Cecilio Estacio

Autor cómico latino del siglo II a. de C. Galo insubro por naci­miento (posiblemente de Mediolanum, Mi­lán), había sido llevado como esclavo a Roma y luego puesto en libertad por cierto Cecilio, de quien tomó el nombre.

Sus obras no encontraron gran favor hasta la muerte de Plauto (184 a. de C.); después su fama fue creciendo, en parte gracias al apoyo del -célebre autor teatral Ambivio Turpion. Si es verdad que murió un año más tarde que su amigo Ennio, C. hubo de vivir has­ta el 168 a. de C. Según los datos llegados hasta nosotros, todas sus Comedias (v.) de­bieron de ser «palliatae», o sea adaptaciones de obras de la «comedia nueva» griega.

Su poesía obtuvo juicios coetáneos diversos: el crítico Volcacio Sedigito asignábale el primer puesto entre los escritores de «pal­liatae» y le situaba, por tanto, incluso an­tes que Plauto; otros alabaron su habilidad en la consecución de efectos patéticos y en la estructura de la trama; no obstante, Cicerón le juzga mal escritor.

F. Codino

Américo Castro

Filólogo y ensayista español. Nació en Cantagallo (Brasil), de pa­dres españoles, en 1885. Estudió en Gra­nada, donde se licenció en Letras en 1904. Discípulo y luego colaborador de Menéndez Pidal y catedrático de Historia de la Len­gua Castellana en la Universidad de Ma­drid.

Fue embajador de la República espa­ñola en Berlín en 1931. Al estallar la guerra civil (1936), marchó a la Argentina y de allí a los Estados Unidos, donde es profesor en Princeton. Es autor, con H. A. Rennert, de una Vida de Lope de Vega (1919) y, solo del libro Santa Teresa de Jesús y otros ensayos (1929), de la fundamental monografía El pensamiento de Cervantes (1925, v.), de numerosos estudios de gramática histórica y de carácter criticoliterario y de interesan­tísimos estudios históricos: Lo hispánico y el erasmismo; Iberoamérica: su presente y su pasado; España en su historia: cristia­nos, moros y judíos (v.); Mesianismo, espiritualismo y actitud personal (1947). Rasgo característico de su concepto de lo español es el intento de situar las grandes creacio­nes y figuras de las letras castellanas clá­sicas dentro de los movimientos europeos y universales del humanismo renacentista y moderno. Su obra refleja aún el pesimismo y la actitud anticatólica y krausista de la generación del 98.

Con todo — como observa un crítico —, en sus últimos estudios se advierte una evolución que consiste en ir a buscar lo más universal del genio de Es­paña precisamente en su manera de expre­sar lo vital y artístico con un sentido hu­mano y nacional opuesto al del racionalis­mo triunfante en Europa desde fines del siglo XVII.

Antonio Feliciano de Castilho

Nació el 28 de enero de 1800 en Lisboa, donde murió el 18 de noviembre de 1875. Se le considera el poeta romántico portugués más notable después de J. B. de Almeida Garrett y A. Herculino.

Fue hijo de un profesor de uni­versidad y médico de la Casa Real, y du­rante su infancia sufrió graves enfermedades, una de las cuales ocasiónale, a los seis años, la ceguera. Realizó los estudios secundarios y universitarios en Coimbra, en compañía de su hermano Augusto Federico, por quien fue asistido solícitamente.

Gra­duóse en Leyes, pero su verdadera pasión era la literatura; una excepcional sensibi­lidad auditiva le hizo pronto maestro en la teoría y el arte del verso. A partir de 1826 vivió durante algunos años en la soledad de un pueblecito de montaña, S. Mame de da Castañeara do Boga — adonde su herma­no, llegado al sacerdocio, había sido en­viado para el ejercicio de su ministerio—, y allí se familiarizó con la literatura román­tica, cuyas teorías aceptó.

En 1834, luego de una prolongada correspondencia amorosa, contrajo matrimonio con María Isabel Baena Coimbra Portugal, joven que se había enamorado del poeta al leer una de sus com­posiciones juveniles, las Cartas de Eco y Narciso (v. Poesías), y que murió dos años después.

En Madera, adonde acompañó tam­bién a su hermano, quien falleció allí, ca­sóse en segundas nupcias con Ana Carlota Xavier Vidal, fiel compañera hasta su últi­mo instante (1871), ya que bajó a la tumba antes que su esposo; de ella tuvo C. ocho hijos, algunos de los cuales, como Julio, se distinguieron asimismo en el campo de las Letras. De regreso en Lisboa en 1841, fundó allí y dirigió durante cinco años la Revista Universal Lisbonense, que, junto a Pano­rama, de Herculano, fue una de las más importantes publicaciones periódicas litera­rias del romanticismo en Portugal.

En 1845 inició con su hermano José la «Livraria Clásica Portuguesa», notable colección de escri­tores nacionales, y el año siguiente una in­tensa y prolongada campaña en favor de un método de introducción a la lectura por él ideado y aprobado por las autoridades gubernativas, que, sin embargo, no lo adop­taron. Entre 1847 y 1850 desarrolló un infa­tigable apostolado social – didáctico en las Azores; nombrado, al volver a Lisboa, comi­sario general de enseñanza primaria, esta­bleció en varias ciudades cursos públicos destinados a elevar el nivel cultural de los maestros.

En 1855 marchó al Brasil para di­fundir allí su propio método docente; el emperador Pedro II le ofreció una cátedra de literatura portuguesa, que rechazó. En 1866, tras su regreso a Portugal, dirigióse a París, siempre acompañado por su hermano. Empezaban entonces a declinar ya las facul­tades organizadoras y culturales y el pres­tigio literario del batallador superviviente de la poesía romántica, incapaz de perca­tarse del inminente triunfo del realismo; y así, los jóvenes estudiantes de Coimbra, reu­nidos en torno al más audaz de ellos, el futuro gran poeta Anthero de Quental, se abstuvieron de seguirle y se negaron a reco­nocerle por maestro.

G. C. Rossi

Carlos V

Emperador de alemania y rey de España con el nombre de Carlos I. Nació en Gante el 24 de febrero de 1500, murió en el monasterio de Yuste el 21 de septiembre de 1558.

Era nieto del emperador Maximi­liano y de María de Borgoña, hija de Car­los el Temerario, por la línea paterna, y de los Reyes Católicos por la materna. Hijo de Felipe el Hermoso y de Juana la Loca, fue educado en Gante y al llegar a España mostró escaso interés por este reino. En 1519 era elegido emperador de alemania por mayoría de votos sobre el francés Fran­cisco I.

Sus exigencias tributarias provoca­ron en Castilla la llamada guerra de las Comunidades y levantamientos en Valencia y en Mallorca. Habiendo el rey de Francia invadido el Milanesado, C. envió contra él sus tropas, que derrotaron a los franceses e hicieron prisionero a Francisco I en Pa­vía (1525).

Por el tratado de Madrid, el rey francés renunció a Borgoña y a sus pre­tensiones sobre Italia, Flandes y Navarra. Puesto en libertad, Francisco I se negó a cumplir lo pactado y alióse con Clemen­te VIII, el rey de Inglaterra y el duque de Milán, constituyéndose así la Liga Clementina.

C. envió entonces un ejército sobre Roma, el cual entró a saco en la ciudad santa e hizo prisionero al pontífice, hasta que se concluyó la paz de las Damas. De nuevo en guerra contra Francisco I, el em­perador invadió Francia y se disponía a entrar en París cuando su rival se avino a concertar una nueva paz.

En la lucha con­tra los protestantes, los venció en la batalla de Mühlberg (1547), pero la defección del duque de Sajonia le obligó a firmar el tra­tado de Passau, por el que reconocía la li­bertad religiosa de los protestantes de alemania (1552). También luchó C. contra los turcos; en 1533 obligó a Solimán a levantar el cerco que tenía puesto a Viena, pero habiendo emprendido una expedición contra Argel, urna tempestad destruyó su escuadra.

Entretanto, soliviantados los ganteses por las exacciones del emperador, se levantaron contra él, costándole mucho a C. sofocar la insurrección. Por fin, cansado y enfermo, abdicó en su hijo Felipe II (1557) y se re­tiró al monasterio de Yuste, donde moría al poco tiempo.

Sus Memorias (v.), cono­cidas también con los títulos de Comenta­rios y de Sumario de los viajes e jornadas, fueron dictadas por el emperador a su ayu­da de cámara Guillermo van Male durante un viaje por el Rin, en junio de 1550. El original, que se ha perdido, estaba sin duda escrito en francés. La mejor edición con­tinúa siendo la de Morel-Fatio en Historio­graphie de Charles V (París, 1913).

Rimas de Guido delle Colonne

Cuatro canciones son unánimemente atribuidas en los cancioneros a aquel Guido delle Colonne (siglo XIII) que nada nos impide identificar con el autor de la Historia de la destrucción de Troya, redacción en prosa latina del Román de Troye de Benoit de Sainte-Maure (v. Román de Troya).

Ci­clos que aparecen una vez bajo su nombre suelen atribuirse a Mazzeo di Rico y a Jacopo da Lentini, sin que la uniformidad de estilo y de lenguaje de los rimadores de la escuela siciliana ofrezca elementos intrín­secos para la atribución a uno de dichos autores más que al otro. El delicado can­cionero de Guido, que Dante cita como perfecto ejemplo del lenguaje vulgar ilus­tre, se moverá siempre dentro de aquel círculo estrecho de pensamiento y de situa­ciones que de la poesía provenzal había pasado, cristalizándose, a la otra provenzalizante; y sólo en raros casos, ante algún movimiento espontáneo y algún verso vigo­roso, nos parece descubrir una fisonomía espiritual sellada por una apacible y sen­tenciosa reflexión. En la más razonada de sus canciones («Aunque el agua huya del fuego»), en la que para expresar el concepto de la mujer, elemento que separa el amor y el hombre, nos sugiere la prosaica imagen de la olla, que separa al agua del fuego, aparecen algunos versos certeros.

Otras dos cantan las penas del amor y destacan, en la una («Amor que de muy lejos me ha traído»), la vigorosa imagen final que re­presenta a la mujer como la «pluma que no se hunde» ante el poeta azotado por la tempestad; en la otra («Mi vida es tan fuerte, dura y fiera»), que es la más ágil, la viva representación del amante enloque­cido que se dirige en vano buscando la ayu­da de los amigos. La última («Mi gran pena y el gravoso afán») es canción de alegría donde, finalmente ^satisfecho por la mujer, bendice el amante los dolores que le hicie­ron digno del premio y sentencia grave­mente sobre las verdades que, tan sólo aho­ra, ha comprendido: «quien trate de amar, debe ser obediente», «nada vale el amor sin sufrimiento».

E. C. Valla