Como los más logrados personajes de Aristófanes (450- 385 a. de C., aproximadamente), Pistetero, en Las aves (v.), es la figura cómica que, persiguiendo en la acción del drama una velada intención moral y política, logra a pesar de ello revestirse de un carácter extraordinariamente unitario y original, en el que los elementos serios se funden felizmente con los cómicos.
A lo largo de toda la acción, la figura de Piste- tero se define como la del personaje favorito de Aristófanes: el ciudadano cansado de luchas intestinas y exteriores y deseoso de una paz no sólo política sino social. Por la conquista de esos bienes, Pistetero lucha con vivaz y simpática inteligencia y con lúcida iniciativa totalmente libre de prejuicios. En medio del absurdo mundo de Las aves, al que Aristófanes logra infundir un sentido vivo de la realidad, Pistetero manda, organiza y crea una ciudad nueva.
Éste es el fondo serio, el motivo sentimental de Aristófanes. Pero hay que hacer un esfuerzo de abstracción para reconocer en el personaje este intento. La realidad artística del drama es una fábula maravillosa, y Pistetero un fabuloso precursor. Inteligente y finísimo orador, frente a los pájaros que con sus picos, garras y espolones quieren darle muerte, Pistetero inventa una cosmogonía extremadamente cómica, graciosa parodia de las cosmogonías de los filósofos, para demostrar a los enfurecidos animales que al principio fueron las aves y más tarde los dioses y los hombres. Una vez obtenida la confianza de los pájaros, Pistetero organiza una ciudad suspendida en el aire, que no tarda en convertirse en obstáculo para hombres y dioses.
Los primeros se presentan inmediatamente, deseosos de beneficiarse de aquella fabulosa ciudad: son el poeta, el sicofante, el adivino, toda la raza humana de los embrollones. Con gran ironía Piste- tero se burla de los distintos tipos de petulantes, y a palos los rechaza a su inmundo habitáculo terrenal. El episodio tiene gran parecido con el de Los Acarnenses (v.), en que Diceópolis (v.) se libera de los distintos latosos que van a pedirle una gota de paz. Luego viene la vez de los dioses, que tras descender amenazadoramente de lo alto del Olimpo para destruir la nueva ciudad, obstáculo que impide que las víctimas ofrecidas por los hombres lleguen hasta ellos, son no menos fácilmente rechazados.
En efecto, Pistetero no tarda en entenderse con Heracles (v.), fácilmente conmovido a la vista de unos cuantos exquisitos manjares, y logra establecer un pacto en virtud del cual no sólo son reconocidos la existencia de su ciudad y su poder sobre los dioses, sino que se le concede como esposa a la «reina», la diosa más poderosa que el propio Zeus. Pistetero es un personaje de farsa, pero vivo y real; una figura que recuerda la máscara sólo en algunas escenas, pero que posee una psicología propia y original, a la antigua, hecha de aptitudes exteriores e ignorante de toda introspección dramática.
P. Pucci
