Rüdiger

Uno de los héroes de la saga de los Nibelungos, probablemente de ori­gen legendario, que ulteriormente asumió carácter de personaje histórico, como mar- grave de Bechelaren (actualmente Pöch­larn, en la Baja Austria), y se representa como «padre de todas las virtudes», caba­llero irreprochable, respetuoso de todas las leyes de la cortesía y celoso cumplidor de todos sus deberes morales.

En el poema de Los Nibelungos (v.) su papel es secun­dario y hasta cierto punto tangencial, pero su figura es, a pesar de todo, notable, por cuanto encarna una penosa situación moral y una trágica batalla interior. Vasallo de Atila (v.) y unido a los burgundios por un vínculo de amistad y de hospitalidad, cuan­do, hacia el final de la acción, estalla la furibunda lucha entre hunos y burgundios, Rüdiger, al ser solicitado su auxilio por ambas partes, permanece perplejo e inde­ciso : temeroso de perder, cualquiera que sea el partido que tome, su reputación y su honor, invoca la muerte como única po­sible liberación de sus torturantes dudas.

Finalmente, empero, entre el vínculo del vasallaje y el de la amistad prevalece el primero, pero ello es así porque Crimilda (v.) le recuerda expresamente su juramen­to. Rüdiger toma, pues, las armas contra los burgundios y muere a manos de Gernot. Rüdiger es una figura de la época ca­balleresca, un poco alejada de la moral de la saga primitiva, como una especie de in­truso en un mundo que refleja la ética férrea y las implacables pasiones del tiem­po de las invasiones bárbaras. Frente a las gigantescas figuras que se agitan a su alre­dedor y que sólo obedecen al imperativo categórico de la fe que juraron a su se­ñor, él, sin fuerzas para superar el senti­miento del deber, de amistad y de hospita­lidad, resulta un débil entre los fuertes.

El padre de todas las virtudes carece de aquella de la cual proceden todas las de­más, o sea del valor heroico de infringir en aras de un ideal superior un precepto de menor importancia. Su alma no posee la gran fuerza antigua, el poderoso resorte moral del paganismo germánico, la inexo­rable «lealtad nibelúngica» que arrastra, sin el menor asomo de perplejidad, a un mundo entero a la ruina y a la muerte; pero en cambio está dotado de la genti­leza caballeresca y cristiana, con aquella sombra de inconsciente pusilanimidad que nace del escrúpulo. Y cristianos y caballe­rescos son todos los motivos que componen su figura e incluso los epítetos que la acom­pañan («Padre de todas las virtudes», «ale­gría de la gente humilde») y en los cuales parece escucharse el eco de expresiones litúrgicas medievales y de adjetivaciones frecuentes en la Vulgata («Dominus virtù tum», «laetitia miserorum»).

B. Vettori