque Ibn al-Abbár escribió otras obras biblio­gráficas: la Takmila y el Mu‘yam (v. His­toria de los varones doctos de al-Andalus), ésta es la más importante de todas.

El títu­lo, como en muchísimas obras árabes, nada tiene que ver con el contenido, que es una colección de biografías de príncipes o per­sonajes ilustres, (ministros, caudillos, emi­res, etc.) del Mogreb y de al-Andalus que cultivaron la poesía, una colección que va ilustrada con muestras de esos versos. Ibn al-Abbár no sólo menciona a los poetas, sino que en su obra también aparecen aque­llos personajes a los que les fueron dedi­cados versos, aunque fueran incultos e ig­norantes, como, por ejemplo, ocurre con el gobernador Sumayl. La Hulla abarca desde el siglo VIII hasta la época del autor, y en ella figuran muchos personajes secundarios; pero Ibn al-Abbár siempre hace gala de una erudición verídica y de una crítica bastante sana, lo cual explica los elogios que a esta obra le han dedicado los investigadores mo­dernos. En su redacción utilizó muchas y muy diversas fuentes, de autores muy variados, como, por citar sólo algunos: Ibn al-Qūtiyya (v. Crónica), Ibn Hayyān (v. Muqtabis), Ibn Bassām (v. Dajīra), aunque su principal fuente de información la constituyeron las obras de los Rāzī, de Ahmad (v. Crónica del Moro Rasis y de ‘Isa (v. Ta’rij al-An­dalus).

D. Romano

Hui Lanc Hi, Chang- Hai-t’ang

[El círculo de tiza]. Dra­ma chino en cuatro actos, en prosa y verso, aparecido en el siglo XIII. Es la historia de una pobre muchacha, de nombre Chang- Hai-t’ang, la cual, comerciando con su be­lleza, mantiene a su madre y a su hermano. Entre sus muchos amantes hay uno llamado Ma, casado, que la quiere de veras y la acoge de buen grado como concubina, por­que no tiene todavía hijos con su esposa. Al comienzo del segundo acto el hijo de Hai-t’ang tiene ya cinco años; es el día de su cumpleaños y Ma, con su primera espo­sa, lo lleva al templo para dar gracias a la Diosa de los Hijos. En tanto, el hermano de Hai-t’ang, obligado por la miseria, acude a ella para pedirle socorro; pero la muchacha, que no posee nada de su propiedad, se ve obligada a negárselo. Vuelve sola a casa la mujer de Ma, y, puesta al corriente del asunto, persuade a Hai-t’ang para que le entregue sus joyas, asegurándole que no le sucederá nada. Pero luego ella misma en­trega las joyas al hermano de Hai-t’ang como si fuesen las suyas propias, de manera que el joven se siente lleno de odio contra su hermana; cuando Ma nota que Hai-t’ang ya no lleva sus joyas; su esposa le dice que la joven las ha regalado a un amante.

En realidad es ella la que se enamora de cierto Chao, y por amor de éste acaba envene­nando a su marido. Entonces Hai-t’ang resuelve marcharse, pero la mujer no quiere darle el niño; la joven acude al tribunal de subprefectura, pero Chao, que es uno de los funcionarios, se pone en pro de su aman­te. El proceso continúa: Hai-t’ang, acusada de asesinato, se va a la prefectura acompañada de los alguaciles, que han sido so­bornados para que la maten en el camino. Por su dicha se encuentra con su hermano, el cual es ahora funcionario del tribunal de la prefectura y tras largas explicaciones de su hermana manda detener a los verda­deros culpables. El juez Pao Chang, famoso por su sabiduría e imparcialidad, que no ha podido sacar nada en claro de las audien­cias, ordena a un funcionario que dibuje con tiza un círculo en el suelo y ponga al niño en su centro. Las dos mujeres deberán sacar a un mismo tiempo al niño fuera del círculo; el niño será entregado a la que venza en la prueba. Pero la pobre Hai-t’ang en dos pruebas consecutivas pierde porque tenía que romper un brazo al niño; y así el juez advierte claramente el amor materno de la joven y, por consiguiente, su inocen­cia.

Aquí termina el drama. Es interesante observar que mientras Salomón para des­cubrir a la verdadera madre ordena que partan al niño en dos, Pao Chang repite delicadamente aquel experimento, a manera de juego; lo que denota la diferencia entre dos mentalidades. (Stan. Julien, Hoei-lan-ki, ou l’histoire du aercle de craie, Londres, 1832).

P. Siao-Sci-Yi

Los Hugonotes, Jacques Meyerbeer

[Les Huguenots]. Ópera en cinco actos de Jacques Meyerbeer (1791-1864) según libreto de Eugène Scribe, representada en París el 29 de febrero de 1836.

La acción transcurre en Turena, a finales de agosto de 1572. En el castillo del conde de Nevers están comiendo unos seño­res católicos y el joven protestante Raoul, que acaba de liberar de las molestas galan­terías de algunos estudiantes a una damita cuyo nombre ignora: Valentine de Saint- Bris. Más tarde, ella solicita que la dejen hablar con el conde de Nevers: Raoul la reconoce y puede pensar que ha venido por motivos galantes. Invitado a participar en una gira campestre por la reina (Marga­rita de Valois), se entera de que Valentine había ido a ver al conde de Nevers solamente para rogarle que renuncie a casarse con ella: y que la reina la había enviado allí con el fin de ofrecerla más tarde, según sus deseos, a Raoul, al que ella ama. Pero Raoul, que la tiene por la amante del conde de Nevers, la rechaza, con gran escándalo y resenti­miento de todos los caballeros católicos. Raoul, desafiado, aunque de momento sin armas, acepta el reto y promete estar en París para batirse. En París, en la pequeña iglesia de Prés-aux-Clercs, Valentine se casa con el conde de Nevers. Sin embargo, le per­miten que permanezca rezando en la igle­sia.

Allí puede enterarse de los propósitos de los amigos de su padre, que esperan a Raoul para asesinarle durante el duelo. La muchacha advierte de ello al fiel servidor de Raoul, y éste avisa a los soldados hugonotes. Una verdadera batalla está a punto de librarse, cuando llega la reina para sepa­rar las dos facciones. Raoul, al comprender la pureza y el amor de Valentine, penetra en la casa de De Nevers para hablar con ella y, de ser necesario, morir a su lado. Allí, oculto, puede asistir a la histórica con­jura. El padre de Valentine revela las órde­nes del rey: exterminar a traición a los hugonotes. De Nevers se niega a actuar a traición, rompe su espada y es detenido. Sa­len todos, Raoul y Valentine se encuentran; luego Raoul huye para avisar a los hugo­notes del peligro inminente. La matanza em­pieza; el mismo Raoul la anuncia, interrum­piendo un baile en la Corte. En un claus­tro, entre mujeres y niños que tratan de salvarse, se encuentran Raoul y Valentine; ella le trae un salvoconducto, pero él re­húsa su salvación y los amantes se preparan a morir juntos. Aparece De Saint-Bris con los soldados, a los que manda disparar con­tra el grupo. Demasiado tarde se da cuenta de que, junto con Raoul, mandó matar a su propia hija.

Esta ópera — la mejor de Meyerbeer — es muy rica en todo lo que garantiza el éxito del espectáculo: aires, duetos, coros, grandes escenas. Y es pobre en todo lo que constituye el real valor de la obra de arte: emoción y personalidad; sin embargo, una singular habilidad de oficio — construcción, armonía, instrumentación — substituye las cualidades que faltan, mez­clando los procedimientos y los estilos personales de cinco o seis maestros (Rossini, Mozart, Weber, etc.) en un estilo único, que incluso puede parecer nuevo: el estilo de Meyerbeer. Su éxito en Francia creó un género y una tradición, destinados a ejer­cer larga influencia sobre la música fran­cesa.

E. M. Dufflocq

De veras no alcanzo a decir hasta qué punto me repugnó la ópera, y cómo he te­nido siempre que defenderme de ella; nos sentimos cansados y débiles para la cólera. Asombrar o cosquillear es la suprema divisa de Meyerbeer, y lo consigue hasta con el populacho… No censuro que se emplee cual­quier efecto en su justo lugar; pero no hay que gritar de admiración si una docena de trombones y trompetas, y un centenar de hombres cantando todos a una, son capaces de hacerse oir a cierta distancia… Despre­cio desde lo más hondo de mi alma esta gloria de Meyerbeer; sus Hugonotes son el índice general de todos los defectos de su tiempo, con excepción de muy pocos. (Schumann)

Los Hugonotes y la Hebrea son unas apo­logías de la Reforma y del judaísmo y unas verdaderas requisitorias contra el catoli­cismo. (Saint-Sáens)

Hulal Al-Mawšiyya, anónimo

Crónica anónima de un autor arábigo:-español, acabada en 1381. El título completo es Al-hulal al-mawšyya fi dikrk ajbār al-Marrãkúšiyya [Las túnicas de tisú en el relato de la historia de Marrakech]. No se trata únicamente de noti­cias acerca de la ciudad de Marrakech, sino de la historia de Marruecos y de la España musulmana. En la Introducción el autor elogia al soberano de la Granada nazarí, Muhammad V, y en ella nos indica cuál será el contenido y qué fines se propuso al com­pilar su obra. En su mayoría, es una recopilación de noticias acerca de los almorávi­des y de los primeros soberanos almohades, que el autor ha compendiado «por miedo a la prolijidad, y lo he seleccionado de un número de obras reunidas de los grandes sabios».

Siguen luego datos de los demás almohades, y acaba con una escueta lista de los benimerines, en la que se limita a «dar las fechas, sin noticias, buscando la concisión». En conjunto las noticias histó­ricas abarcan desde aproximadamente el año 1075 hasta el 1381. En Hulal al-mawsiyya no sólo tienen cabida los hechos his­tóricos, sino también versos, epístolas y «las novedades que admiran por su fuerza». — En cuanto a las fuentes, ha utilizado una serie de obras de autores anteriores, sim­plemente yuxtaponiéndolas, sin ni siquiera preocuparse de unificar el estilo. Además, inserta cartas oficiales que sabemos que son falsas, e incluso testimonios de personas que él se ha inventado. A pesar de esos defec­tos, la obra presenta interés, sea porque ha conservado pasajes de obras desaparecidas, sea porque a las veces da minuciosos rela­tos de ciertos hechos, por ejemplo, la cam­paña de Alfonso el Batallador por Andalu­cía (1125-1126). En cuanto al autor, Allouche ha sugerido que quizá se trata de Abü ’Abd Alláh Muhammad ibn al-Sammák, de Málaga. — Edición del texto por I. S. Allouche (1936), y traducción española por Am­brosio Huici Miranda (Tetuán, 1952).

D. Romano