Píramo y Tisbe

Personajes de una antigua historia de amor, por otra parte poco conocida de los escri­tores antiguos, a excepción de Ovidio (v. Metamorfosis, IV), que alude expresamente a esa limitada notoriedad de la fábula.

Pí­ramo y Tisbe eran un muchacho y una joven de Babilonia, obligados a verse a es­condidas porque sus padres se oponían a su matrimonio. Como sus casas estaban se­paradas por una pared, podían hablarse a través de una rendija, hasta que lograron combinar un encuentro junto a una fuente y a una morera. Tisbe, que llegó la pri­mera, fue asustada por una leona que iba a beber a la fuente, y huyó abandonando su velo. La leona, tras mancharlo con sus fauces ensangrentadas por recientes pre­sas, lo dejó caer de nuevo. Píramo, al lle­gar poco después, hallando el velo ensan­grentado y creyendo muerta a Tisbe, se suicidó para no sobrevivirle. Tisbe a su vez, al encontrar el cadáver, se dio también la muerte con la misma espada.

Y los fru­tos de la morera se mancharon con la san­gre de los amantes, mientras las raíces bebían la que empapaba el terreno. A par­tir de entonces, dice la fábula, los frutos de la morera se colorean siempre de os­curo al madurar, en recuerdo del antiguo episodio y en señal de renovado luto. La narración ovidiana se halla aislada en la literatura clásica, y los antecedentes orien­tales que conocemos son demasiado lejanos para poderlos poner directamente en con­tacto con el gracioso y breve relato de las Metamorfosis.

F. Codino

Pipelet

[Monsieur Pipelet]. Personaje de la novela Los misterios de París (v.) de Eugène Sue (1804-1857). «Monsieur Al­fred et son épouse Anastasie» fueron hasta marzo de 1829, porteros de la casa n.° 8 de la Chaussée d’Antin, en el corazón del antiguo París.

Hoy, a pesar de la sonrisa que a todos los Pipelets del mundo dirigen aquellos a quienes Eugène Sue familiarizó con el rostro bonachón de monsieur Alfred y con la monumental peluca de madame Anastasie, hay algo parecido a una lejana pena o a un remordimiento, que no deja acabar de soltar la carcajada, cuando el verdadero rostro de monsieur Pipelet, tris­temente llegado a los límites de la locura, se sobrepone al de la novela y lo borra. Pero es tan fuerte la huella de la literatu­ra en la vida, incluso cuando se trata de mala literatura, que de los dos Pipelet sólo uno ha quedado como figura típica, casi tanto como una de las máscaras de la «commedia dell’arte», y será tal vez in­mortal como ellas: símbolo de la vida «que acaba bien», excelente persona que sopor­ta con la paciencia de la gente sencilla la cotidiana lluvia de befas, escarnios y hu­millaciones de que le hace objeto su des­piadado inquilino el pintor Cabrion.

Tal vez Eugène Sue, y con él Alexandre Du­mas y los demás artistas que persiguiendo incesantemente al pobre Pipelet de la Chaussée d’Antin le exasperaron hasta des­truir su existencia, quisieron intentar más tarde, al menos moralmente, reparar lo irreparable al animar para siempre con su paciencia y su humildad la modesta figura de monsieur Pipelet. Monsieur Pipelet, que no significa «el portero» o «el conserje» — títulos demasiado presuntuosos —, sino sólo el popular portero de las casas y de los barrios humildes y superpoblados, ha conservado, no obstante, cierta grandiosidad de gesto y de voz y algún rasgo autorita­rio, un poco de gendarme, que hará impo­sible echarse a reír en sus barbas; sobre todo ha conservado la nobleza de que un hombre honrado, por poco -que valga y por muy pobre de espíritu que sea, está siempre dotado.

Y como en el tenebroso libro de Sue hay algún vislumbre de poe­sía cuando la vida y no la fantasía ha dic­tado sus imágenes al autor, «Monsieur Pi­pelet et son épouse Anastasie» (ésta, a de­cir verdad, pintada como la más infernal de las porteras, a pesar de ser una buena mujer) son las dos únicas figuras verdade­ramente vivas en todos los diez volúmenes de la obra; casi las únicas despojadas de retórica y revestidas de una auténtica y conmovedora humanidad. El áspero pero leal Pipelet es como un buen mastín: un símbolo fácil en su virtud tanto más fuerte cuanto más ultrajada y befada. Es un hom­bre que cree en sí mismo y en el valor del «carácter» y de la «dignidad» como base de la vida, un hombre para quien «los principios» tienen una importancia mítica y sirven de brújula. «… Si hubiera sido buen inquilino…», dirá de su enemigo y perseguidor al relatar con infinita melan­colía cómo le obsesionaban sus incesantes peticiones de un bucle de cabellos y cómo había acabado convirtiéndose en el blanco de semejantes peticiones por parte de los innumerables amigos y amigas del pintor, que incluso por la noche le cantaban el famoso estribillo: «Portier, je veux / de tes cheveux!», «si hubiera sido buen inqui­lino… no le habría dado el bucle, a pesar de todo, porque ello no responde a mis principios ni a mis costumbres; pero me hubiera hecho un deber e incluso una ley el negárselo amablemente…».

Estas pala­bras, en las que la más escrupulosa hon­radez y un sentido que podríamos llamar «cívico» del deber se confunden con la má­xima benevolencia, dibujan quizás el más conciso y claro retrato de nuestro portero, el buen Pipelet de todos los tiempos y de todos los países, ora tirano, ora víctima de nuestra «vida menor».

G. Veronesi

Pip

Personaje de la novela Moby Dick (v.) del escritor americano Hermán Melville (1819-1891). Las danzas de su país y más tarde la cubierta del ballenero yan­qui «Pequod» se vieron animadas por la «genial y despreocupada alegría» de ese negrito.

Pero sus carcajadas se convirtie­ron en chillidos y el redoblar de su tam­boril se hizo desesperado cuando el «Pequod», arrastrado por su capitán Acab (v.) hacia el «rugiente infinito», fue dejan­do atrás aquella «esencial humanidad» re­presentada por Pip, ya que siempre ha sido, en toda la literatura norteamericana, fun­ción específica de los «hombres de color» — díganlo si no Chingachgook (v.), Jim el Negro (v. Huckleberry Finn), Queequeg (v.) y Tío Tom (v.) —ser la expresión más pura de aquélla. En presencia de monstruos, ya se trate de monstruos marinos, ya de mons­truosas creaciones del espíritu como Moby Dick (v.), «las entrañas de Pip sienten-el miedo»; un miedo que se convierte en te­rror y le obliga a saltar por la borda de una lancha que está persiguiendo a su presa; su cuerpo se mantiene a flote, pero su alma «se ahoga» en la inmensidad del Pacífico, transportada hasta «maravillosas profundidades» donde «raras formas del in­tacto mundo primitivo» pasan ante sus ojos.

Salvado por pura casualidad tras haber sido abandonado, el «solitario náufrago» ha per­dido el seso. Y como el narrador, Ismael (v.), sobrevive a un Apocalipsis para poder hablar de él. Pero no puede decir nada: la noticia de los «mundos desconocidos» que lleva consigo sólo se manifiesta en incom­prensibles frases inconexas que parecen el balbuceo de un idiota. Sus «extrañas bu­fonadas» se burlan de la tragedia de la nave y profetizan su fin; su figura de ébano, portadora de un terrible conoci­miento, «y a pesar de ello, llena de las dulces cosas del amor y de la gratitud», brilla entre los sobrenaturales «esplendores encendidos (de la nave)… como la gema de una corona robada al Rey de los In­fiernos».

Tocando su tambor mientras busca por la cubierta del «Pequod» al ahogado Pip, «un muchachito negro, de cinco pies de estatura y aspecto de pelagatos», el idiota murmura los soliloquios que el autor imagina poder haber salido del Bufón (v.) de Lear (v.). En realidad, Pip es el bufón de Acab; lo que Acab desea ver — el uni­verso que hay «más allá del muro» de Mo­by Dick—, Pip lo ha visto; por ello, al final, Acab sólo puede comunicarse con Pip.

Los dos desterrados de la humanidad, un blanco «loco de fuerza» y un negrito «loco de debilidad», se hallan unidos por todo cuanto cada uno conserva de primor­dial amor humano: «Llegas hasta mi centro más íntimo, muchacho; estás atado a mí por cuerdas hechas con las fibras de mi corazón… Ven, pues, a mi camarote… ¡Ven!» Como Ismael y Queequeg, antes que ellos, el amor de cada uno salva mo­mentáneamente al otro del exilio total. Pero el destructor propósito suicida de Acab no puede permitir que nada ni nadie se salven de la ruina general: «En ti, po­bre muchacho, hay algo que me parece demasiada cura para mi mal». Y sus últi­mos y rechazados fragmentos de amor hu­mano son recogidos por Pip, que se hunde con el «Pequod», mientras Acab se hunde con la ballena.

S. Geist

Pío Cid

Personaje principal de las no­velas La conquista del reino de Maya (v.) y su continuación Los trabajos del infa­tigable creador Pío Cid, del español Án­gel Ganivet y García de Lara (1865-1898).

Pío Cid — física y espiritualmente contra­figura del autor — lleva en su nombre el doble símbolo de la «pietas» y de la fuer­za. Y, paradójicamente, es el hombre que no tiene fe ni cree en la fuerza. Los años de su infancia, transcurridos en Andalucía-, son los de un muchacho cualquiera. Pero en cuanto tiene que elegir su camino, Pío Cid empieza a darse cuenta de que la ca­rrera que le indican — la del foro — no sa­tisface sus imprecisas exigencias espiritua­les. Intenta entonces el comercio, con cier­ta fortuna, en los más diversos países.

Pero la insatisfacción sigue persiguiéndole. Tras­ladado a África, abre un bazar europeo en Tabora y penetra en el Tanganica. Va a parar al país de Ruanda — el país de los maya—, se salva por los pelos y, montado en un hipopótamo, aparece a los ojos estu­pefactos de una tribu de primitivos. Los negros le aceptan por jefe, y el reino de Maya conoce gracias a él eso que se llama la civilización. Una civilización en la que Pío no tiene la menor fe, pero que le pa­rece divertido experimentar por mero gus­to. Luego, a la diversión sucede el hastío y tal vez cierto remordimiento. Y Pío Cid deja su reino y regresa a España. Su obra civilizadora se ha limitado a destruir la felicidad de los primitivos, le echa en cara la sombra de Hernán Cortés.

Pero Pío no había creído jamás en la coloniza­ción. Adondequiera que mire, detrás de la fachada sólo encuentra el vacío más desolador y desesperado. Tal vez sea el reflejo de su vacío interior, que intenta en vano llenar. Aquel que quiere ser ante todo hombre de acción, una vez en España, sin cambiar sustancialmente nada, tiende a concebir la acción como algo más emi­nentemente espiritual. Y abandonando sus experimentos colonizadores de negros, y renegando de ellos, se entrega a la coloni­zación espiritual de sus compatriotas. Si una fuerza posee, la debe a aquel complejo de elementos discordantes que forman su personalidad, «mezcla de energía y aban­dono, de virtudes y perversidad, de sereni­dad y burla».

Fenómeno importante es su primero y único amor, que aunque aparece tarde en su vida, tiene en ella un papel fundamental y esencial. Sin embargo, ni siquiera el amor basta para darle una ra­zón de ser. Menos que nunca, el pequeño orgullo del pedagogo respetado y obede­cido, o del señor venerado por una familia entera o del hombre político. Pío Cid si­gue siendo «el hombre de menos fe que existe en el mundo». Intenta formar un poeta, pero abandona la empresa al darse cuenta de que ha topado con un necio. Es candidato al Parlamento, pero proclama en los mítines su absoluta falta de ideas polí­ticas, por cuanto sólo ve una esperanza de vida en el culto intransigente del ánimo y del cerebro en orden a una vida individual y propia que ignore y rechace a la socie­dad.

Pío Cid es, a pesar de todo, una cria­tura superior. Sólo cree y sólo- ama a una cosa: a su yo. «¿Quién soy? Nadie. ¿Qué quiero? Nada. ¿Qué represento? Nada. ¿Qué poseo? Nada. Ahora estoy verdadera­mente en camino de ser un hombre de ve­ras, ya que si mi personalidad se rige sin buscar apoyo exterior alguno, quiere decir que está dotada de una íntima fuerza pro­pia». Pero esa tendencia le arrastra a la renuncia total: a su empleo y a sus pro­pósitos colonizadores, al amor de una du­quesa a quien su temperamento sedujo, y a su propia actividad educadora. El hombre de acción descubre que le faltan los pre­supuestos mismos de tal cualidad. Todo fa­lla, dentro y fuera de Pío Cid. Tal vez, si Ganivet hubiese continuado y concluido Los trabajos sabríamos cómo acaba Pío Cid.

Pero el terrible final está abundantemente previsto. En las palabras que cada uno le dirige en Los trabajos se adivina el presen­timiento de su condena: «Y además de no tener fe, no tendrá ni el goce de vivir, ni esperanza, ni ilusiones, ni ambiciones (y todo esto poco a poco va muriendo en Pío Cid) y su existencia será como la de un árbol muerto». Pío Cid, que es la más com­pleta negación de los aspectos prácticos de aquello que su nombre indica, es la más trágica expresión de la vida en la concep­ción de la «generación del 98»: la de quien se ve inexorablemente condenado a ser es­céptico, pero al mismo tiempo está deses­perado de serlo.

R. Richard

El Pintor Nolten

[Maler Nolten]. Protagonista de la obra de este nombre (v.), de Eduard Mórike (1804-1875), el pin­tor Nolten es uno de los numerosos hijos espirituales de Guillermo Meister (v.), in­dividuos destinados por la familia y las circunstancias a la actividad de carácter práctico, y atraídos, en cambio, irresisti­blemente por él arte.

La vida de Teobaldo Nolten se desarrolla felizmente en la casa parroquial de Wolfsbühl, una de aquellas idílicas parroquias rurales que evocan El vicario de Wakefield (v.); únicamente el encuentro con una gitana misteriosa y fatal, que luego influirá en toda su existencia, supone una primera nube. Al morir su pa­dre, Teobaldo interrumpe los estudios teo­lógicos y clásicos, que hasta entonces había seguido de mala gana, y se dedica por en­tero a su arte predilecto. Sin embargo, más que la ejecución le seduce la creación, e incluso en Italia, en Roma, adonde le lleva su pasión artística, se ocupa de proyectos y bocetos más que de perfeccionar su arte.

Vuelto a alemania, y sin lograr abrirse camino, se halla a punto de sucumbir, cuando ve, en una exposición, dos telas firmadas por un célebre pintor — ensalzadas por la crítica y admiradas por el público — las cuales no son más que la sabia recons­trucción de dos esbozos suyos que le ha­bían sido robados. Aquél, una vez entabla­do conocimiento con el joven colega igno­rado, le sitúa en el buen camino, y, tras haberle introducido en la alta sociedad, le convierte en un artista famoso y rico. Aventurera cual su existencia artística es su vida pasional, repartida entre su amor por una humilde muchacha, Inés, y el que siente por una bellísima condesa, ardiente y apasionada, que le inicia en las alegrías y fiestas del gran mundo.

Obligado a re­nunciar a esta última, y enloquecida Inés, Nolten, alucinado a su vez, sigue a la gi­tana hechicera y muere, cerrando de esta suerte su vida de débil soñador, de hombre que «sabía abrir a la contemplación los encantados jardines primaverales de la fan­tasía», pero que estaba abocado a la ruina por su incapacidad para luchar con la mala fortuna y para vencer a los demonios que se agitaban en su pecho.

B. Allason