La Historia de San Michele, Axel Munthe

[Boker om Sam Michele]. Obra del médico sueco Axel Munthe (1857-1949), escrita y publicada en el año 1929. El autor tomó como punto de partida San Michele, un convento que él mismo compró y restauró en Anacapri, entre las ruinas del palacio del emperador Tiberio. Munthe tenía die­ciocho años y estudiaba medicina en París cuando fue a Capri por vez primera. Desde entonces su sueño fue poder residir allí. Muchos años más tarde, al llegar a ser un conocido médico de París, adquirió San Michele y amplió su propiedad construyendo una casa. Vivió tiempos felices en aquel espléndido lugar, junto a hombres del pue­blo. En una serie de capítulos, Munthe nos lleva a través de las salas de la Salpetriére y del Hótel-Dieu en París, a la antesala del célebre alienista Charcot, su maestro, atestada de jóvenes señoras de la aristo­cracia, y luego a alemania, Suiza, Laponia, Italia, donde en Nápoles aportó su ayuda en la epidemia de cólera y en Mesina a las víctimas del terremoto. Mientras un Redi o un Raiberti en su agradable donaire casi nos hacen olvidar que son médicos, Munthe tiene siempre presente su profesión. Sin embargo, también le gusta escudriñar el alma humana. Retrocede, empero, desilu­sionado y asqueado, para quedarse en com­pañía de los hombres sencillos, de los ani­males y de la naturaleza. La parte más feliz del libro es la que relata su viaje a Laponia, donde reina una atmósfera encantada. [Trad. castellana de Nanny Wachsmuth de Zamora (Barcelona, 1935)].

L. S. Filippi

Historia de Roma, Berthold Georg Niebuhr

[Rómische Geschichte]. Obra del historiador alemán Berthold Georg Niebuhr (1776-1815). El primer volumen, dedicado a Federico Guillermo III, trata de la época de los reyes y fue publicado en 1811; el segundo (1812) llega hasta las leyes Licinias; el tercero (1832) hasta el 241 a. de C.

Los dos prime­ros volúmenes fueron más tarde refundidos por el autor a base de un estudio efectua­do en Roma durante su misión diplomática entre 1816-1822 y publicados entre 1827 y 1828. La Historia de Roma de Niebuhr ini­cia la reacción característica de los prime­ros decenios del siglo XIX contra el racio­nalismo del siglo anterior. La ilustración había sacudido grandemente la incondicio­nal confianza en la tradición según Livio. Niebuhr volvió a examinar las fuentes his­tóricas, sustituyendo el escepticismo por la crítica: no quería destruir, sino devolver al cuadro sus colores primitivos, borrando las superposiciones y demostrando el nexo lógico y el desarrollo del proceso histórico. Según Niebuhr son tres las edades de las naciones: la primera, poético-irracional o mitológica; la segunda, mítico-histórica, basada en verdaderas tradiciones, y la ter­cera, histórica. Y tres son los puntos donde se pueden buscar las antiguas memorias: los documentos y monumentos auténticos, los anales públicos y privados y las leyen­das poéticas.

De los primeros se hizo poco uso en las épocas precedentes, los anales primitivos se perdieron y la historia, reelaborada en los anales posteriores, es falsa. Precisa, pues, ver lo que los escritores pue­den aprovechar de las tradiciones y leyen­das. Así, pues, Niebuhr se propuso liberar la historia del esquema fijo a que la habían ligado las concepciones de antiguos escri­tores, le insufló el espíritu de su tiempo y la hizo directa y actual como si se tratase de historia contemporánea. La vida del pueblo se convirtió en centro del estudio que antes tenía por objeto a los individuos en particular. Dio un nuevo valor al hecho singular, escogió para su investigación un pueblo cuyas posibilidades espirituales se exteriorizaban en el campo político, cuyos ciudadanos no creaban obras originales en el arte ni en la ciencia, pero habían sabido concebir el Estado más perfecto que re­cuerda la tradición: modelo y ejemplo para la alemania de entonces que, igual que la antigua Grecia, dirigía sus fuerzas a la literatura y a la filosofía e ignoraba los grandes empeños de la vida política.

Si su concepción romántica de la historia, basada en la convicción — recogida luego por el italiano De Sanctis — de que existía una antigua producción épica romana que pasó luego a la analítica, había de quedar sobre todo como gran documento de su época, más original e importante fue su estudio sobre el Estado romano considerado como esencialmente agrícola y sobre las luchas entre la plebe y el patriciado, ante las cuales Niebuhr, hostil al imperio burgués de Napoleón, muestra su simpatía hacia la plebe y, en general, hacia los campesinos. El estilo de la obra es complejo y resulta alguna vez hermético por su mismo esfuer­zo evocador. Su influencia fue muy consi­derable en toda la historiografía posterior.

G. Noulian

La Historia de Roma es el primer libro de historia escrito en alemán que me ha im­presionado: las descripciones de Niebuhr, llenas del soplo de la Antigüedad, me han dado en seguida la impresión de que tam­bién entre los modernos puede haber his­toriadores. (Ranke)

La Historia de San Luis, Jean de Joinville

[L’Histoire de Saint Louis]. Amplia crónica de Jean de Joinville (1224-1317), compuesta por deseo de la reina Juana de Navarra, mujer de Felipe el Hermoso, entre 1305 y 1309.

Senescal de Champagne, el autor, si­guió a San Luis IX, su rey, a la Cruzada (1248-1254) abandonando con dolor en el castillo de Joinville a su mujer y dos hijitos. Gozó de la amistad del soberano, mas los peligros y aventuras de la hazaña no dejaron de intimidarle. De manera que, la seguida vez, dejó partir solo a su rey (1267) para la última Cruzada. Y su rey ya no regresó. En esta «vida», Joinville quiere levantar un monumento a la gloria del hombre que más tarde sería honrado por la Iglesia y por su pueblo con el título de Saxito, por sus virtudes de cristiano y su nobleza de caballero. El carácter bondadoso y sencillo de Joinville, cronista de ocasión y no de profesión, se revela a cada página; la amistad del rey para con él se pone de manifiesto en actos de amabilidad y gene­rosidad, que transparentan la dulzura de un carácter paternal. San Luis es verdade­ramente un esplendoroso ejemplo de cari­dad, prefiriendo la lepra al pecado, lavando los pies a los pobres y dando muestras de justicia y humildad en todo momento.

Lo dice Joinville, que tiene bien arraigado el sentido terrenal, y que a fin de cuentas no pondrá en peligro su vida por la fe ni sabrá morir por la gloria del paraíso. A pe­sar de todo también él se siente fascinado por el ejemplo de su rey, y rinde a su vida el más devoto homenaje, del mismo modo que en su castillo había alzado un altar al santo que lo había honrado con su amistad. Libro pintoresco y descriptivo, fiel a los detalles y a las varias escenas que el re­cuerdo va evocando en él, parece salido más bien de la pluma de un narrador que de la de un historiador; véase por ejemplo las anécdotas sobre la vida sencilla del soberano, la partida de la armada, la leal­tad de San Luis para con el rey de Ingla­terra y principalmente la página donde el santo se niega a abandonar el buque en peligro para no sembrar el pánico entre los suyos. Obra en muchos aspectos hagiográfica, por su vivacidad narrativa y la espon­taneidad de sus descripciones, después de la Conquista de Constantinopla (v.) de Villehardouin y las Crónicas (v.) de Froissart, ocupa un puesto de honor en la tradición de los grandes cronistas de Francia.

C. Cordié

[Joinville] es un espíritu encantador, franco, abierto, espontáneo, un espíritu que pertenece a la familia de los La Fontaine y los Montaigne. Al contar la historia de San Luis se narra a sí mismo; se describe a sí mismo, con sus gustos, su humor, sus vir­tudes, sus debilidades, sus caprichos; sin embargo, describiéndose a sí mismo, ha des­crito también al hombre, o por lo menos al hombre del siglo XIII, en uno de sus más amables ejemplares. (Lanson)

Historia de Rosamund Gray, Charles Lamb

[A Tale of Rosamund Gray). Novela inglesa de Charles Lamb (1775-1834), publicada en 1798. En una aldea de Hertfordshire, una joven huérfana, Rosamund Gray, vive sola con su abuela Margaret, anciana y ciega. Cerca de allí vive el joven Alian Clare, también huérfano, con su hermana Elinor, mayor que él, inteligente y comprensiva. Entre Rosamund y Alian nace pronto una infantil amistad que, con el correr de los años, se transforma en un tierno e inexpresado amor. Una noche, en el bosque, Rosamund encuentra a un sombrío indivi­duo, Matravis, un pretendiente rechazado de Elinor, que le hace violencia; la mu­chacha, como loca, se refugia en la casa de Elinor que la acoge dulcemente, tra­tando de aliviar su vergüenza y dolor. Pero ni sus cuidados ni el amor de Alian con­siguen curarla; Rosamund se consume len­tamente y fallece. Unos años más tarde, un amigo de Alian, regresando a su aldea na­tal, le encuentra en el cementerio, cerca de la tumba de Elinor, también muerta. Des­pués de la emoción del encuentro, los dos amigos evocan el melancólico pasado y Alian se deja convencer a abandonar su soledad y seguir a su amigo a la ciudad para estudiar medicina y dedicarse a aliviar las penas de los que sufren. Una noche le llaman urgentemente para asistir a un mo­ribundo, en el que reconoce a Matravis. Es una breve historia, tétrica y trágica, na­rrada en prosa sencilla, no exenta de refi­namientos literarios. Al narrar la inmere­cida desgracia que abate a los jóvenes y a los inocentes, Lamb pensaba ciertamente en su propia existencia: la resignación de Alian Clare que sigue viviendo tras la muerte de su amor y de su hermana, re­fleja el sentimiento del autor; y en la des­graciada Rosamund se encarna la Alicia de los Ensayos de Elia (v.). El carácter román­tico de la novela nos muestra a un Lamb imprevisto, muy distinto del autor de los citados Ensayos.

A. P. Marchesini

Los escritos de Charles Lamb son una excelente demostración del valor de la dis­creción en literatura. Debajo de su tranqui­lidad, su carácter insólito, su humour y lo que puede parecer escasa consistencia, en el carácter ocasional y accidental de su obra hay, al igual que en su vida, un elemento francamente trágico. (Pater)

Historia de Ptocholeon, Anónimo

Pequeño poema bizantino, en griego vulgar, que se ha con­servado en tres redacciones diferentes y de varia extensión. La más reciente es del si­glo XVII. Su metro es la octava trocaica, no muy difundida en la literatura bizan­tina, pero no obstante común en otras obras semejantes.

Un viejo, que vive lejos de la ciudad de Constantino, se ha enriquecido considerablemente y vive con toda holgura con sus hijos e hijas, cuando una correría de los árabes le priva de todos sus bienes. Obligado por la necesidad y por el ham­bre, ruega a sus hijos que se decidan a venderlo como esclavo en Bizancio, donde él procurará hacer fortuna. Los hijos, aun­que de mal grado, obedecen y lo llevan encadenado al tesorero del emperador, di­ciendo que el esclavo es poseedor de un arte valioso: conoce a los hombres, las piedras preciosas y los caballos. Se cierra el negocio. Poco tiempo después es reque­rido el viejo para que pruebe su sabiduría. El emperador había adquirido una piedra preciosa y la somete al juicio del sabio esclavo. Éste le dice que no vale nada por­que dentro de ella se encierra un gusano. Los hechos confirman la afirmación del viejo y le ganan la estimación del empera­dor, al mismo tiempo que le proporcionan una mejora en su alimentación. En otra ocasión demuestra su conocimiento de los caballos, conquistando todavía más la con­fianza del emperador, que ahora le llama para que dé su opinión sobre su prome­tida, con la que tiene el propósito de casarse.

El viejo demuestra una vez más su ciencia infalible: la mujer es de origen humilde e hija de un musulmán, respuesta que también resulta verídica. Picado por la curiosidad, el emperador le pide que le hable de su propio origen. Después de re­sistirse, el esclavo manifiesta al emperador que es un bastardo y que la emperatriz lo tuvo de un vil esclavo. Interrogada la madre del emperador ésta confiesa que es la verdad. El emperador entonces, en vez de castigarlo, lo colma de bienes. Toda la narración tiene un sabor oriental y pro­bablemente está inspirada en una fuente hindú. Debió de penetrar en el ámbito bizantino en tiempos bastante remotos, ya que Gautier d’Arras, en el siglo XII, cono­ció una redacción bizantina más antigua, hoy perdida, que utilizó para su poema épico Heraclio (v.), y de una redacción semejante derivan el cuento ruso de Iván y el cuento turco del sultán bastardo. El poema está, en general, transido por una fragancia y una ingenuidad propias de la literatura popular, y es también importante desde el punto de vista lingüístico, espe­cialmente porque la comparación de las tres redacciones refleja la evolución de la lengua popular y permite apreciar cómo eran adaptadas obras más antiguas al gusto de los distintos tiempos.

S. Impellizzeri