Swann

[Charles Swann]. Una de las grandes figuras de En busca del tiempo perdido (v.), de Marcel Proust (1871-1922), y personaje central de la primera parte de esta inmensa obra: Del lado de casa de Swann [Du cóté de chez Swann].

En el exordio («Combray»), Swann aparece como un ser algo misterioso, casi legendario, un perfecto caballero a los ojos del niño que habrá de ser el narrador de la larga histo­ria: en el amplio episodio que sigue («Un amor de Swann»), se narra su aventura amorosa; luego domina todavía por algún tiempo, como ejemplo de cumplida huma­nidad, y finalmente va pasando hacia el fondo, casi desvaneciéndose, aun antes de morir. Pero su exquisita esencia había per­fumado los inicios de la obra, como con­firiéndole un sentido que luego ésta había de negar, al negar precisamente el «dilettantismo» elegante y mundano del cual Swann es una admirable muestra.

De ori­gen israelita e hijo de un agente de cam­bio, Swann, hombre rico e inteligentísimo, amigo del príncipe de Gales, del conde de París y de las más encopetadas damas y los más pundonorosos caballeros que cons­tituyen la cerrada sociedad del «Faubourg Saint-Germain», sabe pasar de ésta al mun­do de la buena burguesía o al de los «snobs» enriquecidos, como los Verdurin (v.), su­perando con gran soltura la separación de castas, que tan rígida era todavía en los primeros decenios de la tercera República.

Es un hombre fascinador, un señor exqui­sito, que al tesoro de la cultura une la sutil fineza de su raza. Piensa escribir una obra sobre el pintor Vermeer de Delft, que jamás terminará, porque en realidad su obra maestra es, o mejor dicho debería ser, su propia vida, tan rica, aunque un poco árida, que se llena y aviva ante los estí­mulos de una’ aguda sensualidad, que le somete a diversos y aun triviales amores. Aquí le espera el engaño, bajo los bellos rasgos de una «cocotte», Odette de Crécy (v.), que le recuerda a la Séfora de Botticelli en la Capilla Sixtina y que lentamente le enamora hasta adueñarse por completo de él.

Tras el delicado goce que experi­menta en la ilusión de hacer suya aquella mujer ingenua, insubstancial pero lista, vie­nen los estragos de los celos, que le reve­lan toda su capacidad de sufrir. Y la «breve frase» de la sonata de Vinteuil, cada vez que vuelve a sus oídos, renueva y aguza el dolor del amor perdido tras haber so­ñado la felicidad: tremendo e inolvidable recuerdo en su carne y en su espíritu. Más tarde, casado ya con Odette y disminuido por aquel matrimonio desigual, sigue sien­do todavía el gran señor a quien Marcel, el narrador, considera su guía ideal cuando aspira a conocer al mundo. Y en Marcel, a la vez que el hechizo de Swann parece reflejarse algo de su destino, ya que el amor y los celos por Albertina (v.) recuerdan y repiten casi paso a paso la historia de Swann y Odette.

Pero el narrador nos hace ver implacablemente el destino de aquel cumplido caballero, cada vez más apagado en su matrimonio y en el estéril ejercicio de su «dilettantismo». Sus rasgos judíos, que la edad acusa, y su adhesión al partido de Dreyfus, acaban por hacer de él un extraño al gran mundo que en otro tiempo casi le adoraba. Cuando muere, algo más allá de mediada la lenta crónica, Marcel puede gracias a él anticiparnos el sen­tido de ésta. El señor de todas las delicadas finezas pronto quedaría olvidado, si su jo­ven admirador no hubiese pensado en fijar­le en sus páginas. Aquel mundo de suprema elegancia ochocentista, que en su encanto decadente parecía envolver al autor y a la obra, precipitadamente considerada en sus primeros volúmenes como una gratuita evo­cación de tiempos ya pasados, era sólo ma­teria de arte: destinada a permanecer, co­mo Swann, sólo porque el discípulo de éste, gracias al arte, había superado el «dilettantismo» y el «sanísimo».

Del triste oca­so del marido de Odette, el autor había aprendido el sacrificio del mundo y de la vida por el arte que .redime y salva. Pero precisamente porque el narrador había re­conocido en sí mismo a Swann y había dado muerte a éste, le quería más aún; pero el adiós a su personaje lleva un pa­tético acento que el autor, generalmente remoto y no pocas veces irónico, no pone en las demás figuras : «Et pourtant, cher Charles Swann, que j’ai connu quand j’étais encore si jeune et vous près de tombeau, c’est parce que celui que vous deviez con­sidérer comme un petit imbécile a fait de vous le héros d’un de ses romans, qu’on recommence à parler de vous et que peut- être vous vivrez» («Y sin embargo, queri­do Charles Swann, a quien conocí cuando yo todavía era tan joven y usted estaba ya cerca de la tumba, si ahora se vuelve a hablar de usted y si tal vez su nombre sigue viviendo, ello se debe a que aquel a quien usted debía considerar como un mentecato, le convirtió en héroe de una de sus novelas»). Así se despide Marcel Proust de su extraordinario personaje.

V. Lugli