[Monsieur Pipelet]. Personaje de la novela Los misterios de París (v.) de Eugène Sue (1804-1857). «Monsieur Alfred et son épouse Anastasie» fueron hasta marzo de 1829, porteros de la casa n.° 8 de la Chaussée d’Antin, en el corazón del antiguo París.
Hoy, a pesar de la sonrisa que a todos los Pipelets del mundo dirigen aquellos a quienes Eugène Sue familiarizó con el rostro bonachón de monsieur Alfred y con la monumental peluca de madame Anastasie, hay algo parecido a una lejana pena o a un remordimiento, que no deja acabar de soltar la carcajada, cuando el verdadero rostro de monsieur Pipelet, tristemente llegado a los límites de la locura, se sobrepone al de la novela y lo borra. Pero es tan fuerte la huella de la literatura en la vida, incluso cuando se trata de mala literatura, que de los dos Pipelet sólo uno ha quedado como figura típica, casi tanto como una de las máscaras de la «commedia dell’arte», y será tal vez inmortal como ellas: símbolo de la vida «que acaba bien», excelente persona que soporta con la paciencia de la gente sencilla la cotidiana lluvia de befas, escarnios y humillaciones de que le hace objeto su despiadado inquilino el pintor Cabrion.
Tal vez Eugène Sue, y con él Alexandre Dumas y los demás artistas que persiguiendo incesantemente al pobre Pipelet de la Chaussée d’Antin le exasperaron hasta destruir su existencia, quisieron intentar más tarde, al menos moralmente, reparar lo irreparable al animar para siempre con su paciencia y su humildad la modesta figura de monsieur Pipelet. Monsieur Pipelet, que no significa «el portero» o «el conserje» — títulos demasiado presuntuosos —, sino sólo el popular portero de las casas y de los barrios humildes y superpoblados, ha conservado, no obstante, cierta grandiosidad de gesto y de voz y algún rasgo autoritario, un poco de gendarme, que hará imposible echarse a reír en sus barbas; sobre todo ha conservado la nobleza de que un hombre honrado, por poco -que valga y por muy pobre de espíritu que sea, está siempre dotado.
Y como en el tenebroso libro de Sue hay algún vislumbre de poesía cuando la vida y no la fantasía ha dictado sus imágenes al autor, «Monsieur Pipelet et son épouse Anastasie» (ésta, a decir verdad, pintada como la más infernal de las porteras, a pesar de ser una buena mujer) son las dos únicas figuras verdaderamente vivas en todos los diez volúmenes de la obra; casi las únicas despojadas de retórica y revestidas de una auténtica y conmovedora humanidad. El áspero pero leal Pipelet es como un buen mastín: un símbolo fácil en su virtud tanto más fuerte cuanto más ultrajada y befada. Es un hombre que cree en sí mismo y en el valor del «carácter» y de la «dignidad» como base de la vida, un hombre para quien «los principios» tienen una importancia mítica y sirven de brújula. «… Si hubiera sido buen inquilino…», dirá de su enemigo y perseguidor al relatar con infinita melancolía cómo le obsesionaban sus incesantes peticiones de un bucle de cabellos y cómo había acabado convirtiéndose en el blanco de semejantes peticiones por parte de los innumerables amigos y amigas del pintor, que incluso por la noche le cantaban el famoso estribillo: «Portier, je veux / de tes cheveux!», «si hubiera sido buen inquilino… no le habría dado el bucle, a pesar de todo, porque ello no responde a mis principios ni a mis costumbres; pero me hubiera hecho un deber e incluso una ley el negárselo amablemente…».
Estas palabras, en las que la más escrupulosa honradez y un sentido que podríamos llamar «cívico» del deber se confunden con la máxima benevolencia, dibujan quizás el más conciso y claro retrato de nuestro portero, el buen Pipelet de todos los tiempos y de todos los países, ora tirano, ora víctima de nuestra «vida menor».
G. Veronesi

