Zarathustra o Zoroastro

Prota­gonista de Así hablaba Zarathustra (v.), de Friedrich Nietzsche (1844-1900). Es una ex­traña mezcla en la que, sobre la desvaída imagen del gran profeta y legislador persa del siglo VI o V antes de Jesucristo, se inserta el autorretrato del propio Nietz­sche. ¿Por qué motivo Nietzsche, en el momento decisivo en que quiso demostrar que era más que un filósofo y quitarse la máscara, eligió una máscara nueva, y por qué precisamente la del gran profeta orien­tal? Lo mismo que Goethe intentó en su Diván occidental-oriental (v.), Nietzsche lo realizó en este personaje.

Evidentemente, también él pretendía contraponer el Irán a Judea y si de esta última había salido la voz infinitamente dulce y compasiva de «Así habló Jesucristo», Nietzsche quería hacer hablar al Anticristo, a quien más tarde se atrevió a hacer aparecer directa­mente. Lo que le atrajo hacia la figura histórica de Zarathustra (llamado también Zoroastro), de quien, por otra parte, sólo tenemos noticias fragmentarias, es el he­cho de que la religión creada por aquél con­centraba todo su interés en la lucha perpe­tua entre las dos fuerzas que comparte el universo: el Bien y el Mal. Nietzsche, es cierto, aspiraba a trascenderlas a entrambas recreándolas en su significación, pero el problema moral prevalecía en él por encima de todos los problemas teológicos.

De ahí la gran importancia que tiene el carácter de su Zarathustra: es extremadamente va­ronil, sin el menor rasgo de dulzura ni de debilidad femenina; duro para con los de­más y para consigo mismo y más altiva­mente aristocrático que el Coriolano (v.) de Shakespeare, desea tener amigos y se muestra lleno de comprensión ante ellos, pero sólo siente desdén por la muchedum­bre; los animales que adora como si fueran dioses o totems son el águila y la serpiente; el astro favorito y casi divinizado de ese ateo que proclama la muerte de Dios, es el Sol, y en ello Zarathustra se anticipa al futuro dios persa Mitra, que tanta po­pularidad había de alcanzar entre los sol­dados romanos. Una de las características de Zoroastro, según nos las ha transmitido la tradición, es su gran amor por la soledad, y tal vez ésta sea una de las razones de que Nietzsche le erigiera como portavoz suyo. En efecto, el libro que comentamos, aparte las leyes enunciadas, es una verda­dera autobiografía. Nietzsche, desconocido y aislado, se decide a ser su propio evan­gelista.

La plenitud de la imagen bajo la cual se oculta deriva de la culminación de mil pequeños detalles de su vida cotidiana, que Nietzsche recoge con el meticuloso cuidado de un hombre enamorado de sí mismo. Nietzsche había sido un peregrino errante a través de Europa. Así, lejos del Irán, del que no se evoca ni un solo pai­saje, nos hallamos con Zarathustra ora en los senderos montañosos de Sils Maria, ora en felices islas, ora junto a un mar azul que recuerda el de Sorrento o de Génova. Asistimos a ascensiones vertiginosas, a me­diodías de fuego, a auroras y noches pro­fundas que el Zarathustra histórico segu­ramente no conoció jamás; pero Nietzsche es el fiel discípulo de Novalis y del Tristán (v.) wagneriano. Sin embargo, su inten­ción era crear una figura que nada tuviera que ver con el Romanticismo (pero el pro­pio Zarathustra recurre con gran frecuencia a la palabra intraducibie y típicamente ro­mántica «Sehnsucht») y que se alejara so­bre todo de toda la decadencia del siglo XIX: Zarathustra debía ser un hombre fuerte, robusto y primitivo, o sea, no el re­trato de Nietzsche tal cual era, sino tal como hubiera querido ser.

Ello le confiere un peculiar hechizo, ya que, a pesar de la intención del autor, se vislumbran a través de él millares de sensaciones que sólo un hombre de aquella época, y aun precisa­mente un decadente, podía haber conocido y vivido. ¡Cuántas veces Zarathustra llora, y cuántas su débil cuerpo se estremece a causa de una demasiado dolorosa sensibi­lidad! Es un hombre «fin de siglo», pero gracias a su vida solitaria en medio de la Naturaleza y lejos de la ciudad, Nietzsche logró convertirle en un hombre de la Na­turaleza, no de la Naturaleza demasiado dé­bil de un Rousseau, sino de una Naturaleza totalmente entregada a la voluntad de poder y despiadadamente cruel. Sobre todo, Za­rathustra no debía ser un viejo europeo recargado de conciencia histórica. Precisamente porque en sus demás obras Nietzsche había casi abusado de aquélla, esta vez, para moverse con pie ligero y casi danzan­do hacia el porvenir, se esfuerza en apa­recer como hombre que ha olvidado todos los pasados, o a lo sumo presta su cono­cimiento a figuras de segundo término.

A pesar de todo, Zarathustra no logra libe­rarse de todas las vestiduras históricas y convertirse en un ser totalmente nuevo. Involuntariamente, ora asume el tono bíbli­co y la actitud de un Isaías (v.) o de un Jeremías (v.), evocando expresiones de la traducción luterana de la Biblia (v.), ora emplea teutonismos sacados de los Edda (v.), ora pasa de improviso a equívocos jue­gos de palabras y a burlas a la manera de Heine, todo ello sumergido en la magia de la música wagneriana, de la que tan bien imita los «fortissimi» como los «piano». ¿Se ha visto jamás a un profeta que fuera a la vez un literato tan consciente? Todos los gestos y todas las palabras de Zara­thustra parecen estudiados delante de un espejo: es el mayor de los comediantes. Sólo se parece a un profeta verdadero en cuanto está dispuesto al sacrificio de su vida. Tal vez Nietzsche previo su propia caída en la locura y su propio fin, si no trágico, infinitamente triste; en efecto, pagó plenamente su temeridad creadora, y la figura de Zarathustra está aureolada por una infelicidad que le aproxima al papel que artificiosamente quiso desempeñar. Es, pues, casi un profeta, a pesar de todos sus artificios, pero sólo «casi».

Existe una pie­dra de toque: en los Evangelios (v.), todos cuantos rodean o tocan a Jesucristo se con­vierten en seguida en seres maravillosa­mente vivientes; con Zarathustra, como por una maldición, sucede lo contrario: gusta tanto de hablar de su sombra, de la que Nietzsche en Humano, demasiado huma­no (v.) había hecho ya un personaje, que a su alrededor todo se convierte en som­bra, lo mismo las muchedumbres que las figuras individuales: el mago, los reyes o el más miserable de los hombres se trans­forman en pálidos y desvaídos signos. A veces Nietzsche, en su afán de exaltarse aún más, calca expresiones evangélicas, in­cluso en los títulos de sus capítulos, como el de la «cena», pero ello no pasa de ri­dicula blasfemia de un impotente. Más tar­de, trascendiendo también la figura del pro­feta, Nietzsche quiso representarse como Dios y, en la época de su locura, se ima­ginó ser Dionisos crucificado, fundiendo así la figura del dios griego con la de su ma­yor enemigo, el Crucificado, que hubiera sentido por él su máxima compasión.

¡Po­bre Nietzsche, nacido en una época incapaz de crear dioses! Pero ya antes de su muerte cesó la indiferencia que le había rodeado y toda una generación, empezando por la juventud, de la que él hubiera deseado tanto ser el seductor y el legislador, expe­rimentó el influjo de sus doctrinas: se le aceptaba como maestro, se revivía la pasión de su soledad y por un momento él, que en otro tiempo se había puesto bajo la ad­vocación de Voltaire y había pretendido destruir todos los mitos, se convirtió en una figura mítica. Entonces, la fe en él refluyó sobre el personaje de Zarathustra, que el público identificaba intuitivamente con su creador. De año en año las sugestiones de vida y la fascinación de esa figura fueron en aumento. ¿Seguirá siendo así? Tal vez a medida que disminuya la confianza en las ideas y en las doctrinas de Nietzsche y su figura se estabilice a una distancia histórica, Zarathustra perderá su relieve. Y tal vez un día nos parezca no ser sino un fantoche imaginado por un poeta o la lucubración del último romántico.

F. Lion