De la Guerra Gótica, Claudio Claudiano

[De bello getico]. Poema en 647 hexámetros de Claudio Claudiano (370?-408?), para celebrar la vic­toria de Estilicón en Pollenzo contra Alarico, rey de los visigodos, llamados ora getas, ora godos. Después de un prefacio en dís­ticos, el poeta, no sin alarde de erudición mitológica, geográfica e histórica, parangona la victoria de Estilicón con la de Mario sobre los cimbros y teutones, dando pruebas no sólo de habilidad estadística, sino incluso de cierta sinceridad de sentimientos polí­ticos.

F. Della Corte

Repite a Estado y cierra con un fúlgido incendio de poesía la historia del epos ro­mano. (Pascoli)

Les Guépes, Alphonse Karr

[Las avispas]. Revista po­lítica mensual compuesta por Alphonse Karr (1808-1890) y publicada en París desde no­viembre de 1839 hasta enero de 1849. El au­tor, hostil no tanto a la monarquía de julio cuanto al gobierno que la representa, de­clara en su primer número haber tenido que recurrir a este procedimiento para po­der exponer con franqueza su pensamiento acerca de los hombres y de los aconteci­mientos contemporáneos, independientemen­te de toda ambición y de toda influencia de partido, desde el momento en que las restricciones fiscales sobre la libertad de imprenta han quitado los periódicos a los hombres de pluma, que son pobres, para entregarlos a los ricos, esto es, a los ne­gociantes y mercaderes. Durante diez años sigue, pues, soltando en la vida francesa sus «avispas», que zumban y pican de ma­nera no siempre inocua ni siquiera para el autor, el cual, entre otros casos, una vez estuvo a punto de ser apuñalado por una vengativa dama. Sus temas son diversos: políticos, sociales, literarios.

Un rey que no es rey, con el cabello gris y el paraguas en lugar de corona y cetro, el pueblo ignorante embriagado de palabras y arrastrado a las plazas públicas, a la cárcel, a la muerte, por los que se llaman sus amigos, dispues­tos a renegar de él en el momento opor­tuno; la burguesía que ha entrado en la política, como en una plaza tomada por asalta; la inconstancia de Francia, que ha experimentado trece formas de gobierno en 38 años desde Luis XVI a Luis Felipe; la Cámara, formada de viejos que estropean los negocios públicos cuando por su edad no están ya en situación de despachar los propios, la justicia pervertida, que consi­dera el hurto más grave que el asesinato; la guerra de África, que anda de mal en peor; la retórica, que arrecia con sus tó­picos; la música, la pintura, el teatro mo­derno, que hacen echar de menos los anti­guos, etc. Desfilan las figuras de los hom­bres más en boga: Thiers — el verdadero enemigo de Francia —, Guizot, Garnier, Pagés, Arago, Cousin, George Sand, Balzac, Víctor Hugo, que mendiga un lugar en la Academia, Gautier, Sue, Dumas; Cha­teaubriand, que se ha convertido en el sauce llorón de su propia tumba; Lamennais, que con su estilo pesado e ininteligi­ble predica odio y anarquía; Lamartine, hacia quien se dirigen todas las simpatías de Karr y que representa en 1848 la ver­dadera República frente a Ledru-Rollin. La crítica de Karr tiene el carácter transitorio del periodismo, el cual, viviendo en medio de los acontecimientos, no sabe levantarse por encima de ellos. Su forma es briosa, llena de fantasía, rica en aforismos y para­dojas, algunos de los cuales se hicieron cé­lebres.

E. C. Valla

El Guardián del Norte, A. Cramer

[Der nordische Aufseher]. Revista moral alema­na, publicada en Copenhague por A. Cramer entre 1758 y 1762, según el modelo del inglés «Guardian» de Steele. Entre los cen­tenares de revistas análogas cuya publica­ción provocó el «Spectator» (v.) de Addison, ésta tuvo en la historia de la literatura germánica una particular importancia, por­que estuvo vinculada a uno de los períodos más fecundos de la actividad poética de Klopstock. Llamado en 1751 a Dinamarca por el rey Federico V, a propuesta del mi­nistro Bernstorff, Klopstock, ya célebre por la publicación de la primera parte del Me­sías (v.), llegó a ser en seguida el centro de un pequeño mundo, vuelto espiritual­mente hacia alemania y con la intención de divulgar — con respecto a alemania y a los países escandinavos — el arte del Nor­te. El «Guardián del Norte» fue su órgano, y Klopstock publicó en él ya en 1759 — jun­to con otras composiciones en verso y en prosa — algunos de sus «Himnos en metro libre», entre los cuales la Fiesta de la pri­mavera [Frühlingsfeier], que tan enorme embeleso había de suscitar en Werther (v.) y en Lotte.

Pero vinculada de una manera especial con la revista y su peña, quedó la orientación ingenua y sentimentalmente na­cional que Klopstock fue dando, con cada vez mayor fuerza, a su nueva poesía. Las varias evocaciones de antiguos mitos germá­nicos en el fondo de paisajes osiánicos, la imaginación idilicopatética del «bardo» co­mo supuesta encarnación germánica de la psicología del poeta, y las poesías patrióticas, son todas expresiones varias de este clima del Norte. La crítica de Lessing en sus Cartas sobre la literatura contemporá­nea (v.), acabó con las ilusiones que habían acompañado la revista en su nacimiento e hizo su existencia difícil; sin embargo, el movimiento que había nacido continuó en un clima nuevo y encontró por otros ca­minos su desarrollo histórico; así, todavía en 1770 la revista pudo intentar seguir sa­liendo por un año más; luego, calló para siempre. La estrella de Goethe ya despun­taba en el horizonte.

G. Gabetti

Grito de Gloria, Eduardo Acevedo Díaz

Novela del escritor uruguayo Eduardo Acevedo Díaz (1851- 1924), publicada en 1893, que consolida su epopeya en prosa del ciclo emancipador, completándola en 1914 con Lanza y sable. La cruzada de 1825 es el fundamento his­tórico de la novela. La naturaleza y el me­dio social, con algunas intencionadas incursiones en el campo de las tendencias políticas que se diseñaban ya en el pano­rama nacional, dan los elementos de este relato. Entre los personajes reales ocupa el primer plano el general Lavalleja. De los tipos imaginados, sobresalen Luis Ma­ría, Cuaró y la soberbia figura de amazona personificada en Jacinta. La pintura más viva y patética de Grito de Gloria está en la descripción de la batalla de Sarandí, don­de la prosa de Acevedo Díaz comunica al lector, sin artificios verbales, en frase clara y directa, la sensación del suelo trepidando cuando, con los sables relampagueantes al sol de octubre, las caballerías gauchas, con Lavalleja al frente, acuchillan y dispersan a los disciplinados escuadrones enemigos, que huyen ante las cargas decisivas con­sumadas a la voz categórica de «carabina a la espalda y sable en mano». En aquel lance definitivo, que decide los destinos de la pa­tria naciente, Jacinta, junto al caliente ca­dáver de Luis María, percibe a lo lejos los regimientos en desorden, «caballos sin ji­nete, cuerpos hacinados entre los pastos, galopes furiosos, ecos de cornetas que se­mejaban aullidos de pavor». Por allí dos ejércitos van pasando…

A. D. González

Grimalte y Gradissa, Juan de Flores

Novela senti­mental del español Juan de Flores. Se pu­blicó por primera vez en una edición sin fecha, que los bibliógrafos creen de Lérida, por Enrique Botel, hacia 1495. Moderna­mente ha sido editada por Bárbara Matulka, en The novéis of Juan de Flores, 1931. Grimalte es el nombre adoptado en esta obra por Juan de Flores. Por mandato de Gradissa va en busca de Fiametta y la trae a Florencia. Fiametta se ve con Pánfilo, que continúa indiferente a su pasión, por lo que aquélla se suicida. Flores hace una meticulosa descripción de su sepulcro, en la cual B. Matulka ha visto influencias de la literatura anterior. Muerta Fiametta, Gri­malte desafía a Pánfilo, pero éste no acep­ta el reto. Creyéndose culpable de la muer­te de Fiametta se retira a la soledad para hacer vida salvaje. Grimalte, repudiado por Gradissa, le acompaña en esta penitencia amorosa, que, según algunos, puede haber inspirado a Cervantes los episodios de Cardenio en la Sierra Morena. Flores reve­la en esta obra discreta aptitud literaria. Los caracteres del Grimalte son comunes a toda la literatura sentimental. Domina en esta obra el retoricismo sentimental y la casuística amorosa al modo de Boccaccio, y carece de diálogo vivo. Los personajes se comunican entre sí por discursos y cartas, lo que favorece la retórica, de que tanto se abusa en esta clase de obras.

P. Bohigas