Epistolas de Plinio

[Epistulae]. Epis­tolario en nueve libros, escrito, recogido y publicado por Cayo Plinio Cecilio Segundo, llamado el Joven (62-114? d. de C.), al que se añade un décimo libro que contiene la correspondencia epistolar entre Plinio, go­bernador de Bitinia, y el emperador Traja- no, el mismo al que el escritor dedicó el Panegírico (v.).

El autor publicó sus car­tas, a instigación de su amigo Setticio, pri­mero sin orden cronológico, disponiéndolas según le venían a las manos. Pero después, interesándose poco a poco el autor y el público en el epistolario, los últimos libros fueron tomados del propio copia-cartas y dispuestos cronológicamente. Colector y edi­tor de sus propias cartas,, Plinio escribió adrede para el público; la fama de sus amigos literatos, Tácito y Suetonio, el pres­tigio de las personalidades políticas y de los miembros de familias ilustres, cuyos nombres encabezan las epístolas, constitu­yen otros tantos factores que contribuyeron a la resonancia alcanzada por estas cartas. El estilo está muy cuidado; atento a los detalles, no evita los efectos patéticos en los grandes asuntos. Las críticas de la cor­te, las habladurías de la ciudad, los arti­ficios, los embrollos, los escándalos, ofrecen materia abundante a quien como Plinio, se interesa en deducir útiles consideracio­nes de orden moral.

Pero lo anecdótico nunca es fin en sí mismo; el autor no gus­ta de contar historietas, ni de detenerse en la narración de hechos cotidianos, por im­portantes que sean; se siente incluso moles­to. En cambio cuando consigue substraerse a los acontecimientos, y extenderse en con­sideraciones literarias o morales, aprendidas estas últimas en los filósofos estoicos, juz­gando según los cánones retóricos al poeta y al escritor de que está tratando, entonces se revela el literato, escribiendo al correr de la pluma, sembrando su prosa de pulidos vocablos griegos. El epistolario de Pli­nio, modelado sobre las Epístolas de Cicerón (v.), es respecto a éstas lo que la oratoria del Panegírico es a la de los Discursos cice­ronianos (v.); la realidad no constituye su objetivo ni su centro de interés, sino sólo un medio, a veces sólo una indicación, que a menudo se olvida para dar lugar al trozo «literario».

F. Della Corte

La agudeza es uno de los principales méritos de las cartas de Plinio, del mismo modo que es uno de los defectos de su si­glo. Plinio, por tanto, al escribir sus cartas, casi convirtió en mérito un defecto de su época. Habla más al corazón que al inge­nio, aunque hable con demasiado ingenio. Su locuaz mediocridad, nos lo da a conocer de cuerpo entero. (Tommaseo)

Pintó su retrato en sus cartas, como los artistas que transmiten su imagen a la posteridad. (Merejkowsky)