Léxico, Eusebio de Alejandría

El autor vivió probablemente en el siglo V; en una carta dedicatoria a cierto Eulogio da cuenta de su trabajo, declarando haber tomado por base la obra de Diogeniano, gramático griego que floreció bajo Trajano, pero dice también que ha corregido el or­den alfabético, haciéndolo más riguroso, ha explicado proverbios no aclarados en su modelo, ha añadido a la explicación de las voces raras la cita de los pasajes que las contenían, y ha incluido en su libro las voces homéricas sacadas del Vocabulario de Briotarco, Apión y Heliodoro. La obra de Eusebio es’ particularmente importante por las muchísimas voces dialectales que conserva y porque incluye también frag­mentos de poetas perdidos y ayuda a fijar el texto de los conservados; por todo ello es uno de los documentos más importantes de la antigua lexicografía.

G. Pasquali

Léxico, Papias

El Lexicón o Elementarium doctrinae rudimentum, compues­to por el clérigo Papias hacia 1050, fue dedi­cado por éste a su dos hijos. La obra, que representa un trabajo de diez años, deriva del Líber Glossarum, repertorio de las ex­presiones y locuciones de los clásicos, expli­cadas por los antiguos gramáticos, pero por su más amplia y rica información y compi­lación superó a su modelo y se mantuvo en uso durante varios siglos. Una vez inven­tada la imprenta, vio la luz en varias ediciones. Además de un léxico, puede consi­derarse como una enciclopedia fundamen­tal, ya que el autor añade a la explicación de los términos, definiciones, etimologías, observaciones e informaciones.

Las artes del trivium y el cuadrivium encuentran su ex­plicación bajo las varias voces, si bien la amplitud con que cada una es tratada re­sulta desigual. Retórica y dialéctica, en el trivium, son objeto de un estudio bastante inferior al de la gramática, el cual, sin embargo, no ofrece ninguna originalidad, ya que depende por completo de los gra­máticos antiguos habitualmente leídos en aquella época. Entre las artes del cuadri­vium queda descuidada la música, cosa cu­riosa en un período que vio la forma mu­sical de Guido de Arezzo. Es de notar el interés demostrado por Papias por la medi­cina, más todavía que por la historia y la geografía. Pero, más que un observador y un pensador original, Papias es un hábil recopilador de la doctrina expuesta en otras obras medievales.

A. Cutolo

Léxico, Focio

Es uno de los frutos de la múltiple actividad de Focio (h. 820-h. 891), el ingenio más bri­llante de la cultura bizantina, el que en su vida supo colmar los vacíos creados por el período de oscurantismo que se había producido en los siglos más tenebrosos de la Edad Media bizantina — el período de los iconoclastas — y dio tanto impulso al estudio de la cultura clásica que hace pensar en su época como en una especie de Rena­cimiento bizantino.

Precisamente el Léxico es, juntamente con la Biblioteca (v.). la obra que especialmente facilitó el estudio de la antigüedad clásica. Como la Biblio­teca, es una obra de compilación, de la que se duda si es totalmente debida al gran pa­triarca de Constantinopla o si más bien fue redactada por sus discípulos, bajo su direc­ción y guía. Es asimismo difícil determinar a qué período de su vida pertenece; es probable que deba situarse no en los años de juventud de Focio, como antiguamente se creía, sino en su madurez, después de la compilación de la Biblioteca. El Léxico es una obra de consulta, un diccionario, que tiene por objeto facilitar la lectura de los autores clásicos y de los textos sagrados, dando la explicación de las palabras y locuciones que en tiempo de Focio ya no se comprendían. En un diccionario seme­jante no debe buscarse un valor de totali­dad, porque, como dice el mismo compi­lador en el prefacio, no todas las palabras requieren explicación, sino únicamente las más importantes y frecuentes. La explica­ción se funda en las fuentes empleadas por el compilador, fuentes que naturalmente no eran los mismos clásicos, sino léxicos y glo­sarios más antiguos, de los que Focio mis­mo da noticia en un pasaje de su Biblio­teca.

La obra, pues, aunque no esté redac­tada científicamente, es de gran importancia para los filólogos clásicos, ya que por su medio pueden alcanzar los frutos de la actividad filológica y exegética de los más antiguos gramáticos, en gran parte perdida para nosotros.

S. Impellizzeri

Leonarda, Bjørnstjerne Bjønson

Drama en cuatro actos del lau­reado escritor noruego Bjørnstjerne Bjønson (1832-1910), publicado en 1879. En una pe­queña ciudad de Noruega, una señora divor­ciada, Leonarda Falk, vive con su sobrina Ágát. No frecuenta la iglesia, pero en cam­bio recibe a menudo visitas y monta a ca­ballo en compañía del general Rosen, ex­combatiente de la guerra de Secesión ame­ricana, que ahora se dedica con exceso a las prácticas báquicas. Hay más que de so­bra para que la señora Falk sea objeto de la maledicencia de la sociedad puritana que no quiere saber nada con ella.

El so­brino del obispo, el joven Hagbart Tallhaug, ha llegado incluso a señalarla en público como un mujer de dudosa reputa­ción. A este exceso de escrúpulo sigue un sincero arrepentimiento: el joven se ena­mora de Ágát, en una estación balnearia, y la joven le corresponde. Pero, en realidad, a través de Ágát, Hagbart ama a Leonarda. Ágát se da cuenta, y toma pie en ciertas condiciones inhumanas impuestas por el obispo para romper, en una escena violen con el joven. Mientras Ágát está fuera, Hagbart revela su apasionado amor a Leonarda, que queda a la vez aterrada y enlo­quecida. Agat vuelve y se confiesa a Leonarda: aunque le ha costado un gran dolor, ha renunciado a Hagbart. Pero Leonarda, enamorada y generosa, no puede construir su felicidad sobre la infelicidad de su sobrina. Abandonará Noruega junto con el general Rosen, que se descubre que fue su marido, y dejará todos sus bienes a Agát. «Ha vuelto el tiempo de los grandes senti­mientos», comenta la bisabuela, mientras cae el telón. Raramente Bj0mson sabe hacer callar su intensa y generosa necesi­dad de polémica, que aquí se vuelve deci­didamente contra la virtud hipócrita. Pero en rigor, la polémica es secundaria.

Leo­narda es el drama de la generosidad. Es generoso Hagbart en su arrepentimiento; generosa Ágát en su renuncia, y más ge­nerosa que ninguno la señora Falk. Los puntos de contacto con la Batalla de da­mas (v.) de Scribe, de la cual deriva la situación son, por lo tanto, extrínsecos. El epílogo no gustó al público; el propio Bjønson pensó en un desenlace distinto. Pero no modificó nada. Haciendo casar a Leo­narda con Hagbart habría sin duda satis­fecho a numerosos lectores y espectadores, pero habría estropeado su drama, que consiste precisamente en la lucha por la generosidad y en su victoria no sólo sobre la poco caritativa mojigatería, sino sobre las pasiones, aun legítimas, y sobre la pro­pia felicidad cuando implica la desdicha del prójimo. La dolorosa renuncia es el necesario precio de la magnanimidad de Leonarda. [Trad. española de Gregorio Mar­tínez Sierra (Madrid, 1919)1. Y. Santoli

En los dramas de Bjønson los persona­jes femeninos competen por superarse en virtud y generosidad, y en Leonarda el ideal pasea exactamente en carne y hueso. (G. Brandes)

Lenz, Georg Büchner

Fragmento de una narración del joven poeta Georg Büchner (1813-1837), una de las figuras más luminosas de la lite­ratura alemana, que con sólo cuatro obras conquistó una posición de primer plano en­tre los escritores del siglo XIX, por la evi­dencia casi visionaria de sus personajes y el vigor de sus composiciones. En esta única narración que nos ha dejado se propuso evocar el trágico fin del amigo de juventud de Goethe y gran poeta del «Sturm und Drang» (v.) Reinhold Lenz (1751-1792), muerto loco. En una prosa lúcida y obsesio­nante Büchner describe el gradual hundi­miento de Lenz en un abismo de irrealidad, tormento y dolor, mientras busca desespe­radamente agarrarse al último destello de razón que le queda y luchar contra esta gradual disolución. Los cuidados paternales del pastor Oberlin nada pueden contra la irrupción de las fuerzas de la naturaleza y Lenz acaba por sucumbir. Büchner tuvo ocasión de ver los apuntes tomados por el pastor Oberlin durante la estancia de Lenz en su casa, y sobre ellos se basó fun­damentalmente. El relato había sido escrito para publicarse en la revista proyectada por Karl Gutzkow, la «Deutsche Revue», ór­gano de la «Joven alemania», pero esta revista fue prohibida, y Büchner no se preo­cupó de dar los últimos toques a su tra­bajo, que quedó inacabado. Gutzkow lo publicó después de la muerte del escritor en el «Telegraph» sin cambiar nada, en 1839. Y posteriormente fue incluido en las obras completas editadas por el hermano de Büchner, Luis, en 1840.

C. Gundolf