Traducciones, Máximo Planudes

Se refieren a los autores latinos más leídos en los tiem­pos de Máximo Planudes, monje bizantino que vivió en Constantinopla durante los rei­nados de Miguel VIII y Andrónico II Paleó­logos.

Las más importantes son: los Dichos de Catón (v.), uno de los primeros libros griegos impresos por los Aldos y los Junti en el siglo XVI, las Heroídas (v.) y las Metamorfosis (v.) de Ovidio, el Sueño de Escipión de Cicerón con el comento de Ma­crobio, los Comentarios sobre la guerra de las Galios (v.) de César, la Consolación de la filosofía (v.) de Boecio, y quizá sea de Planudes la traducción del De Dialéctica del mismo autor, que se halla en el Códice Va­ticano griego 207 y que generalmente se atribuye a Holobolo. Planudes tradujo tam­bién el Ars minor de Donato, la Trinidad (v.) de San Agustín, parte de la obra de Juvenal (X, 19-22); no se sabe si la tradujo por completo. Para las Metamorfosis Planu­des se sirvió ciertamente de numerosos ma­nuscritos o de uno con muchas variantes.

Sus versiones no se ciñen mucho al texto, defecto común a casi todas las traducciones medievales. No faltan tampoco inexactitudes en la interpretación. Tuvieron una gran difusión y un gran éxito incluso en el pri­mer período humanístico, ya que servían como libros de ejercicio en el estudio de la lengua griega.

G. Porru

Los Trabajos y los Días, Hesíodo

Breve poema de Hesíodo (que vivió en Beocia aproximadamente en el siglo VIII a. de C.), escrito en el metro (el hexá­metro dactilico) y en la lengua tradicionales de la epopeya. Pero su contenido no es na­rrativo, sino reflexivo y moralizante.

He­síodo fue también poeta épico en el sentido corriente desde Homero en adelante: lo ates­tiguan la Teogonia (v.) y otras obras de contenido mitologicoerudito, que le fueron atribuidas por los antiguos. Lo que le indujo a abandonar los temas míticos fue un caso personal, recordado por él mismo en los primeros versos; en la división de la heren­cia paterna se encontró en litigio con su hermano Perses, y hubo de padecer injus­ticia por culpa de los jueces corrompidos y de Perses, codicioso y ocioso. La primera parte del poema expone, en forma de consejos a su hermano, las reflexiones del poeta sobre el problema de la justicia y el tra­bajo. Es beneficiosa para los hombres la ri­validad de las riquezas, porque excita al trabajo; pero es fácil incurrir en el exceso. Una especie de pecado original pesa sobre la humanidad: poco bastaría para la feli­cidad, si los dioses no hubieran ocultado su secreto.

Pero desde que Prometeo dio a los mortales el fuego y las artes, transgredien­do los decretos de Zeus, la necesidad del trabajo, los dolores, las enfermedades, se derramaron sobre la tierra, del vaso de Pan­dora. El pesimismo de Hesíodo halla expre­sión en el mito de las edades del mundo, las cuales señalan una decadencia desde la primitiva época del oro hasta la presente del hierro; y males todavía peores se pre­vén para el futuro. No hay salvación sino en la justicia, en la actividad honrada y prudente, la única que puede dar una ri­queza bendecida por los dioses. De la exhor­tación al trabajo, que cierra la primera parte de la obra, se desarrolla, en la segunda, una serie de preceptos sobre la economía doméstica y sobre el trabajo dé los campos en relación con las estaciones del año. Sigue una referencia más breve al comercio y a la navegación. Una nueva serie de sentencias morales y de preceptos prácticos de género diverso señala el paso a la última parte, en que están sumariamente clasificados en una especie de calendario los días que en el curso del mes son más convenientes para determinados trabajos.

Los trabajos y los días señalan un momento importante en la historia de la cultura griega: aquel en que el aeda, habituado a divertir a las cortes principescas con la celebración de las gestas y las virtudes aristocráticas, se vuelve a considerar la realidad cotidiana y la vida del hombre común. No hay en este poemita el orden espontáneo y fácil de las aventu­ras contadas, sino el más fatigoso y menos prontamente reconocible de un pensamiento en vías de sistematización. La conciencia del poeta, sostenida por un vivo sentido reli­gioso, prueba, por medio de la sabiduría de la época y las supersticiones populares, ele­varse a una concepción moral del mundo. Hallamos en estos versos la expresión de una sociedad que necesita del trabajo para vivir. «No el trabajo sino el ocio es su des­honor». Hesíodo ha sido llamado el poeta de los campesinos; pero él no es un poeta campesino; ve la vida de los campos con los ojos del hombre culto y la expresa con las formas literarias tradicionales. Muchos cua­dros agrestes, sorprendidos y reproducidos con verismo, se abren paso en medio de la gravedad de los mitos y de las senten­cias, con tonos nuevos, que quedarán como ejemplares para la poesía geórgica.

Y en realidad, cultura y literatura eran en aque­llos tiempos cosas menos alejadas de la vida. Con todo, Los trabajos y los días no deben ser considerados según a veces se opina, como un poema didascálico sobre los trabajos de los campos, sino más bien como una meditación personal acerca de los problemas de la vida social y especialmente el de la justicia, y constituye un precioso testimo­nio del pensamiento griego en los comien­zos de su historia. [Trad. española de Mi­guel Jiménez Aquino (Madrid, 1912). Existe otra versión castellana de Germán Gómez de la Mata (Valencia, s. a.) traducida del francés].

A. Brambilla

Hesíodo, el poeta de los artesanos. (Alejandro Magno)

Hesíodo fue un romano entre los griegos. (Gomperz)

Veladas de Tasso, Giuseppe Compagnoni

Esta experiencia romántica ya la encon­tramos en las Veladas de Tasso [Les veillées du Tasse] de Giuseppe Compagnoni (1754-1833), breves prosas, divididas en treinta capítulos o «Veladas», texto italiano con su versión francesa al lado, publicadas en París en 1799-1800.

El autor finge haber descubierto un manuscrito en que Tasso ha­bía recogido algunas meditaciones en torno a su gran amor hacia Leonora D’Este. Así Compagnoni, haciéndose el intérprete del poeta, después de una preliminar «Noticia» sobre la vida de Tasso, nos describe en una prosa enfática aquella tormentosa pasión. Son divagaciones, delirios del simulado autor, coloquios, invocaciones que él dirige a la mujer amada, como en una continua alucinación, en un agotador ensueño de amor, interrumpido de vez en cuando por momentos de lucidez que aún hacen más amarga la realidad. También se habla delibe­radamente de la locura de Tasso, que el autor confiesa provocada por su pasión no co­rrespondida. Se reelaboran en las «Veladás» las situaciones comunes a las novelas de amor de Dante y Petrarca: el deseo de la muerte, los «negros pensamientos», las pesadillas durante el delirio amoroso, la aspi­ración al laurel poético, premio del genio artístico y al mismo tiempo medio para la realización del sueño de amor.

Todo esto había empujado a Tasso, según Compagnoni, a escribir semejantes fatuidades porque «la lección dada con estos delirios» sea útil a la humanidad, que debe leerla «con provecho». La obra gustó, por lo menos si lo juzgamos por las numerosas ediciones y traducciones que de la misma se hicieron.

G. Fantuzzi

Timoleón, Vittorio Alfieri

[Timoleone]. Tragedia de Vittorio Alfieri (1749-1803). Concebida en 1779 y publicada en 1784, es la tercera, después de Virginia (v.) y de la Conjuración de los Pazzi (v.), de las que Alfieri llamó «trage­dias de libertad» y presenta, con mayor cui­dado que las anteriores, la lucha entre el ideal de libertad y el de dominio absoluto, encarnados en dos seres igualmente nobles, los hermanos Timoleón y Timófanes.

El asunto está sacado de la vida de Timoleón, de Plutarco; pero el poeta idealizó el relato plutarquiano, haciendo de Timófanes, el tirano de Corinto, un ser noble, digno de su hermano, ligado definitivamente al poder conquistado y dispuesto a morir por él, pero dispuesto también a dejarlo a una sola persona, a Timoleón, a quien también él admira como a un ser superior. La trage­dia consiste en las tentativas de Timoleón (a cuyo lado, participando de su ideal y de sus propósitos, se encuentra su cuñado Equilo) para persuadir a Timófanes a que devuelva la libertad a Corinto, y en las de Timófanes para ganarse el ánimo de su hermano; entre ambos se mueve su madre, Demarista, que en vano trata de conciliarlos y evitar un conflicto fatal. Los conjura­dos contra el tirano Timófanes han sido detenidos y hechos matar por él; sólo que­dan en su poder Timoleón y Equilo, y des­pués de su victoria les comunica el fin de sus amigos.

Toda esperanza ha caído: a una señal de Timoleón, Equilo hiere a Timófa­nes, y éste, al caer, reconoce, en sus últimas palabras a su madre, la grandeza de aquel que le ha vencido y a quien perdona («In lui, tu madre, un vero/Figliuol ravvisa, e un uom più che mortale»). Se trata de una tragedia sin odios y casi de ideas más que de criaturas humanas, y por ello resulta en conjunto carente de calor pasional y escasa de poesía, aunque coherente con el fin que el autor se proponía de establecer modelos de sublimidad; pero precisamente por ello y por su desnudez ejemplar fue especialmente cara a Alfieri, que la dedicó «Al nobiluomo ilsignor Pasquale de Paoli, propugnator magnanimo de’ Corsi».

M. Fubini

Se equivocaría quien imaginase que Al- fieri reveló mayor cuidado y profundidad que Metastasio en la imitación de caracte­res: presenta la naturaleza humana bajo un aspecto diferente, pero al mismo tiempo en­teramente uniforme. Sus personajes parecen esbozados sobre simples abstracciones, y él opone duramente el blanco y el negro uno junto al otro. (A. W. Schlegel)

…desde la escena hizo la guerra a los ti­ranos. (Leopardi)

Alfieri surgió y regeneró, atormentándola, la tragedia. Pero fue lámpara que surca la oscuridad, no luz de aurora naciente y pro­metedora de un día sereno; destacó más mostrándonos seres abyectos que enseñán­donos el camino de ser grandes. (Mazzini)

 La forma literaria era una vacía y sonora cantinela. Él le opuso su estilo, pensado y no cantado, enérgico hasta la dureza y lleno de sentido. Lo cual no provenía de un prejuicio filosófico en tomo al arte; prove­nía de su naturaleza; por ello, en sus aspe­rezas, es vivo y original. (De Sanctis)

Las travesuras de Till Eulenspiegel, Richard Strauss

También la música se ha inspirado en el personaje de Eulenspiegel; es famoso el poema sinfónico op. 28, Las travesuras de Till Eulenspiegel [Till Eulenspiegels lustige Streiche], de Richard Strauss (1864-1949), estrenado en Colonia en 1895.

Después del fracaso de la ópera Guntram, en 1894, Strauss acentuaba casi con despecho la actitud polémica de su música sinfónica, sin renunciar empero a los recursos seguros de la forma preestablecida. Y este poema toma la forma de un rondó por el retorno perió­dico de un curioso tema, que aparece por primera vez como una inolvidable y desca­rada intervención de la trompa, que se com­pleta con un extraño dibujo del clarinete: pirueta humorística, llena de sabor. Este es Till, inagotable inventor de burlas, héroe de una de las novelas más antiguas de la literatura alemana, buen diablo que vive al día pero que no se resigna a la maldad, a la estulticia, a la hipocresía, a la soberbia de los grandes señores ni de los mercaderes y, en cuanto puede, los humilla, o bien les interroga, se burla de ellos, y luego se va tarareando un vals y en busca de otra bri­bonada. Pero se enamora: y ahí está su mal. Pues la hermosa lo hace sufrir y le res­ponde luego con un no. Pierde la flema, cae en manos de la justicia y es ahorcado. Muere, pero su espíritu permanece como herencia de la vieja alemania y el poeta le da las gracias por el regalo. El tematismo straussiano, esencialmente variable y mo­dificador, aparece espléndido y completa­mente formado en el Till, escrito a los trein­ta y un años. Algunos lo consideran el más bello de los poemas straussianos; otros pre­fieren el Don Juan (v.) o la Vida del héroe (v.), pero nadie deja de colocarlo entre las obras más significativas del maestro de Munich.

E. M. Dufflocq

Esta composición se parece a «una hora de música entre locos»: los clarinetes des­criben las trayectorias más extravagantes, las trompetas no abandonan, ni por un ins­tante la sordina, y las trompas, al prevenir latentes estornudos, se precipitan educada­mente a contestar «Jesús»; un bombo parece subrayar con sus «bum-bum» las pataletas de los clowns; nos sentimos presa del deseo de reír a carcajadas o de chillar con todas las fuerzas, sorprendidos, en cambio, de que todo quede en su sitio… Todo ello no impide que esta pieza sea genial en algunos aspec­tos; por la prodigiosa maestría orquestal en primer lugar y luego por el frenesí del movimiento que nos transporta del principio al fin y que nos guía a través de las aven­turas del héroe. (Debussy)

*    Sowizdrzal (v.), cuento popular polaco del siglo XVI, repite en gran parte la gesta del Eulenspiegel alemán.