Roboam

[Rěhabh’ām]. Personaje bíbli­co, hijo y sucesor de Salomón (v.). A la muerte de éste, su magnificencia sólo tenía cincuenta años y el oro de sus palacios brillaba todavía.

Pero aquel esplendor te­nía un peso funesto, que abrumaba al pue­blo como la mole de las pirámides faraóni­cas. Los cimientos del Templo, de los mu­ros y del palacio se apoyaban en hambres y fatigas interminables, y los himnos y la sabiduría del rey no traducían sino lamen­taciones. Muerto Salomón, la inmensa deu­da apareció de pronto, agobiando al reino, haciéndolo vacilar y derrumbándolo. Para ello bastó el pecado de un hombre solo, Roboam, hijo de Salomón. En Siquem el pueblo le había pedido poca cosa, nada más que su deber: «Mitiga un poco la du­reza del gobierno de tu padre y el pesado yugo que nos impuso, y seremos tus súb­ditos».

Pero el nuevo rey no sabía qué contestar, pues la sabiduría de su padre había muerto aun antes que éste mismo. Roboam consultó a sus amigos, a los viejos prudentes y a los altivos jóvenes «criados con él entre deleites». Por primera vez la voz del pueblo llegaba hasta ellos, y les pareció enojosa y sin valor, algo que había que acallar sin prestarle la menor aten­ción: «Mi padre os impuso un yugo pesado, pero yo lo haré más pesado aún; mi padre os azotó con el látigo y yo os desgarraré con escorpiones». Y para gobernar las tri­bus envió al más odiado de los hombres, al recaudador del fisco y jefe de los tra­bajos forzados.

El pueblo le lapidó, y los salmos por el rey fueron sumergidos por la antigua canción: «¿Qué hay de común entre nosotros y David? Nosotros no somos de la casa de Isaí. A tus tiendas, i oh Is­rael! Y tú, oh David, gobiérnate tu casa». El reino se había hecho pedazos en manos de Roboam. Diez tribus le abandonaron y sólo le quedaron Judá, los levitas y el Tem­plo. Sin guerra, sin conjuraciones, sólo con una respuesta áspera como la sal sobre los músculos sangrantes y fatigados del pue­blo : cuando Roboam comprendió que el rey necesita al pueblo, éste ya no existía. La unidad espiritual desapareció más rá­pidamente aún: «Erigieron altares y esta­tuas y bosques sagrados sobre todas las alturas y bajo todos los árboles frondosos, y el país se llenó de afeminados».

El alma de Judá había sido invadida: los becerros de oro y la prostitución sagrada la devas­taban. Y tras pocos años, otra invasión devastó su cuerpo: el faraón Šešonq irrum­pió en el país y saqueó el Templo y el palacio. Roboam contemplaba con ojos vacíos y manos inertes a los diminutos egip­cios en la alta morada de Salomón. En las salas resonaba la voz del profeta Jeremías: «Así dice e] Señor: Vosotros me habéis abandonado a mí, y yo os he abandonado a vosotros». Los egipcios habían partido, y la voz de Dios seguía retumbando: «Ser­virán a Šešonq, y así conocerán la diferen­cia entre servirme a mí y servir a los re­yes de la tierra».

No hacía más que veinte años que Salomón había colgado en la «Casa del bosque del Líbano» los escudos de oro de su guardia: columnas de cedro y escudos de oro. Šešonq se los había lle­vado, y Roboam, el hijo de Salomón, col­gó otros, de bronce esta vez. Todo el oro se había trocado en bronce, «y así cono­cieron la diferencia».

P. De Benedetti