Tihuanacu, Arturo Posnansky

Obra del polaco nacionali­zado boliviano Arturo Posnansky (1870- 1944). Bajo este título comprendemos las tres ediciones publicadas por este autor sobre las famosas ruinas que se alzan en las cer­canías del lago Titicaca y que se reputan como las más antiguas del continente ame­ricano.

Dichas ediciones son las siguientes: Guía prehistórica de Tihuanacu (La Paz, 1905), en español; Una metrópoli prehistórica en la América del Sur (edición bilingüe hispano-alemana) y con el mismo título la edición inglesa, Nueva York, 1944. Los tres libros constituyen la descripción más com­pleta realizada hasta hoy de las ruinas de Tihuanacu, cuyo nombre también suele es­cribirse Tiaguanaco y Tiwanaco. Arturo Pos­nansky no sólo cumplió una obra estricta­mente informativa y erudita, sino que es­bozó una teoría para tratar de explicar el origen milenario de las ruinas de referen­cia, que han interesado a los arqueólogos antiguos y modernos de ambos mundos.

G. A. Otero

Teoría del Poder Político y Religioso en La Sociedad Civil, Demostrada por el Razonamiento y por la Historia, Louis- Gabriel-Ambroise de Bonald

[Théorie du pouvoir politique et religieux dans la societé civile, démontrée par le raisonnement et par l’histoire].

Obra que Louis- Gabriel-Ambroise de Bonald (1754-1840) publicó en 1796 en Constanza, bajo la sigla «M. de M… caballero francés», por su con­dición de emigrado. Este libro, que, secues­trado y destruido por el Directorio, no tuvo ninguna ocasión de influir en los espíritus de los contemporáneos, tiene su importan­cia en cuanto plantea con claridad algunos principios en los cuales su autor tendrá fe toda su vida. Por su misma concepción mo­nárquica y católica, que le coloca junto a Joseph de Maistre y al Lamennais de la primera época, Bonald es llevado a afir­mar que no hay sino una sola concepción natural de la sociedad, la del poder absoluto del rey en política y del Catolicismo, en­tendido como guía total de las almas en religión. Trono y altar deben gobernar unidos el mundo, para el bien de los pueblos, en el orden de las cosas.

Por su actitud, sostenida con tenacidad ante los aconteci­mientos, el tradicionalismo de Bonald asume un carácter ideológico y abstracto que al formular la «nueva» teoría no atiende a las conquistas de la sociedad, ni a la posición de los problemas del siglo.

C. Cordié

De Bonald, espíritu vigoroso, leal y es­trecho, espíritu sobre todo negativo, verda­deramente débil y, por decirlo así, algo pueril… (Faguet)

De la Teoría de los Colores , Wolfgang Goethe

[Zur Farbenlehre]. Ensayo científico de Wolfgang Goethe (1749-1832), publicado en dos volú­menes en Tubinga, en 1810. La naturaleza del «color» desde la antigüedad ha cons­tituido un misterio fascinador y durante si­glos y siglos se han debatido las ideas más contradictorias.

Mientras algunos filósofos llegaban a afirmar que el color era una entidad puramente subjetiva, absolutamente interna en el alma de quien lo ve, otros no sabían renunciar a considerar el color como algo concretamente objetivo, adherido a los cuerpos como una «corteza», que la luz blanca, pura, desprovista de color, puede desprender y llevar a los ojos del obser­vador. Esta falta de bases teóricas firmes mantenía en el más impenetrable misterio fenómenos tales como el arco iris y, más tarde, el de las coloraciones que aparecen cuando los rayos solares pasan a través de un prisma de cristal. Debido a una de­fectuosa disposición experimental general­mente dada en estas experiencias, estas coloraciones aparecían siempre en las zo­nas de tránsito entre luz y sombra y ello condujo a formular la creencia de que la causa generadora de los colores debía bus­carse precisamente en ese tránsito. En los comienzos del siglo XVII se produjo un decisivo cambio de rumbo. Mientras el des­cubrimiento de la coloración de las láminas sutilísimas, como las pompas de jabón, y la de los fenómenos de difracción venían a añadir nuevos misterios en el campo de los colores, Descartes lanzaba por primera vez la idea (v. Dióptrica) de que los colores no eran una cosa distinta de la luz, sino que representaban una modificación de las ca­racterísticas físicas de los corpúsculos que, según él, constituirían la luz misma.

Inme­diatamente después, el Padre Grimaldi de­mostró (v. De la luz, de los colores y del iris) que incluso en el modelo ondulatorio de la luz los colores podían ser el efecto de una diversa estructura física de las ondas. Pero la gran revolución la produjo Newton, quien mediante una serie de admirables experimentos con los prismas llegó a con­vencer al mundo culto de que la luz era corpuscular y que los colores eran el efecto de las diversas dimensiones de los varios corpúsculos y de las proporciones de sus mezclas. Siguió un largo período de materialismo físico, durante el cual no sólo la teoría newtoniana fue considerada evangelio, sino que se pasó mucho más allá de los límites alcanzados por el propio Newton, que, notando claramente la insuficiencia de su construcción para explicar las coloracio­nes de las láminas sutilísimas y de los fenó­menos de difracción, había procedido con mucha cautela y habilidad al escoger, en sus escritos, expresiones idóneas y poco comprometedoras. Los sucesores fueron más papistas que el papa; se olvidaron de las coloraciones que Newton no había logrado explicar y juraron por la verdad de la teoría newtoniana de los colores, los cuales resul­taron así un fenómeno físico, exclusiva­mente físico y objetivo.

En este cuadro se inserta la obra de Goethe. Es un grito de protesta, lanzado por un poeta contra una intolerable e inconcebible tiranía de los matemáticos y de los ópticos. Goethe en­cuentra inadmisible que los colores sean un fenómeno puramente físico; clama a voz en grito que esta afirmación es un abuso de poder de los newtonianos, que éstos va­liéndose de su aplastante predominio en el campo científico, han sepultado en el olvido cuanto se había hecho durante siglos antes de ellos, y ahogan toda crítica y discusión para imponer su modo de ver. Por el con­trario, los colores son algo vivo, humano, que tiene su origen, indudablemente, en las varias manifestaciones naturales; pero que encuentra su composición y perfecciona­miento en el ojo, en el mecanismo de la visión, en la espiritualidad del ánimo del observador. Por consiguiente, más que de una teoría científica se trata de una explicación poética de ciertos fenómenos de la naturaleza, de una reacción frente a la im­posición de los físicos, que pretendían con­gelar en una fórmula matemática un fenó­meno palpitante de vida como el color.

Pero esta teoría aparece informe y está desarro­llada inadecuadamente. Se requería algo muy distinto para llevar a cabo una acción eficaz contra el poderío de los newtonianos. A comienzos del siglo XIX el newtonismo estaba a punto de pasar a convertirse en un recuerdo histórico; pero seguía siendo aún la doctrina dominante, profesada por la absoluta totalidad del ambiente académico. Fue destruido por la obra casualmente con­comitante de tres autodidactas, como Young, médico; Fresnel, ingeniero civil depurado por razones políticas, y Malus, teniente coronel de ingenieros. Éstos llevaron a cabo una verdadera demolición científica, radical, fría y definitiva. Ya antes de ellos Goethe había lanzado su protesta humana, sentimen­tal, ideal contra Newton y los newtonianos; pero lo había hecho como poeta, no como hombre de ciencia, más rico de intuición y de sentimiento que de rigor lógico y de ar­gumentos científicos. Por esto la obra de Goethe, técnicamente hablando, tiene un contenido e importancia muy modestos. Sus­tancialmente se divide en dos partes. En la primera clasifica los colores y, estudiándolos en todas sus manifestaciones, pretende llegar a poner de relieve la complejidad del fenó­meno cromático y la injerencia no desde­ñable que en ello tiene el órgano de la vista.

Considera, en efecto, en primer lugar los colores «fisiológicos», en cuanto son pro­ducidos en el mismo ojo y encarece su im­portancia, protestando contra los newtonianos, los cuales, considerándolos ilusorios, no les conceden importancia alguna; pasa después a los colores «físicos», producidos por los prismas, por las láminas sutiles, etc.; y, finalmente, a los colores «químicos», ad­heridos a los cuerpos, como los barnices. Hay un capítulo dedicado a la acción sen­sible y moral de los colores, que son exac­tamente considerados en sus tonos cálidos y fríos. Su función estética y artística es estudiada con detención. Preparado así el ánimo del lector a no desestimar la parte sentimental y subjetiva de los colores, Goe­the ataca violentamente, en la segunda parte de su obra, la teoría newtoniana, citando, para criticarlo, el mismo texto del primer libro de la óptica (v.) de Newton y acu­sando al autor de haber procedido con poca probidad, escogiendo a propósito ciertas ex­periencias en lugar de otras, para llegar a las conclusiones a las, que de antemano se había propuesto llegar.

Naturalmente, su crítica, pese a su minuciosidad y acritud, no consigue invalidar el contenido experi­mental de la obra newtoniana, aun ponien­do en evidencia un cierto prejuicio del cien­tífico en la interpretación de los resultados. Después, cuando se trata de sustituir por algo constructivo lo que pretende haber des­truido, Goethe no duda en declarar que se limita a dar un «bosquejo» de teoría que, en resumen, no es más que una modesta repetición de las ideas prenewtonianas. Vuelve, de hecho, a considerar los colores como un efecto del paso de la sombra a la luz, y viceversa. La deliberada ignorancia de las matemáticas y el desdén por el apa­rato científico han quitado a esta obra toda posibilidad de eficacia, incluso en aquello que tenía de bueno y de verdaderamente importante, o sea, en la reacción contra el materialismo científico de sello newtoniano. El newtonismo sucumbió para dar paso a la teoría ondulatoria, muy distinta en los deta­lles morfológicos y técnicos; pero idéntica en su trayectoria filosófica.

Hoy, que moder­nísimas teorías llegan a liberar el color de la esclavitud en que lo había sumido du­rante tres siglos el materialismo físico, para reponerlo en su sede natural fisiopsicológica, la obra de Goethe adquiere un nuevo y sugestivo significado: el de una acción precursora, que durante siglo y medio per­maneció incomprendida y aislada. Sin em­bargo, incluso en su época, pese a sus erro­res, ofreció datos preciosos para el arte y un insuperable modelo literario por la cla­ridad de las deducciones, que era una ca­racterística del espíritu de Goethe.

V. Ronchi

Si Goethe hubiese consagrado toda la úl­tima parte de su vida a las ciencias natu­rales, éstas sin duda habrían avanzado sen­siblemente más de lo que hicieron en su tiempo.     (Gourmont)

Goethe, aquí fiel a la apariencia sensible, considera un lugar geométrico como un ob­jeto corpóreo físico. (Helmholtz).

Teoría de las Soluciones, Jacobus Hendrikus Van’t Hoff

[Theorie der verdünnten Lösungen]. Memoria del químico holandés Jacobus Hendrikus Van’t Hoff (1852-1911), publicada en 1855.

Van’t Hoff fue el primero en enunciar y desarro­llar con elegante lenguaje matemático el principio según el cual la «presión osmótica» de una sustancia disuelta (por ejemplo, clo­ruro de sodio en agua) es igual a la presión que una misma cantidad de sustancia ejerce­ría si se encontrase en estado gaseoso y ocu­pase un espacio igual al de la solución. La presión osmótica había sido estudiada algu­nos años antes, especialmente por los culti­vadores de la fisiología vegetal, como Traube y Pfeffer. Desde hacía mucho tiempo se sabía que algunas membranas son semipermeables, es decir, que se dejan atravesar sólo por el disolvente pero no por la materia soluble puesta en la solución (así, sólo por el agua, pero no por la sal). Este fenómeno era conocido con el nombre de osmosis.

Si una solución de nitrato de potasio disuelto en agua se coloca en un vaso v que tenga una membrana semipermeable m, y el vaso mismo es sumergido en otro recipiente r que contenga agua, ésta pasa, a través de m, de r a v, determinando una especie de pre­sión (llamada presión osmótica) que está representada por p, es decir, por la dife­rencia de nivel entre el líquido puesto en v y el de r. En el caso citado del nitrato potásico, y en una solución muy diluida (1 %) y en frío (aproximadamente 7), la presión osmótica alcanza casi el valor de dos atmósferas y media, equivalentes a unos 25 metros de altura. De las observaciones de Pfeffer se deducía que la «presión osmó­tica es directamente proporcional a la con­centración».

Van’t Hoff observó la gran im­portancia de tales afirmaciones, ya que siendo la concentración inversamente proporcional al volumen, la ley deducida de las observaciones de Pfeffer es completa­mente análoga a la famosa ley del estado gaseoso, establecida por Boyle, según la cual, en igualdad de temperatura, la pre­sión ejercida por una masa gaseosa dada es inversamente proporcional al volumen ocu­pado por el gas. Van’t Hoff halló, además, que la «presión osmótica es proporcional a la temperatura». También aquí es evidente la analogía con la ley del estado gaseoso de Gay Lussac. De ello dedujo el químico ho­landés su hipótesis fundamental (analogía entre las soluciones y el gas) indicada al principio. Y en correspondencia con la céle­bre ley de Avogadro (los volúmenes iguales de un gas en las mismas condiciones de pre­sión y temperatura contienen igual número de moléculas) dedujo que «diversas materias solubles, disueltas en un igual volumen de un mismo solvente en cantidad proporcional a sus pesos moleculares (y, por consiguiente, conteniendo un mismo número de molécu­las) ejercen una presión osmótica igual».

Consideraciones de termodinámica le lleva­ron más tarde a establecer que, en una solución, el descenso de la presión del vapor y del punto de solidificación es proporcional a la presión osmótica, de lo que se deduce que las «soluciones equimoleculares» antedi­chas no sólo tienen igual presión osmótica, sino también la misma tensión de vapor y de punto de congelación. Los experimentos realizados por Rault a base de tales leyes llevaron a establecer que algunas sustancias presentaban una presión osmótica mayor o menor de la que debía resultar según las teorías de Van’t Hoff. La explicación de tal anomalía fue dada por Svante Arrhenius (1887), el cual observó que «solamente las soluciones que tienen presiones osmóticas de intensidad anormal son buenas conduc­toras de la electricidad», y señaló el origen de la «teoría de la disociación electrolítica» o de la ionización, que debe su principio al propio Arrhenius. (Premio Nobel 1901.)

U. Forti

La Teología Platónica, Marsilio Ficino

[Theologia platónica]. Obra filosófica, en dieciocho libros, compuesta en latín por Marsilio Ficino (1433-1499) como resultado de su pensa­miento y de sus meditaciones sobre la reli­gión natural.

Dedicado, básicamente, a los más arduos problemas religiosos — «sobre la inmortalidad del alma» [«de animarum immortalitate»], como reza el subtítulo — este tratado aparece al lector moderno, com­puesto de dos partes, distintas en su con­textura y en su meditación. En la primera, la dialéctica de los seres es colocada en una escala jerárquica que de abstracción en abs­tracción va de la materia a Dios, meta a la cual aspira toda la naturaleza, y luego se expone la distinción de los grados de las almas racionales; en la segunda y más ex­tensa se estudian los principios de la acti­vidad humana en su tendencia hacia la per­fección y pureza, en el progresivo desarrollo de la personalidad del hombre en un acto creador que sólo puede ser divino. En la distinción de una escala de seres se mani­fiesta el influjo de las doctrinas neoplatónicas y en especial del emanatismo de Flotino: así se pasa de lo indistinto a lo dis­tinto, de la materia al espíritu, del hombre a Dios.

Se postula la naturaleza de los ángeles como intermedio entre la natura­leza humana y la perfección divina. También según el mismo Platón y el desarrollo de los comentaristas posteriores, se admite el alma del mundo, las doce almas de los elementos y de las esferas, además de las almas de los seres en ellos encerradas (recuérdense las distinciones del mismo Aristó­teles y de la escolástica con relación a las plantas y animales). En el pensamiento de Ficino hay una íntima exigencia panteísta que tiende a esclarecer la personalidad hu­mana en una profunda religiosidad, hecha de aspiración hacia lo divino; bellísimas son las páginas sobre el hombre y la naturaleza divina, que se revela en él como inmanente por su anhelo de perfección, por su hambre de verdad.

Esta obra contiene algunas de las más bellas afirmaciones del Humanismo en la exigencia de una libre religión natu­ral que fundiese civilización clásica y cari­dad cristiana en un solo ideal de perfección racional, en un arrebato místico que es sublime claridad interior.

C. Cordié