Gómez Arias o Los Moriscos de las Alpujarras, Telesforo Trueba y Cossío

Obra del escritor español Telesforo Trueba y Cossío (1798-1835), publi­cada primero en inglés y traducida al cas­tellano por Mariano Torrente (Madrid, 1831, 3 volúmenes). La trama histórica de esta novela está formada por los episodios de la rebelión de los moros granadinos, a raíz de la conquista del reino de Granada por los Reyes Católicos en T492. El héroe de la misma es el seductor e incorregible li­bertino Lope Gómez Arias, desterrado por haber herido a su rival, Rodrigo de Céspe­des, en el afecto de doña Leonor, hija de don Alonso de Aguilar. Encontrándose en Guadix, seduce a la inocente Teodora de Monteblanco, de la que se libra entregándola a los moros. Teodora es salvada del cautiverio por don Alonso de Aguilar, mientras Gómez Arias la entrega de nuevo a los infieles. La infeliz consigue fugarse y acusa ante la reina Isabel la Católica a Gómez Arias. La soberana, tras madura re­flexión, dicta contra el libertino una sen­tencia de muerte, en el momento en que Gómez Arias ha conseguido una brillante victoria contra los moros. Ante las reitera­das súplicas de Teodora, la reina perdona al seductor en el último momento, pero Gómez Arias es asesinado en el momento de besar los pies de la soberana en señal de reconocimiento por el perdón.

J. Regla

Gonzalo de Oyón, Julio Arboleda

Entre la obra poé­tica del poeta colombiano don Julio Arboleda (1817-1862), hombre de notable linaje, perteneciente a una aristocrática familia de la ciudad de Popayán, se destaca el poema titulado Gonzalo de Oyón, publicado por vez primera en la edición de sus Poesías preparada por Miguel Antonio Caro (Nueva York, 1883), que don Marcelino Menéndez Pelayo consideró como el mejor fragmento de poesía épica escrito en Hispanoamérica. Y decimos fragmento, pues el poema se halla incompleto a causa de numerosas vi­cisitudes que sufrieron los originales, cuan­do Arboleda lo redactaba.

El Gonzalo de Oyón no llega a ser un poema épico pro­piamente dicho, sino una especie de leyen­da guerrera, al estilo de algunas de Walter Scott, donde Arboleda refundió episodios históricos de la conquista con leyendas in­dígenas, creando un conjunto poco armó­nico, pero excelente en cuanto a las partes aisladas y a ciertos episodios. Arboleda so­bresale en los pasajes descriptivos, princi­palmente en los que se refieren a los alre­dedores de Popayán, y en la pintura de cuadros dramáticos, reforzados con todos los colores románticos propios de la época. Usó el verso tradicional de los poemas épicos, o sea, la octava real, ya sea la pro­piamente clásica, o bien la llamada «bermudina», preferida de los poetas románticos. El Gonzalo de Oyón, según la mayoría de los críticos, tiene cierto. valor simbólico, pues sus dos principales protagonistas re­presentan la anarquía y el orden, verdade­ros centros polarizadores de la historia de Hispanoamérica.

R. Maya

Gondiberto, William Davenant

[Gondibert]. Poema inglés de Sir William Davenant (o D’Avenant) (1606-1668), publicado en 1651. En el pre­facio, dedicado al filósofo contemporáneo Hobbes, el autor declara que desea escribir un poema sin la inverosimilitud de que adolecen todos los grandes poemas, cau­sada por la intervención de elementos fan­tásticos o sobrenaturales: nos va a narrar, pues, aventuras de hombres cristianos, con la intención de «desnudar a la naturaleza y vestirla luego con la forma perfecta de la virtud».

Nos encontramos en Italia en el tiempo de la dominación longobarda: el rey Ariberto tiene una hija única, Rodalinda; quien se case con ella obtendrá también el trono. Dos son los posibles herederos: el joven Osvaldo, fuerte y valeroso, pero de desmesurada ambición, y el duque de Bérgamo, Gondiberto, de más edad, pero más moderado y sabio. Mientras Gondiberto y los suyos están celebrando una cacería jun­to a Verona, se encuentran de pronto ro­deados por el ejército de Osvaldo, el cual propone en combate singular por Rodalinda y la corona. Después de un duelo a cuatro, durante el cual caen Osvaldo y otros dos caballeros, se desencadena una escaramuza general en la que mueren más de cuatro­cientos hombres. Acabada la batalla, Gon­diberto, gravemente herido, es conducido por el viejo Ulfino al palacio del sabio Astragón que con sus remedios milagrosos lo cura inmediatamente. Mientras tanto, el hermano de Osvaldo, Huberto, y su hermana Garta azuzan al pueblo a vengarse de Gon­diberto, pero llega a tiempo el viejo Herme­negildo, el cual promete a Huberto que le hará obtener la mano do Rodalinda y el trono, si Garta consiente en ser su esposa. Aunque ésta no le ama, consiente inducida por la ambición, y parte para Verona, don­de pondrá en práctica las distintas astucias que Hermenegildo le sugiere.

Mientras tan­to, en el palacio de Astragón, donde se encuentran cosas extraordinarias para aquel tiempo (hombres de ciencia, químicos, as­trónomos, naturalistas, museos, bibliotecas), Gondiberto se enamora de la hermosa Birta, hija de Astragón, el cual no sólo no se opone, sino que bendice su mutuo amor. Pero de pronto el rey anuncia que ha ele­gido a Gondiberto como sucesor, y éste, muy a su pesar, parte, prometiendo sin embargo amor eterno a Birta y regalándole una preciosa esmeralda en prenda de amor. Birta decide ir a la Corte y hacerse nombrar dama de honor de Rodalinda, es­perando que su amor y su virtud triunfen de todas las dificultades; la acompañan dos caballeros, Ulfinor y Golto, el último de los cuales, apenas llegado a Verona, se deja seducir por una cortesana mora, la her­mosa Dalga. A este punto, es decir, a la mitad del tercer canto, el poema se inte­rrumpe; y no podemos sentirlo demasiado, pues lo que de él nos queda, aunque inspi­rado en nobles intenciones y escrito con garbo, es a pesar de todo prolijo y tedioso.

El poema gustó a los contemporáneos: Cowley lo elogió vivamente, y Dryden imitó su metro (el dístico heroico) en su Annus mirabilis (v.). Escrito después de la muerte de Jacobo I, pertenece a aquel grupo de poemas ingleses que tienden a la epopeya clásica, pero que, no correspondiendo a una exigencia de la época, se convierten en puro ejercicio literario.

A. P. Marchesini

El Golpe, Božena Benešová

[Úder]. Novela de la escri­tora checa Božena Benešová (1873-1936), publicada en 1926. Es la primera parte de una trilogía, dedicada a la atmósfera mo­ral de Bohemia y Moravia durante la guerra europea de 1914-1918. Del gran tríptico (la segunda parte se titula Llamas subterráneas y la tercera El arco iris trágico), la pri­mera parte continúa siendo la más impor­tante y original por la combinación de las aventuras de los héroes con las de la tie­rra donde se desarrollan.

El fondo de las primeras es una pequeña ciudad de Mora­via, Rovinov, y el fondo de las otras es la visión de la libertad y de la independencia bohemia que tienen algunos de sus perso­najes. El héroe de la novela es un joven obrero, Slávek Přikryl; la heroína es Alena Hudcová, una soberbia muchacha de vivos sentimientos nacionales que rompe su no­viazgo con el joven Jan Jiři porque éste, al estallar la guerra, se muestra demasiado patriota en sentido austríaco. Entre Slávek y Alena, compañeros de escuela, la inicial simpatía se transforma en ardiente pasión. La guerra envuelve a la pequeña ciudad, no con las armas, sino con las intrigas, la co­rrupción y el espionaje. En esta atmósfera el padrastro de Alena, Malota, y su amigo, el alcalde Maraček, se muestran como che­cos puros y desinteresados. Su patriotismo es peligroso, tanto más cuando junto con otros, entre los cuales el joven Slávek, re­parten ejemplares de la proclama del zar, a través de las cuales los checos entrevén la independencia de su nación. Por una serie de intrigas Slávek es denunciado a la policía precisamente por la madre de Aleña, contraria al matrimonio de su hija con Slávek. En vano el padrastro de Ale­na trata de salvarle. Es fusilado, y Alena, con la condesa Wallermünde, propietaria del castillo del lugar, huye hacia Italia.

Los otros dos volúmenes de la trilogía nos presentan el desarrollo de la lucha checa por el ideal nacional y las dificultades que encuentra antes de alcanzar la victoria de 1918. Las aventuras de los personajes de la primera parte son continuadas sobre este fondo, pero sólo en la tercera parte reapa­rece la figura de Alena, símbolo de la idea inspiradora de toda la trilogía, es decir, que sólo el amor sin egoísmos y capaz de sacrificarse puede dar un sentido a la vida. Entre las obras checas nacidas sobre el fondo de la guerra, las de la Benešová son de las más vivas; en ellas el realismo de algunas partes (por ejemplo, el parecido entre la suerte de Slávek con la del perio­dista checo Kotek, ajusticiado en septiem­bre de 1914) está enriquecido con una aguda sensibilidad gracias al estilo impre­sionista del que la Benešová fue cultivadora.

E. Lo Gatto

Gog, Giovanni Papini

Una de las obras más famosas del escritor italiano Giovanni Papini (1881- 1956), en la cual recurre a la vieja técnica de suponer que publica el diario íntimo de un personaje monstruoso, Goggins, cono­cido por Gog. Este diario quiere ser el tes­timonio de una situación espiritual desqui­ciada y agotada, que busca desesperada­mente una posibilidad de salvación. Ahora bien, Papini, comprometido con un sistema previo de ideas, falsea el sentido de esta crisis y nos da, bajo la forma de una cari­catura despiadada y cruel, lo que hay en ella de mala fe, bluff y esnobismo.

¿Quién es Gog? Su nombre, de origen bíblico, nos da el sentido de su carácter. En efecto, Gog, personaje descreído y salvaje, cruel y poderoso, es la personificación de las fuer­zas del mal. Nacido en las islas Hawai, de una mujer indígena y un hombre blanco desconocido, se trasladó a los dieciséis años a los Estados Unidos, en donde reunió, gra­cias a su genio de business, una fabulosa fortuna. Retirado de los negocios y con el enorme poder de sus riquezas, inició una vida de radicalismos y refinamientos. «Es preciso tener en cuenta la peligrosa mezcla que había en él: un semisalvaje inquieto que tenía bajo su dominio las riquezas de un emperador. Un descendiente de caní­bales que se había apoderado, permaneciendo bruto, del más espantoso instrumento de creación y destrucción del mundo mo­derno». Ignorante y despiadado, ambicioso y sin patria, «animalesco por el origen y la vocación, quiso proporcionarse todas las formas del epicureismo cerebral de nuestros tiempos». Gog prescinde de la tradición, que considera ineficaz y caduca, y se entrega sin reservas a lo más radical que el deseo de novedad de su tiempo le ofrece.

Ahora bien, esta radicalidad de lo nuevo le deja también insatisfecho, ya que detrás del te­lón corto de su propaganda, no descubre sino el fraude. Así, pues, no sólo la Ilíada y Madame Bovary carecen de sentido para él, sino también las más nuevas investi­gaciones y experiencias de la literatura de vanguardia. Desmesurado, «libre de toda preocupación moral y religiosa», gusta de enfrentarse con los grandes problemas que tiene planteados la humanidad y las solu­ciones más radicales e inverosímiles. Por dos veces aparece en las páginas de su dia­rio el problema del desequilibrio entre las cifras de natalidad y mortalidad, en dos soluciones brutales y sutiles: una dada por los habitantes de una isla salvaje y desco­nocida y otra por una refinada sociedad secreta norteamericana. A través de las páginas de este diario, fechado en las más diversas tierras del mundo, Papini pone en ridículo todo aquello que su catolicismo de converso desaprueba: el espiritismo, la fal­sedad de los milagros de las religiones no cristianas, etc. En algunos casos, el análisis que verifica de algunos temas y problemas apuntan a su mismo centro de gravedad: las causas de la actitud revolucionaria de Gandhi; el culto a los antepasados del du­que español Hermosilla de Salvatierra; los principios de la civilización estadounidense; etc. Otras veces, es simplemente gratuito: el arrepentimiento y melancolía del viejo antropófago Nsumbu; etc. Muchos de los pasajes de este diario son fabulosas interviús con personajes característicos de la época: Ford, Gandhi, Einstein, Freud, Shaw, Lenin, el español Gómez de la Serna, etc. Gog siente un «gusto por la destrucción y la humillación», que se complace en todo lo disolvente de la época, sin reparar en todo aquello que tuvo de constructivo.

A pesar de la despiadada caricatura que es, su figura transcribe las cualidades específi­cas de su tiempo: la soledad, la angustia, la insatisfacción, el hastío, el cosmopolitis­mo, el refinamiento, el deseo de libertad e independencia. Su desazón y pesimismo son, ellos también, radicales: «El hecho es que me siento extranjero en todas partes y mor­tificado. La Tierra es un puñado de estiér­col resecado y orina verde, a la que se da la vuelta hoy en pocas horas, mañana en pocos minutos. Y no hay ocupaciones a propósito y dignas para uno que sienta den­tro de sí los apetitos y las fantasías de un titán». El drama íntimo de Gog, y por lo tanto el de su época, es que se siente pe­queño y aspira a ser «el Cosmocrátor su­premo, el director de la vida universal, el ingeniero jefe del teatro del mundo, el gran prestidigitador de la tierra y de los mares: esto sería mi verdadera vocación. Pero no pudiendo ser Demiurgo, la carrera de De­monio es la única que no deshonra a un hombre que no forma parte del rebaño». Es decir: nuestro personaje quiere ser el bíblico Gog, el Anticristo. Su única ambi­ción es divertirse y ser famoso, pero, ni con sus inmensas riquezas, lo ha logrado: «He consumido más de la mitad de mis años para conquistar la riqueza y me doy cuenta de que no es verdad aquello que me repetía, en San Francisco, mi primer patrón, Joe Higgins: todo se puede obtener en el mundo con una determinada cantidad de dólares. ¡Con todos mis millones no con­sigo divertirme ni tampoco hacerme céle­bre! Temo que, al fin, mi vida no haya sido más que un pésimo negocio». Sí, el terrible poder de que dispone Gog, el dinero, no le ha servido para nada: por esto, cuando, desprendiéndose evangélicamente de él, se lanza al azar por tierras de Italia, puede encontrar, simbólicamente, la doncella que sacia su hambre con un pedazo de pan mo­reno.

El autor ha llegado al final de su parábola: el mundo moderno, insatisfecho y hastiado, poderoso y refinado, descreído y desarraigado, sólo tiene una salvación: Cris­to. Ésta es la solución que propone apasio­nadamente el autor, la cual traduce, por otra parte, la línea tonal de su biografía» que evolucionó desde una actitud atea, es­céptica y vanguardista, hasta una actitud radicalmente católica y tradicional. Trad. castellana de Mario Verdaguer, 17.a edición (Barcelona, 1948).

J. Molas