Punch or The London Charivari

Sema­nario humorístico que se publica en Londres desde el 17 de jimio de 1841. Aparecido como imitación del diario francés «Charivari» y precedido en Inglaterra por el «Fígaro in London» (1831) y por «Punchinello», ambos de vida muy breve, hoy es una institución nacional y cuenta con una accidentada his­toria, en el curso de la cual se ha ido modi­ficando y adaptando a los cambios de los tiempos.

La función del periódico ha sido siempre (y lo es todavía hoy) la de repre­sentar la opinión media del país, sin ligarse a ningún partido. En su origen, y en con­sonancia con las vivas controversias de la época, sus páginas ofrecen una sátira polí­tica más bien violenta. Así se opuso a la política continental en general y demostró abierta hostilidad al Vaticano y a Irlanda; tuvo simpatías liberales e hizo una campaña contra Napoleón III, apoyando en cambio algunos movimientos liberales de comienzos de siglo, entre ellos el «Risorgimento» ita­liano. una actitud análoga mantuvo respecto a la política interior; combatió ocasional­mente graves males sociales (v. La canción de la camisa de Thomas Hood).

Al mismo tiempo y desde los comienzos, cultivó la sátira costumbrista (entre las obras que obtuvieron una rápida y merecida celebri­dad, recordemos: El libro de los Snobs (v.) de Thackeray, publicado por entregas (1846- 47) y Conferencias domésticas de Mrs. Candle [Mrs. Candle’s Curtain Lectures] de Douglas Jerrold en 1846), y el humorismo puro, que con el correr de los años tomó una importancia cada vez mayor. Hay rasgos de Punch que se hicieron en seguida fa­mosos como, por ejemplo, la «historieta es­cocesa», o el lacónico consejo a los que piensan casarse: «No lo hagas» [«Don’t»] que se ha hecho proverbial. Es característica de la revista la tradición, celosamente con­servada, de la comida semanal en que par­ticipan redactores e ilustradores, después de la cual se escoge y prepara el material para el número próximo y, en particular, el asunto y el rótulo del principal «Cartoon» (la caricatura política que ocupa una pá­gina entera), que de este modo resulta el fruto de la colaboración colectiva, y cuya importancia es fundamental.

Se dice, por ejemplo, que la caída del ministerio Russel (1852) fue provocada por una de estas cari­caturas. La primera redacción estaba for­mada por Henry Mayhew (1812-1887), Mark Lemon (1809-1870), que luego fue director único, y Joseph Sterling Goyne (1803-1868). A éstos se unieron en. seguida, en calidad de redactores, William Makepeace Thacke­ray (1811-1863) y Thomas Hood (1799-1845), mientras que John Leech (1817-1864) y sir John Tenniel (1820-1914) se contaron entre los primeros ilustradores. La cubierta, dibu­jada en 1849 por Richard John Boy le, repre­senta a Punch (Polichinela, v.) que, sen­tado en una poltrona, mira complacido la obra que está haciendo, esto es, el retrato de un sonriente león británico con la corona en la cabeza. Le sirve de modelo, izado sobre la pila de los anales de la revista, su fiel compañero, un melancólico perro de circo, con una gran golilla y un sombrero de plumas.

Alrededor hay un friso de fan­tasmas, hadas, gnomos, bufones, sátiros y brujas saliendo de grandes cornucopias. A fines del siglo XIX, el caricaturista Phil May creó la pareja «’Arry y ’Arriett», hom­bre y mujer del pueblo, «cockneys» (londi­nenses), que se han hecho proverbiales; en la misma época la caricatura política estaba siempre encomendada a Linley Sambourne. Entre los contemporáneos recordamos a Edmund George Valpy Knox («Evoe»), que asumió la dirección del semanario en 1932, sucediendo a sir Owen Seaman — autor, este último, de conocidísimas parodias en verso y que tuvo el mérito de elevar la colabo­ración poética de la revista a un alto nivel medio —; A. A. Milne — cuya inquietá per­sonalidad y refinado humorismo, exento de espíritu polémico, pueden tomarse como ejemplos del carácter asumido por el Punch en los primeros veinte años de este siglo — y E. V. Lucas, que en la revista pu­blicó muchos de sus mejores ensayos.

Fue notable, en años muy recientes, la gran importancia concedida a la colaboración femenina. Las sabrosas rúbricas políticas («Pageant of Parliament») y las de sátira legal («Misleading Cases») de A. P. Herbert, los párrafos de «Charivaria» (rúbrica fija de varios colaboradores, entre ellos Thomas Jay, Cecil Norriss, C. Bretharton y otros), aparecen al lado de artículos de miss E. M. Delafield (autora entre otras de la serie: «As Others Hear Us», «The Provincial Lady Goes to America»), miss Jan Struther, mrs. Mary Dunn, miss Fox Smith, para dar los nombres de algunos de los autores de los artículos y versos de mayor éxito reciente. Nombres desconocidos para el gran público porque, según la tradición periodística bri­tánica, ningún colaborador de Punch fir­ma con su nombre completo. En los últi­mos tiempos la caricatura política ha sido generalmente confiada a Bernard Partridge, L. Raven Hill o a E. H. Shepard, y los ilustradores más habituales han sido «Pont» — con la notabilísima serie «The British Character» —, George Morrów con sus delica­das, bufas y fantásticas. evocaciones histó­ricas y, por fin, G. L. Stampa, Lewis Baumer, Kenneth Beauchamp, George Belcher, J. L. Carstairs, J. H. Dowd, Charles Grave, Edwin Morrow, A. Wallis Mills, H. M. Bateman, G. S. Sherwood, y otros. Entre los actuales recordamos a «Enett» por su gro­tesco surrealismo y «Antón». El ser admi­tido a colaborar en Punch es hov un honor muy buscado, pero el semanario ha tenido, en el curso de su larga carrera, algu­nos enemigos y detractores, entre los cua­les puede recordarse a Ruskin que lo defi­nió así: «sin gramática, mal ilustrado y en general, dañoso».

L. Krasnik

Solaria

Revista literaria mensual pu­blicada en Florencia de 1926 a 1936 (aunque el último número lleva la fecha de sep­tiembre-diciembre 1934). La dirigieron, has­ta 1929, Alberto Carocci; en 1929-1930 el mismo y Giansiro Ferrata; en 1931-32 Ca­rocci y Alessandro Bonsanti; en los últimos años volvió a dirigirla solo Carocci. Nacida con un formato reducidísimo y con una cierta dulzura idílica, desarrollando ante todo prosa «evocativa», según la moda que entonces privaba en la literatura de van­guardia, se distinguió pronto por el notable equilibrio de sus páginas y por la revela­ción de importantes escritores. Narradores como Comisso, Loria y Cario Emilio Gadda, poetas como Saba y Móntale colaboraron intensamente en aquella empresa común. M

ás tarde se multiplicaron los colaborado­res y aumentó el formato, se añadieron nuevos motivos de ideología y polémica a los temas ocasionales de crítica. De la me­jor literatura extranjera contemporánea lle­gaban sugestiones que los más jóvenes «solarianos» recogieron con una ingenuidad simpática, fundiéndolas con el nuevo sen­tido de la tradición legado por la Ronda (v.) y los desarrollos y problemas de la espiritualidad italiana, en aquel período complejo y difícil. Tres sucesivos homena­jes a Umberto Saba, Italo Svevo y Federigo Tozzi precisaron mejor la tendencia de la revista, que en 1929-30 contaba con el apo­yo de un nutrido grupo de literatos, reno­vando el nombre del Caffé delle Giubbe Rosse [Café de las Chaquetas Rojas], re­afirmando la privilegiada posición de Flo­rencia dentro de la cultura italiana. «Solaría» fue la primera en destacar, aparte alguno de los escritores ya citados, a Bon- santi, Quasimodo, Penna, Vittorini, la Manzini, Quarantotti Gambini, Pavese, Contini, Ferrata, Morovich, Guarnieri y Morra; otros como Ungaretti, Solmi, Giotti, Stuparich, Raimondi, Burzio, Leo Ferrero, Debenedetti, Tecchi, Franchi, Corrado y Alessandro Pavolini, Zavattini, Piero Gadda, Timpanaro y Grande ocuparon en ella un puesto pro­pio. De 1928 a 1936, las «Ediciones de So­laría» publicaron no pocas de las obras li­terarias cuya fama perdura todavía hoy. No podía faltar alguna lucha en torno a una actividad tan rica de motivos originales y audaces, que, a veces, se desenvolvió con excesivo celo. Se habló mucho en aquel tiempo de «torres de marfil», de «clan» y de ausencia de los problemas humanos y políticos del momento; fueron acusados los solarianos de tendencias extranjerizantes y preciosistas, e incluso de turbias propensio­nes.

Pero, poco a poco, quedó en claro que les interesaba el libre desenvolvimiento de un trabajo espiritual destinado a renovar el tono de la literatura italiana contempo­ránea. La narrativa poética en que creía «Solaría» alcanzó resultados afines a su actividad. Característica de los narradores solarianos fue la insistencia en los valores de la memoria, el relieve y la discreción de la fantasía, a la vez que se formó en la revista un nuevo equilibrio del lenguaje entre los elementos de un clasicismo «ron- deseo», y otros, más libres, en los que hoy descubrimos el tono dominante de una lite­ratura juvenil abierta a felices aventuras.

G. S. Ferrata

Propyläen, Wolfgang Goethe

Revista de arte fundada en 1798 por Wolfgang Goethe (1749-1832) en colaboración con Hans Meyer (1760-1832) y Schiller (1759-1805). La revista, que señala el período agudo del clasicismo de Goethe, había sido ya planeada por él durante su viaje a Italia en 1786; pero en 1795, cuando envió a Italia por cuenta suya a Meyer, todavía no había conseguido realizarla.

Fue Schiller quien dio el impulso decisivo, po­niendo en comunicación a Goethe con el editor Cotta, quien publicó la revista, bimes­tralmente desde 1798 a 1800, después de lo cual, dado su escaso éxito, se negó a con­tinuarla. Los «Propyläen» hubieran tenido más larga vida si no hubiese predominado en ellos el influjo del rígido Meyer sobre el de Schiller, que la había concebido con criterio más amplio, proponiendo también titular la publicación «El Artista» para darle un tono menos polémico. Nacida, pues, con un programa bien definido, aquella revista propugnó los principios de Winckelmann para un puro arte clásico al cual identifi­caban con el arte en sentido absoluto, e iba dirigida polémicamente contra la tendencia romántica, que se iba afirmando.

Se puede decir que el artículo que sirvió de intro­ducción a los «Propyläen» iba dirigido par­ticularmente contra Wackenroder. Goethe exhorta a los jóvenes a no creer que el arte sea fruto de sentimiento y de pasión, y a estudiar la técnica y darse cuenta de que la forma artística procede de la inteligen­cia más que del corazón. Por esto la revista anunció concursos anuales de escultura y pintura según reglas y normas establecidas: los temas, hasta 1801, fueron homéricos, después mitológicos en general. Las obras de los concursos eran descritas y discutidas en la revista y los premios concedidos con severidad pedagógica; y de este modo fue­ron varias veces excluidos artistas como Runge y Cornelius, y ensalzados otros insignificantes. Desde 1800, las discusiones fue­ron publicadas en un suplemento del «Dia­rio Universal de Jena».

La colaboración de Goethe en los «Propyläen» consistió en algunos artículos importantes como el refe­rente al Laocoonte, uno sobre Diderot, otro «sobre los objetos del arte figurativo», y el titulado «Ojeada al arte en alemania»; todos polémicos, dirigidos contra la identificación hecha por Wackenroder de arte y religión, y contra la corriente naturalista y senti­mental de la escuela de Berlín a la cual pertenecía Shadow, quien replicó con un artículo violento en su revista «Eunomos». Los «Propyläen» representan una de las muestras más características del desarrollo de la disputa clasicorromántica en Alema­nia. Pero Goethe, para el cual aquella lucha era parte de su personalidad, con el trans­curso de los años la modificó algo y acabó por dirigirla más bien contra ciertos román­ticos, y contra la palabra romanticismo, a la cual había atribuido un significado de morbosa debilidad, que contra el propio movimiento.

G. F. Ajroldi

Siyaset Name, Nizám al-Mulk

[Libro de la política]. Tratado epicopolítico persa, del género de los llamados «Fürstenspiegel» o «espejos de príncipes», compuesto a finales del siglo XI por el estadista persa Nizám al-Mulk (m. en 1093), por encargo del sultán seleúcida Maliksháh. En él, Nizám al-Mulk recogió los resultados de su larga experiencia de visir y hombre político, puesto que durante muchos años tuvo en sus manos la direc­ción efectiva del imperio. Apenas está bos­quejada la parte teórica sobre el origen y el carácter de la soberanía, donde se acepta el principio corriente en la Edad Media musulmana del origen divino del poder. El Siyaset Name es, en cambio, precioso como cuadro, aunque asistemático y fragmentario, de las instituciones militares y civiles, administrativas y económicas, del imperio de los Seleúcidas, y en parte tam­bién de otros estados musulmanes.

Contie­ne, en efecto, para ilustrar los preceptos políticos y administrativos, numerosos cuen­tos y anécdotas, a menudo estilizados con delicioso candor, que reflejan ambientes y épocas anteriores al siglo XI. Del Estado seleúcida, el Siyaset Ñame nos enseña su estructura de feudalismo militar, la orga­nización de la Corte, el sistema de impues­tos, las relaciones entre el soberano, los vasallos y los súbditos, las relaciones con el califato de Bagdad, etc. De gran im­portancia desde el punto de vista histórico e historicorreligioso son los capítulos fina­les sobre las sectas heréticas musulmanas, contra las que los Seleúcidas libraban una violenta campaña, y de cuyo terrorismo de­bía ser víctima más tarde el mismo Nizám al-Mulk. Además de su importancia histó­rica, el Siyaset Ñame tiene también un no­table interés literario, por el estilo y la lengua en que está redactado, ambos fieles a las más nobles tradiciones de la prosa persa antigua, sencilla y eficaz, ajena al «preciosismo que había de corromperla en época más tardía. Concebido como una obra esencialmente práctica y técnica, la habilidad de su autor supo convertirla en un clásico de la literatura persa. Trad. fran­cesa de Ch. Schefer (París, 1893).

F. Gabrieli

Principios de Biología, Herbert Spencer

[Principies of Biology]. Tratado filosófico, en dos volúme­nes, de Herbert Spencer (1820-1903), se­gundo de la gran obra sobre la teoría de la evolución (v. Primeros principios, Prin­cipios de psicología, Principios de sociolo­gía y Principios de ética), publicado en 1864-67.

En él se trata de demostrar que la vida es el resultado de una incesante adap­tación de las relaciones internas y externas. La constante producción de cambios astro­nómicos, geológicos y meteorológicos deter­mina una serie de causas modificadoras a las que los organismos están expuestos en cada momento. A esto se añaden las fuerzas orgánicas por las que las plantas y los ani­males se encuentran entre una red de com­plicadas relaciones recíprocas, de tal modo que a la variación de cada especie sigue el cambio de las condiciones vitales de todas las demás. Naturalmente, a estos factores externos, inorgánicos y orgánicos, corres­ponden los factores internos. Si la materia orgánica no fuese capaz de seguir, con mo­dificaciones interiores, los cambios de las relaciones externas, las transformaciones operadas por las fuerzas externas provoca­rían la descomposición.

A su vez, todo cam­bio de las condiciones externas, destruyendo el equilibrio interno de los organismos, le obliga a tomar una nueva estructura, y así, cada vez en mayor escala, consiguen ad­quirir los organismos la capacidad de reaccionar ante las variaciones de los ambien­tes. Por sustentar tales principios, hubo quien consideró a Spencer como mero dis­cípulo de Darwin; pero si el pensamiento de este último ha llenado una laguna en la filosofía spenceriana, también es cierto que siete años antes de publicarse el Origen de las especies (v.), de Darwin, Spencer había establecido las bases del problema, con el artículo «The development hypothesis» [«Hipótesis de evolución»]. La convicción spenceriana sobre la verdad de la teoría evolucionista no procede de vía directa, sino indirecta: llega a esta afirmación por hallar inconcebible la tesis opuesta. Tam­bién antes que Darwin creyó que todas las actuales formas vivas se han desarrollado por vía natural, partiendo de formas vivas anteriores y más simples.

M. Maggi