Humillados y Ofendidos, Fedor Michajlovic Dostoievski

[Unizennye i oskorblennye]. Novela rusa de Fedor Michajlovic Dostoievski (1821-1881), publi­cada en 1866. Es la primera novela larga de Dostoievski después de su retorno de Siberia, donde estuvo deportado. Tiene el carácter de una novela por entregas, llena de soluciones extrañas e inesperadas, aunque ya prenuncia en parte, en el análisis psicológico y en la descripción de los fenó­menos epilépticos, el futuro autor de las grandes novelas posteriores a las Memorias del subsuelo (v.).

El héroe de la novela, Vanja, cuenta su propia historia: se crió en la familia de Ichmenev, administrador del príncipe Valkorskij, que, por su amistad con Ichmenev, envía a su casa por cierto período de tiempo a su hijo Alesa. Ichmenev tiene una hija, Natasa, que cae en gracia al hijo del príncipe. A causa de los chismo- rreos, el príncipe no sólo quita a Ichmenev la administración de sus bienes, sino que promueve un proceso. Alrededor de este proceso se desarrolla toda la novela. Vanja, al encontrar de nuevo en San Petersburgo a los Ichmenev, se enamora de Natasa y está a punto de casarse con ella. Sin em­bargo, el hijo del príncipe, que sigue vien­do a Natasa, aunque ignorándolo su padre, la persuade a abandonar la casa paterna. Vanja, con tal de hacer feliz a Natasa, re­nuncia a su propia felicidad y trata de hacer lo posible para que Alesa se case con la muchacha.

Con esta historia se mezcla la de Nelly, una chica que Vanja consigue arrancar de las garras de una mala mujer, la Bubnova. Mientras, el príncipe Valkors­kij, que ha encontrado una esposa para su hijo, trata de alejarle de Natasa con la as­tucia. Simula dar su consentimiento para que los dos se casen, pero hace de manera que su hijo se enamore de Katja. Entre­tanto, por una serie de circunstancias mis­teriosas, llega a saberse que Nelly es hija del mismo príncipe Valkorskij, que sedujo a su madre. La pobre muchacha muere, epi­léptica, después de terribles sufrimientos. Los Ichmenev vuelven a sus campos y Van­ja acaba en el hospital. Probablemente se casará con Natasa.

La novela encontró mu­chos lectores, aunque ni el público ni la crítica se mostraron entusiastas. El favor del público, que Dostoievski había conocido pleno e incondicional en 1846 con Pobre gente (v.) volvió a él solamente con los Recuerdos de las casa de los muertos (v.) [Trad. española de Rafael Cansinos. Assens en Obras completas, tomo I (Madrid, 1935), varias veces reimpresas].

E. Lo Gatto

Todo lo que produjo (de bueno y de serio) fue tal que, si hubiese producido más, mejor hubiera resultado para mí. El arte suscita en mí envidia, la inteligencia tam­bién, pero la obra del corazón solamente alegría. (Tolstoi)

Extraños en el mundo por amor del mun­do, irreales por pasión de realidad, los per­sonajes de Dostoievski parecen a primera vista sencillos. No tienen un rumbo preciso, no tienen una meta visible: como ciegos o ebrios van tambaleándose por el mundo estos hombres ya adultos. Se detienen, miran a su alrededor, hacen muchas preguntas y sin contestación siguen su camino hacia lo desconocidoSon seres de transición, con el caos primordial en su corazón, cargados de obstáculos e incertidumbres. Están siem­pre asustados y apocados, siempre se sienten humillados y ofendidos… (E. Zweig)

Dostoievski tuvo una importancia deci­siva en mi vida espiritual. Aún muchacho sufrí una influencia. Dostoievski sacudió mi alma más que cualquier otro escritor y pen­sador… Siempre que volvía a leerlo, se me revelaba bajo nuevos aspectos. (Berdiaeff)

Humày Y Humayùn, Khwagiu Kirmani

[Humày u Humayùn: Feliz y Felicidad]. Poema novelesco del poeta persa Khwagiu Kirmani (m. alre­dedor de 1350). Inspirándose en el arte na­rrativo de Nizami, canta las aventuras de Humáy, un príncipe de Occidente, y sus amores con la princesa china Humayùn. Humày, huésped del emperador, durante una cacería consigue llegar hasta la prin­cesa y revelarle su amor. Detenido y des­pués liberado por el emperador, se pelea con su amante y huye al desierto, donde Humayùncorre a su lado; el emperador, con una estratagema, consigue que le de­vuelvan a su hija, la encierra en una cár­cel y anuncia su muerte. Humày se deses­pera, pero luego, cuando sabe la verdad, corre a liberar a la joven con un ejército, mata al emperador, y la obtiene por esposa. Esta fábula, inventada totalmente por Kir­mani, está narrada en metro épico (y en esto quieren ver algunos un deliberado in­tento de seguir las huellas de la tradición épica nacional), pero con estilo y lengua típicamente propios de Nizami. El concep­tismo, del que este poeta no consigue del todo desprenderse, perjudica a este poema, como a la mayor parte de la análoga pro­ducción epiconovelesca, que floreció a imi­tación del gran arte del poeta de Gangia.

F. Gabrieli

Humano, Demasiado Humano —Un libro para espíritus libres, Friedrich Nietzsche

[Menschliches, Allzumenschliches,Ein Buch für freie Geister]. Obra filosófica del pensador ale­mán Friedrich Nietzsche (1844-1900), co­menzada durante el verano de 1876, termi­nada en 1878 y publicada en la primavera del mismo año. La primera edición del libro estaba dedicada a la memoria de Voltaire, de ‘cuya muerte se celebraba el centenario el 30 de mayo de 1878. Otras dos obras, Opi­niones y sentencias misceláneas [Vermischte Meinungen und Sprüche, (1879)] y El cami­nante y su sombra (v.) (1880), fueron reu­nidas en 1886, en un segundo volumen.

La obra adopta la forma de una colección de 638 aforismos titulados según los diversos temas y ordenados en nueve partes que, ori­ginalmente, habían sido proyectadas como otras tantas Consideraciones intempestivas (v.) que debían publicarse como continua­ción de las cuatro ya aparecidas en 1873 y 1876. En la primera parte: «De las primeras y últimas cosas», Nietzsche observa que el mundo metafísico constituiría, por defini­ción, el más indiferente de los conocimien­tos, más indiferente todavía de «lo que pue­da ser para el piloto, en plena tempestad, el conocimiento del análisis químico del agua». Por ello opone a la metafísica una filosofía «histórica» propia, que trata de interpretar como sublimación de humildes ele­mentos humanos todo lo que hasta entonces el pensamiento había considerado de origen trascendente. Esta nueva filosofía está des­tinada a celebrar su triunfo en una historia del nacimiento del pensamiento, que reconocerá en lo que el hombre llama «mundo» el conjunto de los errores y de las fanta­sías de la mente humana, transmitidos por herencia desde las más remotas generacio­nes. Primer origen de la idea metafísica es para él el lenguaje, que duplicando, por así decir, la realidad, coloca un nuevo mun­do junto al mundo real: error benéfico que hizo evolucionar la razón humana y, en particular, la actividad lógica, con sus con­ceptos. No vacila en remontar el orden de la filogénesis, hasta llegar a una vida pre- humana, medio animal, y más lejos aún, hasta la vida vegetal, para trazar desde ella el origen de los conceptos, sin sospechar, la insuficiencia de su procedimiento en un campo en que sólo podría abrirse un cami­no al análisis transcendental.

Según Nietzs­che, la idea de «igualdad» remonta a nues­tra fase de existencia vegetal justificada por la perenne quietud en que viven las plan­tas. Más tarde, de esta ilusión de igualdad pudo surgir el concepto de número. Igual­mente, el principio de «sustancia» nació del hecho de que los débiles ojos de los primeros organismos veían en todo la «mis­ma cosa»; y la idea de libertad se llegó a formar con las demás. En otros aforismos establece el origen de la metafísica atribuyéndolo al «malentendido del sueño», por el que en épocas primitivas se creía vivir, durmiendo, en un segundo mundo fuera de la realidad. Nietzsche tiene, sin embargo, conciencia de todo lo que puede llegar a ser destruido por una filosofía liberada de la metafísica: ya que el mundo como error es para él «profundo, maravilloso», y la eli­minación de la metafísica tiene el gran in­conveniente de suprimir el impulso para obras grandes y duraderas. Atenuando, pues, el espíritu de negación, ve en su crítica un movimiento «retrógrado», el cual, una vez conocidas las razones psicológicas de las concepciones trascendentales, reconoce que el mayor progreso humano es debido a aquellos antiguos errores.

En la segunda parte, «Contribución a la Historia de los sentimientos morales», se aborda el proble­ma ético. Para Nietzsche, con relación a la moral, es esencial la proposición de que nadie es responsable de sus actos, de modo que juzgar equivale a ser injusto. El hom­bre es un cúmulo constantemente mudable de- sentimientos. Los hombres crueles no son más que «vestigios» de una edad remo­ta; la maldad es rara, o mejor, inexistente. Tampoco la mentira tiene un sentido mo­ral: puesto que decir la verdad no tiene otra razón de preferencia que la comodidad, por­que la mentira exige fantasía y memoria; pero si un niño crece en un ambiente fa­miliar complicado, aprende naturalmente a mentir, con plena inocencia. Para explicar los llamados valores morales no es necesario un principio absoluto y trascendente: un ejército valeroso convence por la bondad de la causa que defiende. En general, la moral es una «auto descomposición»; no es posible ser altruista, pero si, por ejemplo,’ una madre se sacrifica por el hijo, ella «po­see en sí» al hijo, y el bien de esa parte suya se sobrepone a las restantes.

La ter­cera parte, «La vida religiosa», contiene en germen los motivos (desarrollados más tarde en el Anticristo, v.) de la lucha de Nietzs­che contra el Cristianismo, considerado co­mo «una gran inmundicia» por su morboso culto del absurdo moral y lógico, por su «asiatismo», por el espíritu de desprecio de sí mismo; en cuanto a su origen, las reli­giones derivan por un lado de una mala interpretación de la naturaleza y, por otra, de la necesidad propia de toda moral ascé­tica, de exaltar una parte de sí como un dios, con un correlativo rebajamiento y «diabolización» de la otra parte de sí.

La parte cuarta, «Del alma de los artistas y escritores», tiende ante todo a explicar la aporía esencial del arte, que en sus produc­ciones debe presentarse con el carácter de actualidad y de revelación impuesta, mien­tras, en realidad, presupone una paciente y compleja elaboración lógica y crítica. En cuanto a la función esencial del arte en la vida del hombre, Nietzsche la reconoce en su fuerza elaboradora como iniciación al sentido de la inocencia del devenir. «Indi­cios de cultura superior e inferior» son examinados en la parte quinta. Aquí el interés de Nietzsche se aplica especialmente al mis­terio constituido por el nacimiento del ge­nio de la matriz de la naturaleza y de la historia, y a lo que distingue el espíritu li­bre, «l’esprit fort», del espíritu humano se­gún los criterios vulgares. La naturaleza, para Nietzsche, encarcela al genio y excita hasta el máximo su voluntad de liberación. El espíritu de la cultura es sentido por él como «unidad centáurea» de dos impulsos opuestos: el angélico y el espiritual. Sola­mente por una extrema tensión de energías contrarias se engendra el clima propicio para la aparición del genio, mientras el carácter «bueno» es aquiescencia a todas las circunstancias.

Es vigorosa la interpre­tación, según éste espíritu, del Renacimiento italiano, opuesto a la Reforma protestante como la luz a la sombra. En la sexta parte, «El hombre y la vida social», parte de los aforismos arrojan una cruda luz sobre cuánto de vanidad y egoísmo existe en el fondo de la amistad, de las luchas, de las contien­das y en general de toda relación humana. En esta parte es evidente la influencia de los psicólogos moralistas franceses, de los siglos XVI y XIX; pero otros aforismos no tienen significado alguno sino es con la tácita presuposición de valores humanos morales, como la benevolencia, la generosi­dad y la amistad. Y el estudio se cierra con una espléndida página en la que, excluida la justificación del egoísmo, Nietzs­che pronostica la hora feliz en la que en lugar del antiguo adagio: «Amigos, no exis­ten amigos», se dirá: «Enemigos, no existen enemigos». La observación sobre «La mujer y el niño», en la séptima parte, sugiere a Nietzsche pensamientos con frecuencia agu­dísimos. Es notable la idea de que el matri­monio debe fundarse en la amistad, y ser como una «larga conversación». La carac­terística esencial de la inteligencia feme­nina es captada lúcidamente, en antítetis con la usual y superficial opinión en boga. Algunas profundas observaciones están de­dicadas a la tragedia de la infancia, fre­cuentemente sacrificada a consecuencia del desorden moral de los padres. En la octava parte, Nietzsche dirige «Una mirada hacia el Estado».

Su espíritu aristocrático le lleva a ver en los dos males opuestos de la dema­gogia y de la estadolatría el peor peligro para el desenvolvimiento del espíritu. El ‘ socialismo no es para él nada más que el hermano menor del fenecido despotismo. Son notables las páginas dedicadas al futuro hombre «europeo». El último aforismo no ve en las opiniones públicas más que pereza privada. «El hombre a solas consigo» es el tenia de la novena y última parte. Dos son aquí los motivos principales: el valor de la justicia intelectual opuesta al fanatismo de las convicciones absolutas, que son fruto, a la vez, de pasiones y de pereza espiritual; y la conciencia de su misión vivamente sen­tida por Nietzsche en todos sus aspectos: el sentido del peligro moral que acompaña, secretamente, a una voluntad de liberación; la fatiga y la angustia de la soledad; pero también, la alegría de la afortunada bús­queda y el solitario y fiero gozo del descu­brimiento: lo cual está magníficamente ex­presado, en forma mítica, en la última pá­gina: «El caminante». Humano, demasiado humano, como otras obras que le siguie­ron, debe la forma variada y desenvuelta del aforismo, por una parte, a la necesidad de expresión de un espíritu que se buscaba a sí mismo; por otra, a la enfermedad del autor, que le impedía una elaboración más compleja de su pensamiento. El bello pre­facio que Nietzsche puso a la segunda edi­ción señala de manera inigualable el pues­to que en el desarrollo espiritual del autor incumbe a esta obra, dominada por una esforzada «voluntad de salud», en oposición a un morboso romanticismo. [Trad. española de Eduardo Ovejero en Obras completas, tomo III (Madrid, 1932)].

G. Alloisio

La grandiosa independencia de Nietzsche no nos ofrece, como creen ciertas mentali­dades escolásticas, una doctrina, sino una atmósfera; la atmósfera infinitamente clara, demasiado luminosa, agitada por la pasión de una naturaleza demoníaca, que se re­suelve en tempestad y en destrucción. (S. Zweig)

De la Humanidad del Hijo de Dios, Pietro Aretino

[Dell’umanità del Figliol di Dio]. La más notable entre las obras sagradas de Pietro Aretino (1492-1556), la más orgánica, la más extensa, la mejor desarrollada; el texto evangélico está expuesto con marcado énfasis que en ocasiones no excluye la sin­ceridad. No porque el juicio emitido por muchos de sus contemporáneos (no obstante el gran éxito de venta) sobre las obras sa­gradas del Aretino y más tarde el de todos los historiadores de literatura sea justa­mente negativo, se debe negar de plano y en todos sus aspectos que contengan algo interesante merecedor aún de ser leído, como en esta vida de Cristo. «Yo sé mejor creer en Cristo que ellos hablar de Él», dice el mismo autor, en una carta al impresor Marcolini, encarándose con sus adversarios. Y ciertamente causaba impresión que un aven­turero de su talla osara, fingiendo casi una conversión, acercarse a la figura del Reden­tor.

Tres prelados, en presencia de Tiziano, decidieron arrojar a las llamas ésta y las demás obras ascéticas de Aretino, como obras de un profanador; pero hasta mucho después, en 1558, no se dictó la prohibición oficial. Grande fue, en cambio, el éxito del libro. Nicolás Martelli escribía que la Bi­blia, una cosa más bien prolija, difícil de entender y de leer, había sido reducida por el Aretino a «breves y verdaderas senten­cias» que llegan realmente al alma. No da prueba Martelli de buen gusto prefiriendo a la solemne poesía de los libros bíblicos y evangélicos la intrincada y artificiosa pala­brería de Pietro Aretino, pero esto es testi­monio de cómo fue recibida por un extenso sector del público. La Humanidad fue publi­cada en Venecia el 1535 en tres libros (la llamada Pasión de Jesús no es más que la tercera parte de esta obra). La narración es viva, llena de episodios, se atiende al ’ texto y da lugar a expresiones de singular carácter aretinesco, pero su tono es serio.

Un poco de lubricidad en la descripción de la Magdalena (pero no excesiva; no es com­parable con las sensuales páginas de la ten­tación en la Vida de Santo Tomás de Aquino, v.). Las mejores páginas son las relati­vas a la Matanza de los Inocentes, al Bau­tismo de Jesús, a los milagros por Él obra­dos, a la despedida de su Madre, traición y muerte de Judas, crucifixión y muerte y descendimiento de la cruz, bajada al Limbo, resurrección, triunfo y ascensión a los cie­los. El reconocimiento de la grandeza de Cristo le lleva a emplear un tono solemne que no siempre rehúye el artificio. En esta obra, como en las demás de asunto sagrado, Aretino, no muy experto en la doctrina religiosa ni en las lenguas clásicas, fue ayu­dado por amigos: Franco se jactó de haberle traducido algunos pasajes latinos.

E. Allodoli

…no respeta el asunto, no se detiene ni se entrega a él; pero hace de él su instru­mento, sus medios, aun a costa de profanarlo inadecuadamente. Trata de Jesús como de un caballero andante. (De Sanctis)

La Humanidad del Hijo de Dios, Teofilo Folengo

[L’umanità del Figliuolo di Dio]. Poema re­ligioso de Teofilo Folengo (1491-1544), pu­blicado en Venecia, probablemente en 1533; pertenece a sus obras de inspiración sagra­da. El tema de esta larga y prolija obra en diez cantos en octavas no podía sugerir a un espíritu tan vinculado al amor hacia el detalle y la vivacidad descriptiva una am­plia y original elaboración de los temas poéticos de la vida de Cristo; ni era mucho menos suficiente la tentativa de arreglar, a la buena de Dios, con salidas retóricas y hasta con referencias a la mitología clásica, una narración llevada adelante de un modo tan laborioso. Bello es el recuerdo de la muerte de Ariosto en las páginas introductivas, como dedicatoria a sus camaradas monjes. La obra puede interesar por algu­nos motivos estilistas y narrativos que se encuentran también en el variado mundo de sus obras mayores (v. Baldo y Orlan­dino), y también por las alusiones biográficas y literarias desparramadas en la re­vuelta mezcla de esta nueva especie de Evangelio en verso.

C. Cordié