Robinson Crusoe

Protagonista de la novela de su nombre (v.), de Daniel De Foe (1660-1731). Como personaje, Robinson es una obra maestra de realismo, que se distingue netamente entre la muchedumbre de sus colegas, protagonistas de otras novelas de la época.

En efecto, era frecuente por entonces verter en la obra literaria la historia amorosa y sentimental de los hom­bres, pero no su vida práctica. Por ello la creación de Robinson es francamente inno­vadora: espíritu práctico y positivo, ajeno a todo sentimentalismo y a toda debilidad poética, Robinson es un hombre para quien las cosas existen, sólidamente, sin posibili­dad alguna de ión fantástica. Marineros y mercaderes de la City debían comprenderle perfectamente: no era un personaje melindroso y afectado, como aquellos importados de Francia, que sólo podían ser comprendidos en los círculos elegantes en torno a la corte. La mente de Robinson es un libro de contabilidad: lleva el balance de todo cuanto el destino le re­serva, empezando por su singular estancia en una isla desierta: pérdidas y beneficios, ventajas e inconvenientes, todo es escru­pulosamente tenido en cuenta.

Robinson es un ingenuo que no se deja fácilmente en­gañar; si su religiosidad, tan arraigada co­mo su sentido de la contabilidad, es un poco pueril, su espíritu práctico no cae jamás en ninguna emboscada por exceso de candor. Es activo y tiene plena con­fianza en la fuerza del hombre y en su victorioso destino. Espíritu limitado, pero imperioso, a pesar de que no posee una inteligencia extraordinaria, pertenece a la raza volitiva de los dominadores. Es infa­tigable y tenaz: volvería a empezar cien veces una misma cosa, a condición de lo­grar llevarla a cabo. Buen organizador, se­ría un^ excelente hombre de negocios, mu­cho más práctico y eficaz que los persona­jes de Balzac, los cuales a menudo no son más que románticos visionarios, adoradores de la riqueza.

Robinson, en cambio, no busca el oro por sí mismo, sino la victoria sobre la Naturaleza y el sentido de poder que deriva de saberse lúcidamente superior a todo acontecimiento terrestre. Carece de fantasía para soñar en los placeres o en el arte: en una palabra, es una de las máxi­mas encarnaciones del moderno hombre medio, que surgía con su siglo.

P. G. Conti