Zagloba

[Jan Zagloba]. Es el perso­naje humorístico mejor trazado por el es­critor polaco Henryk Sienkiewicz (1846- 1916): en la trilogía que narra las guerras sostenidas por Polonia entre 1647 y 1673 contra los cosacos (A sangre y fuego, v.), contra el rey de Suecia (El diluvio) y con­tra los tártaros (Señor Wolodyjowski), su figura de soldado veterano ocupa un lu­gar primordial.

Su aspecto exterior nada tiene de hermoso: es grueso, barrigudo, tuerto y chato. Además, es borrachín y truhán, fanfarrón, enredón y turbulento, hasta el punto de que muchos críticos de su mismo país le han llamado el «Falstaff (v.) polaco». Pero el parecido entre ambas figuras termina aquí: Jan Zagloba no es un burgués de Windsor, sino un noble po­laco, y no ha perdido las mejores cualida­des que distinguen a la nobleza de su país.: la lealtad para con los amigos, la bondad de corazón y un sentido caballeresco que no le permite arremeter contra el enemigo medio muerto, aunque antes le haya trai­cionado con el auxilio de la bebida. Hom­bre de fértil ingenio y de lengua más afi­lada que su sable, Zagloba es una mezcla de miedo y de audacia que hace reír in­cluso en los momentos más críticos.

Sus camaradas se burlan de él y no hacen el menor caso de las heroicas hazañas que narra para hacer .pasar por herida de gue­rra la catarata de su ojo inútil, conse­cuencia, a decir suyo, de un victorioso due­lo ora con un tártaro, ora con un valaco y ora con un turco. « ¡Al ataque, duro con ellos!», grita cuando se halla en se­guridad, pero tiembla si de veras tiene que enfrentarse con el enemigo. A pesar de todo, el propio miedo le hace pasar por valeroso: perseguido por el jefe cosaco Zburlaj, terrible espadachín, huye como un condenado murmurando: « ¡Adiós, esta vez no me escaparé; reventaré y conmigo morirán todas mis pulgas!» Pero cuando el otro está a punto de alcanzarle, Zagloba, por pura desesperación, se vuelve y ex­clama: « ¡Estás persiguiendo a Zagloba, sá­belo bien!» Y acomete con tal violencia que pone al otro en huida.

La modestia con que hace pasar la fuga por astucia de guerra es extraordinaria, y más asombroso es todavía oírle explicar su costumbre de beber antes de la batalla, comparándose con ello a César (v.) y a Alejandro Magno (v.). Pero su figura es todavía más afor­tunada por los ardides de que se vale para salir de apuros o sacar de ellos a los de­más: la guerra le brinda a cada momento ocasiones para ejercitar su ingenio a ex­pensas del enemigo. Se emborracha con el atamán cosaco Bogun; pero una vez que le ve mortalmente herido en una refriega, no tiene reparo en arrebatarle a la mucha­cha que ama perdidamente, Elena, la cual está prometida a un valeroso polaco; la fuga por la estepa, sembrada de campamen­tos cosacos, en la que Zagloba va disfra­zado de juglar ciego y la joven de laza­rillo mudo que le acompaña, está llena de peripecias, pero finalmente termina bien.

Bogun, a quien Zagloba se limitó a ama­rrar, en lugar de darle muerte, como hu­biera podido hacer sin peligro, encuentra a aquél borracho, le manda atar y se dis­pone a enviarlo bajo escolta al campo co­saco, pero Zagloba logra desatarse, sube al altillo del henil en que estaba provisional­mente encerrado, retira la escala y desde allí se defiende como un león, dando muer­te a cuantos intentan prenderle. A pesar de todo, estaría perdido si no llegara Wolodyjowski a libertarle con sus tropas. Zagloba le abraza, pero se atribuye la mayor parte de la victoria, dejando mudo de asombro a su libertador, que jamás hubiera pensado en compartir con él la gloria de la empre­sa.

En realidad, Zagloba es insuperable en sus estratagemas: el mejor ejemplo es aque­lla en la que libera a los caballeros polacos enviados en rehenes al rey de Suecia: des­armados, furiosos y acongojados, los prisio­neros han perdido por completo el ánimo, pues son guerreros y nada más. Zagloba, en cambio, se hace amigo del jefe de la escolta, finge ser pariente suyo, le embriaga, le roba el casco y la capa y gracias a ellos puede escapar y pedir auxilio, y los caba­lleros recobran la libertad. La facilidad de palabra de Zagloba no desdice de su inge­nio: para todo el mundo tiene un mote adecuado e hiriente que siempre da en el blanco y suscita las carcajadas de los compañeros. Se atreve a dar consejos en asun­tos de política y de guerra (la forma con que regula el duelo entre Bogun y Wolody-jowski es una obra maestra de prudencia) e incluso se atreve a dictar a los grandes personajes sus mejores réplicas.

Así, cuan­do un enviado sueco conmina al príncipe Zamojski a que rinda la ciudad de Zamosc, ofreciéndole en cambio la ciudad de Lublin, que no le pertenece, Zagobla sugiere al oído al príncipe, que no acierta a con­testar por pura indignación, la siguiente respuesta: «Ofrézcale vuestra alteza al rey de Suecia los Países Bajos». La respuesta del príncipe suscita una tal hilaridad, que el enviado, ofendido, se retira, y Zamosc no se rinde. «Eres como la zorra, que con la lengua o con el rabo siempre logra sal­varse», dice a Zagloba uno de sus cama- radas; pero él no se considera menor que el propio Ulises (v.). Como Ulises en Sciro le vemos al principio de la guerra tártara, cuando va en busca de Wolodyjowski que, dolorido por la muerte de su novia, ha in­gresado en un convento. Las palabras de consuelo de Zagloba son una maravilla; tanto es así, que Wolodyjowski acaba tro­cando su hábito monacal por los arreos mi­litares que Zagloba, previsoramente, tenía ya preparados.

Con maliciosa complacencia observa entonces la transformación que el traje opera en el espíritu de aquél: en un momento, el fraile se ha convertido de nuevo en un soldado. Ésta es, a grandes rasgos, la figura de Zagloba, para cuyas empresas no bastaría un tomo entero; cuan­do aparece entre la muchedumbre de los personajes, en medio de auténticos héroes y de grandes jefes, la sonrisa asoma espon­táneamente a nuestros labios. Cuando toma parte en su última guerra, tiene nada me­nos que noventa años; pero, al igual que ocurriera en la primera, una vez superados los momentos trágicos, vuelve a su acos­tumbrada alegría, que constituye una ver­dadera fuerza para quien vive continua­mente entre peligros y emboscadas.

Se sabe que para crear este personaje, Sienkiewicz se inspiró en un ser real: un hombre de ca­rácter contradictorio, a la vez violento y simpático, Jan Crysostom Pasek, que vivió en el siglo XVII y escribió unas Memorias (v.) que alcanzaron considerable resonan­cia en la literatura polaca del siglo XIX. Sin embargo, no fue Pasek quien alcanzó la popularidad: gracias al arte de Henryk Sienkiewicz, fue Zagloba quien se convirtió en personaje proverbial y ha seguido vi­viendo en el lenguaje común y en el es­píritu del pueblo, con una mentira, una sonrisa y una promesa que no habrá de cumplirse jamás.

M. B. Begey