Gramática General y Razonada, Claude Lancelot

[Grammaire général et raisonnée]. Gramá­tica de Claude Lancelot (1615-1695) sobre las «bases del arte de hablar, explicadas de una manera clara y natural», redactada por el autor según las directrices de Antoine Arnauld (1612-1694) y publicada en 1660. Fue llamada también Gramática de Port-Royal por sus autores, conocidos jan­senistas. Su importancia consiste en la sis­tematización orgánica de una confusa ma­teria; y fue precisamente Arnauld, límpido y vigoroso polemista, quien concibió las formas de la gramática como verdaderos fundamentos del arte de pensar. Lancelot, a quien se deben la redacción y el comen­tario del pequeño tratado, fue autor también de otras gramáticas: latina, griega, italiana y española. En su prólogo observa que ha buscado explicación a la existencia de pa­labras comunes a varios idiomas, hecho que hasta entonces nadie había explicado con claridad y coherencia. En efecto, mérito característico de esta obra son las expli­caciones, acompañadas de reflexiones his­tóricas y ejemplos, sobre la formación de los vocablos y sus empleos, explicaciones que siguen al enunciado de cada regla. In­teresantes, como divagaciones aparte, son las páginas sobre el uso, sobre la tradición y las innovaciones introducidas por los es­critores. La obra, que pronto llegó a ser famosa y muy solicitada, se hizo rara a causa de la hostilidad manifestada contra los jansenistas por los jesuitas y la autori­dad real, que acabó con la supresión de Port-Royal. Con el tiempo hubo quien sin­tió la necesidad de reimprimir este tratado útil y claro, y a menudo se le añadieron como suplemento las Reflexiones sobre los fundamentos del arte de hablar [Réflexions sur les fondamens de l’Art de Parler], pu­blicadas por el abad Fromat en 1756 y re­impresas en numerosas ocasiones, y tam­bién las Observaciones [Rémarques] de Duelos.

C. Cordié

Los Gramáticos y Retores, Cayo Tranquilo Svetonio

[De grammaticis et rhetoribus]. Es la única sección de los Hombres ilustres (v.) de Cayo Tranquilo Svetonio (699-125) que nos ha llegado casi completa. Es una historia de la filosofía y de la oratoria romanas ex­puesta por medio de biografías. La filolo­gía, que Svetonio, según la tradición, gneoalejandrina llama también gramática, sur­gió en Roma bastante tarde, como, por lo demás, todas las actividades estrictamente culturales, y no se afirmó hasta el año 170 con la venida de Crates, embajador de Pérgamo. Su escuela romana trabajó sobre textos poéticos contemporáneos, o casi, di­fundiendo sus estudios por medio de lectu­ras públicas, hasta que fue suplantada por la escuela rodia, inaugurada en Roma por Elio Estilón. Los estudios críticos textuales son entonces substituidos por otros más tí­picamente lingüísticos y léxicos, mientras la práctica gramatical se ejerce en las au­las frecuentadas por los hijos de la nobleza, la cual, a sus expensas y sin contribución del Estado, organizó la educación literaria de la juventud. Veinte maestros se suceden en el espacio de dos siglos en Roma: Ni­canor, Opilo, Gnifón, Andrónico, Orbilio, Ateyo, Catón, Epicado, Herotés, Nicios, Seneo, Epirota, Verrio, Crasicio, Escribonio, Higino, Meliso, Pomponio, Palemión, Probo.

Pero Svetonio, en lugar de trazar el des­arrollo de las escuelas y de las tendencias literarias, se entretiene en el elemento anec­dótico. Muchas cartas, epigramas salaces y rasgos de ingenio ilustran los breves capítulos biográficos, en los cuales el valor his­tórico del personaje pasa a segundo término ante el interés de Svetonio por lo anecdó­tico, el cual más que biografías nos da per­files no siempre trazados en sus rasgos más notables y esenciales. Un plan análogo se observa en la segunda parte del libro de­dicada a la oratoria, la cual, como la filo­logía, nació algo tarde y encontró mayor oposición que la filosofía por parte de las autoridades del Estado, las cuales barrun­taban en las escuelas de los retores griegos y latinos un peligro político para las orga­nizaciones republicanas. El libro no está completo; nos quedan únicamente las cinco biografías de Plocio, Voltacilio, Epidio, Clodio y Albucio, en las cuales el máximo re­lieve es también para las particularidades secundarias, perdiendo de vista la línea histórica general. Las dos secciones, de la filología y de la retórica, más que a otra cosa interesan a la historia de las costum­bres y de la enseñanza romana entre el úl­timo siglo de la república y el primero del imperio.

F. Della Corte

Svetonio es un investigador de hechos históricos; minucioso, preciso, libre, ignora lo que es la verdadera historiografía, pero proporciona a ésta preciosos documentos. Su lenguaje es el de la información cientí­fica rápida y breve; y los antiguos recono­cieron este mérito suyo desde Plinio el Joven, que, como es natural, lo encontraba algo seco, a Vopisco, que, en cambio, apre­ciaba en Svetonio su amor a la brevedad. (C. Marchesi)

Gramática de la Real Academia Española

Tras el gigantesco esfuerzo que había representado el Diccionario, y pu­blicada ya la Ortografía, da fin la Academia a la tarea de redactar una Gramática, pro­pósito mantenido desde su fundación y en cuyo logro trabajaban sus miembros, espe­cialmente don Juan de Iriarte, Trigueros y Luzán. La dificultad de la empresa es reco­nocida en el prólogo, en cuyas páginas se leen estas palabras: «es más fácil probar su utilidad (la de la Gramática) que su composición». Cierto que había precedentes españoles, pero no inmediatos.

Fernando Lázaro ha señalado la escasa actividad gra­matical de la primera mitad del siglo XVIII, aunque en 1743 había aparecido la Gramá­tica de Martínez Gay oso, muy cercana en su concepción a la de Nebrija, y en 1769 el Arte de romance castellano, del P. Benito de San Pedro, que como su antecesor, experimentó la necesidad de que la lengua fuese codificada para facilitar su enseñanza, pero llevando a cabo su cometido con un propósito más moderno. La de la Academia lleva por título Gramática de la Lengua Castellana, y sale de las prensas madrile­ñas de Joaquín Ibarra en 1771. Como Mar­tínez Gayoso, concibe su tarea destinándola al aprendizaje del latín, lo que era incidir en la línea clásica de Nebrija. En efecto, en el prólogo, al referirse sus redactores a empresas anteriores, es mencionada la Gra­mática castellana de aquél, así como las Instituciones de Ximénez Patón y la Gra­mática de las tres lenguas de Gonzalo Co­rreas. De estas obras toma, por ejemplo, lo referente a las partes de la oración, pero difiriendo de sus autores en cuanto al nú­mero, ni diez como había establecido Ne­brija, ni cinco como Patón, ni tres como Co­rreas, fijándolas en nueve, tal vez de acuer­do con Martínez Gayoso, aunque la Gra­mática académica es muy superior, como compendio, a la obra de aquél, o teniendo presentes las enseñanzas de Miranda (1569).

Dentro de una línea fuertemente tradicionalista nace la Gramática de la Academia, que a tono con la que estima su gran res­ponsabilidad moral como corporación, sólo acepta lo indubitable y rechaza lo moderno que no haya sido remansado y aclarado. El carácter dominante es el normativo enca­minado al establecimiento de normas de in­mediata aplicación. Al tratar de los verbos se insiste en el criterio académico, «prefi­riendo a esta erudición la brevedad y la claridad, pues se trata de ilustrar y enseñar, no de ofuscar ni confundir a la juven­tud». Tal vez por ello no hay rastro de aquel logicismo del lenguaje que tan en boga se hallaba en Francia y otros países desde mucho antes. Impuesta la Gramática académica por disposición de Carlos III, en 1780, para la enseñanza en las escuelas, en las que se enseñaba a leer y escribir, sus ediciones han sido desde la primera muy numerosas. Solamente en el curso del si­glo XVIII aparecieron tres: en 1772, 1781 y 1796, esta última con importantes adiciones, si bien mantiene la división en dos partes de la primera edición, a saber, Analogía y Sintaxis, subdividida la segunda en concor­dancia, régimen y construcción. En el si­glo XIX aparecen varias ediciones: en 1858, 1862, 1864, 1865, 1866, 1867 y 1870. Esta úl­tima, a la que precede un extenso prólogo, divide la gramática en cuatro partes, aña­diendo a las dos tradicionales la Prosodia y la Ortografía. La decimotercera edición, de 1874, contiene varias modificaciones a tono con los progresos de la lingüística, si bien no se decide «desde luego a cano­nizar los asertos y las brillantes induccio­nes…» esperando a que la meditación y el tiempo les impriman el sello y carácter de una certeza definitiva.

Una de las noveda­des, aunque ya ensayada antes, es la de separar el sustantivo del adjetivo. En la edición decimoquinta, de 1880, se puntualiza el sentido de las cuatro partes tradicionales de la Gramática, y la de 1917 acoge al­gunas innovaciones morfológicas y sintác­ticas de la Gramática de Bello, que publi­cada en 1847 había contribuido a la reno­vación de los estudios de gramática espa­ñola. Y finalmente, desde la edición de 1924, lo mismo que en el Diccionario, adoptó la denominación de Lengua Española, que hoy se mantiene. A lo largo de ciento ochenta años y en numerosas ediciones, fue cui­dando y mejorando la Academia esta obra suya, que de modo tan decisivo había de influir en la enseñanza de la lengua es­pañola.

M. G. Blanco

Gramática del Asentimiento, John Henry Newman

[Grammar of the Assent]. Tratado inglés de lógica del cardenal John Henry Newman (1801-1890), publicado en 1870. Se di­vide en dos partes: la primera estudia el asentimiento y la aprehensión; la segunda el asentimiento y la deducción. El tratado se abre con una distinción de las proposi­ciones en: interrogativas, condicionales y categóricas, a las que corresponden tres distintos actos mentales: duda, deducción y asentimiento, es decir, la absoluta e incon­dicional aceptación de una proposición. Tal aceptación presupone, empero, la aprehen­sión, es decir, la interpretación de los tér­minos de que la proposición está compuesta, aprehensión que, a su vez, puede ser: no­cional, si se refiere a abstracciones, o real, si se refiere a cosas. En materia de fe, el asentimiento real a un dogma es un acto re­ligioso; el «nocional», un acto teológico. Se deriva de ello que la teología puede sub­sistir como ciencia independiente de la vida religiosa; mientras la religión no puede conservar sus bases sin la teología: posición, por lo tanto, netamente intelectualista. La segunda parte se ocupa de la relación entre asentimiento y deducción, observando el carácter absoluto del primero y el condicio­nal de la segunda, que, sin embargo, es el necesario antecedente del primero.

Además, siendo la deducción la aceptación condi­cionada de una proposición, las conclusiones no dan lugar, nunca, a certidumbre. A este proceso deductivo, que el autor llama «for­mal», se contrapone otro criterio metodo­lógico, es decir, la acumulación de proba­bilidades independientes, cuya convergencia determina la certidumbre acerca de un he­cho. El razonamiento deductivo pierde así su carácter rígido, casi de operación arit­mética, y exige la intervención de un «ins­tinto» particular que Newman llama «senti­do deductivo». Transfiriendo este criterio a la esfera religiosa, el autor examina después las «probabilidades» que permiten llegar a la certidumbre en materia de fe. Fe y ra­zón resultan así, en el pensamiento de New­man, estrictamente dependientes entre sí, mejor dicho, constituyen, dice él, una mis­ma enseñanza considerada bajo dos distin­tos aspectos. Tras el ejemplo de la Analogía de la religión (v.) de su precursor y maes­tro Joseph Butler, el autor, que participó en el movimiento de Oxford y que más tarde se convirtió ^1 catolicismo, tiende hacia la formulación de una doctrina que, oponiéndose al subjetivismo del idealismo alemán, permite restablecer sobre bases racionales las verdades religiosas enseñadas por la Iglesia, dando así al catolicismo, y al cris­tianismo en general, una universalidad y una autoridad más extensas y más sólidas que las aseguradas únicamente por el sen­timiento individual. D. Zerboni

La influencia del anglicano Newman, aho­ra divulgada a través del periodismo, a pe­sar de no haber sido recogida e interpreta­da por un solo discípulo de importancia, ha servido mucho para conservar la tradi­ción de la lengua inglesa sobria y concisa. (Gosse)

Entre todos los pensadores susceptibles de dar soluciones a los problemas modernos, Newman es uno de los más auténticos, y sin duda alguna uno de los más inagotables. (Fernandez)

Gramática Castellana, Andrés Bello

Obra del gramático venezolano Andrés Bello (1781- 1865), publicada en Santiago de Chile, en 1847. Bello nació en Caracas, completó su formación en Londres (1810-1829) y realizó lo fundamental de su obra en Chile (1829- 1865). Dos filólogos modernos, Amado Alon­so y Pedro Henríquez Ureña, han dicho de él que es «el más genial de los gramáticos de lengua española y uno de los más pers­picaces y certeros del mundo».

Su obra, con las notas explicativas, y a veces críticas, del filólogo colombiano Rufino José Cuervo, constituye un libro imprescindible hoy para todo estudioso de Gramática castellana. La Gramática de Bello presenta, en primer lu­gar, una reacción frente a la «grammaire générale ou raisonnée», la gramática ideo­lógica y logicista. Pero no una reacción practicista (como la de su contemporáneo Vicente Salvá), sino fundada en una doctri­na amplia y sistemática. Por eso la pro­posición no es para él «la enunciación de un juicio», sino de un pensamiento comple­to; la proposición no se estructura en sujeto, cópula y atributo (todavía en el siglo XIX «Sócrates piensa» lo reducían a «Sócrates es pensante»), sino en sujeto y atributo (su atributo es lo que hoy se acostumbra a lla­mar predicado, es decir, todo lo que se afir­ma del sujeto). Las categorías gramaticales no corresponden al mundo lógico objetivo, sino al mundo de las palabras: el género, por ejemplo, no se explica por el sexo, sino por la concordancia con el adjetivo. Su segundo gran principio es la deslatinización de la gramática castellana. Es decir, no hay declinación de los nombres, ni voz pa­siva (sólo «construcciones pasivas»).

In­troduce una terminología nueva para los tiempos verbales (por ejemplo, copretérito en lugar de pretérito imperfecto). Con el mismo criterio sostuvo — desde 1823 — la necesidad de la reforma ortográfica: atenerse, no a los orígenes, sino a la pronun­ciación culta. Su sistema gramatical es funcional. Parte del análisis sintáctico de la oración, y deduce siete partes: sustantivo, adjetivo, verbo, adverbio, preposición, con­junción, interjección. El artículo es un ad­jetivo desgastado. El pronombre funciona como sustantivo o como adjetivo, y no está «en lugar del nombre», sino que expresa la persona gramatical. El infinitivo, el gerun­dio y el participio son «derivados verbales», con algunas características del verbo, pero el infinitivo funciona como sustantivo, el participio como adjetivo y el gerundio como adverbio. Además, enseñar a hablar y es­cribir correctamente fue una parte de su ideal civilizador. «Juzgo importante — de­cía — la conservación de la lengua de nues­tros padres en su posible pureza, como un medio providencial de comunicación y un vínculo de fraternidad entre las varias na­ciones de origen español derramadas sobre los dos continentes». Menéndez Pelayo llegó a decir de él: «Fue el salvador de la in­tegridad del castellano en América».

A. Rosenblat