Gólgota y Scheblimini. De un Pre­dicador en el Desierto , Georg Hamann

[Golgotha und Scheblimini. Von einem Prediger in der Wüste]. Obra de Johann Georg Hamann (1730-1788), editada en 1784. Es una de las obras filosófi­cas más importantes del Mago del Norte, en declarada polémica contra Moses Mendelssohn, que, en el año anterior, había publi­cado el libro Jerusalén. Reaccionando con­tra el «oculto judaísmo y anticristianismo» del filósofo hebreo, Hamann parece querer oponer el Gólgota a Jerusalén, mien­tras que para la interpretación del cristia­nismo acoge simbólicamente la palabra «Scheblimini» o «Schiblemini», que repre­senta el «spiritus familiaris» de Lutero. Sin dejar también de oponerse a las distincio­nes conceptuales kantianas formuladas en la Crítica de la Razón pura (v.) (contra la cual dirigirá, en el mismo año, la Meta- crítica sobre los purismos de la Razón pura, v., aún inédita), Hamann combate de una manera especial las distinciones de Mendelssohn entre dogmatismo religioso y moral práctica, y, en el campo psicológico propiamente dicho, entre sentimientos y acción. Contra estos dualismos, tan caros al espíritu analítico del racionalismo, Ha­mann afirma la unidad de la vida moral, tanto en la teoría como en la práctica, así como su esencia religiosa. Del cristianismo pone de relieve su carácter histórico. Esté­ticamente, intuyendo el cristianismo como pura revelación, contrapone, como hizo ya en la Aesthetica in nuce (v.), a los «miracula speciosa» de la Ilíada y la Odisea las «inspiraciones a priori y a posteriori del espíritu ardiente de Moisés; es decir, a la belleza del helenismo el esplendor di­vino de la Biblia.

S. Lupi

Goethe, Friedrich Gundolf

Monografía monumental del crítico alemán Friedrich Gundolf (1880- 1931), publicada en Berlín en 1916. Para Gundolf, la verdadera personalidad de Goe­the es un «quid» inefable que comprende vida y obras, es una realidad fisicoespiritual que implica la una y las otras en el mismo acto en que las trasciende. Para interpre­tar a Goethe es necesario siempre referirse a esta mística unidad, superando la posi­ción del mero biógrafo y del mero crítico, cuyas investigaciones rebajan ora la vida, ora las obras, sin alcanzar la personalidad del poeta, su figura [«Gestalt»] completa. El intérprete sagaz de Goethe es, pues, el que sabe fijar los ojos en la esencia de esta síntesis ideal en que se funden la vida y el arte. En efecto, «para el biógrafo [de Goethe] las obras son testimonio del de­curso de su vida y medios para conocer al poeta; para el crítico, la vida y los mate­riales que entran en la construcción de las obras no son sino los diversos atributos de una misma substancia, de una unidad es­piritual y corpórea que aparece a un mismo tiempo como movimiento y forma».

En la obra de Goethe se actúa y manifiesta su verdadera vida porque «quien en el arte ve, no el objeto, la consecuencia y el fin de la existencia humana, sino una condición ori­ginaria de humanidad [«Menschentum»], éste ve también en las obras de los grandes artistas no las soluciones, las reverberacio­nes y las explicaciones de su vida, sino la expresión, la figura y la forma de esa vida misma, es decir, no ya una cosa que está detrás de la vida, sino que se adhiere a ella, coincide con ella y la supera; más todavía: es esa misma vida». Según la con­cepción de Gundolf — en quien actúan re­motas sugestiones de Carlyle y de Nietzsche, del culto a lo heroico, y eficaces estímulos inmediatos del esteticismo que profesaba el cenáculo georgino de los «Blätter für die Kunst», al cual pertenecía el crítico — tie­nen gran importancia la palabra y la idea de «destino» [«Schicksal»]. «Sobre el des­tino de Goethe domina lo que él mismo ha llamado demoníaco… Lo demoníaco no es una fuerza que interviene desde el exterior; está indisolublemente ligado al carácter del hombre, como el concepto afín de genio». Goethe, como todos los hombres verdadera­mente grandes, tiene su propio destino, una fuerza propia creadora y una figura propia: es el «hombre clásico». Cuando estudiamos a Goethe, «no es menester que expliquemos las obras por la vida, ni que ahondemos en sus obras para comprender su vida, pues ellas mismas son su vida».  Debemos, pues, obtener sobre todo la intuición de su figu­ra, fijar un punto fuera de su obra que nos permita considerar ésta como un todo.

Gun­dolf define el arte «como una forma prima­ria de la vida», pero parece dudar de su autonomía; desconfía del análisis objetivo de las obras como cosas acabadas en sí y suficientes para explicarse a sí mismo con sus propias normas interiores. Según él, el crítico debe antes captar a Goethe como realidad total en el acto de una vivencia interior [«Erlebnis»]. Esta vivencia le guia­rá después en la interpretación de las obras. Sugestionado por su culto estetizante del ge­nio Gundolf proclama la superioridad del arte sobre la crítica, sin advertir la incon­gruencia de colocar en la misma balanza co­sas heterogéneas. El juicio: «La más peque­ña obra de creación vale siempre mucho más que el más sabio estudio de ella», confunde arbitrariamente dos entidades distintas que tienen cada cual su propia legitimidad. Se­gún Gundolf, Goethe aspira en todo acto suyo a modelar su figura ideal. «No hay una línea escrita por Goethe — dice el crítico — que mediata o inmediatamente, positiva o negativamente no contribuya en grado más o menos elevado a la autofiguración [«Selbsgestaltung»] de Goethe, que no sea forma [«Gestalt») o no alcance una forma».

Aten­to a captar esa especie de mística «Ges­talt» inmanente y trascendente en las crea­ciones de Goethe, Gundolf investiga, pues, en los coloquios, en las cartas y en las obras del poeta alemán, los elementos reveladores de su inefable esencia [«Wesen»]. Para él las conversaciones, las cartas y las obras «contienen la misma materia y dirección de vida, pero en diversos grados de intensidad o, por decirlo así, en diversos estados de agregación». En las primeras encuentra un «Goethe pasivo», en las segundas un «Goe­the activo», en las últimas un «Goethe pro­ductivo». «Con todo, únicamente las poesías de Goethe nos dan su figura autónoma, perfecta y absoluta en sí». En el examen de ellas el autor no se atiene a los tres gé­neros fundamentales de la tradición lite­raria — faceta lírica, épica, dramática — que no tienen ya para nosotros el valor de «for­mas dotadas de leyes inmanentes», sino que establece una nueva tripartición: poesía lírica, simbólica y alegórica que, según Gundolf, «designa tres diversas maneras de plasmar la materia, tres grados diversos de compenetración de la materia [«Stoffdurchdringung»]. En la lírica la existencia y la vivencia [«Erlebnis»] dan al poeta la materia de modo inmediato: materia y forma [«Ges­talt»] son una sola cosa». Por otra parte, Goethe «revivía el mundo ya plasmado en forma con menor intensidad que revivía su yo». Esta circunstancia nos encamina al se­gundo grupo de poesías: el simbólico; por poesías simbólicas Gundolf entiende «las que expresan el contenido del yo poetizante, no en las vibraciones de ese mismo yo, sino en una materia que le es originariamente extraña y le es accesible sólo mediante un proceso de ión.

Alegóricas para él son las obras en que «la vivencia cultural [«Bildungserlebnis»] no sólo predomina sino que es casi la única realidad expresada, sea que no se entrecruce en modo alguno con una vivencia originaria [«Urerlebnis»], sea que en ese entrecruce suprima completa­mente esa vivencia». Como base de esta distinción entre «Urerlebnis» y «Bildungserlebnis» (que es «por ejemplo, la vivencia goethiana del anterior mundo alemán, de Shakespeare, de la antigüedad clásica, de Italia, del Oriente y hasta la propia ‘Erlebnis’ de la sociedad alemana»), la «lírica de Goethe comprende sus vivencias originarias, expuestas en la materia de su yo; la sim­bólica de Goethe comprende sus vivencias originarias expuestas en la materia de un mundo cultural; la alegórica de Goethe comprende sus vivencias indirectas [«Abgeleitete»], expuestas en la materia de un mundo cultural». Siguiendo estos criterios, Gundolf divide su obra en tres partes, titu­ladas: «Ser y devenir»; «Formación espiri­tual»; «Renuncia y perfección». La primera abraza la vida y las obras de Goethe hasta el período precedente al viaje a Italia; la se­gunda llega hasta el período de la redacción de los Años de aprendizaje de Wilhelm Meister (v.); la tercera va de este período a la muerte del poeta. La amplia exposición (casi 800 páginas en 8. °) contiene geniales intuiciones, agudas observaciones, discusio­nes interesantes, sugestivas comparaciones, y atestigua una vasta y profunda prepara­ción, sagacidad analítica y vigor sintético. El defecto fundamental de esta monografía consiste en el esfuerzo de elevar, a crite­rio de valoración, la irreal imagen de un Goethe que no vive ya en sus diversas obras, íntegramente expresado en un aspecto suyo o actitud, sino que debe intuirse en una síntesis mística en que se compendian, fun­didas y trascendidas, su vida y su poesía.

Porque la figura de Goethe, que resplan­dece en nuestra mente y admiramos, es la del artista que se ha expresado inimitable­mente en sus poesías, y es por tanto un error estético buscarla fuera de ellas. To­dos los elementos que no se subliman en la expresión artística son «alotria» que tienen valor sólo en cuanto nos ayudan en. nues­tras investigaciones de naturaleza artística. Del mismo modo es inaceptable la tripar­tición de «lírica», «simbólica» y «alegórica», porque todas las «Erlebnisse» se deben re­solver líricamente en los que Gundolf lla­ma «Urerlebnisse» antes de convertirse en poesía, puesto que las experiencias del mun­do exterior y las experiencias culturales asumidas por el yo poetizante, se transforman, por decirlo así, se poetizan, en aquel mismo yo. De otro modo la materia — el contenido de la poesía — tendría valor de por sí, independientemente de la fantasía que la elabora y la transfigura. Tampoco Goethe, quien, a pesar de la genial versa­tilidad de su espíritu, permaneció ajeno a toda afectación de grandeza, gana siempre al ser así transferido a una esfera de superhumanidad por la asombrada admiración de Gundolf, inclinado al culto de lo heroico. Estilísticamente, el autor tiende a menudo a revolucionar la terminología crítica acu­ñando vocablos o dando a ciertas palabras un significado insólito. Cultiva, además, un estilo tenso, de gran densidad de pensa­miento, con tendencia a las abstracciones metafísicas de que son ejemplo algunas de las frases citadas en este artículo. Trad. italiana de M. Attardo Magrini (Milán, 1945- 1947).

G. Necco

Goetz de Berlichingen, Wolfgang Goethe

[Goetz von Berlichingen]. Drama en prosa, en cinco actos, de Wolfgang Goethe (1749-1832), pu­blicado en 1773. La figura de Goetz de Ber­lichingen, el caballero de la mano de hierro, que en la realidad histórica fue uno de los muchos capitanes aventureros de la Alema­nia del XVI, se convierte en figura poética y caballeresca.

Goetz vive en su castillo fortificado, dispuesto a dar o recibir golpes, armado de pies a cabeza, nunca en reposo. Weislingen, hombre influyente en la corte del obispo de Bamberg, es hecho prisionero por Goetz, que le trata generosamente, y está incluso dispuesto a casarle con su her­mana María, de la cual el sensible Weis­lingen se ha enamorado. Éste pide y ob­tiene permiso para volver a la Corte para arreglar sus asuntos y despedirse; una vez allí, Weislingen se siente seducido por los atractivos de aquel ambiente y también por los de una cortesana, la seductora Adelaida; Weislingen hace traición a María y a Goetz y llega a aconsejar al emperador que acabe de una vez con el enjambre de los caba­lleros turbulentos. Goetz es desterrado. Vencido por fuerzas superiores, presta jura­mento de no turbar más la paz del Imperio; pero los campesinos se rebelan contra sus amos y, en busca de un jefe, obligan a Goetz a ponerse a la cabeza de su movi­miento. Goetz acepta con la esperanza de purificar la causa del campo que contiene tantas justas reivindicaciones. Ante las bár­baras crueldades de que los insurrectos con­tinúan haciéndose culpables, Goetz quisiera retirarse, pero no consigue liberarse de sus compromisos y, al ser derrotado, muere en la cárcel, rodeado de su mujer y de los últimos fieles que le quedan, invocando la justicia de la historia.

Goethe cuenta en su biografía Poesía y Verdad (v.) que leyendo las antiguas Memorias de Goetz (impresas en 1731) sintió deseos de ponerlas en esce­na, sin añadirles nada; en este sentido es­cribió, en 1771-72, una primera redacción que se ha conservado: Historia de Gofredo de Berlichingen [Geschichte Gottfriedens von Berlichingen]. En cambio, en el texto definitivo refundido bajo la directa influen­cia de Herder, su fidelidad a la materia histórica es mantenida sólo en el conjunto; en los pormenores, la fantasía del poeta ac­túa libremente; el retrato de los caracteres y todo el cuadro de la época están poética­mente aproximados a nosotros. La corte del obispo de Bamberg, aunque italianizante y humanista, es más bien la reproducción de una de las numerosas cortes alemanas del siglo XVIII. Es un ambiente que ha sido retratado a menudo en la literatura alemana de su tiempo; Goethe había podido hallarlo en la Emilia Galotti (v.) de Lessing; al cabo de poco tiempo, se le encontrará también en Intriga y amor (v.) de Schiller, y está tam­bién reflejado en Jean Paul Richter o en Hoffmann. El armazón del drama consiste en la antítesis entre aquella corte refinada, llena de cálculos y astucias, y el carácter y el ambiente de Goetz, con toda la sen­cillez, la tosquedad, la honestidad y la franqueza de la vieja alemania.

Por este motivo, el drama fue acto seguido conside­rado en alemania como obra nacional, y se comprende por otra parte que Federico el Grande, en cambio, calificara con desprecio este género de teatro: incluso en el aspecto artístico, no se puede imaginar nada más opuesto, e incluso intencionadamente opues­to, a las reglas del clasicismo francés. Su modelo es Shakespeare, pero tratado con absoluta libertad; el pueblo bajo no está representado en su aspecto cómico como en Shakespeare, y Goetz no es una de aque­llas figuraciones de orgulloso señorío que Shakespeare se complacía en crear, sino un gran hombre del pueblo. Además, los saltos en el espacio y en el tiempo y las mutacio­nes escénicas no se suceden en Shakespeare con tan febril y atropellada rapidez: las tragedias históricas de Shakespeare no son nunca un mosaico tan turbulento. Goethe ha trazado el cuadro de una alemania divi­dida, compuesta de mil pequeños estados, de clases superpuestas, unidas sólo en la persona grandiosa, pero débil, del empera­dor. Y el cuadro le ha salido admirable­mente bien. Es la alemania caótica; y el valor del drama no reside tanto en las des­cripciones de las pasiones, como en la representación de una vida rica y no repri­mida. Es, por excelencia, el drama del «Sturm und Drang». [La primera traducción castellana es la de J. Fernández Matheu (Barcelona, 1867). Existe además otra versión de Fanny Garrido de Rodríguez Mourelo en Teatro selecto, traducido directa­mente del alemán, tomo II (Madrid, 1893). La mejor traducción moderna es la de Rafael Cansinos-Assens, en Obras comple­tas, tomo III (Madrid, 1951)]. F. Lion

Imitación shakespeariana de una vulgari­dad repugnante. (Federico II)

Goethe transfirió al teatro un pueblo vivo con su Goetz de Berlichingen, en el cual se ve la agonía de la alemania feudal. (Unamuno)

Con Goetz von Berlichingen Goethe inten­tó otra clase de obras, las que se podrían llamar, más que poéticas, «agradables». (B. Croce)

Goethe Desde Dentro, José Ortega y Gasset

Bajo este tí­tulo se publicó en 1932 un volumen de en­sayos del filósofo español José Ortega y Gasset (1883-1955), aparecidos antes en la «Revista de Occidente»; lleva un prólogo- conversación de Fernando Vela, en el que Ortega prolonga y completa algunos temas iniciados en sus obras anteriores.

El núcleo del volumen está integrado por dos estudios sobre Goethe: «Pidiendo un Goethe desde dentro» y «Goethe el libertador». Ortega postula una imagen de Goethe más exacta y profunda que la habitual, que llegue al núcleo de la personalidad de Goethe, al descubrimiento de su auténtica vocación o proyecto vital. Y para hacer esto tiene que esbozar una teoría de la vida humana — te­ma central de su metafísica—. La vida es naufragio, y la cultura un esfuerzo natato­rio, una reacción para sobrevivir; cuando esto se olvida, la cultura se hace linfática. Y los clásicos han de justificarse ante la vida. El «quién», el «yo» no es el cuerpo ni el alma, no es cosa alguna, sino el que tiene que vivir «con» las cosas, «entre» las cosas, y no una vida cualquiera, sino una vida determinada. El proyecto en que con­siste el «yo» no es elegido, es anterior a la voluntad y a las decisiones, es nuestro au­téntico ser, nuestro «destino»; ese proyecto, programa, pretensión o vocación, podemos realizarlo o no, pero no cambiarlo, substituirlo o prescindir de él. A la vez, la vida no es subjetiva, sino lo más objetivo, es encontrarse él «yo» sumergido en lo otro, que es la circunstancia. «Vivir es ser fuera de sí — realizarse —». «Esta unidad de di­namismo dramático entre ambos elementos — yo y mundo — es la vida». «La vida es preocupación de sí misma».

En una nota, Ortega señala la antigüedad en su obra de una serie de ideas filosóficas con las cuales coinciden algunos descubrimientos muy recientes de la filosofía alemana, sobre todo de Heidegger, y puntualiza la fecha de aparición de varias tesis decisivas. El resto del volumen está compuesto por en­sayos sobre «La poesía de Ana de Noailles» —    donde se plantea el tema de las relaciones entre la femineidad y la lírica—; artículos sobre Barres, Mallarmé y Scheler; un en­sayo «Sobre el punto de vista en las artes», en que intenta reconstruir la historia de la pintura, desde el Quattrocento hasta el Cu­bismo (v.), como una serie de cambios de perspectiva, «un retraimiento desde el ob­jeto hacia el sujeto pintor»; un trabajo ti­tulado «Para una topografía de la soberbia española»; otro «Para una psicología del hombre interesante» (véase Estudios sobre el amor); artículos sobre «Cosmopolitismo» y «Reforma de la inteligencia», «El proble­ma de China», «Sobre la sinceridad triun­fante» y «Abejas milenarias»; por último, uno de los más importantes estudios de Ortega, «La Filosofía de la Historia de Hegel y la historiología», que es una teoría del conocimiento histórico y una fundamentación de la disciplina que Ortega llama «historiología». Según él, toda ciencia de realidad, y por tanto la historia, se com­pone de cuatro elementos: a) Un núcleo «a priori», que es la «analítica» de la realidad investigada; b) Un sistema de hipótesis que enlaza ese núcleo «a priori» con los hechos observables; c) Una zona de inducciones dirigidas por esas hipótesis; d) Una peri­feria descriptiva de carácter rigurosamente empírico.

Pero la historia tiene peculiari­dades que la distinguen de la física o de otras ciencias: no es «manipulación», sino descubrimiento de realidades («alétheia»); no puede sustantivar sus métodos; hay un sistema de invariantes o constantes absolu­tas que hacen posible la variación histórica. La historiología no es ni lógica ni meta­física de la historia; es un análisis inme­diato de la «res gesta», de la realidad his­tórica. No hay, afirma Ortega, un pensar formal; el pensamiento lógico puro es tam­bién material. «En suma, pensamos con las cosas». Desde este punto de vista, Ortega inicia en este estudio — inacabado — una comprensión de la realidad histórica desde la vida individual, trascendiendo hacia la vida o realidad histórica, y al final apunta el problema de si tienen sentido histórico efectivo las expresiones «universalidad» o «humanidad».

J. Marías

Gobseck, Honoré de Balzac

Título de una de las más fa­mosas narraciones de Honoré de Balzac (1799-1850), publicada en 1830. La vizcon­desa De Grandlieu está preocupada por la simpatía que su hija Camila muestra por un pretendiente, el joven conde Ernesto de Restaud, muchacho de buenas prendas pero pobre, cuya madre está desacreditada por la disipación y el desorden (hija de aquel Goriot, v., protagonista del celebradísimo Papá Goriot, v.). Interviene el abogado Derville, un fidelísimo amigo de la casa, lle­vando informaciones destinadas a interesar a la enamorada jovencita y a su madre.

Remontándose a los tiempos en que era un pobre estudiante, Derville narra cómo em­pezó su amistad con un vecino suyo, Gob­seck: un originalísimo viejo que después de un pasado misterioso y aventurero se había dedicado a la usura como quien ha encontrado la verdadera vocación de su vida y había amasado, bajo una modesta apariencia, enormes riquezas. Gobseck acabó por honrar a su amigo con algunas confi­dencias, y, entre los varios secretos de la vida mundana que había podido descubrir por medio del terrible anciano, estaba pre­cisamente la historia de la condesa de Restaud: ésta, dominada por un peligrosísimo y brillante aventurero, Máximo de Trailles, iba literalmente destruyendo su patrimonio y el de la familia, ya que el marido, caba­lleroso, ingenuo y demasiado débil, no sa­bía oponerle resistencia. La condesa, que recurría a menudo a Gobseck, como tam­bién su marido, interviniendo para procu­rar salvar lo que fuese posible, había ter­minado por trabar cierta relación con el usurero y con el mismo Derville; surgió así en el ánimo del conde la idea de hacer una serie de ficticias concesiones de toda su for­tuna a Gobseck, el cual, por su parte, se comprometía, mediante un documento, a conservarla para el hijo de Restaud, el con­de Ernesto, y a cedérsela tan pronto como éste llegase a su mayoría de edad.

Así se hizo; pero al morir el conde al cabo de po­cos años, la esposa, convencida de que había querido desheredarla a ella y a todos sus hijos, se apresura a quemar todos sus pa­peles y, entre ellos, el precioso documento; de manera que Gobseck queda dueño de la fortuna de los Restaud, sin ninguna obliga­ción legal de restitución. Pero llegado tam­bién el momento de morir, viejísimo y car­gado de riquezas, el usurero nombra eje­cutor testamentario al abogado Derville y le encarga, entre otras cosas, que restituya escrupulosamente, apenas llegue el momen­to, todos sus bienes, aumentados por los correspondientes intereses, al conde Ernes­to Restaud. El abogado concluye su narra­ción recordando que Ernesto Restaud será mayor de edad dentro de pocos días.

La novelesca historia es interesante por la fi­gura formidable de Gobseck, que la llena por completo: el implacable viejo, que ha hecho de la usura un arte, el cual le pro­porciona delicias de orden exquisitamente espiritual, respetando con absoluta honradez las reglas que ha impuesto a su juego y que sirven tal vez para hacerlo más interesante, es una de las más poderosas creaciones de Balzac. Esta célebre figura, que encontra­mos al principio de la obra del autor, hace juego con otro «retrato de avaro», tal vez aún más conocido, el abuelo Grandet (v.) de la novela Eugenia Grandet (v.). Pero Gobseck, en comparación, se nos muestra como un personaje mucho más rico en cu­riosos matices, y más profundamente ori­ginal.

M. Bonfantini