Rocaguinarda

Perot Rocaguinarda, el famoso bandolero catalán que con el nom­bre de Roque Guinart inmortalizaría Cer­vantes en el Quijote (v.), nació en el pue­blo de Oristá, veguería de Vich, el 18 de diciembre de 1582, y apenas contaba veinte años de edad cuando ya capitaneaba una cuadrilla que pronto se haría temible.

Se desconoce la fecha de su muerte. Roca­guinarda fue indultado de sus delitos por el virrey de Cataluña y obispo de Tortosa, Pedro Manrique, el 30 de junio de 1611, a condición de que sirviera al rey en los tercios de Italia o de Flandes. Sólo sabe­mos que en 1630 estaba en Italia, con el grado de capitán. Como Serrallonga (v.), Rocaguinarda pertenecía al partido de los «nyerros», en cruenta lucha con el bando rival de los «cadells». Desde 1603 a 1611, Rocaguinarda es la figura más interesante del bandolerismo catalán y ello explica que Cervantes — que estuvo en Barcelona en 1610 — le dedicara unas páginas en los ca­pítulos LX y LXI (segunda parte) de su obra maestra. Relata el autor citado que don Quijote (v.) permaneció durante tres días y tres noches al lado de Roque Gui­nart, añadiendo que «si estuviera trescien­tos años no le faltaría que ver y admirar en el modo de su vida».

Cervantes conoció bastante bien las circunstancias que rodea­ban la vida del famoso bandolero y apro­vechó las noticias y hechos reales que co­nocía para escribir un relato verdadera­mente admirable. La semblanza cervantina de Perot Rocaguinarda constituye una idea­lización, en la que la fantasía no desfigura la historia. Enalteció su carácter para des­cribir una figura casi legendaria, aunque sin excesivas concesiones. En los citados capítulos del Quijote se hermanan la no­vela y el género biográfico, la fantasía y la realidad. He aquí los párrafos en que Rocaguinarda trata de justificar su vida de bandolero ante don Quijote: «Nueva mane­ra de vida le debe parecer al señor don Quijote la nuestra, nuevas aventuras, nue­vos sucesos y todos peligrosos; y no me maravillo que así le parezca, porque realmente le confieso que no hay modo de vivir más inquieto ni más sobresaltado que el nuestro.

A mí me han puesto en él no sé qué deseos de venganza que tienen fuer­za de turbar los más sosegados corazones; yo de mi natural soy compasivo y bien­intencionado; pero, como tengo dicho, el querer vengarme de un agravio que se me hizo así da con todas mis buenas inclina­ciones en tierra, que persevero en este estado a despecho y pesar de lo que en­tiendo; y como un abismo llama a otro, y un pecado a otro pecado, hanse eslabonado las venganzas de manera que no sólo las mías pero las ajenas tomo a mi cargo; pero Dios es servido de que, aunque me veo en la mitad del laberinto de mis confusiones, no pierdo la esperanza de salir de él a puerto seguro». A ello replicaría don Qui­jote, con la consiguiente carcajada del ban­dolero, invitándole a seguirle en la caba­llería andante, «donde se pasan tantos tra­bajos y desventuras que, tomándolas por penitencia, en dos paletas le pondrán en el cielo».

En el encuentro entre ambos per­sonajes, antes de la escena a que acabamos de aludir, Cervantes pone en labios de don Quijote las siguientes palabras: «No es mi tristeza haber caído en tu poder, ¡oh va­leroso Roque!, cuya fama no hay límites en la tierra que la encierren, sino por ha­ber sido tal mi descuido que me hayan cogido tus soldados sin el freno, estando yo obligado, según la orden de la andante caballería que profeso, a vivir continuo alerta…, porque te hago saber, ¡oh gran Roque!, que si me hallaran sobre mi ca­ballo, con mi lanza y mi escudo, no les fuera muy fácil rendirme, porque soy don Quijote de la Mancha, aquel que de sus hazañas tiene lleno todo el orbe». Cervan­tes refirióse también al famoso bandolero catalán en su comedia La cueva de Sala­manca, en la que un estudiante habla en los siguientes términos: «Salmantino soy, señora mía; quiero decir que soy de Sa­lamanca.

Iba a Roma con un tío mío, el cual murió en el camino, en el corazón de Francia. Vine solo, determiné volverme a mi tierra; robáronme los lacayos o com­pañeros de Roque Guinart en Cataluña, porque él estaba ausente, que a estar allí no consintiera que se me hiciera agravio, porque es muy cortés y comedido, y ade­más limosnero». Rocaguinarda ha tenido otras repercusiones en la literatura. Ci­temos el drama Roque Guinart, de Carlos Coello y Pacheco, estrenado en el teatro Español, de Madrid, el 24 de octubre de 1875; y las evocaciones de Frederic Soler.

J. Regla