Revista literaria mensual publicada en Florencia de 1926 a 1936 (aunque el último número lleva la fecha de septiembre-diciembre 1934). La dirigieron, hasta 1929, Alberto Carocci; en 1929-1930 el mismo y Giansiro Ferrata; en 1931-32 Carocci y Alessandro Bonsanti; en los últimos años volvió a dirigirla solo Carocci. Nacida con un formato reducidísimo y con una cierta dulzura idílica, desarrollando ante todo prosa «evocativa», según la moda que entonces privaba en la literatura de vanguardia, se distinguió pronto por el notable equilibrio de sus páginas y por la revelación de importantes escritores. Narradores como Comisso, Loria y Cario Emilio Gadda, poetas como Saba y Móntale colaboraron intensamente en aquella empresa común. M
ás tarde se multiplicaron los colaboradores y aumentó el formato, se añadieron nuevos motivos de ideología y polémica a los temas ocasionales de crítica. De la mejor literatura extranjera contemporánea llegaban sugestiones que los más jóvenes «solarianos» recogieron con una ingenuidad simpática, fundiéndolas con el nuevo sentido de la tradición legado por la Ronda (v.) y los desarrollos y problemas de la espiritualidad italiana, en aquel período complejo y difícil. Tres sucesivos homenajes a Umberto Saba, Italo Svevo y Federigo Tozzi precisaron mejor la tendencia de la revista, que en 1929-30 contaba con el apoyo de un nutrido grupo de literatos, renovando el nombre del Caffé delle Giubbe Rosse [Café de las Chaquetas Rojas], reafirmando la privilegiada posición de Florencia dentro de la cultura italiana. «Solaría» fue la primera en destacar, aparte alguno de los escritores ya citados, a Bon- santi, Quasimodo, Penna, Vittorini, la Manzini, Quarantotti Gambini, Pavese, Contini, Ferrata, Morovich, Guarnieri y Morra; otros como Ungaretti, Solmi, Giotti, Stuparich, Raimondi, Burzio, Leo Ferrero, Debenedetti, Tecchi, Franchi, Corrado y Alessandro Pavolini, Zavattini, Piero Gadda, Timpanaro y Grande ocuparon en ella un puesto propio. De 1928 a 1936, las «Ediciones de Solaría» publicaron no pocas de las obras literarias cuya fama perdura todavía hoy. No podía faltar alguna lucha en torno a una actividad tan rica de motivos originales y audaces, que, a veces, se desenvolvió con excesivo celo. Se habló mucho en aquel tiempo de «torres de marfil», de «clan» y de ausencia de los problemas humanos y políticos del momento; fueron acusados los solarianos de tendencias extranjerizantes y preciosistas, e incluso de turbias propensiones.
Pero, poco a poco, quedó en claro que les interesaba el libre desenvolvimiento de un trabajo espiritual destinado a renovar el tono de la literatura italiana contemporánea. La narrativa poética en que creía «Solaría» alcanzó resultados afines a su actividad. Característica de los narradores solarianos fue la insistencia en los valores de la memoria, el relieve y la discreción de la fantasía, a la vez que se formó en la revista un nuevo equilibrio del lenguaje entre los elementos de un clasicismo «ron- deseo», y otros, más libres, en los que hoy descubrimos el tono dominante de una literatura juvenil abierta a felices aventuras.
G. S. Ferrata

