Shanti Andía

Personaje de la novela Las inquietudes de Shanti Andia (v.), del escritor español Pío Baroja (1872-1956). Se trata de un marino vasco que después- de largos viajes vuelve a su pueblo.

Shanti Andía lleva ahora una vida normal, tran­quila. Vive en una sencilla aldea con su mujer, sus hijos y su madre. Shanti es apático e indolente, sentimental y contem­plativo. Experimenta la nostalgia del mar. En la primavera le produce una gran alegría; en el otoño una gran tristeza. En­tonces le gusta pasear por la playa y sa­turarse de la enorme melancolía del mar y empaparse de su tristeza. En Lúzaro — su aldea — le han ocurrido los hechos más trascendentales y más agradables de su existencia. En el mar, Shanti ha vivido con el corazón frío y la retina impresionada. Su familia ha sido de marinos.

El mar co­gió a Shanti de mozo, le moldeó de una manera definitiva, y le hizo marino para siempre. Shanti no puede olvidar la pri­mera vez que atravesó el océano con un barco de vela. Entonces el mar era más poético, más misterioso. El mundo era mal conocido y en la mayoría de los buques se deducía la situación más por conjeturas que por cálculos. Entonces, la variedad de formas de los buques i y de aparejos era extraordinaria. Todavía en el mundo había piratas. Todos estos riesgos exaltaban la imaginación del marino, aumentaban su va­lor. Un marino, entonces, era algo extra­social, casi extrahumano.

La casualidad y el destino eran quienes influían en el ma­rino y no la moral. Hoy, el mar ha cam­biado, y ha cambiado el barco, y ha cam­biado también el marino. Shanti Andía recuerda sus aventuras, los momentos di­fíciles de su existencia. El mar le ha arrastrado a la contemplación. Ha agotado su fantasía y su voluntad. Y ahora que en Lúzaro nadie quiere ser marino, ahora que los vascos se retiran del mar, Shanti Andía se alegra de que sus hijos no quie­ran ser marinos…, y, sin embargo…

J. M.a Pandolfi

Sganarelle

Es el marido desgraciado en varias comedias de Molière (1622-1673): cornudo imaginario (v. S ganar elle), a quien el miedo induce a una acomodaticia filo­sofía conyugal; traicionado ya antes del matrimonio en La escuela de los maridos (v.), porque, con la severísima educación que dio a su pupila, la pierde, mientras cree poderse casar con ella, favoreciendo inconscientemente su amor por un joven; resignado a la inevitable desventura en el Matrimonio a la fuerza (v.), donde a palos se ve obligado a casarse con la coqueta Dorimena, a la que de buen grado renun­ciaría.

En El amor médico (v.) es también engañado, pero por su hija y por el ena­morado de ésta, que viene como médico, la cura sin dificultad y se casa con ella con­tra la voluntad del anciano. En cambio, en El médico a palos (v.), es él quien engaña a los demás, aunque sea por fuerza: gro­sero campesino obligado a hacer de médico, cura a la joven enferma favoreciendo sus amores contrariados. En conjunto, Sganarelle es un personaje bien logrado que pue­de compararse con los más representativos del teatro italiano: expresión de todo cuan­to hay de mediocre, sensato y vil en el bajo pueblo: un tipo de Sancho Panza (v.) a quien falta un don Quijote (v.). Su ca­racterística consiste en ser consciente de sus limitaciones y, por lo mismo, situarse más a la defensiva, apoyándose en las nor­mas tradicionales de una sociedad consti­tuida para evitar el peligro de evasiones demasiado audaces para él.

Convertido en criado de don Juan (v.) en la comedia de este título (v.), del propio Molière, le ve­mos aterrado y resignado ante las impie­dades de su señor en un papel que es exactamente el que le corresponde, pero que revela al mismo tiempo sus limitacio­nes. Sancho Panza completa, con lo con­creto de su ser, la locura de su amo; Sganarelle se deja sencillamente arrastrar por ella, refunfuñando en sordina. No tiene fuerza creadora sino sólo eficacia cómica, procedente de su sumisión a las situaciones y a los caprichos ajenos, que le lleva a conclusiones imprevistas, sin alterar su in­mutable carácter.

U. Dèttore

Seyyid Battàl Ghazi

Protagonista del relato popular turco Ghazevàt-i Seyyid Battàl Ghazi (v.). Seyyid Battàl (el «va­leroso») es el sobrenombre del guerrero Giaffar, hijo de Husein, otro guerrero ori­ginario de La Meca. En él se encarna el ardor militar del Islam: sus empresas no tienen otro objeto que el triunfo del mun­do musulmán y de su fe.

Hasta cierto pun­to es el Roldán (v.) turco: a semejanza del paladín francés, según le vemos en los poe­mas del Ciclo carolingio (v.), Seyyid Battàl combate por un ideal de fe más que por un ideal de amor. Sin embargo, el relato se ilumina, en el momento de la muerte del héroe, con una figura femenina: una prin­cesa bizantina que está enamorada de él y que se da muerte cuando le ve caer al mandar el asalto contra el castillo de su padre.

E. Rossi

Setón Haemwóis

Personaje de las llamadas Aventuras de Setón Haemwóis (v.), notables textos en caracteres demóticos que pueden considerarse como los res­tos de un más amplio ciclo de la literatura egipcia antigua, creación original de uno o varios autores que sin duda debieron de pertenecer a la clase sacerdotal del gran templo del dios Ptah de Menfis. Figura de acción, Setón Haemwóis pasa en sus Aven­turas de una situación increíble a otra to­davía más inverosímil.  A pesar de todas las incongruencias del relato, que guardan estrecha relación con el mundo legendario y fantástico de las fuerzas sobrenaturales y mágicas, Setón Haemwóis encontrará siempre la simpatía de los lectores de todas las épocas y países que en las obras litera­rias busquen, no un modelo, una enseñanza o un motivo de meditación, sino un simple entretenimiento de su fantasía.

Como ocu­rre con otros protagonistas, de relatos egip­cios— como por ejemplo las figuras del rey Cheops en el Papiro Westcar (v.) o la del rey Petubaste en los textos en demótico titulados Lucha por la coraza del príncipe Inaros (v.) y Lucha por los bienes de Amón (v.) o la del rey Rampsinito en el Tesoro del rey Rampsinito (v.) —, en Setón Haemwóis reconocemos un reflejo del nombre, ya que no del recuerdo, de un personaje histórico: uno de los hijos de Ramsés II (dinastía XIX, 1301-1234 a. de C.), el prín­cipe Haemwóis, que en su juventud fue in­vestido con el alto cargo de Sumo Sacer­dote del templo de Ptah en Menfis, ciudad y templo que tantas veces se mencionan en las Aventuras. Obsérvese además que el tí­tulo de la alta jerarquía sacerdotal de Haemwóis se ha convertido, en las Aven­turas, en una parte de su nombre (Setón).

E. Scamuzzi

Servadac

El capitán Servadac, prota­gonista de la novela de Jules Verne (1828- 1905) Héctor Servadac: Viajes y aventuras a través del mundo solar (1877), es sin duda el más aventurero tipo de gascón que se halla en toda la literatura francesa.

Su historia es decididamente inverosímil: jun­to con su criado Benzuf y con algún otro representante de nuestro globo, es atraído por un pequeño planeta que pasa rozando la Tierra, y llevado en él a través del inmenso espacio hasta que, al volver a la proximidad de nuestro mundo, puede des­cender a él en globo. Frente a tan absurdo relato, se mantiene la realidad de un rasgo: el tranquilo optimismo con que Servadac se da cuenta del acontecimiento y lo acep­ta. Servadac es una especie de D’Artagnan (v.) que se halla frente a frente, no con hombres más o menos poderosos, sino con el universo entero, sin que su espíritu des­fallezca ante tan descomunal suceso.

Den­tro de la inverosimilitud que le rodea, se mantiene perfectamente verosímil y es el único entre sus compañeros — los cuales, o no se dan cuenta de la aventura, o, si la comprenden, la toman muy en serio — que halla la manera de vivirla en lo que es, divirtiéndose con ella y sacando de ella elementos para iniciarse en un peculiar tipo de prudencia militar. En la novela, fundada totalmente en felices esbozos de persona­jes, Servadac representa hasta cierto punto el hilo conductor: es el sentido común em­prendedor y valeroso que mantiene un sano equilibrio frente a lo imprevisto: en fin de cuentas, su papel es el mismo que desem­peña D’Artagnan en la célebre trilogía. Y su parentesco es sin duda perceptible, pero no por ello Servadac resulta menos simpá­tico ni menos viviente.

U. Dèttore