Protagonista de la novela de Eduardo Barrios (1884-1963) Gran señor y rajadiablos (v.). A través de una serie de cuadros aislados, ordenados cronológicamente y reunidos en cinco «evocaciones» que coinciden con las edades de la vida del hombre, nos enfrentamos con este latifundista audaz, despótico, típico señor feudal. Hijo de un hacendado, muerto por unos bandoleros durante su niñez, vive con su tío, sacerdote que parece anunciar la personalidad del sobrino.
Aunque unidos por un mutuo cariño y admiración, la semejanza de sus caracteres los hace chocar alguna vez: «Es que en el fondo somos iguales. A mí basta que me prohíban algo para que me crezcan las ganas de hacerlo». Católico ferviente, y lo demuestra más en la fe que en los hechos, se convierte a la muerte de su tío en dueño de la hacienda y, gracias a su audacia, en el cacique de la región. Hará y deshará a su antojo, creará su propia ley, la del más fuerte, sembrará de hijos naturales los fundos y caseríos, pero Barrios, dándonos la doble faz del personaje — junto a su despotismo los momentos de desfallecimiento, junto a sus pasiones el tierno amor hacia las dos hermanas Lazúrteguis, junto a sus rasgos de gran señor las maneras del «huaso» — conseguirá no sólo humanizarlo, sino rodearlo de simpatía.
Valverde, ante todo, es un hombre de acción, «un hombre de los creadores, de los que destrozan cosas para hacer cosas». Seguro de sí mismo, el pregón de su personalidad, el yo, navega a lo largo de toda la obra: «Yo, José Pedro Valverde, soy yo y nadie más que yo». Es en la última de las evocaciones, «Águila vieja», donde su grandeza parece mayor, al enfrentarse con el paso del tiempo y el despertar de un reformismo que no puede dominar. Los contrastes entre defectos y virtudes son también mayores. Hallamos la escena en que se nos muestra como lo que en realidad es: una fuerza opresora de los necesitados. «Ricos de la gran perra», murmura uno de sus peones, y otro, que acepta aquella sociedad feudal como única posible, confiesa a su señor: «¡Y cómo ha de ser, pues, patrón, el pobre! Pasto blanco.
Lo pisotean, pero él se levanta, y a la tarde ya está fresco, creciendo pa que se lo coman». Hallamos también su muerte, culminación de su obra, plena de soberbia y voluntad: «Yo me muero cuando me da la gana». «Patrón, señor, en toda circunstancia: eso fue el Taita José Pedro. Duro y tierno, serio y tarambana, demócrata y feudal, rajadiablos… pero gran señor».
S. Beser

