Parisiense, nacido, como tantos héroes de novela, junto a las riberas del pérfido Sena, pocos años antes de la monarquía de julio, el popular protagonista de los numerosos volúmenes que a su figura dedicó (v. Rocambole) el vizconde Pierre-Alexis Ponson du Terrail (1829-1871), eligió por teatro de sus principales e inverosímiles aventuras el fascinador y opulento París del segundo Imperio.
Aquel antiguo mozo de hostería, alumno predilecto del satánico sir Williams, vuelve siempre a París, con nostálgico corazón de hijo. Cabalga por los Campos Elíseos o por el bosque de Boulogne, bajo un nombre supuesto, siempre sonriente y seguro de sí mismo; al lado de patricios auténticos o de ingenuas herederas, en los salones o en los clubs, sabe comportarse como un caballero, sin perder jamás aquella calma que es la primera condición del éxito. Largas son sus aventuras, horribles sus crímenes e inimaginables y tal vez incomprensibles sus intrigas: el muchacho que un día vendía un secreto por diez luises, abrigará más tarde propósitos más ambiciosos: nada menos que la conquista, por el medio que sea, de la fortuna y de los blasones.
El disfraz de marqués de Chamery es el que mejor le sienta: puede aspirar a duquesas, patrimonios y embajadas. En definitiva, Rocambole, caricatura de la fiebre del oro, sólo sueña en lograr, aunque sea por medio del crimen, una vida tranquila, sin cómplices vulgares y embarazosos, sin disfraces y sin fatigosas metamorfosis. Nada está tan lejos de la vida como él; nada es tan falso ni en cierto sentido tan pueril: jamás aventurero alguno poseyó tan fértil ingenio ni encontró en su camino tantos y tan integrales papanatas. Pero quien siga hasta el fin sus prodigiosas vicisitudes, sin perder el hilo de tantas y tan ingeniosas intrigas, acabará viendo el triunfo del bien, la confusión de los malvados y la conversión de los pecadores. Al final de los tomos, sonríe siempre, luminosa, la justicia.
Pero de aquel personaje sin arte y sin vitalidad ha nacido un adjetivo que sigue viviendo: «rocambolesco». Con él se indica precisamente una sucesión de hechos que la frágil fantasía humana no es capaz de imaginar ni de seguir, una red tal de patrañas que quita el sueño y corta la respiración. «¿Sois acaso Satanás?» «Quizá sí». La romántica curiosidad por el diablo halla en él una de sus encarnaciones: el olor a azufre no se desvanece jamás totalmente de esa novela de folletín.
G. Falco
