Ruodlieb

Es el héroe de un poema la­tino titulado con su nombre (v.) y escrito en hexámetros, hacia 1030, por un monje del monasterio de Tegernsee, en la Alta Baviera.

Ruodlieb se distingue por su for­mación caballeresca, su valor, su amor a la patria, su afecto a su madre, la bondad de su corazón y sus sentimientos cristia­nos. Es un caballero perfecto, tan valeroso en la guerra, donde logra derrotar a un rey, luchando por su señor, como experto en las artes cortesanas, tales como tañer el arpa o sostener agradables coloquios. También conoce hierbas que domeñan a los lobos y permiten atrapar fácilmente a los peces, sabe hacer danzar a los osos y domesticar perros, monos, leones, etc. Ruod­lieb es el primer héroe de la literatura alemana que posee algún rasgo de aquel carácter aventurero y místico que más adelante distinguirá al tipo del «loco in­genuo» («tumbe tore») inmortalizado en las figuras de Parsifal (v. Perceval) y de Sim­plicio (v.).

A semejanza de éstos, ha sido educado en un clima de absoluta simplici­dad, que pronto abandona en pos de la gloria de las armas; y, también a seme­janza de ellos, a través de sus diversas aventuras, se propone, no la conquista de riquezas materiales, sino la de la sabidu­ría. Pero, menos viviente que aquéllos, Ruodlieb es en cambio más consciente de su significación, hasta el punto de conver­tirse en una figura decorativamente ale­górica, criatura de las sutilezas especula­tivas de la Edad Media, más que de su in­genua fantasía más secreta.

M. Pensa

Ruggiero

Personaje de los poemas ca­ballerescos italianos. Boyardo le hace hijo de otro Ruggiero (Ricceri), descendiente del troyano Héctor (v.) y señor de Risa (Reggio), y de Galaciella, la guerrera pa­gana convertida por amor al cristianismo, cuya historia, popularísima en la literatura novelesca italiana, había sido narrada, en­tre otras obras, en el Aspromonte (v.) de Andrea da Barberino: el «nuevo Ruggiero», nacido después que su padre fue muerto a traición y su madre encinta pudo apenas salvarse de las insidias de su hermano, renueva en sí el nombre y el destino de su padre por cuanto, dotado como él de un gran valor, está destinado a una pre­matura muerte a manos de los enemigos de su familia.

Pero este motivo del destino que le aguarda, aunque insistentemente se repita en los poemas de Boyardo y de Ariosto, permanece poéticamente inerte ya que, siendo por completo ajeno al ánimo del guerrero (como no sucede, por ejemplo, en el caso de Aquiles, v.), debe considerarse más bien como un pretexto para justificar la obra de Atlante (v.) y todas las com­plicadas aventuras que de ella se siguen y de las que aquél es el protagonista. En efecto, Ruggiero, nacido en África, donde su madre logró llegar poco antes de darle a luz — para morir inmediatamente—, ha­bía sido educado por el mago Atlante, que prendado de él y sabiendo que deberá ha­cerse cristiano y morir poco después, in­tenta sustraerlo a su destino y le educa en su castillo en la más severa disciplina, alejándole por todos los medios del con­tacto con el mundo.

Pero Agramante (v.), rey de África, tras haber decidido empren­der una campaña contra Carlomagno (v.) y enterado de que sólo el auxilio del joven y todavía desconocido Ruggiero podrá dar­le la victoria, sale en su busca y con ayuda de Brunello (v.), el astuto ladrón que para el nuevo campeón roba el caballo Frontalatte a Sacripante (v.) y la espada Balisarda a Orlando (v.), logra conquistar su ánimo. En el episodio se reconoce la historia—de Aquiles, relegado por su madre a la isla de Sciros y descubierto por Ulises (v.), historia que Boyardo había leído en la Aquileida (v.) de Estacio; pero el relato clásico se anima con elementos nove­lescos y fabulosos, y el nuevo Aquiles se nos aparece en Francia como un auténtico personaje de novela, dechado de valor y de todas las virtudes caballerescas. Gracias a un acto de cortesía se revela a Bradiamante (v. Bradamante), permitiéndole so­correr a los suyos, desdeñando el duelo con Rodamonte (v. Rodomonte) y arros­trando por ello la ira del pagano.

De aquí el origen primero del idilio, que casi de improviso surge en medio de las armas, en­tre los dos jóvenes de diversa fe y todavía desconocidos uno de otro. En este amor naciente se revela el carácter del Ruggiero del Orlando enamorado (v.), joven héroe que siente y actúa con la espontaneidad y la rectitud de los primeros impulsos vita­les. La historia interrumpida de los amo­res de Ruggiero y Bradamante se reanuda en el Orlando furioso (v.); pero en el nuevo poema, Ruggiero ya no es el admirable joven del Enamorado, y el acento senti­mental se traslada de él a su amada, que continuamente le está buscando, encontran­do y perdiendo, para evitar que sucumba a las insidias de Atlante y a la suerte adversa que le aguarda.

En cambio, el amor de Ruggiero posee en el poema de Ariosto escaso relieve. Y el personaje, que desempeña un papel importante y que, co­mo progenitor de la familia de Este, debe­ría ser el héroe ejemplar, interesa, más que por sí mismo, por las intrincadas aven­turas de que es protagonista y que le lle­van de tierra en tierra, hasta la fabulosa isla de Alcina (v.), de aventura en aven­tura y de duelo en duelo. Bradamante le liberta del castillo en el que Atlante ha logrado volverle a encerrar, pero el hipogrifo en el cual ha montado incautamen­te, le traslada a la isla de Alcina y, a pesar de las advertencias de Astolfo (v.), trans­formado en mirto por la maga, se deja prender en las redes de ésta y por ella olvida a la mujer amada. Pero Melissa, la maga que protege a Bradamante, le ayuda a liberarse de la esclavitud a que se halla sujeto; mas cuando montado en el hipo- grifo llega a su vez a libertar a Angélica (v.) de las manos de la Orea, se apodera de él el deseo de poseer aquella bellísima joven, la cual sólo logra escapar a sus in­tentos gracias al anillo mágico.

Prisionero otra vez de Atlante, vaga con los demás guerreros por el palacio de aquél, que pa­rece simbolizar las ilusiones de que todo hombre es presa; al desvanecerse el pala­cio por obra de Astolfo, Ruggiero se halla al lado de Bradamante, que también es­taba presa en aquel extraño edificio sin que ni uno ni otra hubieran logrado en­contrarse o reconocerse. A partir de ese momento sus proezas se multiplican: salva de la muerte al hermano de Bradamante, Ricciardetto, que había acudido al campo sarraceno, a pesar de haber prometido a la mujer amada que se haría bautizar, para obedecer a las órdenes del rey Agramante; se halla envuelto en los combates que allá surgen y ha de luchar con Mandricardo (v.), que le había retado y a quien da muerte tras encarnizado duelo; desafiado luego como traidor por Bradamante, que, por celos de Marfisa (v.), se presenta de incógnito al campamento enemigo para combatir contra él; se entera, gracias al espíritu de Atlante, de que Marfisa es su hermana, y finalmente puede reconciliarse con la mujer amada.

Nada parece oponerse ahora a la conversión y a las bodas; pero Ruggiero no sabe todavía decidirse a aban­donar a su rey. Sólo tras la derrota sarra­cena y el naufragio de la nave que le lle­vaba a África se hará bautizar por un ermitaño y regresará a Francia para pedir la mano de Bradamante. Rinaldo se la pro­mete, pero Amone y Beatrice no le quieren por yerno a causa de su pobreza: mezquino drama burgués, que difícilmente se aviene con el espíritu caballeresco del poema y que no logra realzarse ni siquiera con la lucha de generosidad que surge entre Leone, el otro pretendiente a la mano de Bra­damante, y el héroe, que, salvado por aquél, combate en favor suyo contra la amada. La preocupación de convertir al progenitor de los Este en un héroe ejemplar y la exce­siva insistencia en un motivo ya agotado son evidentes en estos últimos cantos; pero, con la aparición de Rodomonte, quien, mientras se celebran las bodas de Ruggiero y Bradamante, viene a retar a Ruggiero y a echarle en cara su traición al rey Agramante, el interés se despierta de nuevo y en el duelo de los guerreros, semejante al que tiene lugar entre Eneas (v.) y Tur­no (v.) al final de la Eneida (v.), Ruggiero adquiere una grandeza nueva por la mis­ma épica grandiosidad de su antagonista, por lo encarnizado y dramático de la lucha y por la alta causa que personifica como intrépido campeón de la cristiandad contra el único superviviente de los guerreros sa­rracenos. M. Fubini

Rudin

Protagonista de la novela de su nombre (v.) de Iván Turguenev (Ivan Sergeevič Turgenev, 1818-1883). La reconstrucción de su figura debe casi exclusiva­mente fundarse en los relatos y los juicios que acerca de él expresan en el curso de la novela otros personajes y el propio au­tor; lo escaso de la acción, en efecto, no permite ver al personaje realmente vivo, y por otra parte, la contradicción entre sus muchas y bellas palabras y su modo de proceder aumenta la dificultad para quien aspire a captar sus rasgos esenciales.

La figura de Rudin no debía aparecer clara ni al propio autor al principio de la obra, desde el momento que pudo, como dijo un agudo crítico ruso, Grigor’ev, empezar de­nigrándole y terminar con una apoteosis de alabanzas. Rudin, a pesar de todo, es un tipo sacado de la realidad, y otro crítico ruso, Drujinin, ha dicho con razón que la novela de Turguenev es «la confesión de una generación entera»: la de los años 1830 a 1840, conocida en la historia rusa como la generación idealista. Al igual que los mejores representantes de ésta, Rudin posee una cultura filosófica, y de ahí lo abstracto y al mismo tiempo sistemático de su pensamiento, cualidades que, unidas al don de la elocuencia, confieren a su personalidad una apariencia seria y grave.

Las reflexiones de Rudin, según él mismo las expone en sus brillantes discursos, se mueven siempre alrededor de problemas generales de capital importancia y están impregnadas de un noble idealismo moral. Rudin habla de la necesidad de la fe, de la necesidad de la ciencia, del amor pro­pio y del egoísmo, de la misión del hombre y del porvenir de la humanidad. «Todos los pensamientos de Rudin parecían diri­girse hacia el futuro y ello les infundía el carácter de aspiraciones y ansias juve­niles». Pero quizás esta misma atención que presta al futuro sea la clave del prin­cipal defecto de Rudin, la sustancia de su personalidad y la de tantos otros hombres de su generación: el contraste entre la palabra y los actos; las palabras no son nunca más que palabras, sin llegar jamás a traducirse en una actuación.

La razón de esta falta de actividad debe encontrar­se en Rudin, al igual que en los otros «hombres superfluos» de Turguenev, pre­cisamente en el hecho de que viven sobre todo de reflexión, y ésta impide el desarro­llo de otras cualidades espirituales, espe­cialmente del sentimiento y de la fuerza de voluntad. La falta de conocimiento de la vida, que es otro de los rasgos caracte­rísticos del tipo que examinamos, depende de esas deficiencias, que no son, empero, totalmente negativas o, por mejor decirlo, que no anulan por completo el valor de la reflexión y de la elocuencia que las acom­paña. «¿Quién tiene derecho a decir — afir­ma el escritor por boca de otro persona­je — que Rudin no haya sido y no haya de seguir siendo útil, y que sus palabras no hayan sembrado la buena semilla en jóvenes almas a las que la naturaleza no rehusó, como a él, la fuerza de la activi­dad ni la capacidad de realizar sus pro­pósitos?» Un poco extraño y enigmático como toda su generación, y, al igual que ella, perseguido por la suerte, Rudin es un personaje típicamente ruso, no menos que Oblomov (v.), el héroe de la novela de su nombre (v.) de J. A. Goncharov, o que Beltov (v.), de la novela ¿De quién es la cul­pa? (v.) de A. I. Herzen, o que Bazarov (v.), en Padres e hijos (v.), del propio Turguenev, o que tantos otros héroes de su tiempo.

E. Lo Gatto

Rüdiger

Uno de los héroes de la saga de los Nibelungos, probablemente de ori­gen legendario, que ulteriormente asumió carácter de personaje histórico, como mar- grave de Bechelaren (actualmente Pöch­larn, en la Baja Austria), y se representa como «padre de todas las virtudes», caba­llero irreprochable, respetuoso de todas las leyes de la cortesía y celoso cumplidor de todos sus deberes morales.

En el poema de Los Nibelungos (v.) su papel es secun­dario y hasta cierto punto tangencial, pero su figura es, a pesar de todo, notable, por cuanto encarna una penosa situación moral y una trágica batalla interior. Vasallo de Atila (v.) y unido a los burgundios por un vínculo de amistad y de hospitalidad, cuan­do, hacia el final de la acción, estalla la furibunda lucha entre hunos y burgundios, Rüdiger, al ser solicitado su auxilio por ambas partes, permanece perplejo e inde­ciso : temeroso de perder, cualquiera que sea el partido que tome, su reputación y su honor, invoca la muerte como única po­sible liberación de sus torturantes dudas.

Finalmente, empero, entre el vínculo del vasallaje y el de la amistad prevalece el primero, pero ello es así porque Crimilda (v.) le recuerda expresamente su juramen­to. Rüdiger toma, pues, las armas contra los burgundios y muere a manos de Gernot. Rüdiger es una figura de la época ca­balleresca, un poco alejada de la moral de la saga primitiva, como una especie de in­truso en un mundo que refleja la ética férrea y las implacables pasiones del tiem­po de las invasiones bárbaras. Frente a las gigantescas figuras que se agitan a su alre­dedor y que sólo obedecen al imperativo categórico de la fe que juraron a su se­ñor, él, sin fuerzas para superar el senti­miento del deber, de amistad y de hospita­lidad, resulta un débil entre los fuertes.

El padre de todas las virtudes carece de aquella de la cual proceden todas las de­más, o sea del valor heroico de infringir en aras de un ideal superior un precepto de menor importancia. Su alma no posee la gran fuerza antigua, el poderoso resorte moral del paganismo germánico, la inexo­rable «lealtad nibelúngica» que arrastra, sin el menor asomo de perplejidad, a un mundo entero a la ruina y a la muerte; pero en cambio está dotado de la genti­leza caballeresca y cristiana, con aquella sombra de inconsciente pusilanimidad que nace del escrúpulo. Y cristianos y caballe­rescos son todos los motivos que componen su figura e incluso los epítetos que la acom­pañan («Padre de todas las virtudes», «ale­gría de la gente humilde») y en los cuales parece escucharse el eco de expresiones litúrgicas medievales y de adjetivaciones frecuentes en la Vulgata («Dominus virtù tum», «laetitia miserorum»).

B. Vettori

Rubén

[Rě’ūben]. Personaje bíblico que figura entre aquellos que el Génesis (v.) nos presenta con menos pálido colorido. Primogénito de Jacob (v.) y de Lía (v.), a pesar de su ardiente temperamento («hirviente como el agua», le llamará Jacob en su lecho de muerte), su vida se encierra por completo en el ambiente familiar y los escasos episodios que le recuerdan le ca­racterizan por un sentimiento instintivo y a menudo impulsivo.

Ello le salva del mez­quino egoísmo de sus hermanos que, por ejemplo, son incapaces de soportar las, a su parecer, fanfarronadas de José (v.), el hijo de Raquel (v.); y cuando aquéllos deciden dar muerte al joven, hallan preci­samente en Rubén el más decidido y firme obstáculo. Delicadamente devoto de su ma­dre, a la que un día lleva mandrágoras re­cogidas durante la siega para favorecer su fecundidad, del mismo modo que pro­tegió a José se brinda más tarde a salir garante de Benjamín (v.), cuando el mis­terioso vicefaraón exige la presencia de éste en Egipto. Por otra parte, su exube­rante sentimentalismo le arrastra un día a hacer suya una concubina de su padre, madre de dos de sus hermanos. Tan grave culpa le enajena la predilección de Jacob y la supremacía sobre sus hermanos y pone una dolorosa sombra en su figura simpáti­ca, generosa y, dentro de ciertas limita­ciones, magnánima.

C. Falconi