Ruggiero

Personaje de los poemas ca­ballerescos italianos. Boyardo le hace hijo de otro Ruggiero (Ricceri), descendiente del troyano Héctor (v.) y señor de Risa (Reggio), y de Galaciella, la guerrera pa­gana convertida por amor al cristianismo, cuya historia, popularísima en la literatura novelesca italiana, había sido narrada, en­tre otras obras, en el Aspromonte (v.) de Andrea da Barberino: el «nuevo Ruggiero», nacido después que su padre fue muerto a traición y su madre encinta pudo apenas salvarse de las insidias de su hermano, renueva en sí el nombre y el destino de su padre por cuanto, dotado como él de un gran valor, está destinado a una pre­matura muerte a manos de los enemigos de su familia.

Pero este motivo del destino que le aguarda, aunque insistentemente se repita en los poemas de Boyardo y de Ariosto, permanece poéticamente inerte ya que, siendo por completo ajeno al ánimo del guerrero (como no sucede, por ejemplo, en el caso de Aquiles, v.), debe considerarse más bien como un pretexto para justificar la obra de Atlante (v.) y todas las com­plicadas aventuras que de ella se siguen y de las que aquél es el protagonista. En efecto, Ruggiero, nacido en África, donde su madre logró llegar poco antes de darle a luz — para morir inmediatamente—, ha­bía sido educado por el mago Atlante, que prendado de él y sabiendo que deberá ha­cerse cristiano y morir poco después, in­tenta sustraerlo a su destino y le educa en su castillo en la más severa disciplina, alejándole por todos los medios del con­tacto con el mundo.

Pero Agramante (v.), rey de África, tras haber decidido empren­der una campaña contra Carlomagno (v.) y enterado de que sólo el auxilio del joven y todavía desconocido Ruggiero podrá dar­le la victoria, sale en su busca y con ayuda de Brunello (v.), el astuto ladrón que para el nuevo campeón roba el caballo Frontalatte a Sacripante (v.) y la espada Balisarda a Orlando (v.), logra conquistar su ánimo. En el episodio se reconoce la historia—de Aquiles, relegado por su madre a la isla de Sciros y descubierto por Ulises (v.), historia que Boyardo había leído en la Aquileida (v.) de Estacio; pero el relato clásico se anima con elementos nove­lescos y fabulosos, y el nuevo Aquiles se nos aparece en Francia como un auténtico personaje de novela, dechado de valor y de todas las virtudes caballerescas. Gracias a un acto de cortesía se revela a Bradiamante (v. Bradamante), permitiéndole so­correr a los suyos, desdeñando el duelo con Rodamonte (v. Rodomonte) y arros­trando por ello la ira del pagano.

De aquí el origen primero del idilio, que casi de improviso surge en medio de las armas, en­tre los dos jóvenes de diversa fe y todavía desconocidos uno de otro. En este amor naciente se revela el carácter del Ruggiero del Orlando enamorado (v.), joven héroe que siente y actúa con la espontaneidad y la rectitud de los primeros impulsos vita­les. La historia interrumpida de los amo­res de Ruggiero y Bradamante se reanuda en el Orlando furioso (v.); pero en el nuevo poema, Ruggiero ya no es el admirable joven del Enamorado, y el acento senti­mental se traslada de él a su amada, que continuamente le está buscando, encontran­do y perdiendo, para evitar que sucumba a las insidias de Atlante y a la suerte adversa que le aguarda.

En cambio, el amor de Ruggiero posee en el poema de Ariosto escaso relieve. Y el personaje, que desempeña un papel importante y que, co­mo progenitor de la familia de Este, debe­ría ser el héroe ejemplar, interesa, más que por sí mismo, por las intrincadas aven­turas de que es protagonista y que le lle­van de tierra en tierra, hasta la fabulosa isla de Alcina (v.), de aventura en aven­tura y de duelo en duelo. Bradamante le liberta del castillo en el que Atlante ha logrado volverle a encerrar, pero el hipogrifo en el cual ha montado incautamen­te, le traslada a la isla de Alcina y, a pesar de las advertencias de Astolfo (v.), trans­formado en mirto por la maga, se deja prender en las redes de ésta y por ella olvida a la mujer amada. Pero Melissa, la maga que protege a Bradamante, le ayuda a liberarse de la esclavitud a que se halla sujeto; mas cuando montado en el hipo- grifo llega a su vez a libertar a Angélica (v.) de las manos de la Orea, se apodera de él el deseo de poseer aquella bellísima joven, la cual sólo logra escapar a sus in­tentos gracias al anillo mágico.

Prisionero otra vez de Atlante, vaga con los demás guerreros por el palacio de aquél, que pa­rece simbolizar las ilusiones de que todo hombre es presa; al desvanecerse el pala­cio por obra de Astolfo, Ruggiero se halla al lado de Bradamante, que también es­taba presa en aquel extraño edificio sin que ni uno ni otra hubieran logrado en­contrarse o reconocerse. A partir de ese momento sus proezas se multiplican: salva de la muerte al hermano de Bradamante, Ricciardetto, que había acudido al campo sarraceno, a pesar de haber prometido a la mujer amada que se haría bautizar, para obedecer a las órdenes del rey Agramante; se halla envuelto en los combates que allá surgen y ha de luchar con Mandricardo (v.), que le había retado y a quien da muerte tras encarnizado duelo; desafiado luego como traidor por Bradamante, que, por celos de Marfisa (v.), se presenta de incógnito al campamento enemigo para combatir contra él; se entera, gracias al espíritu de Atlante, de que Marfisa es su hermana, y finalmente puede reconciliarse con la mujer amada.

Nada parece oponerse ahora a la conversión y a las bodas; pero Ruggiero no sabe todavía decidirse a aban­donar a su rey. Sólo tras la derrota sarra­cena y el naufragio de la nave que le lle­vaba a África se hará bautizar por un ermitaño y regresará a Francia para pedir la mano de Bradamante. Rinaldo se la pro­mete, pero Amone y Beatrice no le quieren por yerno a causa de su pobreza: mezquino drama burgués, que difícilmente se aviene con el espíritu caballeresco del poema y que no logra realzarse ni siquiera con la lucha de generosidad que surge entre Leone, el otro pretendiente a la mano de Bra­damante, y el héroe, que, salvado por aquél, combate en favor suyo contra la amada. La preocupación de convertir al progenitor de los Este en un héroe ejemplar y la exce­siva insistencia en un motivo ya agotado son evidentes en estos últimos cantos; pero, con la aparición de Rodomonte, quien, mientras se celebran las bodas de Ruggiero y Bradamante, viene a retar a Ruggiero y a echarle en cara su traición al rey Agramante, el interés se despierta de nuevo y en el duelo de los guerreros, semejante al que tiene lugar entre Eneas (v.) y Tur­no (v.) al final de la Eneida (v.), Ruggiero adquiere una grandeza nueva por la mis­ma épica grandiosidad de su antagonista, por lo encarnizado y dramático de la lucha y por la alta causa que personifica como intrépido campeón de la cristiandad contra el único superviviente de los guerreros sa­rracenos. M. Fubini