Rudin

Protagonista de la novela de su nombre (v.) de Iván Turguenev (Ivan Sergeevič Turgenev, 1818-1883). La reconstrucción de su figura debe casi exclusiva­mente fundarse en los relatos y los juicios que acerca de él expresan en el curso de la novela otros personajes y el propio au­tor; lo escaso de la acción, en efecto, no permite ver al personaje realmente vivo, y por otra parte, la contradicción entre sus muchas y bellas palabras y su modo de proceder aumenta la dificultad para quien aspire a captar sus rasgos esenciales.

La figura de Rudin no debía aparecer clara ni al propio autor al principio de la obra, desde el momento que pudo, como dijo un agudo crítico ruso, Grigor’ev, empezar de­nigrándole y terminar con una apoteosis de alabanzas. Rudin, a pesar de todo, es un tipo sacado de la realidad, y otro crítico ruso, Drujinin, ha dicho con razón que la novela de Turguenev es «la confesión de una generación entera»: la de los años 1830 a 1840, conocida en la historia rusa como la generación idealista. Al igual que los mejores representantes de ésta, Rudin posee una cultura filosófica, y de ahí lo abstracto y al mismo tiempo sistemático de su pensamiento, cualidades que, unidas al don de la elocuencia, confieren a su personalidad una apariencia seria y grave.

Las reflexiones de Rudin, según él mismo las expone en sus brillantes discursos, se mueven siempre alrededor de problemas generales de capital importancia y están impregnadas de un noble idealismo moral. Rudin habla de la necesidad de la fe, de la necesidad de la ciencia, del amor pro­pio y del egoísmo, de la misión del hombre y del porvenir de la humanidad. «Todos los pensamientos de Rudin parecían diri­girse hacia el futuro y ello les infundía el carácter de aspiraciones y ansias juve­niles». Pero quizás esta misma atención que presta al futuro sea la clave del prin­cipal defecto de Rudin, la sustancia de su personalidad y la de tantos otros hombres de su generación: el contraste entre la palabra y los actos; las palabras no son nunca más que palabras, sin llegar jamás a traducirse en una actuación.

La razón de esta falta de actividad debe encontrar­se en Rudin, al igual que en los otros «hombres superfluos» de Turguenev, pre­cisamente en el hecho de que viven sobre todo de reflexión, y ésta impide el desarro­llo de otras cualidades espirituales, espe­cialmente del sentimiento y de la fuerza de voluntad. La falta de conocimiento de la vida, que es otro de los rasgos caracte­rísticos del tipo que examinamos, depende de esas deficiencias, que no son, empero, totalmente negativas o, por mejor decirlo, que no anulan por completo el valor de la reflexión y de la elocuencia que las acom­paña. «¿Quién tiene derecho a decir — afir­ma el escritor por boca de otro persona­je — que Rudin no haya sido y no haya de seguir siendo útil, y que sus palabras no hayan sembrado la buena semilla en jóvenes almas a las que la naturaleza no rehusó, como a él, la fuerza de la activi­dad ni la capacidad de realizar sus pro­pósitos?» Un poco extraño y enigmático como toda su generación, y, al igual que ella, perseguido por la suerte, Rudin es un personaje típicamente ruso, no menos que Oblomov (v.), el héroe de la novela de su nombre (v.) de J. A. Goncharov, o que Beltov (v.), de la novela ¿De quién es la cul­pa? (v.) de A. I. Herzen, o que Bazarov (v.), en Padres e hijos (v.), del propio Turguenev, o que tantos otros héroes de su tiempo.

E. Lo Gatto