Siebenkäs

Protagonista de la novela Siebenkäs. Flores, frutas y espinas… (v.), de Jean Paul (Johann Paul Friedrich Richter, 1763-1825). Firmian Siebenkäs es, co­mo la mayor parte de las figuras creadas por Jean Paul, un extravagante personaje, un poco ridículo, lleno de extrañas ocu­rrencias y de sentimientos afectuosos, de alma sencilla y pueril, desocupado y pronto a conmoverse, pero por lo demás capaz también de ironía y de sátira: ora se aban­dona a la fácil y limitada vida que le brinda un pueblo provinciano, ora se rebela a las convenciones sociales.

Su fingida muerte no es sólo un cómodo medio para resolver un artificioso enredo, sino la única evasión posible para su anarquía espiritual. Siebenkäs tiene un carácter extraordinaria­mente afín al de su autor: también para Jean Paul «los árboles balsámicos de la vida fueron el humorismo y el amor a la humanidad». Como Jean Paul, Siebenkäs sólo tiene una pasión, la de las letras, a la que se dedica tanto como su profesión de abogado de los pobres le permite; su acti­vidad de escritor es el móvil exterior de su aventura, que gira alrededor del contraste entre sus ambiciones poéticas y el prosaís­mo de su mujer, entre las actitudes rebel­des de él y el conformismo de ella; pero se trata de un conflicto sin elementos dra­máticos, embotado y sumergido en un baño neutralizador en el que entran por partes iguales un arcádico idilismo y una humo­rística campechanía.

La figura de Siebenkäs se desdobla y se completa en la de su «sosias» Leibgeber, según un procedimiento favorito de Jean Paul, que tiende a carac­terizar la individualidad de sus personajes principales no por sí mismos sino por me­dio de su doble. La vida de Siebenkäs nos es narrada sobre todo en función de la extraordinaria historia de su fingida muer­te: por ello su consistencia realista es es­casa, por más que el autor multiplique sus observaciones sobre el comportamiento de su personaje. Dada la tendencia de Jean Paul a ver la realidad a través de una lupa que hace más borrosos sus contornos, el resultado es una deformación humorísti­ca; y aunque Siebenkäs figura entre los personajes mejor objetivados de todo el complejo mundo creado por el autor, su figura parece más bien una marioneta, ya que lo gratuito y accidental tiene en ella una parte mayor que la rigurosa motivación psicológica.

En el fondo, Siebenkäs es una figura que no tiene historia, excepto la que se refleja indirectamente a través de sus pensamientos y efusiones líricas, o mejor a través de una irónica y consciente alter­nancia de humorismo y sentimentalismo que parecería romántica si no conociéra­mos la aversión teórica y práctica que Jean Paul sentía por el romanticismo. Con su prosa atildada y literaria hasta el último extremo, rebosante de metáforas, alusiones y digresiones de todo género, hasta el pun­to de que los elementos constructivos del relato parecen disolverse bajo aquéllas, Jean Paul viene a ser un último y refinado epígono del gusto barroco; de tal manera, que la consistencia psicológica de sus per­sonajes, aun cuando se trate de seres tan poéticos como Siebenkäs, es como el fruto de la lectura sobre un conjunto de brillan­tes imágenes, expresadas en un sabroso lenguaje que casi constituye un fin en sí mismo.

V. M. Villa

Sido

Personaje de la obra de su mismo nombre de la escritora francesa Gabrielle- Sidonie Colette (1873-1954). Sido es la ma­dre de la escritora, a quien sólo su marido tenía derecho a llamar por este extraño nombre.

Sido era un milagro de equilibrio, de sentido de rectitud y de bondad. Colette revive su infancia pueblerina de Saint- Sauveur, en el Yonne, junto a su incom­parable y encantadora madre. Nacida en París, Sido tenía apego a su casa provin­ciana que casi nunca abandonaba y que dirigía con un celo mezclado de fantasía. Sido supo transmitir a Colette su amor a la provincia «si por provincia no se en­tiende solamente un lugar, una región ale­jados de la capital, sino un espíritu de cas­ta, una pureza obligatoria de costumbres; el orgullo de vivir en una casa antigua, honorable, cerrada por todas partes, pero que puede abrirse en todo momento sobre sus graneros aireados, su pajar repleto, sus dueños moldeados al uso y a la dignidad de su morada».

Como verdadera provincia­na, Sido tenía muchas veces los ojos de su alma fijos sobre París. Cada dos años aproximadamente iba a la capital. En una semana había visitado la momia exhumada, el museo ampliado, los nuevos almacenes, y asistido a un concierto. Traía de allí un abrigo modesto, unas medias para casa y unos guantes muy caros y sobre todo su mirada gris revoloteadora, su cutis sonro­sado, preocupada por todo lo que, sin ella, perdía el calor y el gusto de la vida. Con un gesto, con «Una mirada volvía a adue­ñarse de todo. El sentido crítico brotaba en Sido «vigoroso, versátil, cálido y alegre como un lagarto joven». Ágil, inquieta y minuciosa, cuando limpiaba mucho rato y con todo cuidado sus tazas de porcelana china se sentía envejecer.

Cuando alcanza­ba cumplidamente el final de su tarea baja­ba al jardín. En el acto desaparecían su ex­citación tristona y su rencor. Toda presen­cia vegetal obraba sobre ella como un an­tídoto. Su jardín la encantaba; en él seguía amorosamente el crecimiento de cada plan­ta, sin preocuparse demasiado por las ce­rezas que los mirlos le robaban: «tenía una manera extraña de levantar las rosas por la barbilla para mirarlas en plena cara». A Sido no se le escapaba ninguna señal de las que a la gente del campo les ayuda a echar pronósticos: «Va a helar, la gata baila…»; o « ¡Tres pieles sobre la cebolla! Es señal de invierno riguroso». Sido supo comunicar a Colette su amor por los ani­males y las plantas. Todos los cariños de la familia convergían en Sido. «Mi duo­décimo año — escribe Colette — vio llegar la mala suerte, las despedidas, las separa­ciones.

Reclamada por unos heroísmos co­tidianos y secretos, mi madre perteneció menos a su jardín, a su última hija». En el jardín dejó Colette a su madre cuando tuvo que abandonar al mismo tiempo la felicidad y su más tierna edad. «Allí la he vuelto a ver, sin embargo, un breve minuto en la primavera de 1928. Inspirada y con la frente alta, creo que en este mismo lugar convoca y recoge aún los rumores, los hálitos y los presagios que acuden a ella, fielmente, por los ocho caminos de la rosa de los vientos». J.

M.a Pandolfi

Śibi

Personaje legendario indio, prota­gonista de un relato poético que aparece entre tres distintas versiones en el Mahābhārata (v.).

Se trata de una de las más bellas y conmovedoras historias morales que este inmenso poema contiene: en ella se exalta el amor al prójimo, llevado hasta el sacrificio de uno mismo, sibi es un rey a quien, para probar su virtud, se le pre­sentan dos divinidades, Indra (v.) y Agní (v.), transformado el primero en halcón y el segundo en paloma. La paloma, per­seguida por el ave rapaz, se refugia en las rodillas del rey e implora su protección. El halcón, por su parte, reclama la presa que en su concepto le corresponde y de la cual dependen su vida y la de los suyos, sibi, entonces, ofrece al halcón cualquier otro pedazo de carne que pueda satisfacer­le, así como riquezas e incluso todo su rei­no. Pero el halcón rehúsa, declarando que sólo renunciará a la paloma a condición de que el rey le entregue, después de ha­berlo cortado de su propio cuerpo, un pe­dazo de carne cuyo peso iguale al de la paloma.

El rey se corta entonces un pe­dazo de carne y lo pone en la balanza; pero la paloma pesa más, y así sigue su­cediendo, hasta que sibi, mutilado y maltre­cho, se arroja a la balanza. Entonces los dos dioses se revelan y exaltan la piedad del rey. Este dramático y característico tema, muy difundido en la India, donde aparece no sólo en textos brahmánico hinduístas, sino también en textos budistas, pasó más tarde a Occidente y lo encontra­mos en El mercader de Venecia (v.), de Shakespeare, cuyo asunto deriva a su vez del primer cuento de la jornada cuarta del Pecorone (v.), el cual lo toma de la cono­cida compilación medieval Gesta Romano- rum, tan rica en temas indios.

M. Vallauri

Shylock

Personaje de El mercader de Venecia (v.), drama de William Shakespea­re (1564-1616). Es uno de los más vigorosos caracteres de Shakespeare, el tipo del judío en el cual los propios judíos se han reconocido, estudiado casi sociológicamente, como dijo Croce; supremo exponente del ghetto y del hebraísmo según la frase de Víctor Hugo: «Shylock c’est la juiverie et c’est aussi le judaisme».

La principal ra­zón de la antipatía que los ingleses de la época isabelina sentían contra los judíos era la usura practicada por éstos, pecado que se consideraba, al igual que en la Edad Media (cf. Dante, Infierno, XI, 95 sigs.), como contra la Naturaleza, aparte de que los judíos eran descendientes de los ver­dugos de Nuestro Señor. La Iglesia consi­deraba justo el intentar convertir a los judíos incluso por fuerza. El odio popular contra los judíos había impulsado a los Plantagenet, que primero los protegieron, por gratitud a su apoyo financiero, con le­yes especiales, a expulsarlos de su reino; tal ley no fue revocada hasta la época de Oliverio Cromwell.

Por otra parte, en 1594 había otra razón particular de antisemitis­mo: un portugués de origen hebreo, Ro­drigo López, médico de la reina, había sido acusado de intento de envenenamien­to, y había sido ahorcado y descuartizado. La figura que Shakespeare pinta no es la encarnación de un judío convencional, co­mo el del cuento del Pecorone (v.) en el que tal vez se inspira, ni siquiera mons­truosamente caricaturesca como la del Ju­dío de Malta (v.) de Christopher Marlowe (1564-1593) (v. Barrabás). Por el contrario, Shakespeare humaniza la figura del judío, y su protesta (III, 1, 57 sigs.) está destina­da a hallar eco en el pecho de los cristia­nos: «Sí, soy judío.

Pero ¿acaso un judío no tiene ojos? ¿No tiene un judío manos, órganos, miembros, sentidos, afectos y pa­siones? ¿No come acaso los mismos alimen­tos, no es herido por las mismas armas, no está sujeto a las mismas enfermedades, no se cura con las mismas medicinas, no siente el frío y el calor de los mismos inviernos y de los mismos veranos que siente un cris­tiano?» Oprimido, pisoteado, Shylock ansia venganza, y la indigna traición de su hija no hace sino añadir a ello un nuevo incen­tivo. Los tres motivos de la codicia, del afecto familiar y del orgullo de raza se enlazan de una manera compleja y en parte se neutralizan, de tal modo que su figura no es ni enteramente grotesca ni enteramente trágica. «¡Hija mía!», grita deses­perado, y no ha terminado aún el grito cuando prorrumpe en otro todavía más an­gustioso: «¡Oh, mi dinero!…» Odia el modo de sentir cristiano, se burla de la caridad y de la generosidad, que considera senti­mientos de hombres débiles; sordo a tales llamamientos y gruñón como un mastín, no quiere apartarse del sentido literal de la ley; pero cuando la severidad de la ley se vuelve contra su cabeza, el efecto teatral que de ello resulta es de befa, pero de una befa amarga y cruel que deja un senti­miento a la vez de repugnancia y de com­pasión hacia el insolente, ahora vencido, que se retira aniquilado.

Esta mezcolanza y complejidad de elementos ha hecho que Shylock se prestara a dos tipos de inter­pretación: la tradicional de la vieja esce­na, que insistía en los elementos grotescos y repelentes, presentándole como un ser venenoso que incluso en la expresión de su rostro llevaba el sello de su maldad, y la iniciada en el período romántico con el actor Edmund Kean (1787-1833), que hizo su memorable aparición como Shylock en el teatro de Drury Lañe el 26 de enero de 1814: interpretación, esta última, de la que se hicieron eco el crítico William Hazlitt (1787-1830) y el poeta Heinrich Heine (1797-1856): según ella, Shylock es una fi­gura trágica y aun patética. Por este ca­mino puede llegarse al punto de vista del profesor judío F. S. Boas, en Shakespeare and his predecessors [Shakespeare y sus predecesores, 1896], que hace de Shylock un verdadero mártir, y echa en cara al poeta su sumisión a los prejuicios de la época. En los escenarios ingleses, tras la famosa interpretación de Henry Irving (1839-1903) en el Lyceum Theatre de Lon­dres, el 1 de noviembre de 1879, prevaleció la figura de un Shylock ennoblecido por el dolor. En los países latinos se hizo célebre la de Ermete Novelli.

M. Praz

Sherlock Holmes

Personaje creado por el escritor angloescocés sir Arthur Conan Doyle (1850-1930), protagonista de una serie de novelas y relatos policíacos (v. Aventuras de Sherlock Holmes). «Alto, fla­co, de cráneo marcadamente dolicocéfalo, de rostro afilado y vivaz, enmarcado por el cubreorejas de su gorra de viaje», con lar­gas manos sensitivas y nerviosas, su «ma­yor defecto, si defecto puede llamarse, fue siempre una extremada repugnancia a co­municar sus proyectos a los demás antes de que hubiera llegado el momento de la acción…, reserva que en parte puede atri­buirse a su carácter dominador, poco incli­nado a escuchar observaciones o consejos, pero cambien a cierta afición a los golpes de escena imprevistos y asombrosos, de la cual nunca supo liberarse». «Raras veces se abandonaba a demostraciones de alegría, pero su risa siempre era fatal para alguien».

Otras características suyas son su indo­lencia absoluta, que de pronto abandona por una energía sin par, su eterna pipa, su jeringa de inyecciones y su típico batín, que debe ponerse siempre que quiere re­cogerse y meditar. En cuanto a sus méto­dos de investigación, baste el siguiente diálogo para dar una idea dé ellos: «Per­mítame usted que le llame la atención so­bre el raro incidente del perro en la noche». «Pero el perro no hizo nada…». «Precisa­mente éste es el extraño incidente… Ele­mental, querido Watson, ya conoce usted mi método…». La personalidad de Sherlock Holmes surge tan vivida de las páginas de Conan Doyle que justifica la erudita broma de que se hayan escrito cinco o seis volú­menes de autores modernos como Ronald Knox en torno a la biografía crítica de Sherlock Holmes, como si se tratase de una persona que hubiera realmente vivido. Por lo demás, parece que su figura fue suge­rida a Conan Doyle por la curiosa perso­nalidad de cierto médico muy conocido de -Edimburgo.

L. Krasnik