Zalacaín

Personaje de la novela Zalacaín el aventurero (v.) del escritor es­pañol Pío Baroja (1872-1956). Zalacaín es un tipo juvenil y simpático de la época de la última guerra carlista. Pocas pero acer­tadas pinceladas le sirven a Baroja para trazar el perfil psicológico del protagonis­ta.

Baroja, para quien lo esencial en la vida es la acción, se complace en presen­tarnos las peripecias de Zalacaín y los personajes que pululan a su alrededor. Za­lacaín sueña sus primeras aventuras en un caserío a pocos pasos de Urbía, pertenecien­te a la familia de Ohando, la más linajuda y rica de Urbía. La madre de Zalacaín — el padre murió en una epidemia de viruelas — vive casi de la misericordia de los Ohando. Pero Zalacaín tiene entre los demás chicos el ascendiente de su audacia y de su teme­ridad. Nadie se cuida de él, no va a la escuela y huronea por todas partes. Su abandono le obliga a templar la osadía con la prudencia. Zalacaín es afortunado; todo lo que intenta le sale bien: negocios, con­trabando, amores, juego… Su vida es acci­dentada y peligrosa, pero Zalacaín tiene serenidad y calma.

Sabe medir el peligro y ver la situación real de las cosas, sin exageraciones y sin alarmas. Comienza a impregnarse del liberalismo francés y a encontrar atrasados y fanáticos a sus pai­sanos. A pesar de ello cree que don Carlos, en el instante que inicie la guerra, conse­guirá la victoria. Para Zalacaín la guerra es mejor que la paz. Prefiere la guerra a estar siempre hecho un esclavo. También es un soñador. En el fondo de su alma guarda un sueño cándido y heroico, infantil y bru­tal. ¡Qué emoción vivir siempre en acecho, en una continua elasticidad de la voluntad, atacando, huyendo, robando, incendiando! Zalacaín es incapaz de reposo, inhábil para la aquiescencia contemplativa. Zalacaín es la inquietud personificada.

Ha crecido sal­vaje como las hierbas y necesita la acción, la acción continua. La vitalidad que bulle en el fondo mismo de su ser le empuja a la aventura. Con la restauración de la di­nastía isabelina en España la causa del Pretendiente va de capa caída. Zalacaín ha trabajado por los carlistas, pero en el fondo cree que es liberal. A Zalacaín eran los obstáculos los que le daban bríos y fuerza. Ahora Zalacaín no los tiene y va a tener que inventárselos. En pos de la gloria sirve de guía a una columna francesa que sube a Peñaplata. Pero Zalacaín muere a trai­ción mientras obliga a su cuñado a pedir perdón a Catalina su hermana y esposa de Zalacaín. «A lo lejos, un clarín guerrero hacía temblar el aire de Ronces valles». En el cementerio de Zaro, un pueblo muy pe­queño, hay una tumba de piedra en la que yace Martín Zalacaín, muerto a los 24 años. Como dice el poeta: «Aunque el libro de la historia / Su rudo nombre rechaza, / ¡Caminante de su raza, / Descúbrete ante su gloria!»

J. M.ª Pandolfi