Gran Canon, Andrés

Canto li­túrgico de la Iglesia ortodoxa dedicado al jueves antes del Domingo de Ramos, obra del arzobispo de Creta, Andrés (hacia 650- hacia 720). Andrés pasa por inventor del «Canon», género de poesía eclesiástica que substituye a los ingenuos «contacia» com­puestos por toscos monjes, con mayores as­piraciones artísticas, pero en realidad sólo con más ornamentos retóricos y con mayor complicación técnica. El «canon» es una forma compleja, formada por nueve odas, que en su origen eran «troparia» (breves estrofas en prosa rítmica) que se cantaban después de la recitación de los nueve trozos bíblicos escogidos al efecto por la Iglesia, y que luego se hicieron independientes y se constituyeron en un grupo orgánico con un único tono musical. Es muy probable, sin embargo, que el «canon» sea anterior a Andrés de Creta. El Gran Canon es el ejemplo más famoso de este género. Es llamado así precisamente por su exagerada extensión, puesto que comprende 250 estrofas rít­micas, cada una de ellas enlazada con un episodio del «Antiguo Testamento». La ex­tensión del canto no es proporcional a su valor poético; Andrés no es en modo alguno un poeta inspirado. Hay en él una reflexión mediocremente inteligente que se expresa con artificio y prolijidad en medio de una profusión de conceptos dogmáticos, nada propios de la expresión lírica.

S. Impellizzeri

La Gran Barrera, William Vaughn Moody

[The great Divi­de]. Drama en tres actos del escritor nor­teamericano William Vaughn Moody (1869- 1910), representado primero en Chicago, y más tarde en Nueva York, en 1906.

Ruth Jordán ha abandonado con su hermano su antigua casa para salvar lo que queda del patrimonio, invirtiéndolo en un solita­rio rancho de Arizona. Una tarde, al caer la noche, tres borrachos del otro lado de la frontera irrumpen en su cabaña, encon­trando a Ruth sola. Dos de ellos se juegan a los dados la posesión de la muchacha; ésta, aterrorizada, ruega al tercero de ellos, Ghent, el más fuerte de los tres, que la salve, prometiéndole que se entregará a él para siempre. Ghent paga con oro a los dos borrachos, se bate con ellos y los aleja. En vano Ruth le ruega entonces que la libere de su promesa; con ruda sinceridad, él le ofrece su devoción, y le pide que le ayude a hacerse una nueva vida. En el segundo acto, los dos están casados y se hallan en casa de Ghent, en la cordillera, no lejos de la nueva mina de oro que él ha descubierto en sus tierras. Ruth espera un hijo, pero su corazón no ha consentido a la unión; la ofensa por haber sido rap­tada y comprada con un puñado de oro por este hombre salvaje, tan lejos de su an­tiguo mundo burgués y puritano, sus mo­dales rudos y primitivos, le impiden acep­tar el afecto que Ghent le demuestra. Entre ellos se levanta la «gran barrera» que di­vide dos mundos sociales distintos: el viejo de ella, refinado y convencional, y el pri­mitivo, aventurero y despreocupado de Ghent. Al final del segundo acto Ruth aban­dona a su marido y regresa a su casa. En el tercero, Ghent está a su lado de nuevo, llamado por la familia de ella.

Ha dado a luz un niño, pero no consigue superar sus prejuicios y desgarrar de una vez la espesa red de susceptibilidades y sentimientos ofen­didos que la separan de su marido. En el pálido y rancio mundo de los Jordán, la figura de Ghent resalta como la de un hom­bre, no solamente más vivo y más fuerte, sino también de mayor solidez. Salva a los Jordán de la quiebra, y logra vencer los prejuicios y rencores de Ruth, haciéndole sentir que ahora ya ha nacido un verdadero afecto en el corazón de ambos, y que este afecto, si a él le ha empujado a levantarse de su abyección anterior, también ha lle­vado a la mujer a respirar un nuevo y más fresco aire vital. El drama, sentido y des­arrollado poéticamente, tomó su primer mo­tivo de un hecho real. Pero la tesis que ilustra es de un alcance mucho más vasto. La redención de Ghent y la conversión, por llamarla así, de Ruth, son tratadas con pe­netrante delicadeza. Representado por vez primera en Chicago con el título La mujer sabina, solamente más tarde, y con el nuevo título, tuvo un gran éxito. Señala un paso notable en el desarrollo del moderno teatro americano, si se la compara con La muchacha del Oeste (v.) de Belasco, de argumento análogo y de la misma época; puede considerarse como la primera tenta­tiva seria de interpretar dramáticamente los problemas sociales y psicológicos del Nue­vo Mundo.

C. Pellizzi

La Gran Almena, Honoré de Balzac

[La Grande Brétêche]. Cuento de Honoré de Balzac (1799- 1850), publicado en 1830 y situado a continuación por el autor en las «Escenas de la Vida Privada», donde constituye, si bien por separado, el final de Otro estudio de mujer [Autre étude de femme]. La gran almena data de los principios del verdadero Balzac, de aquel que comienza con El úl­timo insurrecto [Dernier Chouan] y La Fi­siología del Matrimonio [La Physiologie du mariage]; en el mismo año en que pu­blicó este cuento él había dado a conocer una de sus obras maestras, Gobseck (v.).

La escena transcurre al final de una cena mun­dana y es el doctor Bianchon, personaje que aparece en gran número de volúmenes de la Comedia humana (v.), quien explica cómo residiendo durante algún tiempo en Vendóme había descubierto una extraña casa solariega aislada y abandonada, hasta la que intentó llegar paseando. Una maña­na recibió la visita de un notario de la pequeña ciudad, M. Regnault, que le pidió amablemente que cesara en sus visitas a la «Grande Brétéche». Le explicó que él era el ejecutor testamentario de Mme. de Merret, la propietaria de aquel terreno, y que nadie debía entrar en aquella mansión has­ta transcurrido un plazo de cincuenta años a contar a partir del momento de la muerte de su dueña. Bianchon, que no pudo ob­tener ningún otro dato del notario, intentó conocer la clave de este misterio y fue la criada del hotel en que se hospedaba, en otro tiempo camarera de Mme. de Merret, quien se la descubrió. M. de Merret, luego de una enfermedad de su esposa, había adquirido la costumbre de dejarla sola du­rante la noche. En una ocasión, al volver del Círculo más tarde que de costumbre, quiso visitarla y en el momento de inten­tar abrir la puerta de la habitación oyó cerrarse la del gabinete que comunicaba con ésta. Su esposa le pareció un poco tur­bada. M. de Merret, asaltado por la duda, quiso abrir aquella puerta.

Su mujer le conjuró a no hacerlo: todo concluiría entre ellos si no hallaba allí a nadie. Juró des­pués sobre un crucifijo que no había nadie allí. M. de Merret hizo llamar a mediano­che un obrero, que tapió la puerta del ga­binete y a continuación se fue. Mme. de Merret, tan pronto como se hubo ido su marido comenzó a demoler el muro que acababa de ser construido con la ayuda de su camarera, que pudo ver en el interior del gabinete la forma de un hombre, un joven español prisionero de guerra. Pero la marcha del esposo no había sido más que una treta; volviendo, sorprendió a su mu­jer en su tarea e hizo construir de nuevo el muro. El cruel gentilhombre no abando­nó más a su mujer durante veinte días. Cuando ella imploraba por el desconocido que moría de asfixia a algunos pasos de ellos, él respondía: «Vos habéis jurado que allí dentro no había nadie». En esta corta narración, Balzac quiere dar un impresio­nante ejemplo del drama de los celos. El progresivo descubrimiento del misterio está conducido hábilmente y los efectos teatra­les se suceden, encerrando a esta pobre mujer, culpable y víctima, en las conse­cuencias de su falso juramento. Pero La Gran Almena no es todavía más que una narración construida con habilidad; si los diálogos ofrecen ya ese aire de naturalidad y verismo que se encuentra a lo largo de toda la obra de Balzac, la psicología de los personajes es aún sumaria, y La Gran Almena no pasa de ser un complemento dramático, de fuerte sabor romántico, a Es­tudio de mujer (v.).

La Gran Aldea, Lucio V. López

Obra de Lucio V. López (1848-1894), escritor, profesor, perio­dista, abogado y político argentino, aparecida en 1884 como folletín del diario Sud América, de filiación liberal. El título alude a Buenos Aires, cuando de aldea algo pacata va transformándose en ciudad cosmopolita, aunque sin perder del todo sus rasgos pre­téritos. Un subepígrafe a la manera de Daudet, el de «Costumbres bonaerenses», limita las aspiraciones del autor: sin escribir una novela propiamente dicha, pues carece de unidad para serlo, sus fragmentarios cuadros tienden, por yuxtaposición, a con­figurar un ensayo de ese género. Sitúa la acción entre 1860 y 1883.

El relato está rea­lizado en primera persona: Julio cuenta su triste infancia y la prematura muerte del padre, evocando de paso la casa alquilada que es menester desocupar apuradamente. Recuerda luego el lapso durante el cual vive con el tío Ramón y la esposa de éste, doña Medea. De ella traza un retrato sobrecargado de tintas: mujer de carácter áspero, muy celosa y muy mandona, que do­mina a su marido. Recorre los comercios a la caza de noticias y rumores, concurre a reuniones de sociedades de beneficencia, va a funciones de gala en los teatros. Julio conversa a menudo con el cochero de doña Medea, un mulato llamado Alejandro, que en el barrio gallea de mozo conquistador. A poco sale Julio de la capital, rumbo a una ciudad de tierra adentro, donde ha de proseguir sus estudios. Conoce allí a dos maestros, don Pío y don Josef, de tempe­ramentos contrapuestos. Y allí anuda buena amistad con un camarada de colegio, cuya hermana, Valentina, enciende en él la pri­mera pasión de adolescencia. Por desgracia, los padres quieren casarla con don Camilo, serio y rico hacendado de la zona. Retorna el relator a Buenos Aires y se aloja en casa de un amigo del padre, don Benito Cristal, solterón muy mujeriego. Advierte ya, a su vuelta, que la aldea trata de convertirse en ciudad, a imagen y semejanza de las europeas. Lo comprueba frecuentando lu­gares donde se codea gente de dinero con la burguesía más o menos enriquecida.

Co­noce a un diplomático, Montifiori, a su mu­jer, Fernanda — demasiado amiga de don Benito — ya Blanca, hija de ese matrimo­nio. La chica es bellísima, pero fría calcu­ladora, y nunca aceptaría ser esposa de un joven como él, sin fortuna. Doña Medea, entretanto, mantiene agria reyerta con sus cofrades de la Sociedad Filantrópica. A raíz de tal disgusto, se agrava su salud y muere repentinamente. Don Ramón no tarda en olvidar su reciente viudez y, casi sesentón, se enamora de Blanca Montifiori. Cuenta ésta, para cercar a su rico festejante, con la ayuda del muy almibarado abate Penseroso. No escucha razones, y celebrada la boda, que el autor refiere circunstancial­mente, don Ramón padece esta nueva ex­periencia de infelicidad matrimonial, más honda aún al nacer una niña. Bien pronto Blanca la confía a manos mercenarias, pues sólo ansia divertirse a espaldas del marido. Una noche de carnaval en que la esposa se marcha de fiesta, queda don Ramón en su hogar. El mulato Alejandro, que corteja a una mucama francesa de la casa, se es­capa con ella para asistir a un baile de máscaras. Junto a la cuna de la criaturita hay una vela encendida. Don Ramón, en horas de la madrugada, oye de improviso quejidos angustiosos. A obscuras va hasta el cuarto de su hija, pero el humo lo as­fixia cuando penetra en él. A tientas tro­pieza y, sin fuerzas ya para moverse, per­manece allí postrado, casi sin sentido. Re­gresa Blanca, enciende la luz y ve a la niña carbonizada. Don Ramón intenta levantarse, pero sufre un ataque de parálisis que le traba la lengua y lo condena a muda idiotez. Blanca huye con su acompañante…

Es éste el medio social de la gran aldea en que Julio ha pasado los años recientes. Prefiere olvidarlos y marcharse en busca de aquel primer amor frustrado: el que sintió por Valentina. Pero la encuentra casada ya, y hasta feliz, con su don Camilo. Abun­dan los aciertos del autor cuando diseña a personajes secundarios de caricaturesco per­fil: entre ellos, el del Dr. Trevexo, «po­lítico sin libros». Otros, ocasionales, están calcados sobre modelos vivos, con referen­cia constante a figuras políticas del momento por las que el autor no demuestra nin­guna simpatía.

J. M.a Monner Sans

La Granada Entreabierta, Théodore Aubanel

[La miougrano entreduberto]. Colección de. poe­sías provenzales de Théodore Aubanel (1829- 1886). Publicado en 1860, es uno de los li­bros más sugestivos de aquella poesía provenzal moderna que floreció en la segunda mitad del siglo XIX, precisamente por obra de Aubanel, de Roumanille y de Mistral. El poeta narra en él la triste historia de un amor suyo por la bella Zani (Jenny Manivet). Él conoció a la joven en Font- Ségugne, la cual estaba rezando delante de una ermita campestre, y estuvo unido a ella con amor puro y recíproco lo menos durante tres años; pero al fin, Zani, cada vez más atraída por místico y profundo sen­timiento religioso, aunque con ánimo tor­turado, decide hacerse monja, dejando al joven entregado a la desesperación. El re­cuerdo de Petrarca resuena en estos versos (especialmente en el bellísimo primer en­cuentro y en los pasajes en que, también en lo íntimo del poeta, el respeto religioso lu­cha con el amor); pero Aubanel se muestra en su obra poeta originalísimo sometiendo con mano suave un arte culto y refinado a sencillos y muy conmovedores modos casi populares. Los episodios de aquel largo amor, que comprende para él toda su ver­dadera juventud, son evocados con gran intensidad y gracia conmovedora: así en la poesía muy conocida en que él vuelve a ver el cuartito de Zani y habla al espejo que tantas veces ha reflejado su rostro. La resignación, que viene al poeta de su sin­cera fe, no le impide los más desesperados acentos; el amor a su arte, al cual acude él como a único socorro y triste compensa­ción, le concede tonos delicadísimos, y le da un carácter consciente y suavemente consolador a esta poesía, a la cual hace más conmovedora el drama que refleja. [Trad. italiana parcial por Mario Chini en Liriche provenzali, en «Rassegna moderna di lett. straniere» (Florencia, 1907); E. Portal en Antología provenzale (Milán, 1911); traduc­ción integral de Mario Grasso (Catania, 1926)].

M. Bonfantini