Uno de los personajes más vivos y cordiales de la historia evangélica. En la cándida y animada página del Evangelio de San Lucas (v.), la figura de este publicano se destaca con netos contornos y su aventura espiritual se describe rápida pero profundamente (capítulo XIX, 1-10).
Zaqueo era uno de los recaudadores jefes con sede en el oasis de Jericó, cuyos palmerales y huertos producían abundantes frutos sujetos a la vigilancia y a la competencia del fisco. Judío de nacimiento, Zaqueo era cordialmente odiado por sus compatriotas a causa de su profesión, que le colocaba entre los pecadores públicos. Hombre de baja estatura, para ver a Jesús que pasaba por Jericó tuvo que encaramarse a un sicómoro, y allí le sorprendió la benévola mirada del Maestro: «Baja en seguida, Zaqueo, porque hoy necesito parar en tu casa». La sorpresa del publicano, que en lugar de ásperas palabras oye aquella singular invitación, está indicada por la prisa con que baja de su árbol y por la alegría que es origen y fin de su apresuramiento.
Y al encuentro de aquella alegría surge la irritación de la muchedumbre, que acusa a Jesús de entrar en casa de un pecador. Pero ni Jesús ni Zaqueo recogen la maligna especie y Zaqueo, en el umbral de su casa, aun antes de sentarse a la mesa, declara su gratitud a Jesús: «He aquí, Señor, que doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si alguna vez defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo». A la generosidad de Jesús, que al proponerse hospedarse en casa de Zaqueo desdeña los prejuicios de su gente que evitaba todo contacto con los pecadores públicos, corresponde la generosidad verdaderamente heroica en quien su mismo oficio había hecho avaro e implacable, y que abre su corazón a un impulso de caridad auténticamente evangélica.
Zaqueo es más que un hombre: es la elocuente representación de la eficacia de una invitación de Cristo y de la capacidad de transformación de la levadura evangélica. Y es, por encima de todo, la demostración de una caridad que, por parte de Jesús, rebasa toda ficción para llegar hasta las raíces del alma humana y, por parte de Zaqueo, supera todos los límites del cálculo. El gesto de Jesucristo se resuelve en una suprema ventaja de Zaqueo y en beneficio de aquellos mismos que se cebaban contra la odiosidad del publicano, obligado a defenderse ante la malevolencia y la crueldad de sus acusadores.
S. Garofalo

