Pip

Personaje de la novela Moby Dick (v.) del escritor americano Hermán Melville (1819-1891). Las danzas de su país y más tarde la cubierta del ballenero yan­qui «Pequod» se vieron animadas por la «genial y despreocupada alegría» de ese negrito.

Pero sus carcajadas se convirtie­ron en chillidos y el redoblar de su tam­boril se hizo desesperado cuando el «Pequod», arrastrado por su capitán Acab (v.) hacia el «rugiente infinito», fue dejan­do atrás aquella «esencial humanidad» re­presentada por Pip, ya que siempre ha sido, en toda la literatura norteamericana, fun­ción específica de los «hombres de color» — díganlo si no Chingachgook (v.), Jim el Negro (v. Huckleberry Finn), Queequeg (v.) y Tío Tom (v.) —ser la expresión más pura de aquélla. En presencia de monstruos, ya se trate de monstruos marinos, ya de mons­truosas creaciones del espíritu como Moby Dick (v.), «las entrañas de Pip sienten-el miedo»; un miedo que se convierte en te­rror y le obliga a saltar por la borda de una lancha que está persiguiendo a su presa; su cuerpo se mantiene a flote, pero su alma «se ahoga» en la inmensidad del Pacífico, transportada hasta «maravillosas profundidades» donde «raras formas del in­tacto mundo primitivo» pasan ante sus ojos.

Salvado por pura casualidad tras haber sido abandonado, el «solitario náufrago» ha per­dido el seso. Y como el narrador, Ismael (v.), sobrevive a un Apocalipsis para poder hablar de él. Pero no puede decir nada: la noticia de los «mundos desconocidos» que lleva consigo sólo se manifiesta en incom­prensibles frases inconexas que parecen el balbuceo de un idiota. Sus «extrañas bu­fonadas» se burlan de la tragedia de la nave y profetizan su fin; su figura de ébano, portadora de un terrible conoci­miento, «y a pesar de ello, llena de las dulces cosas del amor y de la gratitud», brilla entre los sobrenaturales «esplendores encendidos (de la nave)… como la gema de una corona robada al Rey de los In­fiernos».

Tocando su tambor mientras busca por la cubierta del «Pequod» al ahogado Pip, «un muchachito negro, de cinco pies de estatura y aspecto de pelagatos», el idiota murmura los soliloquios que el autor imagina poder haber salido del Bufón (v.) de Lear (v.). En realidad, Pip es el bufón de Acab; lo que Acab desea ver — el uni­verso que hay «más allá del muro» de Mo­by Dick—, Pip lo ha visto; por ello, al final, Acab sólo puede comunicarse con Pip.

Los dos desterrados de la humanidad, un blanco «loco de fuerza» y un negrito «loco de debilidad», se hallan unidos por todo cuanto cada uno conserva de primor­dial amor humano: «Llegas hasta mi centro más íntimo, muchacho; estás atado a mí por cuerdas hechas con las fibras de mi corazón… Ven, pues, a mi camarote… ¡Ven!» Como Ismael y Queequeg, antes que ellos, el amor de cada uno salva mo­mentáneamente al otro del exilio total. Pero el destructor propósito suicida de Acab no puede permitir que nada ni nadie se salven de la ruina general: «En ti, po­bre muchacho, hay algo que me parece demasiada cura para mi mal». Y sus últi­mos y rechazados fragmentos de amor hu­mano son recogidos por Pip, que se hunde con el «Pequod», mientras Acab se hunde con la ballena.

S. Geist