Vasco de Gama

[Vasco da Gama]. Protagonista de Los Lusiadas (v.), de Luis de Camões (1524-1580). El navegante (1469- 1524) que abrió a Europa el camino de las Indias, adquirió a los ojos de sus contem­poráneos la talla de un héroe mítico, y ya el humanista Poliziano comparó sus em­presas a las de Eneas (v.) y Ulises (v.).

Pero si Camões le sitúa en el centro de su poema, es únicamente por obedecer a los preceptos aristotélicos, pues en realidad Vasco de Gama representa el espíritu he­roico de Portugal en la época de su gloria. Encarnación del puro caballero que lucha por su Dios y por su rey y que navega atraído por el misterio y por la aventura, pero también impulsado por un espíritu mesiánico y evangélico, Vasco de Gama es el héroe de su pueblo, enamorado de aventuras y de gloria. Su figura tiene mu­chos de los rasgos del piadoso Eneas y, al igual que éste llevaba en sus naves los destinos de Roma, Vasco lleva en sus paveses la fortuna de Portugal. Sin embargo, difiere de Eneas por cuanto no le empuja ninguna voluntad superior ni ningún hado, sino su fe y su humana voluntad de gloria y de conquista. Al igual que el Ulises dan­tesco, Vasco tiene sed de aventuras y de conocimientos, y su alma se consume en la «saudade», o sea la romántica nostalgia de todo cuanto es lejano e inasequible.

Este último rasgo es el más característico de su nacionalidad y permite darle una inter­pretación autobiográfica. En efecto, Camões tenía en común con Vasco la concepción heroica de la vida, el patriotismo y la fe en los destinos superiores del hombre.

A. R. Ferrarin

Vasantasenā

Es la protagonista del drama hindú Mṛcchakaṭika (v.). Cortesana («veśyā») por su nacimiento y su casta, y por lo tanto perteneciente a una condición social degradada y despreciada, Vasantasenā contrapone a la abyección de su profesión, por así decir, oficial, una nobleza de alma y una gentileza de sentimientos que el autor supo representar con profunda sensibilidad y en forma altamente artística.

En episodios y escenas delicadísimos hallamos admira­blemente retratada esta viva y conmovedora figura femenina, que bajo el grave y tor­turador peso de su durísima suerte, abo­rrece las riquezas materiales que la rodean y guarda su más tierno y constante afecto para un hombre magnánimo, el brahmán Cārudatta, caído en la miseria por exceso de liberalidad. El tipo dramático de Vasantasenā es doblemente interesante porque, además de ser una eminente creación ar­tística, nos da una clara idea de la con­dición de las cortesanas en la antigua so­ciedad india.

Vasantasenā es mujer amable y culta, que posee un lujoso palacio y numerosos servidores; pero, si bien en la práctica de la vida es tratada casi con uni­versal respeto, no es una mujer libre ni puede abandonar su deshonrada casta. Su drama es el drama de un gran corazón fe­menino, que en el remoto ambiente indio nos hace sentir los latidos y las penas con que otras heroínas y víctimas del amor, célebres en nuestras literaturas modernas, han inmortalizado el tipo de la cortesana redimida o sublimada por la gracia de un noble amor ardientemente sentido. Opor­tunamente, en traducciones y refundiciones europeas del drama en el que se destaca esa humana y conmovedora figura de mu­jer, el título algo enigmático de la obra primitiva (El carrito de arcilla), derivado de un episodio escénico del sexto acto, se ha trocado en Vasantasenā, como para con­tribuir a hacer de la protagonista uno de los tipos literarios destinados a la inmor­talidad.

M. Vallauri

Varuṇa

Divinidad masculina hindú, una de las más antiguas que menciona el Rig-Veda (v.), en el cual se le dedican al­gunos de los más profundos y conceptuosos himnos de toda la colección védica.

La pa­labra Varuṇa, que significa «el que cu­bre, el que envuelve»; y la concepción de esta divinidad es altamente espiritualista. Varuṇa es el misterioso gobernante supre­mo del universo en quien se reúnen nume­rosos atributos y funciones, como en ningu­na otra de las divinidades mencionadas en el Riv-Veda. Se le llama «rey de los dioses», «rey de los dioses y de los hombres» y «rey del universo». Es el genio del cielo estre­llado y de la más alta bóveda celeste, don­de con sus infinitos ojos estelares que todo lo ven, penetra en todas las cosas, en todos los acontecimientos visibles u ocultos y aun en todos los sentimientos, por recónditos que se hallen en el corazón de los hombres. Su ilimitado poder se alía con la función de juez supremo que castiga severamente a los malos, premia a los buenos y, si es necesario, venga las ofensas que éstos han recibido injustamente.

Varuṇa, con la mis­teriosa sublimidad de su impenetrable esen­cia, parece excluir de la materia cósmica que en él se encierra a todas las demás divinidades del Rig-Veda; y es muy ca­racterística la humilde y contrita actitud del cantor védico ante esta divinidad omni­potente, hasta el punto de que algunos pa­sajes de los himnos dedicados a Varuna parecen recordar — como justamente se ha observado — la poesía de los Salmos. Más tarde, en el hinduísmo, Varuṇa es consi­derado dios de las aguas, y como tal se le recuerda en el Mahābhārata (v.) y en los Purāna (v.). Habitualmente se le representa bajo la figura de un hombre de tez azul oscuro, montado en un monstruo marino y llevando en una mano un lazo y en la otra un quitasol.

M. Vallauri

Vardán

Protagonista de la obra de Elíseo (segunda mitad del siglo V), Histo­ria de San Vardan y de la guerra de los armenios contra los persas (v.). San Vardán, llamado el Rojo, generalísimo del ejér­cito armenio en el siglo V y príncipe de la casa Mamigonian, es representado como un hombre extremadamente piadoso y valeroso defensor de la religión y de la patria ar­menia.

Acompañó a San Mesrob en su mi­sión a Constantinopla para lograr la libre difusión de la cultura nacional entre los armenios que se hallaban bajo el dominio bizantino. En tal ocasión Vardán fue nom­brado generalísimo de los ejércitos arme­nios, cargo que luego le fue confirmado por el rey de Persia. Cuando, en 450, los persas decretaron una persecución general contra el cristianismo en Armenia, Vardán y otros príncipes, de acuerdo con el clero y con el pueblo fiel, se rebelaron y logra­ron levantar un ejército de 66.000 hombres. En una gran batalla librada contra los per­sas el 2 de junio de 451, San Vardán y sus compañeros, generales y soldados, mil trein­ta y seis en conjunto, perecieron en com­bate.

Vardán, inmortalizado por Elíseo en su poema histórico y por San Narsés en sus himnos religiosos, es el héroe nacional armenio en quien el sentido patriótico y el religioso se funden en un generoso impulso de entrega por la salvación de su pueblo. En él, como en Haig, los armenios ven rea­lizados los motivos fundamentales del he­roísmo de su raza: el amor al pueblo, la rebelión contra los opresores y la fe en la religión de sus padres.

E. Pecikiam

Vanni Fucci

Dante dice de este peca­dor: «Yo le vi, hombre de sangre y de do­lor»; por lo tanto, le conoció. Por entonces eran frecuentes los contactos entre Flo­rencia y Pistoya: Pistoya dependía de Flo­rencia, y las vicisitudes de la lucha entre Blancos y Negros fueron comunes a am­bas ciudades; además, Vanni Fucci, en 1292, combatió por Florencia en la guerra con­tra Pisa.

Feroz y revoltoso, Vanni Fucci es también recordado por haber robado, junto con otros, el tesoro de San Jacopo, rica capilla de la catedral de Pistoya, delito del que fue injustamente acusado, entre 1292 y 1293, Rampino Foresi. Hasta aquí los datos biográficos facilitados por la crónica; pero muy distinta es la poesía que Dante edificó sobre ellos. El poeta traza una figu­ra de empuje miguelangelesco, fulminante­mente plantada en la escena con un solo ademán: «Le mani alzó con amendue le fiche», y un grande e impío grito: «¡Tó­malos, Señor, que son para ti!» Pero la obs­cena furia de Vanni Fucci, tan gigantesca aunque. impotente, sólo representa un as­pecto de su compleja aventura poética y no es más que el último sello de su perso­nalidad.

En aquella «tristissima» jungla que es el círculo de los ladrones, en medio de un paisaje mudo y sin vida, Vanni Fucci es el único personaje en quien aparece, ni indistinta ni anónima, la fisonomía con­creta del hombre. Su entrada -inaugura aquel contrapunto de rápidos movimientos y arcanos silencios que ritma todo el epi­sodio. La escena se hace de pronto tempes­tuosa: «Y he aquí que junto a nuestra proa surgió una serpiente». Vanni Fucci se en­ciende, arde, se convierte en cenizas; su polvo se recoge y reconstituye la primitiva figura, y el réprobo, recobrada su forma, mira a su alrededor como quien vuelve en sí tras una obsesión diabólica: «Y mirando suspira». Palpita sobre este principio un hálito de prodigio, preludio del terrible motivo religioso que preside toda la repre­sentación.

El réprobo traza de sí mismo una cínica y violenta biografía: «Soy Vanni Fucci bestia», y esta biografía es como el pedestal sobre el cual se erguirá la figura del ladrón que intenta ofender a Dios en un obsceno y titánico ademán de befa y de blasfemia. Sorprendido en la miseria por un enemigo Blanco, se venga arroján­dole a la cara la predicción del triunfo de los Negros; con la garganta oprimida por la justicia divina, insulta a Dios; es el más brutal y el más grosero de los condena­dos. Es mulo, como bastardo de los Lazzari, y esta condición suya le inspira un odio que halla su mayor expansión arrojándola a la cara de quien le pregunta: «Gustóme la vida bestial… como mulo que fui». Y «bestia» repite para añadir un atributo a su nombre, y llama «madriguera» a su pa­tria para hacerla digna de la bestia.

En sus puntos más salientes su historia se acentúa con excepcional vehemencia: la ser­piente se le arroja al cuello; estalla como un rayo la desigual y trágica lucha en­tre el condenado y Dios, y finalmente la justicia divina cae sobre Vanni Fucci. De este modo, el lector asiste a una operación de sutura poética, desarrollada con una prodigiosa facilidad y densidad: Dante, en la fase central, lleva su personaje hasta la cumbre de una titánica maldad, que le hace resplandecer con luz satánica en virtud de su gigantesco poder blasfemo, para pintarle luego de pronto caído en la impotencia más muda e irrevocable: es Vanni Fucci que, estrechado en el nudo de dos serpientes, no podía dar ni una sacudida.

P. Baldelli