Zorobabel

[Zérubbāběl]. Príncipe de la estirpe de David, fue «simiente de Babi­lonia» (zér Babili), esto es, simiente de los israelitas desterrados junto al Éufrates, sem­brada en la patria vacía y pedregosa, tierra árida y sin plegarias, en la que cada pie­dra era una ruina del Templo.

En 539 a. de C., los «hijos de la provincia», los hijos de quienes junto a los ríos de Babilonia habían colgado sus cítaras de los sauces, regresaron a Jerusalén en nombre de Ciro Aqueménida: «Así dice Ciro, rey de los persas: ‘El Señor Dios de los Cielos me ha dado todo el reino de la tierra y me ha or­denado que le edificara una casa en Jerusalén de Judá. ¿Quién de vosotros perte­nece a su pueblo? Que su Dios sea con él, y suba él a Jerusalén’». Al frente de las tribus caminaban el pontífice Josué (o Je­sús) y el príncipe Zorobabel; regresaban las tribus, y el sacerdocio y la corona las guia­ban ahora a través de Mesopotamia, como lo hicieron en un tiempo a través de los siglos. Al cabo de siete meses el altar de los holocaustos volvió a humear entre rui­nas, allí donde estuvieran «el pelícano y el puerco espín». Y los levitas entonaron los salmos de David (v.): «Cantaban him­nos y alababan al Señor: porque Él es bueno y su misericordia está para toda la eternidad sobre Israel».

Después de dos años los cimientos empezaban a sobresalir del suelo, y el pueblo veía en espíritu el nuevo Templo y exultaba, y los ancianos veían en espíritu el Templo viejo y lloraban. Pero durante muchos años no hubo Templo en la ciudad. La vida sembrada por Zorobabel se ahogaba casi entre la pobreza de los fieles y la hostilidad de los samaritanos, excluidos de la reconstrucción nacional por su fe cismática. Los enemigos urdían gue­rras diplomáticas alrededor de las obras, desde Samaría a Ecbatana y a Susa, y den­tro de los muros el egoísmo de los misera­bles y la pereza de los sacerdotes cubrían de polvo los designios de Dios. Zorobabel no dijo nada ni hizo nada, porque también él dormía sobre la ceniza. Pero el profeta Ageo (v.) prorrumpió en un grito que turbó el lago: « ¿Acaso es la hora de que vos­otros habitéis casas bellamente techadas mientras esta casa está desierta?… Subid al monte, y traed leños y reedificad la casa y ésta me será grata y yo seré glori­ficado, dice el Señor».

Y en cuatro años se terminó el Templo. El pueblo había lentamente vuelto a encontrar a su Dios; en el humilde país había renacido la «sekinah», la habitación de la Gloria, como un gran escudo ante los circuncisos: «Aquel día, dice el Señor de los Ejércitos, te to­maré en mis manos, oh Zorobabel, hijo de Salatiel, siervo mío…, y te pondré como un sello, porque te he elegido». Y todas aquellas piedras sagradas tuvieron su sello y su nombre: en el Templo de Zorobabel entrará el Mesías.

P. De Benedetti

Zoilo

Personaje de la tragedia, del dramaturgo uruguayo Florencio Sánchez (1875-1910), Barranca abajo (v.). Don Zoilo es un viejo gaucho que no ha sabido adaptarse a las nuevas condiciones de vida; se trata de un tipo parecido al de Cantalicio (v.), pero que ante la nueva sociedad reacciona luchando contra ella con las únicas armas que conoce.

De su carácter se ha dicho que recuerda en cierto modo al de Lear (v.), pues, al igual que el héroe shakespeariano, ha de enfrentarse a su familia teniendo a su lado únicamente a la hija menor. Los tres actos de la obra forman una especie de gradación pro la que Zoilo va descendiendo, «barranca abajo», hacia su máxima decadencia: ha perdido las tierras en un pleito injusto, el ganado es víctima de una epidemia, la familia lo abandona y deshonra, la hija menor, único consuelo, muere tuberculosa. Toda esta serie de desastres lo conduce al trágico desenlace: el suicidio.

Don Zoilo, el viejo y enérgico gaucho, se levanta como una acusación a una sociedad injusta: «Aga­rran a un hombre sano, güeno, honrao, trabajador, servicial… lo despojan de todo lo que tiene, de sus bienes amontonaos a juerza de sudor, del cariño de su familia, que es su mejor consuelo, de su honra…, ¡canejo!…, que es su reliquia; lo agarran, le retiran la consideración, le pierden el respeto, lo manosean, lo pisotean, lo soban, le quitan hasta el apellido… y cuando ese desgraciado, cuando ese viejo Zoilo, can- sao, deshecho, inútil pa todo, sin una es­peranza, loco de vergüenza y de sufrimien­tos, resuelve acabar de una vez con tanta inmundicia de vida, todos corren a atajarlo. ¡No se mate, que la vida es güeña! ¿Güeña pa qué?» Pero la amarga queja es más una aceptación estoica que una rebe­lión social: «Las cosas de Dios… ¡Se des­hace más fácilmente el nido de un hombre, que el nido de un pájaro!», es la postrer meditación de don Zoilo.

S. Beser

Zeta

Es el esclavo griego que describe la vida en la corte de Atila (v.) y la batalla de los Campos Cataláunicos en la novela el hombre invisible (v), del escritor húngaro Géza Gárdoni (1863-1922).

Zeta se halla casualmente entre los hunos con ocasión de una embajada, en la que acompaña al historiógrafo Prisco el Retor, y allí se queda por amor a Emöke, hermosa hija de un jefe huno. Joven, inteligente y ávido de conocimientos, Zeta observa objetivamente, sin prejuicios ni apriorismos, al pueblo enemigo entre el cual vive, y acaba por admirarlo y tomar afición por aquel país, como anticipando la frase «Extra Pannoniam non est vita». Zeta es un literato, pero cuando se da cuenta de que la ciencia humanística no sirve de nada entre aquellos guerreros, se convierte de preceptor en escudero y participa en varias expediciones militares; y por a mor a Emöke, renuncia regresar a su patria; pero la muchacha, enamorada de Atila, no le corresponde, y Zeta, cuerdamente, se resigna a casarse con otra.

La figura del joven esclavo es el eje de la novela de Gárdonyi, porque a través de sus ojos se ve al pueblo huno y a la corte del rey: así tenemos animadas descripciones de las expediciones militares, y gracias a la apasionada admiración de Zeta, logra cobrar vida la copleja y fascinadora personalidad del protagonista, Atila, el gran capitán.

G. Hankiss

Zenobia

Protagonista de La novela de Blithedale (v.), del escritor americano Na­thaniel Hawthorne (1804-1864). En la leyenda a la manera de Hoffmann que cons­tituye la estructura interna de la obra, Zenobia es una princesa imperial de Orienté que ha caído bajo el sortilegio de un mal­vado hechicero (el doctor Westervelt); re­chazada por otro hechicero (Hollingsworth, v.), a quien se dirige en solicitud de auxi­lio, sucumbe a la desesperación.

En la ochocentista comunidad fourierista ameri­cana que sirve de marco escénico a la obra, Zenobia es una espléndida mujer muy rica, «a punto de llegar al umbral de la más sazonada madurez»; amargada por la tremenda ingratitud de un hombre por cuyo amor arruinó su vida, Zenobia ha volcado toda su pasión en un desdeñoso feminismo racionalista grotescamente incongruente con su verdadero carácter. Zenobia se une a los teorizadores reformistas sociales de Blithe­dale y busca la amistad del alocado filán­tropo Hollingsworth, pero al ser engañada y repudiada por éste, se suicida. Zenobia es una exótica, no sólo entre los colonos de Blithedale, sino entre las heroínas de la literatura narrativa americana.

Como dice su locura, había abandonado sus armas,- y cuando piadosamente las recogen en un trofeo con el cartel «Armadura del paladín Orlando», se encuentran con el sarraceno Mandricardo (v.), que, ante sus mismos ojos, se apodera de la espada Durindana, que hacía tanto tiempo codiciaba. Ante se­mejante ultraje al desdichado Orlando, Zer­bino, a pesar de la inferioridad de sus ar­mas y de su fuerza, reta al sarraceno, pero su alarde de valor resulta inútil, ya que Mandricardo le derrota y se lleva la anhelada presa, mientras el muere en brazos de su Isabel, más dolorido por ésta, a quien abandona indefensa en aquella soledad, que por sí mismo. Patética muerte, que viene a sellar su historia de amor y caballería y que en medio de las aventuras del Orlando furioso pone una nota delicada que diríase propia del Tasso.

M. Furbini

Zaza

Heroína de la comedia de su nom­bre (v.) de Pierre Berton (1842-1912) y Charles Simón, pertenece al mundo más melodramático que triste de las mujeres fáciles, a quienes la suerte, la sociedad y los hombres parecen negar el derecho al verdadero amor.

Cuando alcanza la cumbre de la pasión, la mujer arriesga por ella toda su existencia, pero fatalmente choca con hombres que no están dispuestos a sa­crificarlo todo en nombre del amor. Ésta es la suerte de Zazá, la cual no logra arrancar de las manos de su familia legí­tima— esposa e hija — al hombre a quien ama. Y si el amor rehusado acaba per­diéndose en la distancia del tiempo, en cambio la derrota de Zazá se ilumina con un sentido de conmovedora ternura para con la hija del hombre amado. En medio de los amores fáciles, el recuerdo del amor verdadero será el punto doliente de su vida, que no harán olvidar ni el éxito ni los aplausos que conquista como artista de va­riedades; antes al contrario, Zazá siente que en el fondo hubiera preferido una vida modesta, a condición de poder satis­facer sus ansias de afecto y de maternidad.

Pero cuando el hombre, a su vez rico y victorioso en la lucha por la existencia, pretende encender de nuevo la llama extin­guida, Zazá se niega, recordándole su co­mún derrota frente al amor eterno; de mo­do que la palabra de los enamorados, «siem­pre», para ellos dos sólo se referirá a la separación.

A. Boneschi