El Último Dueño de un Viejo Castillo, Pál Gyulai

[Egy régi udvarház utolsó gazdája]. Novela del crítico y poeta húngaro Pál Gyulai (1826-1909), publicada en 1867. La obra refleja la época de la represión que siguió a la infeliz guerra de la independen­cia de 1848-49.

El protagonista es un señor húngaro del antiguo mundo, Alexis Radnó­thy, en cuyas tierras de Transilvania entra como dueño su jardinero. Radnóthy quiere echarle, pero los gendarmes le arrestan. Su hija, que, renegando de sus tradiciones fa­miliares, abrazó la causa del partido alemán dominante, consigue liberarlo de la cár­cel. El anciano, viendo en los sentimientos de su hija la deshonra de su casa, reniega de ella y sigue viviendo sólo para su hijo. Mas la reacción le alcanza hasta en su últi­mo afecto, ya que el joven se alista en el ejército imperial y es enviado a Milán, donde enferma y muere.

Entonces ya nada queda para el anciano Radnóthy, que sigue a su hijo a la tumba. Gyulai escribió este libro desesperado en el período más som­brío de la represión austríaca, aunque no lo publicó hasta que la situación se apaci­guó, en la época del acuerdo. Es la obra relativamente más conocida de Gyulai; su estilo de clásica sobriedad, su esfuerzo para quedar siempre en el cuadro de una verdad psicológica le restaron popularidad. Mór Jókai en su popular obra El nuevo propie­tario (v.) habla de la misma época y des­arrolla un argumento parecido en tonos ro­mánticos y, sin embargo, alcanzó un éxito inmediato y duradero.

M. Benedek

Turandot, Ferruccio Busoni

De bastante interés es la ópera en dos actos Turandot, de Ferruccio Busoni (1866- 1924), compuesta según libreto que él mis­mo sacó fielmente de la leyenda de Gozzi. Publicada en 1906, se representó en Zurich en 1917; el mismo Busoni sacó de su ópera una «Suite» orquestal en nueve números.

En Turandot, ópera de su madurez, Busoni sintetiza y aplica los puntos esenciales de su estética musical, tal como ha sido ex­puesta en el Esbozo de una nueva estética de la música, publicado en Trieste, 1907 (v. Escritos de estética musical). El teatro es concebido como «juego», como repre­sentación que concede a la fantasía ilimitadas posibilidades. Mientras Puccini verá más tarde el drama de Turandot en una atmósfera de pasión y tragedia, Busoni lo coloca en una esfera abstracta y fantástica, tomando pie de los hechos y sentimientos mismos del mundo humano, ironizándolos, burlándose al mismo tiempo del teatro dra­mático. El tono jocoso de la ópera, aún más que los personajes, lo dan las tres máscaras, Truffaldino, Tartaglia y Pantalone. La de­rivación de casi todos los temas de la mú­sica china o árabe, y el recurrir a modos orientales, que con su color exótico crean un mundo musical que escapa a toda lógi­ca, contribuyen a incrementar el carácter fabuloso y fantástico de la ópera.

L. Fuá

Sistema del Derecho Romano Actual, Friedrich Karl von Savigny

[System des heutigen rómischen Rechts]. Obra del jurista alemán Friedrich Karl von Savigny (1779-1861), publicada inacabada entre 1840 y 1849. En el prefacio el autor defiende la escuela historicista (de la que es el fundador) contra la acusación de una excesiva aquiescencia al Derecho romano. Un exacto conocimiento del De­recho romano no solamente separa lo que en él hay de vivo de lo que está muerto, sino que también pone de manifiesto este Derecho, admirable fusión de teoría y aplicación, como luminoso ejemplo para la ciencia jurídica. Savigny afirma que sola­mente un Derecho es posible: el Derecho positivo, conjunto de todas las normas a las que se remontan las instituciones y las relaciones jurídicas. El sujeto del De­recho positivo es el pueblo, y su fuente el espíritu popular («Volkgeist»). El pue­blo es una unidad indivisa, que conserva su patrimonio espiritual a través de la tradición, gracias a la cual el Derecho per­dura y se transforma en relación con las exigencias colectivas. Sin embargo, el pue­blo no vive como unidad abstracta, sino como unidad viva, visible y orgánica; el Estado brota de las mismas entrañas del pueblo, como el Derecho; mejor dieho, es «el más alto grado de la creación jurídica».

La diferencia entre el Derecho público y el privado estriba exclusivamente en su respectiva finalidad: que es, para el pri­mero, la totalidad colectiva; para el segun­do, el individuo. Sin embargo, las relacio­nes de Derecho privado y su vínculo con el Derecho general encuentran su realidad en el Estado. Por esto el Derecho internacio­nal, por falta de un poder superior, es un Derecho imperfecto. La costumbre no es fuente del Derecho, sino la extrinsecación del mismo mediante actos exteriores, uni­formes, continuos y repetidos. La legisla­ción es otra forma de manifestación del Derecho, y sirve para darle seguridad y decisión. Su contenido es el Derecho popu­lar ya existente, y su función es la de integrarlo y hacerlo más eficaz. La legis­lación es tan eficaz como la costumbre, aunque no es independiente de ésta; antes bien, la costumbre puede abrogar la ley. Aunque no lo diga abiertamente, es evi­dente que el autor hace consistir la esen­cia del Derecho en la relación jurídica. Es ésta una esfera independiente de la volun­tad individual, que encuentra su límite en otras esferas individuales según una regla de Derecho. Por lo tanto, hay relación ju­rídica cuando una relación entre más per­sonas está jurídicamente determinada. Aquí el autor toma posición contra la teórica iusnaturalista de los derechos innatos.

Úni­camente el Derecho positivo determina el contenido de las relaciones jurídicas, y si es cierto que existen esferas de voluntad en que el Derecho positivo no puede regir más que negando la libre disposición, por parte del hombre, de sí mismo y de la propia energía, se trata tan sólo de condi­ciones prejudiciales de las que brotan to­dos los derechos. Sobre esta base el autor distingue dos grandes categorías de rela­ciones jurídicas: las patrimoniales y las familiares. Las primeras se presentan como relaciones con el mundo exterior; las se­gundas, como relaciones entre personas co­mo miembros de un organismo; hay, por tanto, el matrimonio como factor de inte­gración necesaria entre individuos, y la paternidad como medio de perpetuación de la especie humana. Esta obra puede considerarse el monumento de la escuela historicista; abre una época nueva en la crítica del Derecho romano, que hasta entonces había sido estudiado tan sólo como factor de codificación universal, y que ahora apa­rece como elemento vital de civilización, fuerza viva en la historia de los pueblos. De aquí arrancará la gran corriente pandectista alemana.

A. Repaci

Las Tres Artes, Giuseppe Rovani

[Le tre arti]. Obra literaria de Giuseppe Rovani (1818-1874), publicada en Milán en 1874 en dos volúme­nes y propiamente titulada Las tres artes consideradas en algunos ilustres italianos contemporáneos [Le tre arti considérate in alcuni illustri Italiani contemporanei].

El autor declara que, «siguiendo la historia del pensamiento y de la progresiva civilización, es interesante observar el simultáneo camino de las Tres Artes hermanas, el arte de la palabra, la plástica y la tónica, que, al igual que las Gracias, están indisoluble­mente vinculadas entre sí»; por esto la historia de la poesía, de la pintura y de la música italianas del siglo XIX le pa­recen ofrecer el terreno adecuado para un examen de personalidades y problemas. Independientemente de la intención de es­cribir historia en el sentido más estricto de la palabra, esta obra conserva su valor como documento de una época y en par­ticular sobre autores contemporáneos. Los distintos medallones, de Manzoni a Rajberti, de Rossini a Verdi y del escultor Bartolini a Induno, están construidos con armonía y vivacidad, e incluso en aquellos que son ani­mados por la pasión y por la actitud de man- zoniano y de lombardo del autor, los juicios tienen siempre un notable interés.

Después de las alabanzas más afectuosas! para Man­zoni y un respetuoso homenaje a D’Azeglio y Grossi, se examinan las obras de otros es­critores, entre ellos Leopardi, Guerrazzi, Porta, Prati, Cantü y Giusti. Si por lo que hace referencia a los escritores más impor­tantes el juicio del crítico se dirige principal­mente a deslustrar motivos ya fijados por la nueva tradición, por lo que respecta a los menores y a los contemporáneos la nota frecuentemente polémica, apesadumbrada © pa­tética, adquiere en Rovani el carácter de un claro testimonio; así para Giambattista Baz- zoni, juzgado con no disimulada aspereza, y para Alessandro Poerio, Torti, Carrer y otros, útiles para los críticos posteriores resultan los estudios sobre otros contemporáneos (Giuseppe Pozzone, Giuseppe Zanoia, Anto­nio Zoncada, Giulio Uberti, Giuseppe Revere).

Más extensas, en la parte que se refiere a la música, las páginas sobre Ros­sini, Bellini y Verdi, y, en la parte sobre pintura y escultura, las que tratan de Hayez y Vela y otros hoy ya olvidados; a todos los observa Rovani con ánimo de crítico que a través de las varias manifestaciones estudia la formación de una civilización y de un clima espiritual. En conjunto, la obra, débil en su planteamiento crítico, es característica por sus numerosos testimo­nios y por una primera sistematización de los valores literarios, y más raramente de los relativos a la música y a las artes figu­rativas. Perjudica al conjunto precisamente el motivo originario de la síntesis histórica con un paralelismo apodíctico que frag­menta las personalidades individuales en consideraciones de tipo retórico.

C. Cordié

Tratado Sobre la Educación de las Jóvenes, Fénelon

[Traité de l’éducation des filies]. Es la primera obra de Fénelon (Fran­çois de Salignac de La Mothe, 1651-1715), que la escribió, pasada la treintena, para el duque y la duquesa de Beauvilliers, que tenían ocho hijas. Fue publicada en 1687.

La obrita se inicia con un breve discurso sobre la importancia del tema, dada la gran parte reservada a la mujer en la vida social y las graves lagunas que se encuentran en la educación de las jovencitas, incluso de rango elevado. Se desarrolla luego la mate­ria, partiendo de la más tierna edad, desde la cuna, cuando las primeras sugestiones se graban vivamente en la mente del niño. Avanzando los años, la «educación», en su pleno sentido, debe fundirse continuamente con la «instrucción». Se recomienda el má­ximo cuidado en las conversaciones, el uso de los diálogos, un método de enseñanza «concreto», y sobre todo hacer el estudio lo más agradable y atractivo posible. La disciplina debe formar un bloque con la educación moral y estar íntimamente ligada a la religiosa, a la cual se le otorga una parte importantísima, si bien se recomienda una religión sencilla y clara, exenta de su­persticiones y afectaciones.

La dulzura, la invocación a los sentimientos, al corazón y a la razón, deben presidir todos los actos del educador: es conveniente aconsejar los juegos, la lectura de cuentos fantásticos y morales, etc. La enseñanza comprenderá: lectura, escritura, aritmética, nociones de economía familiar y de derecho, historia, poco o nada de lenguas modernas (el espa­ñol y el italiano sirven para leer obras exce­sivamente novelescas y poco morales), pero sí el latín que, además de ser el idioma de la Iglesia, sirve para la formación del gusto y de la mente. En la educación de una jovencita deberá tenerse siempre en cuenta su posición social y las tareas a que será destinada en la vida. La obrita entra en la corriente iniciada por Montaigne, que suele denominarse «realismo social»: no se re­niega de las novedades del humanismo, pero se quiere tener presente Ja necesidad de educar para la vida social. Muchas de las ideas propugnadas por Fénelon se encuen­tran ya en sus predecesores; pero él las constituyó en un sistema corriente, que llegó a influir en los pedagogos posteriores (Locke, Mme. de Genlis, Rousseau) y merecer en parte el apelativo de precursor.

El libro en sí revela muy bien los caracteres del Gran Siglo: ninguna afectación de «especialista», un seguro conocimiento del corazón huma­no, mucho refinamiento y osadía psicológica, unidas a un programático respeto hacia el orden social y las conveniencias. No obs­tante, la pasión por la verdad arrastra al autor a una cierta audacia: se lanza en esta obra una valerosa mirada sobre la vida so­cial y sobre nuestros deberes para con ella, que son un anticipo de los atrevimientos de Fénelon en su edad más madura.

M. Bonfantini