Pirgopolinices

[Pyrgopolinices, Mi­les gloriosus]. Protagonista de la comedia Miles Gloriosus [El soldado fanfairrón] (v.), de Plauto (254-184 a. de C.).

Suele consi­derársele como el prototipo del fanfarrón, sobornador y mujeriego. Pero la verdad es que la fama ha jugado una mala partida a este personaje al transmitir a la poste­ridad una figura muy distinta de la creada por el comediógrafo latino, quien tal vez no se proponía otra cosa que ofrecer a su fiel público una variedad del «pater» de quien suele hacerse burla en las «fabulae». Pero a esa deformación no fue ajena la misma «vis cómica» de Plauto, que al pre­sentar a Pirgopolinices le dio una actitud y un aspecto más a propósito para carica­tura de un héroe homérico que de un necio predestinado a sufrir una divertida serie de burlas. «… Que mi escudo sea más brillante que los rayos del sol sereno», ordena con voz estentórea el terrible guerrero a sus invisibles soldados, al aparecer ante el pú­blico; pero como sus palabras se quedan sin eco, no tarda en darse cuenta de su inanidad y… deponiendo armas y fanfarro­nería, invoca la presencia de alguien que confirme y valore su fantástica grandeza.

A partir de aquel instante, el «miles» deja de ser un valentón para convertirse en una figura negativa e inerte, dispuesta a sufrir pasivamente las más desmesuradas alaban­zas o las más crueles injurias. Frente a la adulación de siervos y parásitos, su tono es siempre inseguro e interrogativo, como si las circunstancias le obligaran a soste­ner un papel que no está en su naturaleza y del que desea librarse cuanto antes. Su vanidad y su vanagloria son efectivamente sólo exteriores, y residen más en las pala­bras de sus familiares que en sus propios actos, generalmente marcados con un sello de humanidad, por mediocre que sea.

Por ello hay que recordar a cada instante que Pirgopolinices es el «miles gloriosus», ya que sólo así se mantiene su personalidad de presuntuoso matasiete; por lo demás, ¿cómo no simpatizar con él cuando su es­clavo Palestrión, «deus ex machina», teje sus colosales embrollos que habrán de lle­var al desdichado «miles» a ser vilipendia­do, apaleado y finalmente abandonado en los peldaños de su propia casa?

T. Momigliano